Recibe nuestras notificaciones con las noticias más importantes al momento.

Filosofía: Cómo encontrar la felicidad perfecta, según Aristóteles

Muchos creemos que la felicidad está en los placeres corporales, pero Aristóteles nos enseña que la felicidad perfecta se encuentra mediante las virtudes.
junio 29, 2020

A lo largo del mes de mayo, Andrés Manuel López Obrador presentó una serie de propuestas dentro de un nuevo plan económico para que México pueda hallar su camino en medio de la crisis sanitaria. Entre estas propuestas destacaba la creación de un índice que pudiera servir como parámetro básico de medición del desarrollo nacional. En otras palabras, el Producto Interno Bruto caería en segundo plano como categoría para cuantificar el bienestar de la población y, en su lugar, México emplearía una nueva herramienta para medir factores como la desigualdad social y -este es el punto clave- “la felicidad del pueblo”.

La propuesta de un índice alternativo al PIB pronto fue objeto de burla y repudio entre los críticos del mandatario. Estos decían que la “ocurrencia” de medir la felicidad de la gente parecía ser un intento para ocultar los resultados decepcionantes relativos al crecimiento económico. Otros alegaban que los mexicanos ni siquiera tenían motivo para estar felices, sobre todo en la situación actual del país. Ante el aumento de la inseguridad, la pérdida de empleos y los efectos de la pandemia de coronavirus, la supervivencia -y no la prosperidad- parece ser el objetivo inmediato de muchos mexicanos.

¿Pero es la prosperidad lo que debemos entender por felicidad?

Antes de abordar esta cuestión, recordemos que la felicidad no es ajena a mediciones rigurosas. Uno de los índices de mayor relevancia en la actualidad es el Reporte Mundial de la Felicidad. Se trata de un estudio publicado cada año desde 2012, a partir de una recomendación emitida por la Asamblea General de la ONU a todos los países miembros de “dar más importancia a la felicidad y al bienestar para determinar cómo lograr y medir el desarrollo social y económico”.

Entre todos los datos que arroja el reporte anual, el que obtiene mayor cobertura mediática suele ser el ranking global de felicidad. En la tabla correspondiente al reporte de 2020, México ocupa el puesto 24 de un total de 153 países, justo por debajo de Francia y arriba de Taiwán (en contraste, nuestro PIB nos pone en el lugar 15 todavía hasta el 2019). ¿Cuáles son los países “más felices del mundo”? Pues ahí están los escandinavos de siempre (salvo por uno: förlåt, Suecia): Finlandia, Dinamarca, Suiza, Islandia y Noruega conforman el top 5. Y en lo que respecta a la parte inferior de la tabla vamos encontrar a países como Afganistán, Sudán del Sur, Zimbabue y Ruanda.

¿Pero cómo podemos confirmar que los mexicanos somos más felices que los taiwaneses, los uruguayos, los saudíes o los españoles (por mencionar justo a los que están abajo de nosotros en el susodicho ranking)? Para plantearlo de otra forma, ¿cómo se mide la felicidad de acuerdo a este índice? Pues bien, la felicidad -en este caso- se calcula según varios indicadores, algunos más subjetivos que otros: PIB per capita, programas sociales, esperanza de vida, libertades individuales, generosidad, percepción de la corrupción y un factor muy curioso que se llama “distopía”. Cierto, es un criterio que se ha prestado a muchas críticas, pero esto es de esperarse de cualquier índice que se avienta al desafío de medir algo tan problemático como la felicidad.

Lo que nos lleva de nuevo al punto central de esta nota. ¿Qué es la felicidad?

Uff. Vaya pregunta. Tomemos un paso atrás, ¿qué es lo que entendemos por felicidad?

Un motivo por el cual a muchos les puede parecer ridícula la idea de la felicidad en la boca de un presidente de la república es porque la felicidad nos conjura imágenes de momentos y sensaciones frívolas, juveniles, caprichosas, vinculadas a los placeres efímeros de la vida. Estamos felices cuando convivimos con los amigos en la fiesta, cuando celebramos el triunfo de nuestro equipo favorito de fútbol, cuando disfrutamos de un helado con la pareja, o cuando firmamos la boleta de un hijo aplicado. La felicidad es aquello que nos inunda cuando recibimos un aumento en el trabajo, cuando estrenamos un coche nuevo, cuando llegamos a un festival de música, o incluso cuando evitamos algún dolor, por ejemplo, cuando nos dicen que los análisis de un tumor salieron negativos. Alivio, orgullo, euforia, satisfacción, todos estos son tipos de placeres que nos hacen felices momentáneamente, ¿pero realmente es esto lo que puede ser sumado y tabulado en un índice alternativo al PIB?

La felicidad del momento (Matthias Hangst/Getty Images)

La historia de la civilización humana nos indica una y otra vez que la felicidad debe ser algo más profundo que la experiencia de placeres corporales. Si nos damos cuenta, la felicidad está en el centro de los grandes acontecimientos humanos. “Life, Liberty and the pursuit of Happiness” son los derechos fundamentales que encabezan la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Aquí otra pista, Eclesiastés 3:12 dice: “Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva”. Gandhi alguna vez dijo que “la felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía”. Y bueno, no es difícil encontrar en Google decenas de citas inspiradoras sobre la felicidad… Aquí el mensaje es que la felicidad va más allá del placer de tener un helado de vainilla en la boca.

La alegría de los placeres derivados de una vida voluptuosa es solo uno de los tres tipos de felicidad a los que uno puede aspirar según su modo de vida, y sucede que la vida voluptuosa nos brinda la felicidad más miserable de estas tres, la felicidad que la gran mayoría de personas tiene en mente cuando piensa en este dichoso concepto… ¡Porque es lo único que conocen! Lo siento, pero esto no lo digo yo, lo dice Aristóteles. ¿Quién es Aristóteles? Claro, voy a eso.

Aristóteles es, posiblemente, el filósofo más influyente de la historia. Todo estudiante, no importa la carrera, en algún punto de su trayectoria académica tuvo y tiene que leer a Aristóteles, porque este filósofo sentó las bases del pensamiento moderno: política, ética, lógica, literatura, retórica, biología, meteorología, botánica, usted diga, Aristóteles dejó su huella. Originario del Reino de Macedonia, ‘Ari’ suele ser agrupado con los otros pensadores de la Grecia antigua, ya que estudió por veinte años en la Academia, la escuela fundada por Platón en Atenas. Pero su vida es un poco más interesante que la del pensador promedio ya que fue tutor personal de Alejandro Magno durante su juventud, quien luego se convertiría en rey de Macedonia y conquistador de buena parte del mundo entonces conocido.

Alejandro Magno funda Alejandría (por Placido Costanzi – http://art.thewalters.org/detail/30203/alexander-the-great-founding-alexandria/, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=18845811)

Así como Platón con Dionisio en Siracusa, Aristóteles no tuvo éxito en transformar a Alejando en el filósofo rey que tanto ambicionaban en la Academia, pero la decepción no la tomó muy a pecho. En su regreso a Atenas, Aristóteles fundó su propio gimnasio, el Liceo, a partir del cual nació la escuela peripatética de filosofía. Todo esto ocurrió a mediados del siglo IV antes de Cristo, por si alguien quiere tomar nota de los años.

Fue en este periodo, como maestro en el Liceo, que Aristóteles escribió la mayor parte de sus textos. Lo que hoy se conoce como la obra aristotélica más bien está basada en los apuntes de sus cátedras, y ya luego estos fueron recogidos y editados, con tal de preservar las enseñanzas del venerado ‘maestro’. Por ejemplo, la Ética nicomáquea (que es el libro en el que me voy a apoyar para esta nota) adquiere este nombre porque fue rescatado y editado por Nicómaco, hijo de Aristóteles. O al menos esta es una de las teorías más aceptadas.

La Ética a Nicómaco es uno de los tres libros sobre ética atribuidos a Aristóteles (Ética eudemia y Magna Moralia, los otros dos) y también es uno de los pilares fundacionales de la filosofía occidental. No hay manera de brincárselo, es lectura obligatoria para los estudiantes de Derecho, Ciencia Política y claro, Filosofía, entre otras carreras. No obstante su trascendencia, la Ética no es una lectura sencilla, como suele ser el caso de los textos aristotélicos, ya que los textos no estaban pensados desde un inicio para un público lector, sino como notas de apoyo para las clases de Aristóteles en el Liceo.

De cualquier forma, a lo largo de los siglos, mucha gente se ha dado a la tarea de traducir, interpretar y divulgar las enseñanzas contenidas en la Ética porque Aristóteles tenía un acercamiento más pragmático a la filosofía que la disciplina teórica que ejercían Platón y Sócrates. Aristóteles se opuso al intelectualismo de sus maestros para bajar a la filosofía del pedestal de las ideas. Por consiguiente, la Ética de Aristóteles es como un manual de instrucciones que cualquiera puede seguir, sea rey o plebeyo, para ser feliz en la vida. Porque a final de cuentas, ese es el verdadero objeto de la filosofía, responder preguntas como ¿qué es la verdadera felicidad y cómo puedo ser feliz? Digámoslo así: la filosofía es solo una versión erudita de la revista Variedades.

Ahora sí, ¿qué es la verdadera felicidad?

Según Aristóteles, la felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la virtud perfecta. En otras palabras, la felicidad es el bien supremo.

Ah va. Pero lo que viene más al caso, ¿cómo alcanzar este bien perfecto? ¿Cómo puedo ser feliz? Vayamos al manual.

Escultura de mármol de Aristóteles (384 – 322 AC). (Hulton Archive/Getty Images)

Paso 1: Los modos de vida

Aristóteles identifica tres géneros de vida, cada uno con sus correspondientes bienes. Un bien, por cierto, es aquello hacia lo que todas las cosas tienden, y hay tres tipos de bienes, los bienes exteriores, los del cuerpo y los del alma. La felicidad es un bien del alma, y es un bien perfecto por ser autosuficiente, continuo, agradable y ya veremos luego qué más. Pero vamos por partes, estos son los tres géneros de vida:

1. La vida voluptuosa
2. La vida política
3. La vida contemplativa

Ya hablamos más arriba de la vida voluptuosa, cuyos bienes están identificados con los placeres corporales e individuales, y que son más propios del vulgo (estas son las palabras de Ari). Luego está la vida política, apta para el que sabe contenerse frente a las pasiones a través del ejercicio de las virtudes, y que encuentra la felicidad en la adquisición de bienes exteriores como los honores. Y por último, queda la vida contemplativa, es decir, aquella que está dedicada a la contemplación de la verdad mediante el cultivo de la filosofía y de las ciencias.

Sobra señalar cuál es nuestra última meta, aunque queda por decir que la vida política no es para nada desdeñable. En primer lugar, porque casi nadie está capacitado para una vida intelectual pura y también porque es mucho más pragmático desenvolvernos en el contexto de una sociedad política, tomando en cuenta que este modo de vida exige casi los mismos requisitos para alcanzar la felicidad que la vida contemplativa (salvo por el detalle de que “el fin de la política no es el conocimiento sino la acción”). Requisitos que vamos a ver si podemos cumplir en el siguiente paso (ah, pero antes de eso, hay que borrarse de la mente la imagen tan manchada que tenemos de la política y todos sus engendros en la modernidad; esto es política como concepto abstracto).

Paso 2: Las virtudes morales

Así que vamos a asumir que todos estamos varados en la vida voluptuosa. “El que transa no avanza”, “fondo, fondo, fondo”, “un político pobre es un pobre político” y todas las demás mentalidades que conlleva una vida de hedonismo, corrupción y excesos. ¿Cómo salimos de este hoyo? Ni modo, hay que entrarle a las virtudes del alma. Estas las divide Aristóteles en dos tipos:

1. Las virtudes éticas (o morales)
2. Las virtudes dianoéticas (o intelectuales)

El ser humano no nace con las virtudes éticas que lo van a definir más adelante, es decir que, “ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza”. Nadie nace valiente ni magnánimo. Más bien, estas virtudes proceden y se perfeccionan mediante la costumbre. “Adquirimos primero la capacidad y luego ejercemos las actividades”. Es por tal motivo que la educación es tan importante en los ojos de Aristóteles como lo fue para Platón, porque “los modos de ser surgen de las operaciones semejantes”.

Aristóteles nos presenta once virtudes morales: valentía, templanza, liberalidad, magnificencia, magnanimidad, paciencia, sinceridad, ingenio, simpatía, vergüenza y justicia. Esta última es definida como la virtud por excelencia “porque el que la posee puede hacer uso de la virtud con los otros y no solo consigo mismo”. Aristóteles, con justa razón, le dedica un capítulo a la justicia y a su contrario en la Ética a Nicómaco, al ser “la práctica de la virtud perfecta”, ya que es la única actividad que afecta al bien ajeno. Pero regresemos a las virtudes éticas y veamos cómo podemos alcanzarlas.

Al ser morales, damos por entendido que hay deliberación, elección y voluntad de nuestra parte, pero también hay un juego de equilibrios. Las virtudes morales (y sus contrapartes, los vicios) no son ni pasiones, ni facultades, sino “modos de ser” por los cuales “el hombre se hace bueno” (o malo). Para transformarse en una persona virtuosa, cada virtud tiene su exceso y su defecto, por lo que debemos apuntar hacia el término medio entre los dos vicios y hacer de la actividad media un hábito.

Por ejemplo, el exceso de la valentía es el temerario, el que no le tiene miedo a nada, mientras que el defecto es el cobarde, el que le tiene miedo a todo. En su punto medio está el valiente, es decir, un sujeto que no es ajeno al temor y que es intrépido “pero como se debe y como la razón lo permita a la vista de lo que es noble, pues éste es el fin de la virtud”. Y ya que el fin de toda actividad (la valentía) está de acuerdo con el modo de ser (ser valiente), tal lo será el fin correspondiente (la nobleza). “Es por esta nobleza, entonces, por lo que el valiente soporta y realiza acciones de acuerdo con la valentía”.

El león cobarde que quería ser valiente (Insomnia Cured Here, CC BY-SA 2.0, https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/)

Paso 3: Las virtudes intelectuales

Pasemos a las otras virtudes, las dianoéticas o (en vista de que nadie se va acordar de ese término) las virtudes intelectuales. Esta clase de virtudes está vinculada con las virtudes morales porque para saber elegir el término medio entre un exceso y un defecto se requiere de la “recta razón”, la cual es obra de la sabiduría. Elaboremos un poco. Las virtudes morales son modos de ser relativos a la elección. La elección es básicamente un “deseo deliberado” y para que la elección sea buena, el razonamiento “debe ser verdadero y el deseo recto”. En otras palabras, sin virtudes intelectuales no hay virtudes morales.

Aristóteles identifica cinco virtudes intelectuales. Estas las define en su conjunto como “disposiciones por las cuales el alma posee la verdad cuando afirma o niega algo” y de su cultivo depende la felicidad en la vida contemplativa. Estas virtudes “se originan y crecen principalmente por la enseñanza, y por ello requieren experiencia y tiempo”. Pase de lista:

1. El arte (techne) – La disposición productiva o el poder práctico
2. La ciencia (episteme) – Conocimiento científico
3. La prudencia (phrónesis) – Opinión moral
4. La sabiduría (sophía) – Sabiduría filosófica
5. El intelecto (nous) – Entendimiento intuitivo

Entre toda estas, Aristóteles le dedica el mayor espacio a la prudencia en su Ética, porque la prudencia “es un modo de ser racional, verdadero y práctico, respecto de lo que es bueno y malo para el hombre”. Pongo un ejemplo. Digamos que ejerces la prudencia cuando ves que hay grandes descuentos de viajes a Europa para este verano. Si no tuvieras prudencia alguna, harías la reservación de inmediato, vuelo, hotel, actividades, paquete todo incluido, pero tú que eres una persona prudente guardarías tu cartera y vendrían a tu mente una serie de razonamientos tipo, hmmm, todavía hay pandemia, me pondrían en cuarentena en el hotel, perdería buena parte de mis vacaciones y es posible que muchos destinos sigan cerrados. Gracias a la prudencia (una virtud) pudiste frenar una disposición moral que más adelante identificaremos como incontinencia.

Encima de esto, el desarrollo de la prudencia es crítica en la vida política porque “los prudentes buscan lo que es bueno para ellos y creen que esto es lo que debe hacerse” en una sociedad, por lo que la prudencia contribuye al diseño de leyes que permitirán la práctica constante de las virtudes morales en la población. “La obra del hombre se lleva a cabo por la prudencia y la virtud moral, porque la virtud hace rectos el fin propuesto, y la prudencia los medios para este fin”.

Paso 4: Evitar las trampas del vicio

Tenemos que cubrir la otra cara de la moneda, porque esta cara es la preferencia o la jaula de mucha, mucha gente. Según Aristóteles, hay tres clases de disposiciones morales que deben evitarse y éstas son:

1. El vicio
2. La incontinencia
3. La brutalidad

Abordemos primero la incontinencia y pongamos una pasión sobre la mesa como ejemplo: la pasión por los videojuegos. Dicha pasión produce en la cabeza del gamer la necesidad de jugar por horas y horas un videojuego recién comprado del cual deriva múltiples placeres. En el caso de la persona continente, este gamer sabe que su pasión es mala, y su razón le dicta que tiene que parar el juego para poder comer algo y dormir. El incontinente, en cambio, “sabe que obra mal movido por la pasión”, y aún así, sigue jugando, no duerme, no come, con tal de satisfacer su deseo y en tres días los paramédicos lo encuentran deshidratado en su habitación, al borde de la muerte.

Mientras el incontinente está dominado por las pasiones, el licencioso es aquel que “persigue con exceso los placeres y rehúye los dolores” por una elección deliberada. Es por este motivo que la incontinencia no es un vicio, porque “la incontinencia es contraria a la propia elección, y el vicio está de acuerdo con ella”. En otras palabras, todavía el incontinente es capaz de arrepentimiento, ya que la pasión “no lo domina hasta tal punto de estar convencido de que debe perseguir tales placeres sin freno”. Cualquier víctima de una adicción caería en este terreno, puesto que en estas personas “se salva lo mejor que es el principio”.

Aristóteles identifica como brutales o morbosos a los que hoy clasificaríamos como personas que padecen alguna enfermedad mental. “Nadie podría llamar incontinentes a aquellos cuyas disposiciones son causadas por la naturaleza”, por lo tanto, dichas disposiciones caen fuera de los límites del vicio. Ellos son “los que carecen de juicio, los que son irracionales por naturaleza y viven solo con los sentidos” y por más fría que puede parecer esta clasificación, Aristóteles los distingue de los que son malos por elección, como el licencioso.

“La brutalidad no es tan mala como el vicio, aunque es más temible, pues no hay corrupción de la parte mejor, como en el hombre, ya que no la poseen”. Aristóteles debe ser de los primeros en plantear una teoría psicológica de la justicia criminal cuando expresa que “la maldad de lo que no tiene principio de acción es siempre menos dañina, y el principio aquí es la mente.” Desde hace 2,400 años, Aristóteles le está avisando a la opinión pública que las personas con problemas de salud mental no suelen ser peligrosas.

Incontinencia (Ian Gavan/Getty Images)

Paso 5: Construye buenas amistades

Uno pensaría que en la vida contemplativa los amigos salen sobrando, sobre todo cuando vemos que la felicidad como bien supremo es autosuficiente, es decir, al que es feliz le basta con lo que tiene y no echa nada en falta. Pero Aristóteles es el primero en reconocer que “el hombre es por naturaleza un ser social”, y la autarquía de la felicidad no corresponde al ser que vive una vida solitaria, sino en relación con su familia, sus amigos y sus conciudadanos.

En efecto, la amistad “es una virtud o algo acompañado de virtud” por ser un instrumento que nos facilita la oportunidad de hacer el bien. Pero como nada es sencillo en la obra aristotélica, también aquí tenemos varios tipos de amistades. Bueno, solo tres.

1. La amistad por el placer
2. La amistad por utilidad
3. La amistad por virtud

Como se podrá deducir, la amistad por placer son los amigos cuya compañía nos abruma de placeres corporales y esta interacción tiende a ser recíproca (bueno, en los tres tipos de amistades debe haber reciprocidad). Tus amigos con los que vas al cine porque comparten ese gusto en común, o el extranjero que conoces en el aeropuerto y le haces la plática para pasar el tiempo, o incluso aquellos “amigos” que agregaste a tu cuenta de Instagram para que aumentara el número de likes en tus fotos. Bajo este tipo de amistad, los amigos van y vienen, porque la amistad cambia con el placer y los placeres cambian fácilmente. Esto incluye los noviazgos, porque “la mayor parte del amor tiene lugar por pasión y por causa de placer”.

En lo que respecta a la amistad por utilidad, esta se refiere en parte a los amigos por conveniencia. “Los que se quieren por interés no se quieren por sí mismos, sino en la medida en que pueden obtener algún bien unos de otros”. El término “amigos por conveniencia” suele conjurar imágenes algo negativas, pero bajo esta categoría entran también las relaciones de trabajo, los socios en una empresa, los contratos en los negocios, o los políticos que hacen concesiones entre ellos para llegar a un acuerdo.

En estas dos amistades, las de utilidad y las de placer, Aristóteles afirma que son “por accidente”, porque “uno es amado no por lo que es, sino por lo que procura”. En cambio, la amistad perfecta ocurre entre las personas buenas e iguales en virtud. En otras palabras, la fuerza del vínculo amistoso radica, no en la personalidad individual, sino en la moralidad, “pues en la medida en que son buenos, de la misma manera quieren el bien uno del otro.”

Únicamente las personas virtuosas son capaces de la amistad perfecta, puesto que los viciosos solo construyen relaciones por interés o por placer, y estas resultan fáciles de disolver al momento en que desaparece la reciprocidad. Los mejores amigos, en efecto, son pocos porque “pocos hombres existen así”, además de que estas amistades “requieren tiempo y trato […] hasta que cada uno se haya mostrado al otro amable y digno de confianza”. Pero una que vez que existe esa relación, la amistad perfecta confirma la solidez de las virtudes propias. La felicidad como bien supremo ha sido alcanzada.

Amistad por utilidad (Photo by Carl Court/Getty Images)

Paso 6: “Don’t worry, be happy”

Recordemos que la felicidad es el bien perfecto porque ya no hay nada que le podamos agregar para ser mejor, sino que se basta a sí misma. Todos los placeres, incluso los más nobles, y todas las virtudes, “los deseamos en verdad, por sí mismos, pero también los deseamos a causa de la felicidad, pues pensamos que gracias a ellos seremos felices”. La persona virtuosa comprende que “el hacer lo que es noble y lo que es bueno es algo deseado por sí mismo”, ya que no somos valientes, sinceros o justos porque eso es lo que dicta la ley (aunque las leyes hayan contribuido a formar hábitos), ni porque nos contenemos a pesar de nuestras inclinaciones más viles y no permitimos que las pasiones nos dominen.

“La actividad más preferible para cada hombre será, entonces, la que está de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre bueno será la actividad de acuerdo con la virtud”, dice Aristóteles, señalando a su vez que solo el placer del hombre ético es bueno y propio del hombre, ya que son dados a perfeccionar estas actividades que derivan en la felicidad (como el placer de ayudar a un mejor amigo o el placer de ser reconocido por sus esfuerzos en el campo de batalla). Sobre las virtudes, la perfección de estas radica en elecciones y acciones, “y cuanto más grandes y más hermosas” sean las acciones “más se requieren”.

En lo que respecta a la felicidad de la vida contemplativa, “la felicidad perfecta”, Aristóteles nos dice que esta actividad virtuosa es la más excelente, la más continua y la más agradable porque está en concordancia con la sabiduría. El filósofo sostenía que el intelecto es lo mejor que tenemos, por lo que debemos “hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros”. El resultado de esto es la contemplación, lo más semejante que tiene el ser humano a una actividad divina.

Un último punto sobre esta virtud de la mente. Todos los seres vivos tienen su lugar y su función en la naturaleza, sean plantas, animales, hongos o bacterias. Y cada uno de estos seres está programado para hacer lo que es propio de cada uno por naturaleza, es decir, lo mejor y lo más agradable. “Así para el hombre, lo será la vida conforme a la mente, si, en verdad, un hombre es primariamente su mente. Y esta vida será también la más feliz”.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de la pintura de ‘Aristóteles’ de Francesco Hayez.

ESPECIALES DE FILOSOFÍA EN NOTICIEROS TELEVISA

Platón: Por qué Platón tenía tanto desprecio por la democracia
Sócrates: Consejos de Sócrates para que tus hijos crezcan y piensen como filósofos

Autor:
Javier Carbajal Doxálogo