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Las ‘conflictivas’ y ‘convenientes’ relaciones entre México, Cuba y Estados Unidos

El devenir de los días trajo los muñecos de todos aquellos altos dignatarios. Muñecos a medida, perfectos y relucientes. Tan perfectos que como en el caso del señor presidente, ellos también se insultaron y abofetearon a sí mismos

Virgilio Piñera, “El muñeco”, 1946

En un relato que el escritor cubano Virgilio Piñera no pudo publicar en vida, se cuenta el terrible declive de un presidente que termina por convertirse en muñeco del muñeco que se supone debía sustituirlo en los actos oficiales.

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Un inventor de artefactos mecánicos le propone al presidente eternizarse en el poder sin la necesidad de saludar dignatarios, besar bebés y dar órdenes monótonas. El muñeco que lo sustituiría le dejaría tiempo para dedicarse a las cosas que realmente importan. Pero en esas cosas no está el poder. Al final del cuento, el presidente se confunde con su muñeco, y el autómata de goma asume el mando del país y deja al presidente original en la condición de muñeco decorativo.

Después de todo, ¿qué es un presidente si no “mecánicos actos oficiales”?

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Presidente Vicente Fox y presidente George W. Bush. 17 de julio de 2006. REUTERS/Jason Reed (RUSSIA)

Presidente Vicente Fox y presidente George W. Bush. 17 de julio de 2006. REUTERS/Jason Reed (RUSSIA)

La historia de la relación diplomática entre México y Cuba es así, como la historia de muñecos de goma mal programados, o demasiado teledirigidos. Les dirán que ambos países comparten un pasado glorioso de cultura en común.

Lo cierto es que se sabotean a la primera oportunidad que tienen, pero con discreción: se odian y se aman. En Cuba se planeó la contra-insurgencia que fracasaría en detener la independencia de México; y en México se planeó la Revolución que instalaría el régimen dictatorial marxista-leninista, en la isla, desde 1959. Los gobiernos priistas se abstuvieron de condenar las violaciones de Derechos Humanos del régimen de Fidel Castro, y él, amablemente, se abstuvo de comentar las brutales represiones a comunistas y militantes de izquierda mexicanos en 1968 y 1971. Les dirán que México defendió la Revolución Cubana con su política exterior “independiente” de los Estados Unidos. Aunque es más plausible confiar en los documentos desclasificados de inteligencia que sugieren que lo hacía para espiar al régimen de Castro y entregarle cuentas a los estadounidenses.

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Miembros del exilio cubano llevan un cartel durante una protesta en Miami, Florida. (Getty Images/archivo)

Miembros del exilio cubano llevan un cartel durante una protesta en Miami, Florida. (Getty Images/archivo)

En todo caso, fue una relación de ganar-ganar. Aunque no siempre quedaba claro quiénes ganaron o qué ganaron. La historia sucedió así:

Como saben, en México se conocieron Fidel Castro y Ernesto Guevara, el “Che”. De Tuxpan partieron para Cuba en 1955. En ese momento no sabían que viajaban para derrocar al gobierno militar dictatorial de Fulgencio Batista, solo con el fin de instalar el gobierno militar dictatorial de Fidel Castro. Em cambio, el gobierno mexicano sí que sabía lo que estaban haciendo y lo que planeaban hacer, incluso, cuenta la leyenda, los atraparon… pero los dejaron ir. No queda muy claro por qué, pero suponemos que simplemente era porque no querían ese problema en sus manos y preferían que los sediciosos se fueran del país.

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El resto se sabe. La Revolución por fin triunfó en 1959 y todos los países latinoamericanos de pronto cultivaron una esperanza que en ese momento no sabían que era infundada. Como sea, los años pasaron. 1964 fue el mejor año de las relaciones México-Cuba-Estados Unidos. En ese año, los norteamericanos ordenaron a los estados soberanos de la Organización de Estados Americanos imponer el cese de relaciones con Cuba, a pesar de que esa eventualidad no estaba contemplada en sus reglamentos. ¿Qué hizo México? Resistió. Fue el único país que votó en contra y mantuvo su embajada en la isla.

Un mural del difunto líder cubano Fidel Castro en un parque en La Habana, Cuba (AP)

¡Bien por México! Somos unos valientes de la política exterior. Excepto que no lo somos. Gracias a documentos desclasificados por el National Security Archive en 2003, sabemos que el cuerpo diplomático mexicano en Cuba espiaba para los Estados Unidos, y que éste, en realidad, no presionó a México porque le interesaba tener a un aliado en buenos términos con Castro.

El baile era complicado, porque aunque México estaba dispuesto a obedecer a su vecino del norte, tampoco quería quedar mal con Castro. La fiebre comunista había llegado a tierras mexicanas, y definitivamente querían a Cuba del lado del gobierno para combatir a esos sediciosos. La estrategia dio frutos. En ese mismo 1964, Castro pronunció la famosa “Declaración de Santiago”, en la que afirmaba que Cuba asumía la misión de apoyar las revoluciones latinoamericanas, que, en ese momento, sólo podrían ser armadas. Claro que había excepciones, de acuerdo a sus propias palabras “en primerísimo lugar México”, que ya tenía un gobierno “re-vo-lu-cio-na-rio” (sí, se refería al PRI). Terminó diciendo que “el actual presidente de México pasará a la historia al igual que el gran presidente Lázaro Cárdenas”. Se refería a Adolfo López Mateos, presidente en ese momento, y que ya preparaba la cama presidencial porque el mismísimo chamuco había sido ya electo: Gustavo Díaz Ordaz, quien tomaría posesión en diciembre de ese año.

Fidel Castro y Ernesto ‘Che Guevara’ en Cuba, 1960 (Getty Images)

Después de su propio triunfo, Fidel dejó de ser del tipo “revolucionario”. En 1968 condenó a los estudiantes que marcharon en París, señaló como degradantes las políticas reformistas de Checoslovaquia (en lo que se conoció como “La primavera de Praga”) y apoyó la invasión soviética a ese país. Además, también disimuló la matanza de estudiantes mexicanos en Tlatelolco, entre los que se encontraban numerosos creyentes de su régimen, quienes fueron torturados y asesinados pensando que Cuba era la esperanza de América.

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Luego, los subsecuentes muñecos presidenciales del PRI y Castro mantuvieron una relación de contubernio. Incluso cuando Cuauhtémoc Cárdenas (el hijo del general al que el dirigente cubano amaba) trató de convencerlo de no venir a la toma de posesión de Carlos Salinas, después de la elección fraudulenta de 1988. Por supuesto, Castro no hizo caso, y vino a abrazar a Salinas como a un hermano de lucha. Ni Cuba hablaría de los escándalos de represión en México, ni México hablaría de los crímenes cubanos contra los derechos humanos. A EE. UU. le gustaba esto, especialmente porque la relación diplomática entre ambos países y su supuesta amistad nunca fue más lejos de ese pacto político. A diferencia de Europa, México nunca tuvo una relación económica relevante con la isla y en términos prácticos, su relación ha sido predominantemente discursiva.

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Cuelgan en una casa en La Habana una bandera de Cuba y Estados Unidos. Getty Images

Estados Unidos sanciones Cuba

Así se sucedieron los presidentes de goma. Hasta que el PRI salió del poder. ¿Quién iba a decir que Vicente Fox sería el presidente más honesto en esta historia? En un encuentro en Monterrey, Fox temió incomodar a su amigocho George Bush, en ese momento presidente de EE. UU., y le habló a Castro para decirle “comes y te vas”. Cuba y México se aman y se odian, y aprovechan cualquier oportunidad que tienen para sabotearse. Por eso, Castro grabó la llamada de Fox y la publicó. Por si fuera poco, apresó a Carlos Ahumada, el empresario clave del gobierno panista para anular la oposición de López Obrador. Castro filtró algunas declaraciones de Ahumada y amenazó al gobierno mexicano con mostrar todo lo demás. Fox, el muñeco de goma más disfuncional, y, por lo mismo, el más dolorosamente honesto, rompió una relación que, gracias a Dios, se reestableció una vez que el PRI regresó al poder.

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