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Filosofía: ¿Cómo demostrar la existencia de Dios? Hay 5 maneras, según Tomás de Aquino

En la Edad Media, el fraile Tomás de Aquino presentó las 5 vías para demostrar que Dios existe, y ninguna de éstas involucra la fe.

¿Usted cree en la existencia de Dios? Es una pregunta que seguro a todos nos han planteado en más de una ocasión, a veces en fiestas cuando la discusión entre amigos adquiere de repente un matiz más dramático y entre una copa y otra alguien te dispara esta interrogante, ante las miradas burlonas y las risas nerviosas de los demás.

¿Creo yo en la existencia de Dios? Caray, yo apenas creo que son las 7 de la noche cuando me asomo por la ventana y veo que hay Sol. Pero veamos, la existencia de Dios. Para los más fervientes cristianos, judíos y musulmanes no hay duda: Dios Todopoderoso está en todos lados, siempre juzgando las acciones y los pensamientos de los seres humanos en la Tierra, porque de eso depende su acceso a las puertas del paraíso eterno; hay que dedicar la vida al cultivo de las virtudes, amar al prójimo y tener fe en la divina providencia, entre otros actos de bienaventuranza.

Pero el resto de la gente mira a su alrededor, le echa un vistazo a las noticias o consulta un libro de historia y se pregunta a sí misma: ¿Dónde está la providencia divina en un mundo saturado de asesinatos, violaciones, pandemias, hambrunas y guerras? No parece que esté muy presente la mano de Dios cuando leo notas sobre curas pederastas o tortura de menores. Si en efecto hay un Dios que mira sobre nosotros, nadie lo podría culpar de abandonar hace mucho esta labor después de atestiguar tantas atrocidades cometidas por los hombres.

Sería más fácil argumentar que Dios no es un señor en el cielo que controla el destino de todas sus creaciones en el plano existencial. Dios está más bien en los detalles, como tal vez dijo o no Flaubert, o mejor dicho, Dios está en las leyes de la Naturaleza. Dios es la gravedad que jala un cuerpo hacia el centro de un planeta; Dios está en la fotosíntesis de las plantas que convierten el dióxido de carbono en oxígeno; Dios está en los instintos de un león que le dictan que debe comer de la carne de otros animales para sobrevivir.

Una estatua de Santiago se mantiene de pie ante una pared dañada por fragmentos de metralla, luego de un ataque terrorista en una iglesia católica en Colombo, Sri Lanka. Abril de 2019 (AP Photo/Manish Swarup)

Agustín de Hipona nos explicó que Dios es el principio eterno de todo, y cuando el cuerpo muere el espíritu regresa a ese punto en el que estaba antes de ser concebido, es decir, el espíritu regresa a Dios para ser uno con Él. Sobra decir que no hay evidencia científica que respalde esta teoría, ya que todo tema espiritual suele apoyarse en el concepto de la fe. Así que regresemos a la pregunta inicial “¿Usted cree en la existencia de Dios?” solo que ahora nos vamos a concentrar en el verbo (no en el “Verbo” de Juan 1:1, sino en el verbo “creer”, aunque puede que haya algo ahí si nos acordamos que “el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”).

Nadie ha sido capaz de demostrar en un laboratorio con el método científico la existencia de Dios (aunque varios tabloides sensacionalistas y videos de YouTube afirmen lo contrario), pero no hace falta, afirman algunos cristianos. La fe es la fuerza que empuja a los fieles a ignorar lo que perciben sus sentidos para indagar en lo más profundo de su ser. “Caminamos por nuestra fe, no por nuestra vista”, escribió Pablo de Tarso en su segunda epístola a los corintios. Es la fe la que impulsa a los cristianos a creer en la resurrección de Jesús al tercer día y su posterior ascenso a las regiones celestiales para sentarse a la derecha del Padre.

“Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes” (1 Corintios 15:13-14).

Si no fuera por el poder de la fe, la Biblia solo sería una antología de relatos fantásticos, como Las metamorfosis del poeta romano Ovidio, pero las civilizaciones judeocristianas se han encargado de atribuirle a estos relatos una verdad que trasciende la realidad histórica. ¿En serio existió un hombre llamado Moisés que partió en dos el Mar Rojo? ¿Podemos confirmar que Noé construyó un arca en anticipación a un diluvio que inundó al mundo por 40 días? ¿Cómo puede ser posible que Jesús haya vuelto a la vida luego de ser crucificado? Es más, el nazareno le dijo a sus discípulos que con la fuerza de su fe eran capaces de mover montañas. ¡Un poder muy conveniente!

La fe en tiempos modernos (Charles McQuillan/Getty Images)

No son pocas las sectas cristianas que interpretan la Biblia de manera literal, pero recordemos que Jesús era un hombre que enseñaba con parábolas. La Verdad de la Biblia no es la verdad que buscan los arqueólogos o los historiadores, sino una verdad que conserva su fuerza en la transmisión de ciertos valores como ayudar a los pobres y a los enfermos. En los milagros de Jesús y sus apóstoles hay enseñanzas y en estas enseñanzas hay un camino a la máxima felicidad -la principal meta de todo ser humano- y para recorrer ese camino hay que tener fe; la fe es el motor del cristianismo.

Varias generaciones a lo largo de los siglos han dado constancia de la felicidad que encuentran en su amor a Dios, así que para ellos, la existencia de Dios no se cuestiona. “Yo soy el que soy”, le dice el arbusto en llamas a Moisés cuando éste le pregunta su nombre. Sin embargo, la espiritualidad siempre ha estado en conflicto con la razón, y la razón se ha apoyado en la ciencia y la tecnología para quitarle terreno a los misterios de la fe.

Uno de los debates centrales en este conflicto se enfoca en la existencia de Dios, y para las mentes racionales, una respuesta como “Yo soy el que soy” no es muy satisfactoria que digamos. Cierto, cuando se trata de hermetismo, la Iglesia Católica siempre fue la primera en denunciar a las ciencias paganas y a los intelectuales herejes de cuestionar la autoridad de Dios con sus descubrimientos científicos y qué no. Pero hubo un fraile hace cientos de años que intentó reconciliar estos dos bandos y que hoy es reconocido como uno de los grandes filósofos del pensamiento occidental. Este hombre fue Tomás de Aquino.

Tomás de Aquino por Carlo Crivelli (http://www.nationalgallery.org.uk/paintings/carlo-crivelli-saint-thomas-aquinas, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=528367)

¿Quién fue Tomás de Aquino?

También conocido como Santo Tomás en virtud de su canonización en 1323, Tommaso d’Aquino fue un fraile dominico que vivió en el siglo XIII, cuando la Iglesia Católica estaba marcada por múltiples tensiones y conflictos dentro y fuera de ésta (¿y cuándo no?). Las Cruzadas estaban arrasando con buena parte del mundo, la Santa Inquisición estaba dando sus primeros pasos intolerantes, y la nueva Orden de Predicadores -fundada por Domingo de Guzmán en 1215- incomodaba a los jefes de la Iglesia por su radical apego a un estilo de vida enraizado en la pobreza que caracterizó a Jesús y a sus primeros discípulos.

Nacido en el seno de una familia aristocrática del Reino de Sicilia, el padre de Tomás quería que éste heredara el cargo de su tío al frente de la esplendorosa abadía de Montecasino, pero su amor por la lógica aristotélica y las enseñanzas en este campo de estudio por maestros como el dominico Alberto Magno, fueron suficiente para que Tomás solicitara su membresía a la Orden de Predicadores. La familia de Tomás hizo hasta lo imposible para evitar que éste se uniera a una orden mendicante, ya que esto implicaba rogar de pueblo en pueblo por comida y un techo bajo el cual dormir. Es muy conocida la anécdota de cómo los hermanos de Tomás lo secuestraron y lo encerraron por un año en el castillo familiar de Roccasecca para evitar que se integrara a las filas de los dominicos; incluso recurrieron a una prostituta con la intención de seducir a Tomás, pero éste pudo rechazar la tentación sexual mientras empuñaba un hierro de fuego. Finalmente, la madre del joven atormentado permitió que su hijo escapara por la ventana de su celda.

El resto de la vida de Tomás de Aquino es menos melodramática; emprendió una larga carrera como estudiante, maestro y escritor, sobre todo en las escuelas y universidades de Francia e Italia, y la influencia de sus textos en los campos de la teología y la filosofía occidental no ha caducado en más de 700 años. La especialidad de Tomás fue la escolástica, corriente que estudiaba el uso de la razón para explorar los misterios de la fe, y por su devoción a la enseñanza de la filosofía en las escuelas monásticas de la Edad Media, Tomás jugó un papel importante en el desarrollo de la universidad moderna. No por nada su nombre sigue adornando los muros de un sin fin de escuelas, bibliotecas, universidades y centros educativos por todo el mundo.

Aunque no vivió más de 50 años, su vasta obra dejó una profunda huella en el pensamiento teológico, en parte gracias a la aceptación de los textos de Aristóteles, Platón y otros filósofos paganos como un importantísimo complemento al poder de la fe (algo que Agustín y Boecio ya habían propuesto siglos antes pero que el tomismo estableció como pilar fundamental de la teología). Muchos de sus contemporáneos alegaban que la filosofía antigua era incompatible con las doctrinas del cristianismo, pero Tomás se empeñó a demostrar que la filosofía, por definición, se esfuerza por alcanzar el conocimiento de lo divino y, si tiene éxito, termina siendo teología.

Pues bien, a juicio de Tomás, Aristóteles tuvo éxito. Sin haber leído la Biblia, este filósofo pagano del siglo IV antes de Cristo pudo comprobar la existencia de Dios aplicando la lógica que le dictaba su razón natural. “Todo nuestro conocimiento intelectual surge de los sentidos”, así que Tomás partió de esta suposición aristotélica para escribir sus dos obras maestras, Summa contra Gentiles, y la inacabada pero enorme Summa Theologica. En estas obras, Tomás intentó reconciliar a la razón y a la fe, con el objetivo de que una fortalezca a la otra y viceversa. Si la fe es la aceptación como verdad de lo que la mente no puede comprender, la teología es el esfuerzo filosófico de construir un vehículo a esa verdad, yuxtaponiendo lo que se cree con lo que se sabe.

¡Pero suficientes preámbulos! Pasemos a uno de los vehículos más fascinantes en la obra de Santo Tomás, las famosas quinque viae, las cinco vías para demostrar la existencia de Dios.

Las 5 pruebas de la existencia de Dios

La primera vía.

En la primera vía, Tomás recurre a Aristóteles, quien ya había propuesto esta teoría en su texto sobre Metafísica. En resumen, el filósofo plantea el siguiente argumento cosmológico: “Todo lo que se mueve es movido por otro”. Reflexionemos sobre nuestra experiencia de los cuerpos en movimiento en la Naturaleza. Pensemos en la Tierra. La Tierra gira alrededor del Sol y sobre su propio eje, ¿pero cuál es la fuerza que mueve a la Tierra en esa órbita? Las leyes de la astrofísica. ¡Perfecto! ¿Y quién puso estas leyes en movimiento? Debe de haber otra entidad u otra fuerza detrás de este movimiento, y esta otra entidad puede ser movida o no. Si esta entidad ya no es movida por otra, entonces debemos llegar a la conclusión de que hay un primer motor inmóvil. Y a este primer motor le llamamos Dios.

Pero, decía Tomás, si este primer motor es movido por otro motor, entonces se puede indicar, ya sea, que hay una cadena infinita de motores, o terminamos después de un rato ante otro motor inmóvil. Pero es absurdo que haya una cadena infinita porque todo en el universo es finito. Por lo tanto, Tomás sostiene la conclusión que debe de existir un primer motor inmóvil, o una fuente última de cambio en las cosas. Las Sagradas Escrituras confirman esta característica divina en Malaquías 3:6 y en otros versículos:

“Yo, el Señor, no cambio”.

La segunda vía.

La segunda vía también se basa en la lógica aristotélica y es muy parecida a la primera vía. Comenzamos con nuestra experiencia de secuencias ordenadas de causa y efecto en las cosas que nos rodean. Cuando reflexionamos sobre qué es la causalidad, vemos que para que haya causas en juego, debe haber una primera causa, o una causa no causada, es decir, Dios.

Pensemos en la niña que le pregunta a su padre ¿cómo nació su hermanito? Y el padre le responde nerviosamente que eso fue posible gracias al amor de su papá y su mamá. Y la niña le pregunta, ¿cómo nació su mamá? Pues eso fue posible a través del amor de sus abuelos. ¿Y cómo nacieron los abuelos? Pues por medio del amor de sus bisabuelos. ¿Y cómo nacieron los bisabuelos? Y si el padre tiene mucha paciencia y tiempo disponible, su respuesta debe terminar en una causa no causada, no se puede seguir hasta el infinito porque esto es un absurdo, como indica Aristóteles. Y a este génesis le llamamos Dios.

La tercera vía.

Ahora veamos la tercera vía, el orden de los seres contingentes. Bajo esta teoría hay dos tipos de seres. Por un lado, tenemos las cosas que existen pero que no tienen por qué existir, como los seres humanos, los animales, los planetas… bueno, prácticamente todo en el universo. Cuando reflexionamos sobre estos seres posibles que existen pero que no tienen por qué existir, es obvio que nos preguntemos, ¿por qué existen? Esto lleva a la conclusión de que debe existir un ser necesario, es decir, una fuente en la existencia misma de los seres contingentes. Y como es necesaria, esta fuente no puede no existir. A este ser necesario le llamamos Dios.

La cuarta vía.

En la cuarta vía, vemos cómo existen las cosas que nos rodean en grados de perfección, y los grados de perfección llevan a la conclusión de que debe haber un ser perfecto, la fuente del ser en todo lo demás. Es una teoría que Aristóteles plantea en su texto Metafísica. Si comparas una cosa con otra, es fácil señalar que una es mejor que otra. Cuando nosotros hacemos esta comparación tenemos en mente un estándar de perfección. Tomás entonces recurre al argumento ontológico de Anselmo de Canterbury (“Dios es un ser tal, que nada mayor puede ser concebido”) para ilustrar que la perfección que tenemos en mente es Dios, ya que es imposible imaginar un ser más perfecto que la perfección misma, y a esta perfección total le llamamos Dios.

La quinta vía.

Y finalmente, en la quinta vía, tenemos la polémica teoría del diseñador inteligente. Funciona así: En la naturaleza es fácil toparse con cosas sin inteligencia que actúan con un propósito. Las hormigas, por ejemplo, trabajan incansablemente para buscar y almacenar comida a pesar de que carecen de inteligencia. ¿Cómo le hacen? Las cosas sin inteligencia no pueden funcionar con un objetivo en mente (almacenar comida), a menos que una inteligencia superior las haya “programado” a cumplir esta función. Esto nos lleva a concluir que debe existir una mente suprema detrás de todo (de las quinque viae debo admitir que esta es la única que me deja indiferente).

El primer motor por Rafael Sanzio (Web Gallery of Art: Imagen Info about artwork, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=14522826)

Dios existe… ¿y qué?

Estas “revelaciones” no le suelen volar la cabeza a nadie, no es Indiana Jones descubriendo el Santo Grial mientras los nazis lo persiguen. Las cinco vías parten “del hecho de que la mente concibe lo que se quiere decir con el término Dios” y por lo tanto “se desprende únicamente que Dios está en el intelecto.” Y vaya, debe ser una tremenda decepción descubrir que para encontrar a Dios solo basta con resolver unos sencillos ejercicios de lógica.

No obstante, la lógica de las cinco vías tiene el potencial de despertar la fe dormida en más de un agnóstico, y la belleza de este acercamiento es que siempre estamos empleando la razón. Tomás, como un devoto de la fe cristiana, insiste en que la existencia de Dios se vuelve evidente si recurrimos a nuestra experiencia del mundo natural para inferir una explicación metafísica. ¿Pero de qué serviría saber la existencia de un “primer motor inmóvil” o de una “causa no causada”? Ok, ya, Dios existe. ¿Y qué?

Es cómo preguntar de qué sirve estudiar el origen del universo o cuál es el significado de la vida. Las respuestas a estas interrogantes cósmicas no suelen cumplir fines prácticos; tal vez no sean de mucha ayuda para encontrar un mejor trabajo, por ejemplo, pero es un hecho que hacen más que satisfacer nuestros deseos a corto plazo. Todo ser humano aspira a una meta y esa meta es lo que Platón llamaba el bien ideal, es decir, la máxima felicidad. Queremos ser felices, cierto, y muchos pensamos que la felicidad está en un cono de nieve, en un ascenso en el trabajo o en tener un auto de último modelo. Pero estos placeres terrenales se quedan muy cortos ante la felicidad que uno alcanza cuando cosecha las virtudes, es decir, cuando uno es buena persona consigo mismo y con los demás.

A lo largo de los siglos, muchos pensadores han propuesto diversas vías para alcanzar esta meta, y el cristianismo, a su manera, aspira a eso. A final de cuentas, las enseñanzas de Cristo tienen como fin hacernos mejores personas (¡amar al prójimo!) y es en este proceso que alcanzamos la máxima felicidad, es decir, Dios. Pero a juicio de Tomás de Aquino, la Iglesia Católica le había dado la espalda a un instrumento fundamental para ser felices y este instrumento es la razón natural. Si los filósofos de la antigüedad habían demostrado la existencia de Dios a través de inferencias lógicas, cuán maravilloso sería el potencial de la fe sumado al poder de la razón humana.

Imagen principal: Valentina Avilés, a partir de la pintura de Cima da Conegliano, Dios el Padre.

Texto: Javier Carbajal

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