Filosofía: Consejos de Sócrates para que tus hijos crezcan y piensen como filósofos

Una guía que ofrece Platón, a través del personaje de Sócrates en 'La República', para establecer la educación filosófica de un niño.
abril 29, 2020

Si el lector tiene prisa puede saltarse el siguiente relato y pasar directo a los consejos de Sócrates, encontrados a la mitad de este artículo. Mas debo advertirle que se trata de una historia que viene mucho al caso.

¿Listo?

Espere. Cambio al informal de la segunda persona.

Ahora sí.

Imagina que vives en una ciudad subterránea. Naciste en la oscuridad de las cavernas porque, hace varias generaciones, un virus se propagó por el planeta, lo que detonaba una enfermedad que mataba a los seres humanos en cuestión de días. A través de la televisión y las redes sociales, la humanidad recibe recordatorios de los riesgos inconmensurables de subir a la superficie, acompañados de imágenes que exhiben a un planeta desolado, cubierto de cenizas.

Los trabajadores de la ciudad se ganan la vida como empleados de grandes fábricas. Giran válvulas los unos, toman medidas los otros, pero nadie sabe con certeza qué es lo que producen. De cualquier forma, es un trabajo bien remunerado por las autoridades locales y pone comida sobre la mesa. Tu ciudad subterránea cuenta con algunos puntos fronterizos con caminos a un mundo desconocido, pero son vigilados por guardias que supuestamente velan por la seguridad de la ciudadanía. Sus rostros están cubiertos por unas caretas.

Un día, mientras caminas al trabajo, te topas con algo insólito al pasar por una de las salidas de la ciudad. Un guardia fronterizo yace muerto en su caseta de vigilancia y no hay rastro de los otros elementos de seguridad. Sales de la caseta para pedir ayuda pero luego pasa por tu mente una idea perversa. Por primera vez, en toda tu vida, un cruce fronterizo está desprotegido. Así que tomas el equipo del guardia fallecido y te pones su uniforme, incluyendo la careta. Acto seguido, caminas hacia la salida, procurando que nadie te esté siguiendo, y ya del otro lado del límite, emprendes tu fuga.

Después de varias horas de subir escaleras, esquivar ventiladores y explorar pasadizos en la oscuridad, te topas con una luz que se escurre por una cloaca. Será ésta la superficie, te preguntas con miedo y emoción. Al dar tus últimos pasos por el alcantarillado, la luz te absorbe y tus ojos quedan cegados por unos instantes. Te cuesta trabajo acostumbrarte a la luz natural, así que corres hasta encontrar refugio en la sombra de un edificio cercano. Al poco tiempo, tu vista se acostumbra de manera gradual al entorno. Te aventuras a salir de tu refugio y te das cuenta de que no estás en medio de un terreno devastado, sino en las calles de una zona residencial.

Te asombras con las hojas verdes de los árboles y pasas la mano sobre la corteza, escuchas los cantos de los pájaros y te sorprendes cuando un perro chow chow se te acerca y te huele los pies. Todo esto te resulta familiar porque has visto imágenes de árboles, pájaros y perros chow chow en la televisión, pero nunca en la vida real. Pero luego te percatas de las miradas de la gente que se detuvo extrañada para contemplar a este hombre de uniforme y con el rostro cubierto por una careta. Optas por seguir un camino para no crear un espectáculo de ti mismo. La gente de la superficie te parece bastante ordinaria salvo por un detalle: el color de piel de estos humanos es diferente al tuyo, al de tu familia y al de toda la población de la ciudad subterránea.

Con el paso del tiempo, los misterios de este mundo de luz y colores se van revelando. Confirmas que el virus sí existe y el uniforme que te robaste es lo que te mantiene con vida a través de un respirador artificial. En una biblioteca descubres que hace muchas décadas, un brote infeccioso apareció por primera vez en un país remoto y se propagó por todo el mundo. Los síntomas más terribles, sin embargo, solo se manifestaron entre las personas de características físicas muy específicas, por lo que este sector de la población se vio obligado a refugiarse debajo de la corteza terrestre.

Estos pobladores subterráneos terminaron por fundar su propio Estado y erigir nuevos gobiernos. Así que llegaron a un acuerdo. A cambio de la generación de energía y otros servicios fundamentales proporcionados por las ciudades escondidas, el mundo de la superficie compensaría el esfuerzo laboral de los refugiados. Pero con el paso de los años, la sociedad de la superficie se olvidó de la gente subterránea, los servicios de energía pasaron a ser un mero trámite burocrático y la comunidad científica abandonó sus intenciones de hallar una vacuna para los habitantes de aquellos pueblos marginados.

Entonces encuentras tu propósito. Tus ojos se abren y se dispara por tu mente el objetivo de esta misión que no sabías que habías emprendido. Dedicas todo tu tiempo al estudio de las matemáticas y las ciencias naturales. Devoras todos los libros en la biblioteca y luego aplicas los conocimientos adquiridos a la experimentación. Haces pruebas, correcciones, ajustes y más pruebas, hasta que llega el momento en que tienes en tus manos el producto final: una vacuna.

Decides que tú serás el primer voluntario humano de tu propia vacuna. Tomas la jeringa y te inyectas en el brazo. Te quitas el respirador artificial que te había mantenido con vida en la superficie y sales a la calle. Tomas una bocanada de aire y exhalas. No pasa nada. Te sientes bien. Sigues vivo. Todo parece indicar que la prueba fue un éxito. Entonces sólo queda el paso final: regresar a la ciudad subterránea con la vacuna. Nadie te puede borrar la expectativa de ser recibido como un héroe.

***

Captura de pantalla / THX 1138

Esta historia que acabo de interrumpir no es más que una versión más, una versión moderna de la alegoría de la caverna. De todas las alegorías compartidas por Platón en sus obras, esta es la más conocida, la más influyente, y también tiene la distinción de ser uno de los primeros relatos de ciencia-ficción de la historia.

Si la narrativa te parece familiar, esto no debe ser sorpresa. La alegoría de la cueva ha servido de premisa a múltiples historias que van desde 1984 de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, a películas como THX 1138, The Matrix o The Truman Show. Se trata de un tema universal, verse atrapado en un mundo de ilusiones que siempre diste por hecho que era la realidad, hasta que un día, *algo ocurre* que te lleva a descubrir que aquellos espejismos no eran más que una representación del mundo real. La revelación del engaño. El encuentro con la verdad. Es un tema tan poderoso que se presta a cualquier combinación de elementos narrativos.

Pero la lección que Platón busca transmitir a través de esta alegoría tiene que ver con el tremendo poder de la educación. Para este enorme filósofo de la Grecia antigua, una sociedad como la ateniense sería capaz de erradicar todos sus males “cuando sus reyes se conviertan en filósofos o los filósofos se conviertan en reyes”. Pero para alcanzar una utopía como esta, había que partir desde la infancia. Una persona no llega a ser filósofo solo porque leyó un libro de aforismos inspiracionales (o porque tomó un curso en línea de cuatro meses).

Con esta idea en mente, Platón fundó la Academia, la primera escuela diseñada para educar a la nueva generación de “guardianes”, una clase aristocrática, cierto, aunque de formación filosófica, que se encargaría de las funciones de gobierno. Sobra señalar que las ciudades-estado del siglo V antes de Cristo eran muy diferentes al concepto que tenemos hoy de una sociedad moderna y democrática, por lo que las ideas políticas de Platón y su poca fe en la democracia pueden resultar temas incómodos.

Pero esto no quiere decir que los escritos de uno de los grandes pensadores de la humanidad no sean dignos de estudio. En La República, quizás el más famoso de sus diálogos, Platón, a través del personaje de su maestro Sócrates, presenta un plan de estudios para que un niño (o una niña: a diferencia de muchos de sus contemporáneos, Platón era un proponente de la igualdad de oportunidades entre los géneros) pueda recibir la educación necesaria para crecer y pensar como filósofo.

Pero, ¿qué es un filósofo?

Parece que las “torres de marfil” de la academia se han encargado de intimidar a la gente “común”, al hacerlos pensar que un filósofo es un intelectual excéntrico que se encierra en un monasterio para escribir ensayos de mil cuartillas que nadie en su sano juicio podría comprender. Platón, en cambio, define al filósofo simplemente como “un amante de la sabiduría”. Su pasión reside en “el conocimiento de todo tipo sin distinción” y su último objetivo es “ver la verdad”. Para llegar a este punto, el de la “episteme” o conocimiento, el filósofo debe estar dotado de una curiosidad que lo motiva a hacer preguntas y a reflexionar las respuestas.

Tenemos libertad de interpretar las enseñanzas de Sócrates en los libros de La República para adaptarlas como consejos para los padres de familia que quieran guiar a sus hijos por el camino de la filosofía. Seguro muchos pedagogos pegaron el grito al cielo cuando leyeron la obra de Platón (¿¡abolición de la familia!?), pero ya verán que hay varias ideas que podemos rescatar de los pergaminos.

(Sócrates, por cierto, fue el maestro y amigo de Platón, pero nunca puso ninguna de sus ideas por escrito. En este contexto, Sócrates es más bien un personaje de ficción. A través de los diálogos, Platón quería honrar la memoria de su maestro al plasmarlo como el sabio protagonista de la obra.)

“La escuela de Atenas” de Rafael Sanzio (Stitched together from vatican.va, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4406048)

PRIMER CONSEJO: El adulto no es un cirujano que implanta conocimiento donde antes no había, sino un guía que ofrece indicaciones para que el alumno tome el camino adecuado

Si pones un libro en las manos de un niño y lo obligas a leer treinta páginas todos los días, es muy probable que termine por aborrecer la lectura. Pero si acompañas a un niño a una biblioteca (o a una librería), le das una lista y le pides que seleccione los libros que más le interesen, su propia curiosidad lo va a conducir por los pasillos. Ahí se encontrará con otros títulos que llamarán su atención, como La isla del tesoro o La historia sin fin. Con un poco de motivación, podría germinar en su cabeza el deseo de leerlos más adelante.

Por eso la alegoría de la caverna es tan efectiva. Una cosa es que el custodio le diga al prisionero que las hojas de los árboles son verdes o que imite el canto de los pájaros, y otra cosa muy distinta es soltarlo de sus cadenas e indicarle el camino que desemboca en el mundo exterior. Con sus propios sentidos podrá cerciorarse de que las hojas de los árboles son verdes, así como el sonido real que cantan los pájaros. La iniciativa propia es mucho más enriquecedora que el taladro educativo del maestro, aunque la figura del guía sigue siendo imprescindible.

Sócrates decía que el ser humano tenía un tercer ojo, el cual estaba fijo en la mente (no en el sentido literal, por supuesto). A diferencia de los ojos que necesitan de la luz del sol para ver las cosas en todos sus colores, el ojo de la mente necesita de otro tipo de luz, un concepto traducido al español como la Idea del Bien, para detectar la verdad y la realidad. A lo largo de la historia, esta luz ha sido interpretada de diversas maneras: la luz es Dios, la luz es la inteligencia, etc. Pero en este contexto educativo, el niño requiere de un guía que primero gire el cuerpo y ponga el ojo de la mente en la dirección que lo llevará hacia la verdad. El Bien se encargará del resto.

“Alegoría de la caverna” de Platón, dibujado por Markus Maurer (Veldkamp, Gabriele and Maurer, Markus, CC BY-SA https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es3.0)

SEGUNDO CONSEJO: La mejor educación en los primeros años está en los juegos y las historias

Si el primer consejo era en términos generales, los siguientes consejos abarcan, de manera específica, ciertos periodos en el tiempo, en este caso, los primeros años de la infancia.

¿Alguna vez te has preguntado cuál es el origen de los cuentos infantiles, como Jack y las habichuelas mágicas, Pinocho, Caperucita roja o Cenicienta? ¿Cómo es que estas historias sobreviven de una generación a otra, o pasan de ser cuentos en un libro a películas animadas de alto presupuesto?

Desde hace siglos, las civilizaciones de la historia, desde los aztecas y los mayas a las culturas del lejano oriente, se han apoyado en historias que cuentan a los niños, no tanto como fuente de entretenimiento, sino para que estos empiecen a desarrollar una personalidad fundamentada en virtudes como prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Si le dices a un niño “tienes que proteger a tu hermano porque eres el más grande”, le lección puede que pase por un oído y salga por el otro, pero si este es el mensaje que extrae de un cuento como Hansel y Gretel, la lección será más profunda que cualquier regaño.

Por esto, Sócrates le decía a sus discípulos que “las primeras historias que escuchen deben apuntar hacia el desarrollo del carácter de mayor excelencia”. El filósofo era muy estricto en lo relativo a contenido, a tal grado de censurar o prohibir historias que puedan confundir al niño. Sería contraproducente, por ejemplo, poner a un pobre chico de 5 años a ver una película de terror como El conjuro, o alguna serie de contenido adulto, como Game of Thrones. Tampoco se trata de exhibirlos a las crueldades de la vida cotidiana desde una edad tan temprana, sino de infundir valores que serán de gran importancia para la formación del temperamento filosófico.

Los juegos también “juegan” un papel importante en los primeros años de la educación. En los jardines de niños, los mejores maestros suelen ser aquellos que enseñan jugando. Y el éxito histórico de programas como Plaza Sésamo habla por sí solo. Desde la era antigua se ha sabido que, perdona el cliché, “aprender es divertido” porque la mente ya está diseñada para absorber conocimiento. Los actos de exploración y descubrimiento ya de por sí otorgan un enorme placer a la mente, placer que los niños hoy suelen extraer de videojuegos, sobre todo durante estos años de mayor impresión. Por eso, el padre o la madre deben sentarse a investigar de qué va un juego, y determinar si este puede contribuir al desarrollo de las virtudes adecuadas, antes de ponerle en sus manos un Resident Evil V.

ilustración de una fábula de Esopo (Internet Archive Book Images – https://www.flickr.com/photos/internetarchivebookimages/14779699101/Source book page: https://archive.org/stream/aesopsfables00aeso/aesopsfables00aeso#page/n109/mode/1up, No restrictions, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=43618564)

TERCER CONSEJO: Educar la mente antes que el cuerpo

Parece un castigo bastante cruel, ¿no? Tener que someter a los niños, a una edad tan joven, a torturas como tablas de multiplicar, lecciones de quebrados, exámenes de historia, recitaciones de poesía y demás. Pero desde la era antigua, la civilización humana ha sostenido que la mejor edad para adquirir estos conocimientos es precisamente la infancia.

Sócrates indicaba esto no solo por la cualidad tan maleable de la mente de un niño, también porque desde pequeño debe comenzar su entrenamiento en el razonamiento de términos abstractos. Por más tentador que parezca la cancha de futbol, el deporte debe pasar a segundo plano. Sócrates optaba por dejar a un lado la actividad física (por el momento) para dedicarse al desarrollo del intelecto. Su primer enfoque era la diánoia, es decir, el razonamiento matemático. ¿Por qué? Porque los objetos numéricos “son eternos” y el cálculo presenta a la mente “el camino hacia la verdad”. En seguida vamos a ver qué significan estas frases de galleta de la suerte.

Sócrates ponía cinco materias por encima de todas las demás: aritmética, geometría, estereometría, astronomía y armonía. Estereometría es el estudio de los cuerpos sólidos en la geometría, así que podemos agrupar esas dos materias en una clase de dos partes. Y por astronomía no se refiere a la observación de los astros celestes, sino al cálculo de elementos invisibles como las órbitas de los planetas o la distancia de las estrellas.

¿Por qué matemáticas? ¿Por qué no historia, literatura, lenguas extranjeras, civismo o incluso ciencias naturales? Seguro podemos permitir que estas materias tengan su lugar en un plan de estudios actualizado, pero las matemáticas adoptan un lugar primordial en el aprendizaje del niño porque estas materias son el escalón directo al siguiente nivel: la dialéctica, es decir, el ejercicio del razonamiento puro, la noesis.

Voy a elaborar. En la actualidad estudiamos matemáticas de la misma manera que aprendemos a leer y escribir. Aprendemos a sumar y restar porque es una habilidad que nos va a servir en la vida: para contar dinero, para contar las pulgadas en la tele, para calcular cuántas semanas nos queda de maldita cuarentena, y todo esto es muy útil pero los griegos estudiaban números no por su utilidad práctica sino por su naturaleza.

Sigo elaborando. Tú puedes acercarte a una pintura de Goya y decir que es horrenda y yo puedo mirar la misma pintura y decir que es brillante. Tenemos opiniones distintas, pero ninguno está estrictamente en lo correcto, ni está equivocado. En cambio, alguien puede escribir 2 + 2 = ? en el pizarrón y todos estarían de acuerdo en que hay una, y solo una, respuesta correcta en el terreno puro de la aritmética. Partimos de una premisa y llegamos a una conclusión.

La dialéctica va más allá, porque “destruye” las premisas que están sujetas a las matemáticas (2+2) y lleva la discusión racional a un primer principio. En otras palabras, en la dialéctica intentas comprender lo que cada cosa es por sí misma (su ‘Forma’ ideal) sin recurrir a los sentidos. Piensa que son propiedades matemáticas pero proyectadas sobre conceptos abstractos como la belleza o la justicia. Podríamos decir que esta teoría, que es la Teoría de las Formas, otorga valores inmutables y eternos -lo que hoy se conocen como “ideales platónicos”- a estos conceptos que, en un plano más bajo, son materia de tanta discusión.

Estatua de Platón en Atenas (REUTERS/Yannis Behrakis)

CUARTO CONSEJO: No permitas que tus hijos sean poetas

En su teoría del arte, Sócrates bromeaba que los filósofos y los poetas tenían pleito. No obstante su admiración por las obras de Homero, Hesíodo y los dramaturgos, Sócrates argumentaba que los artistas no tenían lugar en su Estado perfecto, por lo que debían ser echados a patadas de los límites de la ciudad.

Sócrates infería que un filósofo no podía dedicarse a las artes porque ser artista y filósofo a la vez es una contradicción. En la actualidad es muy fácil señalar a varios filósofos que han escrito obras o novelas extraordinarias como Jean-Paul Sartre o Albert Camus, por lo que la teoría del arte de Platón podría ser tachada de prejuicio, a menos de que Platón salga de su tumba y diga: “No es que esos filósofos sean buenos novelistas, más bien esos novelistas son malos filósofos”.

Según Platón, su critica al arte radicaba en la teoría de las formas. Digamos que hay una Forma de la cama, es decir, el ideal platónico de una cama, el cual solo existe en la mente porque su esencia es divina, inmutable, eterna y todo aquello. Ahora bien, digamos que un artista te presenta la pintura de una cama. A su lado, está la cama que sirvió de modelo, la cual fue diseñada y construida por un carpintero. Y obviamente, el carpintero se basó en el ideal de una cama para construir su cama de madera. De acuerdo a la teoría de las formas, la cama con mayor verdad es la que existe en la mente del carpintero, seguida por la cama visible y tangible que construyó el carpintero. Por último, la cama con menos verdad es la representación del pintor, la cual existe en el bajo mundo de las ilusiones (eikasia).

Bajo este esquema, el artista está demasiado alejado de la verdad, cuando el propósito del filósofo es acercarse a la verdad, la Forma ideal de las cosas.

QUINTO CONSEJO: El cuerpo también debe ser entrenado

Es un error común pensar que la formación filosófica se limita al estudio y las reflexiones de temas intelectuales. La educación física también tiene su función en el modelo educativo de Sócrates. En la Atenas de la antigüedad, al llegar a los 18 años de edad, los jóvenes debían cumplir dos años de servicio militar, una tradición que ha perdurado hasta la modernidad en muchos países, incluyendo México.

Para Sócrates, dos años era más que suficiente para entrenar el cuerpo. En la actualidad, buena parte del mundo le ha asignado un valor desmesurado a las actividades deportivas. A partir de la infancia, aquellos que se dedican al deporte ponen todo su empeño al desarrollo del cuerpo, mientras que la mente se limita a formular tácticas para superar al rival. Los atletas, como es de esperarse, tienen su lugar en la sociedad moderna, pero así como un filósofo no puede ser un artista, es de esperarse que tampoco pueda ser un deportista profesional.

De cualquier forma, en la Grecia antigua, el filósofo guardián debía estar preparado para las exigencias del campo de batalla, por lo que un intelectual encerrado en la Academia era de poco mérito como líder. Pero fuera de los fines prácticos de montar a caballo o practicar con la lanza, la actividad física también tenía su papel en la formación del temperamento filosófico, el cual debía estar siempre en equilibrio.

Sócrates establecía que el alma consistía de tres elementos: la razón, las fuerzas del espíritu (gentileza, valentía, indignación, etc.) y los deseos (hambre, apetito sexual). El temperamento filosófico era aquel que no se dejaba domar por los deseos, logrando una alianza entre la razón y el espíritu. Para la filosofía, el equilibrio entre la educación física y mental, así como el equilibrio entre las fuerzas que rigen el cuerpo, era fundamental para el desarrollo del carácter ideal.

SEXTO CONSEJO: Que no le de mucho peso a las opiniones de los demás

Una vez concluida la educación básica y el periodo de educación física, nuestro brillante joven está listo para darse un clavado en la dialéctica. Pero cuidado porque sumergirse en el terreno del razonamiento puro es sumamente complicado en la actualidad, en este mundo que gira en torno a las redes sociales y el peso que la sociedad le otorga a los líderes de opinión. La internet está llena, llena, llena de jóvenes inteligentes que pululan los foros de opinión pública y se dejan corromper por las voces más elocuentes y las mentes más carismáticas.

Digamos que eres uno de estos jóvenes aspirantes a filósofo. Tienes un empleo que te permite trabajar en casa, o mejor aún, una beca con la que puedes costear tus gastos sin esfuerzos adicionales. Tienes una conexión de 30 megas, así que te la vives en frente de tu computadora, ya sea jugando videojuegos o en foros de Reddit. Te levantas a las 11, trabajas una media hora en tus proyectos académicos, pides comida para llevar a las 3, alguien de tu familia te deja productos del supermercado en tu puerta, pides comida para llevar a las 8, y así te la pasas todos los días. El caso es que nunca sales de casa, ni siquiera los fines de semana.

Si esto te empieza a sonar a la alegoría de la caverna, tienes toda la razón, estamos regresando a la cueva. Tu único acceso al mundo exterior son plataformas como Instagram y foros de internet donde los usuarios comparten memes racistas y opiniones políticas de trolls extremistas. Pero esta vez no hay nadie que te libere de los grilletes. Tu mundo es el mundo de las opiniones, la doxa, un terreno peligroso pero atractivo, habitado por sombras e ilusiones.

Para Sócrates, la doxa es este amplio terreno entre el conocimiento y la ignorancia donde comulgamos la gran mayoría de nosotros. Si tienes una opinión o una creencia, ¡felicidades! Eres un sabio de las medias verdades. Una persona con opiniones, por ejemplo, es capaz de admirar las cosas bellas del mundo (como una escultura, una película o una novela), pero no puede entender qué es la belleza en sí, la Forma de la belleza.

Échale un vistazo a Twitter, una red social que vive de las opiniones que oscilan entre el conocimiento y la ignorancia. Políticos que opinan de epidemias, científicos que opinan de cine, artistas que opinan de guerras, hombres que opinan de feminismo, militares que opinan de garantías individuales, gente que opina sobre animales y un largo etcétera de palabras que fueron arrojadas al teclado por fuerzas ajenas al razonamiento. Para el filósofo que quiere acercarse a la verdad, Twitter es un pantano que presenta el riesgo de quedarse varado.

Pero regresemos al pobre chico cuya visión del mundo exterior se reduce a las imágenes que comparten sus contactos en Instagram o las opiniones de homófobos, racistas, misóginos, xenófobos y demás istas y fobos. Así como los prisioneros de la cueva, lo único que percibes del mundo a través de las redes sociales no es más que una fracción engañosa de lo que existe allá fuera. Porque si a ese joven se le va la luz y tiene que arriesgar el cuero en el mundo exterior para buscar comida, su reacción inicial será muy similar al del prisionero que tiene que tallarse los ojos para acostumbrarse al sol.

No hacen falta cuevas en esta nueva alegoría (Tian ye via Reuters)

¿Estás seguro de que todavía quieres que tus hijos crezcan y piensen como filósofos? Perfecto.

SÉPTIMO CONSEJO: No permitas que tus hijos sean filósofos

Regresemos a la historia del sujeto que escapó de la ciudad subterránea para luego crear una vacuna en el mundo de la superficie. ¿Qué crees que le ocurrió a este joven? ¿Piensas que fue recibido como un héroe porque trajo una cura de regreso?

¡Por supuesto que no!

Cuando este pobre tipo regresó con la vacuna milagrosa en su posesión, ninguno de los habitantes creyó en su historia. La mayoría pensó que estaba loco. Otros le dieron unos segundos de atención pero opinaron que las vacunas son nocivas para la salud porque causan autismo, así que lo ignoraron. Pero cuando este sujeto insistió en probar su cura, las autoridades lo arrojaron a la cárcel por alterar el orden público. Días después fue acusado de asesinar al guardia que le había robado el uniforme y terminó condenado a muerte.

Si este desenlace te parece inverosímil, toma en cuenta que Sócrates -el personaje histórico- también recibió una sentencia de muerte, acusado por la clase política de corromper a la juventud.

En La República, Sócrates -el personaje ficticio- argumenta que el filósofo es un sujeto que el resto de la sociedad mira con desprecio o desconfianza. Para la clase que se aferra al poder, el filósofo es un sujeto que se presenta como una amenaza a sus privilegios. Como bien nos muestra la historia, una idea basta para prender la mecha de una revolución.

En una democracia, el filósofo tiene un lugar cómodo en la academia, pero es un personaje relativamente inútil en términos mercantiles, que no aporta nada al Producto Interno Bruto de una nación. También suele ser bastante incómodo en los pasillos del poder y al poco tiempo es echado a patadas de los palacios gubernamentales (la venganza del poeta). A menos de que se deje corromper y se incorpore al mercado -lo cual no sería difícil- lo suyo no es la generación de ingresos. comprender la teoría de las formas podrá enriquecer el alma, pero no suele enriquecer la cuenta bancaria de nadie.

De cualquier forma, la filosofía nos ha dejado varias lecciones que el resto de nosotros, en el inframundo de la doxa, podemos aplicar en el día a día para ser mejores personas, y tal es el objetivo de esta nueva serie de artículos filosóficos. Quizás no podamos alcanzar la verdad de los ideales platónicos, pero podemos aspirar a ser un poco más felices.

P.D.: Si todo lo anterior falla, siempre queda el recurso de estudiar la carrera.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de la escultura de ‘El pensador’ de Auguste Rodin.

Autor:
Javier Carbajal Doxálogo