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Filosofía: Qué hacía Dios antes de crear el universo, según san Agustín

Hace más de 1,500 años, san Agustín explicó la eternidad de Dios de una manera que sigue vigente en las corrientes modernas del pensamiento.

Con casi 2 millones de personas muertas por COVID-19, recesiones económicas en varios países, millones que se quedaron sin empleo, crisis de violencia por doquier y un planeta que cada año resiente más los efectos del cambio climático y la destrucción del medio ambiente, es fácil asumir que solo dimos un primer paso hacia el precipicio existencial que le espera a la raza humana.

¿Pero estamos hablando del fin del mundo? Bueno, la humanidad ha estado prediciendo la extinción de la vida en el mundo desde que existe la cultura, cuando al ser humano se le ocurrió la noción de seres invisibles y poderosos que rigen sobre nuestro destino. Si la vida de una persona termina después de 60 o 70 años, por qué vamos a pensar que nuestra especie nunca tendrá un fin. Todo lo que empieza en algún punto debe terminar, ¿no? Nada es eterno, ni siquiera el cosmos porque este universo que habitamos también tuvo un principio. Lo único eterno es Dios, dirán algunos, o las leyes que detonaron el Big Bang hace 13.8 mil millones de años, dirán otros.

Tomemos la ruta religiosa. La Biblia es un libro en el cual abundan las referencias al futuro, incluyendo la destrucción de los enemigos del pueblo elegido de Dios, la destrucción de su mismo pueblo, o ya de plano la extinción total. El Dios del Viejo Testamento parece empedernido en castigar al ser humano, celoso porque este rinde culto a otros dioses, así que selecciona a personajes como Ezequiel, Daniel, Zacarías, Isaías o Hageo para transmitir sus advertencias de muerte y destrucción al pueblo judío. Estos personajes eran profetas, individuos que presuntamente fueron tocados por la gracia de Dios, y por ello gozaban de acceso exclusivo a visiones del futuro.

Aunque los creyentes de las religiones judeocristianas presuponen que estos profetas poseían el don divino de avizorar los tiempos venideros, hubo algunas figuras dentro de la misma fe que criticaron la interpretación fundamentalista de hombres con poderes sobrenaturales.

La visión de Ezequiel (por Rafael Sanzio – The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH. ISBN: 3936122202., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=157762)

Uno de ellos fue Agustín de Hipona, un teólogo que fue escéptico de la habilidad de los profetas para “ver” el futuro. A su juicio, estas figuras no eran bendecidas con visiones de monstruos con cuatro rostros o nubes de fuego que mostraban la destrucción de Judá, sino más bien eran excelentes lectores de las señales del presente. Todo época de la historia ha tenido a sus “profetas”; muchos son charlatanes, cierto, pero hay quienes reciben otros nombres. En la modernidad los conocemos como analistas políticos o inversionistas en la bolsa, aquellos que leen las cifras del mercado o las encuestas de opinión y se sirven de estos datos para crear modelos de lo que ocurrirá en unas semanas o en unos meses. ¿Cuánto costará el kilo de naranjas en el verano o cómo votará la gente en las próximas elecciones? Los profetas de la antigüedad eran básicamente los analistas del presente, pero en lugar de gráficas y estadísticas, tenían que apoyarse en relatos de quimeras fantásticas para capturar la atención de la gente.

Para Agustín, las visiones del porvenir eran imposibles porque el futuro carece de existencia. Solo podemos tener una expectativa del futuro basándonos en la interpretación de señales que detectamos en el presente. De igual manera, el pasado no existe; lo único que existe es la memoria que conservamos de sucesos que ocurrieron en el pasado. Al respecto, en sus Confesiones dice:

“Porque estas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)”.

¿Pero qué podemos decir de esta figura histórica, aparte de ser uno de los cuatro Padres de la Iglesia latina, un pensador obsesionado con el primer capítulo del Génesis, un tremendo pesimista sobre la condición humana y un detonante de muchos dolores de cabeza para estudiosos del cristianismo por más de mil 500 años?

San Agustín y santa Mónica (por Ary Scheffer – http://1.bp.blogspot.com/-ZapSEtnMong/TyPCE7g3z2I/AAAAAAAAHL8/G-w2bcPXG0I/s1600/Saint+Augustin+et+ste+Monique.jpg, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24831017)

¿Quién fue san Agustín?

Aurelius Augustinus Hipponensis, también conocido como san Agustín a partir de su canonización, fue un obispo católico del norte de África (hoy Argelia), territorio que aún formaba parte del decadente Imperio Romano por estas fechas. Agustín vivió entre los años 354 y 430 después de Cristo, cuando el cristianismo todavía estaba en sus primeras etapas de divulgación y el Nuevo Testamento prácticamente seguía en las “mesas de novedades”, por así decirlo. Aunado a esto, había varias sectas ajenas a la ortodoxia católica que difundían sus interpretaciones particulares de las Sagradas Escrituras, como el donatismo y el maniqueísmo. Agustín perteneció a esta última corriente durante su juventud.

Fue gracias a la influencia de Ambrosio de Milán y la insistencia de su madre, Mónica, una devota cristiana, que Agustín pudo reivindicar su fe en Cristo. Pero no fue una conversión sencilla. El mayor placer de Agustín era la satisfacción del deseo sexual (tuvo una concubina por muchos años y un hijo de esta relación), como maestro de retórica tenía grandes ambiciones políticas y académicas, y su creencia en el maniqueísmo lo obligaban a darle la espalda a la Iglesia Católica, y como consecuencia, a su madre. Pero fue su propia sed por la sabiduría lo que derivó en que se planteara a sí mismo fuertes cuestionamientos acerca de las enseñanzas de Mani. Para los maniqueos, por ejemplo, el origen del mal radicaba en el triunfo de la oscuridad sobre la luz dentro de la dualidad del espíritu de cada ser humano. Pero Agustín señalaba que el mal surge de la voluntad propia del hombre, es decir, de su libre albedrío.

Para llegar a estas conclusiones, Agustín descubrió en sus estudios los textos de filósofos latinos como Cicerón y Séneca, y por medio de estos, aprendió a ser más crítico de su formación espiritual. Ante la fortaleza de la filosofía, las creencias del maniqueísmo se derrumbaron como castillo de naipes. Al mudarse de Cartago a Roma y luego a Milán para cumplir con sus ambiciones seculares, Agustín se topó con las enseñanzas de académicos que hoy conocemos como neoplatónicos. Entre estos textos destacaron los de Plotino y de su discípulo Porfirio, filósofos que impartieron clase en Roma un siglo antes que Agustín. En los textos del neoplatonismo, Agustín encontró muchas afinidades con la teología católica, por ejemplo, en el concepto de la Trinidad o el retorno del alma al Bien Supremo luego de una vida de ejercer las virtudes morales. Aunque Agustín terminaría por criticar a los académicos por su escepticismo (“Conocen a Dios pero no le rinden culto como Dios”), Plotinus le proporcionó al obispo un modelo y un vocabulario para emprender un viaje místico cuya meta era la unión del alma con Dios.

Luego de su conversión al cristianismo, Agustín se dedicó a escribir sobre filosofía y teología, un esfuerzo intelectual que derivó en decenas de obras, entre las cuales destacan sus Confesiones y Ciudad de Dios. Por su enorme contribución al desarrollo de la doctrina cristiana, Agustín recibió el título de Doctor de la Iglesia en 1298, un honor que solo ha sido otorgado a 36 personas a lo largo de la historia. Sus textos también influyeron sobre numerosas corrientes del pensamiento occidental y sus ideas mantienen su vigencia, incluyendo sus teorías acerca del tiempo y la eternidad de Dios.

Si Dios creó el hombre en su imagen, ¿por qué nos dio una vida tan breve mientras Él permanece eterno? ¿Qué es la eternidad del Dios Todopedoroso? Y lo que viene más al caso, ¿Qué estuvo haciendo Dios antes de crear el cielo y la tierra? Agustín se planteó estas interrogantes en los últimos capítulos de sus Confesiones, y su exploración de estas cuestiones ha fascinado a muchos pensadores a lo largo de la historia, desde René Descartes e Immanuel Kant a Bertrand Russell y Martin Heidegger.

La eternidad de Dios

Agustín detestaba las interpretaciones literales de las Sagradas Escrituras, es decir, no son textos que deban leerse como si fuera un manual de instrucciones para armar un ropero. Así como Cristo empleaba parábolas para transmitir el mensaje de Dios, el obispo africano creía que la Biblia ocultaba su verdad en la forma de alegorías. Esta verdad, por supuesto, se presta a ser interpretada de muchas maneras. El primer capítulo de Génesis, por ejemplo, no narra la creación del mundo en el lapso de una semana, pero sí esconde otros significados que podemos ver entre líneas, incluso desde el primer versículo:

“Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”.

En sus Confesiones, Agustín explica que la expresión “en el principio” no debe leerse como una referencia temporal. Esto se debe a la interpretación de que Dios creó los cielos (es decir, el cielo espiritual) y la tierra antes que el tiempo. De hecho, Dios no crea el tiempo sino hasta el quinto versículo, cuando “a la luz la llamó ‘día’ y a las tinieblas ‘noche’.” Por tal motivo, aquel “en el principio” no nos indica el transcurso del primer segundo en el reloj universal, sino habla de otro concepto.

Pues bien, ¿cuál es este concepto? Agustín nos señala que se trata de la sabiduría de Dios. “La sabiduría es el principio, y en ese principio creaste el cielo y la tierra”, indica el autor. Para llegar a esta interpretación, hay una pista en el libro del Sirácida (1:4) “La sabiduría fue creada antes que todo” y hay otra pista en el Salmo 104:24 “¡Oh Señor! Cuán numerosas son tus obras, todas ellas las hiciste con sabiduría. ¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas!”.

Entonces, ¿cuánto tiempo se supone que transcurrió entre la creación del cielo y la tierra y la creación del tiempo? Agustín nos señala que esta no es la pregunta que debemos hacer, porque estaríamos cayendo en la trampa de tomar el sentido literal del texto, un desperdicio cuando el mensaje de Dios (una de sus verdades) está a punto de ser descifrado: el cielo y la tierra preceden a la creación del tiempo porque estos dos “participan en la eternidad de Dios”. Sin embargo, no son co-eternos, porque tuvieron un principio y pertenecen al orden creado. Los únicos elementos que son co-eternos con Dios son su sabiduría, su voluntad y su ser.

Aunque toda esta exposición sobre el tiempo puede ser algo complicado de entender, Agustín aplica un poco de la lógica que aprendió de los neoplatónicos. Si Dios es el creador de todo lo que existe en el universo, entonces también es el creador del tiempo. De tal forma, Agustín se confiesa ante Dios cuando le dice que “Tú eres el creador y originador de todos los siglos. ¿Qué siglos existían, que por ti no habían sido creados? O, ¿cómo habían transcurrido, si nunca habían existido?”

“Siendo, pues, Tú creador de todos los tiempos, si algún tiempo hubo antes de crear el cielo y la tierra, ¿por qué se dice que te abstenías de toda obra? Tú creaste el tiempo. El tiempo no podía transcurrir antes de que hicieras el tiempo”.

Las reflexiones de Agustín hace más de 1,500 años no son totalmente ajenas a las interrogantes que hoy se plantean los científicos cuando hablan de la existencia antes del Big Bang. Si el universo tuvo su “génesis” hace 13.8 mil millones de años, qué es lo que precede a ese primer segundo en el cual ocurre esta enorme expansión de gases. Hay varias teorías al respecto. Puede ser que todo era más denso y caliente en aquellos tiempos, o que con la explosión del Big Bang, se creó una dimensión alterna que corre en el tiempo en sentido contrario, o que en efecto, no hubo “nada” antes del Big Bang:

No creo que Agustín de Hipona estaría en total desacuerdo con el doctor Stephen Hawking. En el cuarto siglo después de Cristo, la civilización humana aún tenía la idea de que el Sol giraba en torno a la Tierra, pero sí contaba con un recurso que le permitía a Agustín ofrecer una explicación más sublime: la lógica.

“Antes de que Dios creara el cielo y la tierra, no hacía cosa alguna. […] Ningún ser creado fue creado antes de que alguna criatura llegara a existir.”

En otras palabras, no había nada. Esto no quiere decir que Dios se la pasaba de holgazán en un rincón de la nada. Más bien habría que entender el concepto de eternidad. Porque Dios es eterno, eso está claro, pero esto no significa que Dios sea inmortal. Porque la noción de inmortalidad está sujeta al transcurso del tiempo. En cambio Dios, en su eternidad, lo abarca todo -pasado, presente y futuro- de manera simultánea. “Si el presente fuera siempre presente, nunca pasaría al pasado: no sería tiempo sino eternidad”, dice el obispo.

“No es en el tiempo que Tú precedes al tiempo. De otro modo no precederías a todos los tiempos. Mas precedes a todos los pretéritos por la grandeza de tu eternidad, siempre presente, y superas todos los futuros, porque son futuros, y cuando vengan serán pretéritos.”

Agustín explica que en la eternidad, los años de Dios “existen todos juntos” porque no cambian, es decir, no se ajustan a nuestro noción del tiempo, el cual transcurre en sucesión. “Tus años son un día, y tu día no es un cada día, sino un Hoy, porque tu Hoy no cede al paso de un mañana ni sucede al día de ayer. Tu Hoy es la eternidad.”

Si podemos comprender que Dios creó el tiempo, entonces llegamos a la conclusión que Dios existió antes que el tiempo. Y si aceptamos que Dios existió antes que el tiempo, entonces podemos ver que no había tiempo cuando el tiempo no existía.

Bueno, para ponerlo de otra forma menos enredada, Agustín nos explica que “si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente.” Así era el mundo de Dios “antes” de crear el tiempo, cuando no existía el concepto de “antes” y “después”. Y si esto te parece aterrador o inquietante, intenta reflexionar la teoría de que así era la “vida” de cada ser vivo en el planeta antes de ser concebido.

Entre la eternidad y la brevedad de la vida

Aunque parece que Agustín se divirtió bastante con estos juegos de lógica, hay un punto central que nos ilustra que la eternidad es más que una característica particular del Ser Supremo.

Bajo la influencia del neoplatonismo, Agustín plantea que el alma debe regresar a Dios después de la muerte terrenal y una vida iluminada por la sabiduría, y para que no se pierda en el trayecto (por así decirlo) hay que regresar a un punto fijo, es decir, al Principio. No a un principio temporal (porque si fuera así entonces no habría un punto de retorno que fuera constante), sino al Principio que representa a Dios, en el punto fijo del presente eterno, para así volver a ser uno con el creador.

Al ser uno con Dios, dejamos de estar sujetos a la naturaleza sucesiva del tiempo, participando en su eternidad.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de la escultura La Pietà de Miguel Ángel.

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