Filosofía: Por qué Platón tenía tanto desprecio por la democracia

La crítica de Platón a la democracia de la era antigua puede ser aprovechada para analizar los defectos de las democracias de la era moderna.
mayo 29, 2020

Iniciemos con una pregunta para el lector: ¿Cuándo fue que la humanidad llegó al consenso sobre la democracia como la forma de gobierno a la cual una sociedad debe aspirar? ¿Por qué la democracia? ¿Por qué no regresar a la monarquía o al feudalismo? ¿O por qué no crear algo nuevo a partir de las numerosas utopías que existen en la literatura?

En otras palabras, ¿cómo fue establecido que la democracia es la panacea de todos los conflictos que surgen en una sociedad?

México es un país que luchó por mucho tiempo para hacer realidad el sueño democrático. Tras el periodo revolucionario de inicios del siglo XX, nuestro país vivió en el espejismo de una democracia. Por 70 años, un partido político nos quiso pintar el paisaje de una nación donde había candidatos y elecciones libres, pluralismo y libertad de expresión. Pero con el paso de las décadas, el espejismo del PRI se fue desvaneciendo, y con la llegada del nuevo siglo, la democracia auténtica por fin hizo su acto de aparición.

¡Helo aquí! Llegan las elecciones libres, es decir, libres de acciones de fraude y libres de expresiones como “ups, se cayó el sistema”. En el año 2000, los ciudadanos podían decir con una sonrisa que sus votos por fin contaban, mostrando para las cámaras un pulgar manchado de tinta. Venga la alternancia, venga el señor Fox, venga el despliegue de otros colores en un triunfo electoral. Ganó la democracia, ganó el cambio, ganó el pueblo.

La fiesta democrática en el 2000 (FOTO: Pedro Mera/CUARTOSCURO.COM)

Qué bonito.

Pasan los años, hay más elecciones, la economía crece a niveles nada extraordinarios pero decentes, el gobierno declara una guerra al crimen organizado, aumenta la violencia, aumentan los secuestros, aumentan las desapariciones, aumentan los feminicidios, siguen las manifestaciones, siguen las represiones, sigue la corrupción y un largo etcétera de factores adicionales. Tras veinte años de democracia en México, esta como que va perdiendo su lustro.

En una encuesta publicada en 2018 por Latinobarómetro, el 55% de mexicanos dijo estar de acuerdo con la frase “la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno”. En contraste, el apoyo a la democracia era del 73% en 2002, cuando la encuesta incluyó por primera vez esta pregunta, y 81% en 2004, su punto más alto. En esa misma encuesta del 2018, apenas el 16% de mexicanos dijo estar muy o algo satisfecho con el funcionamiento de la democracia en el país. Chispas.

Cabe señalar que Latinobarómetro realizó esta encuesta antes de las elecciones del 1 de julio de 2018, por lo que es muy probable que la confianza en la democracia haya crecido inmediatamente después del triunfo demoledor del movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador. De cualquier forma, la tendencia a la baja de los últimos años es evidente, de la misma manera que es preocupante este dato: en 2018, 38% de los mexicanos estaban de acuerdo con la frase “da lo mismo un régimen democrático que uno no democrático”.

La gente mira las noticias, ve los pleitos de palabras, las simulaciones y los gestos grandilocuentes que los legisladores exhiben a menudo en el Congreso, y muchos mexicanos se quedan con estas inquietudes: ¿esto es democracia? ¿Esta era la maravilla que nos vendían los gringos en sus películas? ¿Esta era la varita mágica que nos iba a sacar de la pobreza y nos iba a disparar como un cohete hacia el primer mundo?

Un momento. Para empezar, ¿qué es la democracia? ¿Quién inventó esta forma de gobierno que ha llevado al poder a tanto personaje incompetente y charlatán?

Democracia en el Senado (FOTO: CUARTOSCURO.COM)

La democracia tiene una definición muy sencilla. En un gobierno democrático el poder político reside en la figura del pueblo. ¡Eso es todo! Pero aquello de tomar decisiones que afectan la vida pública de un municipio, un estado o un país suena muy complicado, así que el pueblo recurre a su poder político para elegir a personas que estén dispuestas a asumir estas responsabilidades, por más difícil que parezca la chamba. A esto se le llama democracia representativa.

Pero he aquí un detalle que, tanto los gobernantes como los gobernados suelen olvidar, sobre todo en países con poca experiencia en esto de la democracia. El pueblo confiere autoridad a sus representantes para tomar decisiones en su lugar, pero el poder sigue estando en manos de la ciudadanía. Por eso los gobernantes en una democracia son conocidos, a mucha honra, como servidores públicos. A final de cuentas, su trabajo es servir al pueblo.

Ahora bien, ¿quién inventó este maravilloso sistema que puso tanto poder en las manos de carpinteros, cerrajeros, maestros, ingenieros, barrenderos, plomeros, choferes, arquitectos, médicos, periodistas y (Dios nos libre) hasta influencers? Quién inventó la democracia es lo de menos. Pero sí habría que darse una vuelta por el Mar Mediterráneo y viajar al pasado, a los tiempos de la Grecia antigua. A la ciudad de Atenas, para ser más preciso.

La Grecia de los diez siglos anteriores al nacimiento de Cristo dejó una profunda marca en la historia de la civilización humana, un legado cuyos efectos siguen estando presentes en la actualidad. La aportación de los griegos a las matemáticas, a la poesía, al teatro, a la arquitectura, es inconmensurable. Pero quizás no hay contribución más influyente de parte de la Grecia antigua como la democracia y la filosofía.

Por tal motivo, resulta irónico que Platón, el filósofo más importante en la historia de Grecia, le tenga tanto desprecio a la democracia. ¿A qué se debe esta animosidad?

Bueno, para empezar, la condena de muerte de Sócrates en el año 399 a.C. fue aprobada mediante el voto popular de un jurado. Sócrates era maestro y amigo cercano de un joven Platón, por lo que es probable que aquella experiencia haya amargado la opinión del filósofo sobre la naturaleza de los procesos democráticos. Pero más allá de los rencores personales, Platón sostenía a la democracia bajo una luz muy negativa.

La muerte de Sócrates por Jacques-Louis David (https://www.metmuseum.org/collection/the-collection-online/search/436105, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=28552)

Habría que poner esto en su debido contexto antes de entrar de lleno al tema.

Recordemos que la democracia en los tiempos de Platón era una democracia directa, no representativa, algo diferente a lo que entendemos hoy por gobierno democrático. Es decir, la ciudadanía era la que formulaba leyes y tomaba las decisiones de gobierno, y lo hacía en estas asambleas que eran convocadas como diez veces al año.

Bueno, no toda la gente participaba en las asambleas. El acceso estaba limitado a los hombres con mayoría de edad, aunque la mayor parte de la población quedaba excluida de la política, incluyendo mujeres, extranjeros y esclavos. Y no todos los hombres con mayoría de edad atendían las asambleas. Así como hoy, la gente tenía cosas más importantes que hacer con sus vidas, por lo que la asamblea formaba un consejo integrado por 500 ciudadanos, y este a su vez creaba comités más pequeños, los cuales se reunían con más frecuencia para atender los asuntos de Estado.

Ante este panorama, la democracia dizque directa que estuvo activa en los tiempos de Platón comparte muchas similitudes con la democracia dizque representativa de la actualidad. Por consiguiente, las personas que viven en una democracia moderna (así es, como México) todavía pueden aprender mucho de las críticas que hizo un filósofo hace 2,400 años.

Veamos cuáles son los argumentos principales de Platón contra la democracia:

1. La opinión pública es una pésima reclutadora de gobernantes
2. La democracia favorece a los malos liderazgos
3. Las libertades democráticas son cuna de rebeldía ciudadana
4. La democracia fallida cede su lugar a la tiranía

Auch. Abordemos cada punto a detalle.

Elecciones: ejercicio democrático (Joe Raedle/Newsmakers)

1. Adimanto, la gente está muy loca

Una de las citas más conocidas de Winston Churchill es esta: “El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”. Muchos historiadores ponen en duda la veracidad de la cita atribuida al primer ministro británico. Pero vamos, si el señor Churchill estuviera vivo en la actualidad, me parece verosímil que dijera que el mejor argumento en contra de la democracia en el siglo XXI es un vistazo de cinco minutos a las redes sociales.

Como todo intelectual en la historia, Platón le tenía bastante animadversión a la clase política, pero tampoco le tenía mucho cariño al pueblo. Desde el punto de vista crítico del filósofo, uno de los principales defectos de la democracia está descrito en la etimología del término: que la fuerza política resida en el pueblo.

Hay que hacer un esfuerzo por entender el punto de partida de Platón. ¿Cuál es el origen de una sociedad? La sociedad nace porque un individuo no es auto-suficiente, pero tiene muchas necesidades que esta persona no puede satisfacer por su cuenta. Tal es el planteamiento del personaje de Sócrates en La República, la obra que reúne los diálogos más conocidos de Platón.

De acuerdo al filósofo, la sociedad brota a raíz de las necesidades de un grupo de individuos. Digamos que yo soy un zapatero y mi vecino es un carpintero. Soy muy bueno haciendo zapatos, pero no sirvo para construir muebles. Me salen chuecos. Así que mi vecino y yo entramos en un pacto. Yo arreglo sus zapatos y él arregla mi cama. Existe ahora un acuerdo social que se apoya en la especialización de los oficios y que se propaga por todo el grupo de individuos. Tenemos una sociedad. Yey.

Un gobernante entonces se encarga de organizar los convenios que van surgiendo entre la sociedad y de administrar la riqueza que la sociedad genera con tal de que todos salgan satisfechos. Al mismo tiempo, el gobernante debe garantizar la seguridad de los individuos, protegiéndolos de amenazas del exterior, y asegurarse de que los individuos cuenten con la infraestructura necesaria para seguir interactuando. Para que el gobernante cumpla con todas estas tareas, los individuos contribuyen en la forma de impuestos, ergo, se convierten en contribuyentes.

¿Cómo se elige entonces a esta figura que tiene tantas responsabilidades? Por la descripción del puesto, debe ser alguien con capacidades técnicas e intelectuales muy sobresalientes.

Incluso en los tiempos de Platón, cuando cada ciudad era un Estado en sí mismo, de no más de 300 mil habitantes, las funciones de gobierno exigían aptitudes que se extendían por encima del ciudadano común y corriente. Pero cuando el poder político no está en manos de la gente con experiencia en la materia, el criterio desciende del juicio racional al juicio de las emociones. Porque es la opinión popular la que tiene la última palabra. Esta situación no ha cambiado mucho en 2,400 años.

En las campañas electorales de Estados Unidos, una vieja pregunta de los encuestadores al electorado dice así: ¿Con qué candidato prefieres tomarte una cerveza? ¿Con Al Gore o con George Bush? ¿Con Barack Obama o con John McCain? ¿Con Hillary Clinton o con Donald Trump? Parece frívola pero es una pregunta importante. Los coordinadores de campaña saben que la mayoría de la gente le da más peso a los contextos emocionales que al razonamiento de los temas. Por eso luego vemos a los candidatos haciendo tonterías en campaña que nunca harían en la vida real. Obama jugando boliche. Bush besando bebés. Trump leyendo un libro.

Los impulsos, los prejuicios y los sentimientos son los elementos que deciden el resultado de una elección. Es una fórmula con la que no se juega. Por ejemplo, si quieres que un candidato a un puesto público pierda el interés de su audiencia, ponlo a elaborar sobre sus propuestas para mejorar las relaciones comerciales con China. Seguro es un tema del cual dependen millones de empleos, pero no es “sexy”, no conecta, no transmite emociones, no les dice nada de sus vidas.

Platón explica en La República que el ciudadano ordinario carece de conocimientos en materia de economía avanzada o política exterior, y de otro asuntos complejos que van figurar en el día a día de un servidor público. Por tal motivo, el único criterio que el ciudadano tiene a su disposición está en el campo de la opiniones, la doxa, donde las emociones guían las palabras que salen por su boca como una bola incoherente de ideas.

En suma, Platón básicamente es un fiel creyente del dicho “zapatero a tus zapatos”; todos tienen un papel que cumplir dentro de la sociedad, así como las abejas obreras cumplen un papel específico dentro del enjambre. Una abejita obrera no se mete en los asuntos de la reina, y de la misma manera, un zapatero no debería tener vela en los asuntos de gobierno. Lo mejor es que el zapatero se abstenga de opinar sobre temas que no le corresponden, precisamente porque no es lo suyo, no le sabe y solo traerá deshonra a su nombre.

Pero estamos en una democracia y, por tal motivo, los asuntos de gobierno sí le corresponden a todos, aunque no le sepan, no entiendan la materia y sus opiniones solo exhiban su ignorancia e ingenuidad. Lo que nos lleva al siguiente punto…

Mensaje populista (Drew Angerer/Getty Images)

2. Te prometen la luna y regresan con una roca lunar, en fin, la hipocresía

La democracia favorece a los malos liderazgos y Platón ilustra este punto con una alegoría, uno de sus recursos favoritos para explicar conceptos algo sofisticados. Voy a ver si puedo resumirlo en pocas palabras.

En la alegoría del barco, el capitán de una nave se encuentra en un estado deplorable. Está viejo, está sordo, y encima de eso, ya casi no puede ver. Así que la tripulación discute entre sí para determinar quién debe tomar control del barco. Ninguno de ellos tiene experiencia en la navegación náutica, ignora todo en materia de astronomía y matemáticas, y ni siquiera cree que estas habilidades sean necesarias. Así que uno de los marineros -joven, carismático y elocuente- se abalanza sobre el timón y pronuncia un discurso con muchas promesas a sus compañeros, promesas sobre grandes riquezas y aventuras. Los demás marineros quedan encantados y no se fijan en el hecho de que este nuevo líder carece de conocimiento alguno en navegación.

La alegoría nos demuestra el peligro de una sociedad que se deja seducir por los encantos de una figura que les promete la Luna y las estrellas. Es como el padre que consiente a sus hijos con dulces y helado todos los días para ganarse su cariño, el vendedor de seguros que exagera los beneficios de una póliza para ganarse a un cliente, o el artista de pop que solo toca las canciones que su audiencia quiere escuchar. Toda sociedad está llena de estos personajes lisonjeros y manipuladores, pero es en la política donde los riesgos son mayores. En este terreno, el término adecuado para estos personajes es el de populistas.

En pocas palabras, el populista es el político que hace promesas que la gente quiere escuchar. Bajaré los impuestos, frenaré la migración, repartiré las tierras, distribuiré la riqueza, castigaré a los criminales, combatiré al narcotráfico, aumentaré el empleo, y otras promesas que suelen caber en las cartulinas que los simpatizantes usan para sus consignas electorales. Make America Great Again. Take Back Control.

Claro, todo político en campaña recurre a tácticas populistas, de lo contrario, nadie votaría por ellos, pero hay algunas diferencias entre los populistas y los políticos que pecan de populismo en su retórica para jalar votos. Platón nos explica que el populista gobierna por propaganda, incluso cuando ya ejerce las funciones de gobierno, pero sus aptitudes no exceden las capacidades del ciudadano común.

A decir verdad, el populista es el más astuto de los animales políticos. Está consciente de que el pueblo elige a sus gobernantes, no con el uso del pensamiento crítico sino guiándose por sus emociones, y busca explotar esta ventaja a costa de sus rivales mejor capacitados. Entre más ignorante sea el pueblo, más fácil es apelar a sus prejuicios y sentimientos, porque el lenguaje de las pasiones lo puede hablar cualquiera.

“A la democracia no le importa cuáles son los hábitos o las acciones pasadas de sus políticos, siempre y cuando se comprometan a ser los amigos del pueblo,” dice Platón. Sin embargo, los días del populista en el poder suelen estar contados, incluso en las sociedades más ingenuas. Lo que nos lleva al siguiente punto…

Contra el populismo (Victor Moriyama/Getty Images)

3. ¡Libertad! ¡Horrible, horrible libertad!

En sus diálogos, Platón reconoce que el aspecto más atractivo de la democracia, como forma de gobierno, es su inclinación hacia la igualdad. “Liberté, égalité, fraternité” dice el lema nacional de la República Francesa. “All men are created equal”, dice la declaración de independencia de los Estados Unidos. En efecto, la democracia trata a todos sus ciudadanos como iguales, o por lo menos da la impresión de hacer eso.

De acuerdo a la lista de “sociedades imperfectas” de Platón, la democracia nace a partir de un proceso revolucionario donde los pobres expulsan a la clase dominante (en esta caso, los oligarcas) y luego escriben una bonita constitución que otorga muchos, muchos derechos, derechos para todos, con el fin de garantizar la libertad política de la ciudadanía, mientras que las oportunidades para ascender en la jerarquía del poder son equitativas.

Hay libertad de expresión, libertad para manifestarse, libertad para vivir como se le pegue a uno la gana, lo que nos deja una sociedad anarquista integrada por individuos muy variados. La democracia, en efecto, parece ser la mejor forma de gobierno de todas las que han existido. ¿Quién en su sano juicio optaría por vivir bajo un régimen autoritario luego de experimentar las libertades que brinda la democracía?

El problema con todo este exceso de libertad, según Platón, es que los más capacitados para asumir las funciones de gobierno no tienen la compulsión para gobernar (ver la alegoría de la caverna). De la misma manera, no hay justificación para que un ciudadano se someta a la autoridad si no quiere. Goza de tanta libertad que no se siente sujeto a ninguna ley.

Pongamos el ejemplo de un líder populista que accede a todas las demandas de la iniciativa privada. Les reduce impuestos, les ofrece créditos, hace recortes a la tasa de interés, pero cuando el gobierno se ve corto en su presupuesto y toca la puerta de los empresarios para pedirles una aportación, lo que sea de su voluntad, aunque sea un poco de la millonada de impuestos que deben, pues se van a hacer los desentendidos.

Para Platón, la libertad que ofrece la democracia es como una adicción, y cuando la autoridades se ven obligadas a restringir la dosis de libertad (digamos, con nuevos impuestos, más policías, leyes que limitan el tránsito) entonces la ciudadanía empieza a resentir la presencia de la figura autoritaria, por más minúscula que sea, en el territorio conquistado. Este resentimiento empieza a despertar un espíritu de rebeldía en el pueblo. Por supuesto, las manifestaciones en los países democráticos del tiempo presente suelen ser legítimas, pero… hay algunas protestas que puedo usar para ilustrar el punto que expone nuestro amigo Platón.

Un ejemplo reciente son las manifestaciones en Estados Unidos contra las medidas de prevención para evitar los contagios de coronavirus. La sociedad afectada sentía que los encierros eran una imposición del gobierno sobre sus libertades como individuos y era evidente que la mayor parte de los manifestantes pertenecían a uno de los sectores más privilegiados de la sociedad: blancos de clase media. Las autoridades de salud les dijeron, ¿qué te parece si te quedas en casa por un par de semanas más?, y los ofendidos respondieron con rifles semi-automáticos en las puertas de los palacios de gobierno.

“Te das cuenta que las mentes de los ciudadanos se han vuelto tan sensibles que cualquier vestigio de restricción es considerado como intolerable”, explica Platón a través de Sócrates. “Hasta que finalmente, en su determinación para no tener ningún amo, desobedecen todas las leyes, explícitas o tácitas.”

Hartos de las promesas sin cumplir de los populistas o molestos con las nuevas restricciones de las autoridades contra sus libertades, la ciudadanía se torna desilusionada con la democracia. En el mejor de los casos, los ciudadanos acostumbrados al sube y baja de este sistema se esperan a las elecciones para emitir sus “votos de castigo” contra los representantes que los decepcionaron (otra reacción emotiva). Pero cuando los pilares de la democracia son frágiles, entonces uno o más sectores de la sociedad son más propensos a llegar a un punto de hartazgo que exige borrón y cuenta nueva.

Esto los llevará a buscar una nueva opción en la cual poner sus intereses. Lo que nos lleva, a su vez, al siguiente punto…

Nazis frente a la Acrópolis de Atenas (Bundesarchiv, Bild 101I-164-0389-23A / Theodor Scheerer / CC-BY-SA 3.0)

4. La tiranía, el 2020 de las sociedades imperfectas

Por todas las críticas que Platón tenía contra la democracia, hay una forma de gobierno que el filósofo griego consideraba todavía peor, por más increíble que parezca. La tiranía.

En los siglos V y IV a. C., las ciudades-estado de Grecia vivían bajo la sombra de imperios y países que amenazaban con invadir y conquistar el territorio. Atenas estaba en la mira y los temores de Platón estaban justificados. Después de todo, el mismo filósofo viajó a Sicilia, donde tuvo experiencia de primera mano de lo que es una tiranía al estar sujeto a los caprichos de Dionisio II, gobernador de Siracusa. Platón intentó transmitir las enseñanzas de Sócrates a Dionisio pero no tuvo éxito. Años después pudo regresar a Atenas, donde fundó su Academia.

Platón nos explica que la tiranía surge a partir del fracaso de la democracia. El deseo excesivo de libertad desemboca en su caída, acentuada por las decisiones catastróficas de líderes incompetentes y corruptos. Hartos de la democracia, un sector influyente de la población impulsa a un nuevo actor político que, hasta el momento, había permanecido en los márgenes de la vida pública por el extremismo de sus propuestas.

Platón predice el ascenso de líderes como Hitler o Mussolini, e incluso de tiranos menores, como Bolsonaro o Trump, hombres que se abrieron paso por las grietas de la democracia para imponer un nuevo orden. Pero no lo hicieron solos. Siempre contaron con una red de apoyo que les facilita nuevas plataformas, más avenidas de comunicación, audiencias más grandes. Y su mensaje empieza a tener eco en la opinión pública. El pueblo escucha sensatez en el discurso demente del “querido líder” y empieza compartir sus mentiras como si fueran hechos: el fracaso de la democracia fue culpa de los extranjeros, de los migrantes, de los judíos, son traidores que conspiraron para saquear la riqueza del pueblo, y patrañas por el estilo.

Y bueno, la naturaleza del tirano ya es un tema distinto que sin duda vamos a abordar en otros especiales de filosofía.

Egipto, la democracia que no fue (John Moore/Getty Images)

¿Deberíamos quemar la democracia?

Una vez familiarizados con la crítica de Platón contra la democracia, ¿será prudente darle la vuelta al reloj y regresar a la dictadura de un partido hegemónico, como muchos otros países que han tenido dificultades con sus experimentos democráticos?

¡Obvio no!

La democracia tendrá muchos defectos -es una “sociedad imperfecta”, después de todo- pero es lo mejor que hay. Ya que cité a Winston Churchill más arriba, vale la pena hacerlo de nuevo, esta vez con una cita que sí puede ser atribuida con certeza histórica al primer ministro: “La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado.”

Platón tenía muy poca confianza tanto en la clase política como en el pueblo, en lo relativo a la toma de decisiones de gobierno; por lo tanto, invirtió muchos esfuerzos en fundar una escuela que se encargaría de formar a una nueva generación de “guardianes”, una clase aristocrática de filósofos que estarían capacitados para asumir las funciones de un jefe de Estado. Mientras tanto, los zapateros son expulsados de las asambleas para ser devueltos a sus zapaterías.

Platón estaba tan enamorado de la sociedad utópica gobernada por sus guardianes perfectos egresados de su Academia, que no veía otra forma de alcanzar la felicidad a la que toda sociedad aspira. Pero muchos siglos después, los padres fundadores de Estados Unidos encontraron otra avenida. Retornaron a la democracia de la antigua Grecia y la adoptaron como su forma de gobierno.

El detalle es que la nueva nación americana reconoció las trampas de la democracia directa, por lo que hizo una corrección al no poner todo el poder político en manos de la ciudadanía. En su lugar, establecieron la creación de órganos e instituciones de gobierno que representarían la voluntad del pueblo, integrados por profesionales en el arte de la política y la administración pública, así como un sistema de contrapesos que pondría un límite a los alcances de un presidente, un juez o un legislador. Este sistema incluiría más tarde a los partidos políticos, organizaciones que le cerrarían el paso a extremistas o populistas con ambiciones de poder (un modelo que requiere urgentemente de una manita de gato, como es evidente).

De tal forma, los estadounidenses diseñaron una democracia que, en teoría, combina lo mejor de los dos mundos: una clase de “guardianes” con experiencia que presenta una serie de opciones a la ciudadanía, y un pueblo que tiene el poder de elegir entre estas opciones, escogidas con mucho cuidado por un grupo de expertos. Pero no es un modelo perfecto.

¿Cómo alcanzar la utopía democrática? Para llegar a esta conclusión, le voy a robar la idea a Ken Taylor en su charla de Ted cuando expone que Platón tenía la mitad de la solución. ¿Recuerdan aquella famosa frase de La República cuando Sócrates dice que una sociedad será capaz de erradicar todos sus males “cuando sus reyes se conviertan en filósofos o los filósofos se conviertan en reyes”? Pues bien, hay que hacerle una ligera corrección a esta cita.

“Una sociedad será capaz de erradicar todos sus males cuando sus ciudadanos se conviertan en filósofos.”

Eso. (Los pocos filósofos que hay en una sociedad ya son ciudadanos, así que esa porción del desafío ya está resuelto). ¿De qué sirve tener una formación filosófica? Bueno, los beneficios son tantos que haría falta otra columna, pero para empezar, nos daríamos cuenta, aquí en México, que no es la democracia la que nos ha desilusionado. La democracia funciona, ha funcionado bien en los últimos veinte años; lo que no funciona es otra cosa.

P.D.: La polémica sobre Platón y la democracia es un tema divertido que ha suscitado una amplia variedad de análisis en internet. Con la ayuda de Google, es muy fácil encontrar otros puntos de vista. Claro, es una discusión que representa una fracción de la obra platónica, pero es una de las más accesibles.

P.P.D.: El próximo mes exploramos la felicidad. ¿Qué consejos nos tiene Aristóteles para ser felices? Y no, sonreír más seguido no sirve de nada.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de la pintura de ‘La escuela de Atenas’ de Rafael Sanzio.

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Autor:
Javier Carbajal Doxálogo