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Filosofía: ¿Por qué seguimos leyendo ‘El arte de la guerra’?

Escrito hace 2500 años, 'El Arte de la Guerra' conserva su relevancia por su capacidad de ser implementada en diversos ámbitos de la vida.

Varias veces en el Metro de la Ciudad de México me he topado con puestos de libros que venden El arte de la guerra, quizás el tratado militar más famoso de la historia. Es un libro tan pequeño que fácilmente cualquier usuario del Metro podría leerlo de cabo a rabo en un trayecto de Taxqueña a Cuatro Caminos (minutos más, minutos menos). Aunque se trata de un texto escrito hace más de dos mil 500 años, el lector del siglo XXI todavía puede extraer muchas lecciones de gran utilidad, y no hace falta ser un comandante de las fuerzas armadas para absorber su sabiduría.

¿A qué se debe su influencia inmortal? Aunque pareciera que en esta era de guerras con drones y hackers, las tácticas enumeradas en un texto escrito en el siglo V antes de Cristo son algo anacrónicas, en El arte de la guerra hay una profunda carga filosófica que ha sobrevivido el paso del tiempo (“Uno puede saber cómo conquistar sin poder hacerlo”, la maldición de cualquier crítico, sea de cine o de política) y que ha influido en el pensamiento de más de una mente estratega. Bill Belichick, coach de los Patriotas de Nueva Inglaterra, cita el Arte de la Guerra como una de sus principales inspiraciones:

“Ataca las debilidades, utiliza las fortalezas y descubre cuáles son las fortalezas de tu equipo. Hay algunas cosas que debes proteger. Encuentra las debilidades de tu oponente y ataca. No se puede ganar una guerra cavando un hoyo. Tienes que atacar. Tienes que averiguar dónde quieres atacar, cómo quieres atacar, y eso cambia de semana en semana y de partido a partido”.

Ah, el cambio constante de condiciones en el campo de batalla, otra de las clásicas lecciones de Sun Tzu. “Aquel que puede modificar sus tácticas en función de su oponente y así conseguir la victoria podrá ser llamado capitán nacido del cielo”. Y cuando tienes seis anillos de Super Bowl en casa, sobra decir que has sabido implementar bien las sugerencias del viejo general de la antigua China.

He ahí la perenne relevancia de este libro. Empresarios, entrenadores de futbol, políticos, gamers, cualquier persona involucrada en un terreno competitivo va a encontrar mucho qué aprender de Sun Tzu, el genio militar al que se le atribuye la autoría de los 13 capítulos de El arte de la guerra. En Wall Street (Oliver Stone, 1987), cuando Gordon Gekko le dice al joven Bud Fox que lea a Sun Tzu si busca ser un broker exitoso, cita su lección más famosa (“las batallas son ganadas antes de ser peleadas”). Por ello, no debe ser sorpresa que El arte de la guerra sea una lectura obligatoria no solo en la academia militar de West Point, también en las escuelas de negocios.

¿Quién fue Sun Tzu?

Al igual que el poeta griego Homero, así como otras figuras de la antigüedad que transitan entre la historia y la leyenda, no se puede afirmar con total certeza que existió una persona de nombre Sun Tzu, ni que este hombre haya sido el único autor de El arte de la guerra. Se asume que fue un general y filósofo también conocido como Sun Zi o Sun Wu, originario de Qi, un estado de la dinastía Zhōu (1046 y 256 a. C.) ubicado en el noreste de la China actual. A modo de biografía, el historiador del siglo II a.C., Sima Qian, se limita a ofrecer a los lectores de sus Memorias históricas (Shǐjì) una impactante anécdota sobre Sun Tzu que vale la pena reproducir a continuación:

En cierta ocasión, Sun Wu fue mandado llamar por el rey He Lü del Estado de Wu, el cual estaba ubicado en el valle del curso inferior del río Yangtsé. El rey le dijo: “”He leído los trece capítulos de tu libro. ¿Estarías de acuerdo en entrenar algunos soldados a título de prueba?”. El estratega aceptó la propuesta. Pero el rey, queriendo poner a prueba las teorías militares del filósofo, le sugirió que demostrara sus métodos con un grupo de mujeres. Sun Wu le dijo que no veía ningún inconveniente en ello. El soberano reunió entonces a 180 de sus concubinas.

El estratega las dividió en dos compañías y nombró comandantes a las dos bellezas favoritas de He Lü. Luego de distribuir lanzas a cada una, les preguntó: “¿Saben dónde está la izquierda y dónde está la derecha? ¿Qué parte es la de delante y cuál la de atrás?”. Todas respondieron de manera afirmativa. Sun Wu procedió entonces a explicarles cómo debían cumplir sus órdenes:

“Cuando dé la orden de avanzar, deberán marchar hacia delante; a la orden de izquierda, deberán girar hacia la izquierda; cuando les ordene derecha, deberán girar hacia la derecha; por último, cuando les diga retroceder, deberán moverse hacia atrás”. Todas se mostraron de acuerdo.

Acto seguido, el estratega levantó su hacha de guerra e hizo sonar un tambor con la orden de girar a la derecha. Sin embargo, las mujeres permanecieron quietas y echaron a reírse.

“Posiblemente las reglas no son claras y ustedes no están familiarizadas con las órdenes”, les dijo. “En ese caso, la culpa es mía”, admitió. Con la mayor paciencia les explicó de nuevo las reglas e hizo sonar el tambor. Pero las mujeres tuvieron otro ataque de risa. Sun Wu les dijo: “La primera vez fue culpa mía; pero ahora que les he repetido las instrucciones y no me hacen caso, la culpa es suya”. Entonces ordenó que fueran ejecutadas las dos comandantes.

Sorprendido por tal decisión, el rey exclamó: “¡No puedo vivir sin estas dos mujeres! ¡Te ruego que las perdones!”. Pero Sun Wu le replicó: “Me has nombrado comandante en jefe y debo ejercer mi autoridad de general”. De modo que las dos concubinas fueron ejecutadas y el estratega nombró comandantes a las dos que les seguían en rango. Aterrorizadas, esta vez las mujeres siguieron al pie de la letra las instrucciones y cumplieron todas las órdenes. Sun Wu entonces se dirigió al rey: “Las compañías ya están listas para entrar en combate”.

El desconsolado monarca le pidió que ordenara descansar, pues no se sentía con ánimos de ver más demostraciones. El general aprovechó la ocasión para decirle: “Parece que Su Majestad sólo tiene interés en la teoría militar y no en la práctica real”. He Lü ratificó la autoridad de Sun Wu y lo nombró general.

Sun Tzu (由 未知 – 清宫殿藏画本. 北京: 故宫博物馆出版社. 1994., 公有領域, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=57088337)

El “arte” en el arte de la guerra

Cuando nos remitimos a los horrores de la guerra, el arte parece ser el concepto más ajeno a un campo de batalla. ¿Dónde está la estética en la imagen de un hombre que muere desangrado en un charco de lodo y excremento? Sería muy fácil argumentar que el comandante de un ejército tiene más en común con un asesino que con un artista. La anécdota de las 180 concubinas que les puse aquí arriba con toda probabilidad es un mito, pero no falla en retratar una característica particular de todo líder militar: el poco aprecio por la vida humana. Por muchos siglos, los códigos de justicia militar dictaban que el desacato de una orden fuera sancionado con la pena de muerte, así que no es raro leer ejemplos a lo largo de la historia de oficiales que pasan por las armas a sus soldados por insubordinados. Un guerrero más, un guerrero menos, la muerte como instrumento para aleccionar a las tropas.

Sun Tzu nos ofrece una justificación justo en la primera lección del primer capítulo de su tratado: “La guerra es de vital importancia para el Estado”. La idea de que hay asuntos con más peso que la vida de un individuo se vuelve evidente cuando analizamos la lógica de la guerra, de los pocos contextos en el cual un ser humano puede privar de la vida a otro sin temor a un castigo. Miles de años de civilización nos han enseñado que el conflicto entre personas es inherente a la naturaleza humana, y la erradicación permanente del rival es una de las vías disponibles para resolver un conflicto. Si bien el asesinato está penado al ser calificado como crimen o pecado, cuando el conflicto no involucra a una persona sino al Estado, entonces el asesinato se vuelve permisible bajo el manto de la guerra. ¿Por qué? Porque el Estado es un contrato social entre los integrantes de una sociedad y la guerra es el acuerdo entre los integrantes de dicha sociedad para eximirlos temporalmente de las leyes que dictan “No matarás” con el fin de extraer un beneficio para todos.

Ahora bien, en la guerra vemos la reducción del ser humano a una condición de salvajismo animal, en el que la razón del hombre es suprimida por las emociones del espíritu, y su capacidad intelectual se limita a sus habilidades en el campo de batalla: carga, apunta y dispara; carga, apunta y dispara; carga, apunta y dispara. Pero no todos los actores bélicos son unos bárbaros que tiran a matar. Hace miles de años, los jefes de los Estados primitivos descubrieron que un hombre entrenado para participar en la lucha armada se desempeña mejor en la guerra que un granjero o un pescador convocado a luchar. Entonces surge el soldado como profesión. Luego vieron que al organizar a un grupo de soldados, formar estrategias y preparar tácticas, el Estado adquiere enormes ventajas sobre sus rivales. Entonces surge el ejército como organización y la jerarquía de mando como el cerebro que controla las piezas de esta organización, incluyendo sus recursos humanos.

Ejemplar del Arte de la Guerra escrito en bambú (vlasta2, bluefootedbooby on flickr.com – https://www.flickr.com/photos/bluefootedbooby/370458424/, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1616406)

Cierto, para el teórico militar, los soldados son piezas desechables en un tablero, pero Sun Tzu no pierde de vista que los soldados son seres humanos también, capaces de sentir hambre, tristeza, coraje, desesperación y anhelo por estar en casa con sus seres queridos. Pero lejos de sentir lástima por ellos, estas cualidades psicológicas se convierten en herramientas que el general de un ejército puede explotar acorde a su estrategia: “Sitúa a tus tropas en un punto que no tenga salida, de manera que tengan que morir antes de poder escapar. Porque, ante la posibilidad de la muerte, ¿qué no estarán dispuestas a hacer? Los guerreros dan entonces lo mejor de sus fuerzas. Cuando se hallan ante un grave peligro, pierden el miedo. Cuando no hay ningún sitio a donde ir, permanecen firmes; cuando están totalmente implicados en un terreno, se aferran a él. Si no tienen otra opción, lucharán hasta el final”, dice el maestro.

¿Qué nos dice esto? Para Sun Tzu, la victoria lo era todo, no el honor de la lucha cuerpo a cuerpo o la preservación de la vida de sus tropas, sino la derrota del enemigo. Y si éste objetivo podía lograrse sin derramar una gota de sangre, mejor aún. Porque los generales más brillantes entienden que las guerras cuestan dinero, el apoyo político es inestable y los recursos son limitados, sobre todo los recursos humanos. Por ello, la victoria debe ser alcanzada de la manera más rápida y económica, y para cumplir estas metas, es necesario recurrir a la astucia y formular estrategias que le aseguren la victoria antes de disparar las primeras flechas. Es a partir de ahí cuando la planeación de la guerra, no la guerra en sí, adquiere la sofisticación del arte, claro, más ingenio que estética. La guerra como un juego psicológico, el estudio cuidadoso de las variables, en el que la inteligencia derrota a la fuerza bruta a través del uso de espías, topografía ventajosa y estratagemas, entre otras tácticas engañosas.

“Toda guerra se basa en el engaño. Por tanto, cuando somos capaces de atacar, debemos parecer incapaces; al usar nuestras fuerzas, debemos parecer inactivos; cuando estamos cerca, debemos hacer creer al enemigo que estamos lejos; cuando estamos lejos, debemos hacerle creer que estamos cerca”.

Irónicamente, al soldado raso le era más conveniente servir bajo un general versado en las lecciones del Arte de la Guerra, que un general empeñado en ser su amigo, ya que siempre había más probabilidades de sobrevivir entre las filas de un ejército disciplinado y bien entrenado que en medio de un grupo de camaradas buena onda. “Pero si eres tan amable con ellos que no los puedes utilizar, si eres tan indulgente que no les puedes dar órdenes, tan informal que no puedes disciplinarlos, tus soldados serán como niños mimados y, por lo tanto, inservibles”, otra lección del maestro que ha perdurado.

Soldados de Estados Unidos en Afganistán en 2002 (Scott Nelson/Getty Images)

Arte de la Guerra: M.I.A.

A menudo resulta evidente la implementación de las lecciones del Arte de la Guerra en varios ámbitos de la vida, sea en el deporte, los negocios y hasta en la crianza de los hijos, en todos lados salvo en la guerra misma. A modo de conclusión vamos a echarle un ojo a Estados Unidos, un país que ha perfeccionado la guerra como industria militar-económica, pero que da la impresión de ser como un niño que prefiere jugar con sus juguetes nuevos en lugar de planificar campañas inteligentes. Si bien nadie cuestiona la fortaleza de un país que gasta 778 mil millones de dólares (solo en 2020) en sus fuerzas armadas, difícilmente se refleja ese poderío militar en las guerras que ha emprendido en lo que va de este siglo.

Este 2021 por ejemplo se cumplen 20 años de lo que Joe Biden llamó la “misión militar en Afganistán“, a todas luces un fracaso más en la columna de derrotas del ejército más poderoso del mundo. “No hay ningún caso de una nación que se beneficie de una guerra prolongada” dice el maestro Sun Tzu, una lección que Estados Unidos aprendió por las malas en Vietnam y que olvidó por completo en Afganistán. El presidente se comprometió a retirar sus tropas de aquel país asiático el 31 de agosto, sin mostrar algún resultado positivo aparte de 2,420 estadounidenses muertos y decenas de miles de decesos entre sus aliados locales.

Tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la coalición encabezada por el gobierno de George W. Bush invadió Afganistán con el objetivo de derrocar a los talibanes del poder, fuerza política-religiosa que ofrecía una base de operaciones segura a la organización terrorista al-Qaeda, responsables del 11-S. Armados con rifles AK-47, los talibanes no eran rivales que podían hacer frente a la precisión de los misiles Tomahawk de las fuerzas occidentales, así que se refugiaron en las montañas y recurrieron a la misma estrategia que les permitió derrotar a las fuerzas soviéticas en los 80: la guerra de guerrillas.

“Si las fuerzas están equilibradas debes ser capaz de combatir; si tus fuerzas son ligeramente inferiores debes ser capaz de resistir. En el caso de que el desequilibrio sea insalvable, debes ser capaz de retirarte”, dice el maestro.

Cierto, los estadounidenses lograron abatir a Osama bin Laden, su principal blanco (en Pakistán en 2011), pero todo indica que los talibanes van a recuperar el poder cuando el ‘Tío Sam’ se retire con la cola entre las patas, no sin antes masacrar a todos los actores del sistema democrático que Estados Unidos construyó con la estabilidad de un castillo de naipes. Vaya tragedia que se avecina.

No debe haber muchos lectores del Arte de la Guerra entre los altos mandos del ejército estadounidense, y menos aún entre sus autoridades civiles. Cuando su ejército invadió Irak en 2003 y derrocó al dictador Sadam Huseín, los estadounidenses fueron duramente criticados por desmantelar al ejército iraquí. “La mejor política en la guerra es tomar un estado intacto; arruinarlo es inferior. Capturar el ejército enemigo entero es mejor que destruirlo”, dice Sun Tzu.

Cuando la Autoridad Provisional de la Coalición dio la orden de desmantelar a las fuerzas iraquíes durante el primer año de la ocupación militar, 250 mil hombres se quedaron en las calles, desempleados, hambrientos y enojados. Estados Unidos abrió las puertas para que esta enorme fuerza con experiencia de combate fuera reclutada por organizaciones extremistas que le hicieron la vida imposible a Estados Unidos y a sus aliados en Medio Oriente. Cuando se trata de buscar culpables, Estados Unidos encabeza la lista de responsables de plantar las semillas que darían raíz a la fundación del Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés).

“Conseguir cien victorias en cien batallas no es la medida de la habilidad: someter al enemigo sin luchar es la suprema excelencia”. Hace falta un Gordon Gekko en el Departamento de Defensa.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de las esculturas de los Guerreros de terracota.

Texto: Javier Carbajal

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