Primera Guerra Mundial, Guerra Mundial, Guerra, Primera guerra

¿Por qué ya no hablamos de la Primera Guerra Mundial?

En 1914, los soldados franceses iban alegres a la guerra. Con nacionalismo exacerbado, la mayoría pensaba en la gloria de un nuevo conflicto contra los alemanes; soñaban con vengar, cuarenta años después, la derrota francesa ante Prusia.

Los alemanes, por su lado, cantaban también de camino al frente. Todos pensaban que sería una guerra rápida: invasiones relámpago de grandes armadas bien preparadas y equipadas. Una guerra express. ¿Qué podía salir mal?

Poster ruso de 1914 que dice “concordia” sobre la personificación femenina de las tres potencias de la “Triple Entente”: Francia, Rusia y Gran Bretaña.

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Céline, el polémico escritor, narraba así el momento en que se embarcó, gustoso, en la guerra:

Pero, mira por dónde, justo por delante del café donde estábamos sentados, fue a pasar un regimiento, con el coronel montado a la cabeza y todo, ¡muy apuesto, por cierto, y de lo más gallardo, el coronel! Di un brinco de entusiasmo al instante.

«¡Voy a ver si es así!», fui y le grité a Arthur, y ya me iba a alistarme y a la carrera incluso.
«¡No seas gilipollas, Ferdinand!», me gritó, a su vez, Arthur, molesto, seguro, por el efecto que había causado mi heroísmo en la gente que nos miraba. Me ofendió un poco que se lo tomara así, pero no me hizo desistir. Ya iba yo marcando el paso. «¡Aquí estoy y aquí me quedo!», me dije. «Ya veremos, ¿eh, pardillo?», me dio incluso tiempo a gritarle antes de doblar la esquina con el regimiento, tras el coronel y su música. Así fue exactamente.

Después marchamos mucho rato. Calles y más calles, que nunca acababan, llenas de civiles y sus mujeres que nos animaban y lanzaban flores, desde las terrazas, delante de las estaciones, desde las iglesias atestadas. ¡Había una de patriotas! Y después empezó a haber menos… Empezó a llover y cada vez había menos y luego nadie nos animaba, ni uno, por el camino.

Entonces, ¿ya sólo quedábamos nosotros? ¿Unos tras otros? Cesó la música. «En resumen -me dije entonces, cuando vi que la cosa se ponía fea-, ¡esto ya no tiene gracia! ¡Hay que volver a empezar!» Iba a marcharme. ¡Demasiado tarde! Habían cerrado la puerta con llave callando, los civiles, tras nosotros. Estábamos atrapados, como ratas.”

Voluntarios de la armada británica en la iglesia de St. Martin-in-the-Fields, Trafalgar Square, Londres. 1914. (Wikimedia)

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La guerra cambió rápida y drásticamente; los hombres dejaron de cantar; el patriotismo se ahogó en la sangre y el lodo. Los soldados que se encaminaban alegres a una guerra abierta y rápida se quedaron atrapados dentro de trincheras interminables peleando por pequeños palmos de terreno.

La Primera Guerra Mundial transformó, en unos años, la idea misma de la guerra. Y los que participaron en ella pronto se dieron cuenta de que el heroísmo había muerto en la noche del progreso técnico, de los gases, de la artillería y de las tormentas de acero.

La Primera Guerra Mundial cambió al mundo y nadie parece recordarla. ¿Qué pasó con la memoria de la Gran Guerra; de la guerra que acabaría todas las guerras; de la guerra que marcó, con destino sangriento, el camino violento del siglo pasado?

Destrucción en el paso de la armada alemana por Liège, Bélgica (AP Photo)

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Las fichas cayeron desacomodadas

Todo comenzó, simbólicamente, el 28 de junio de 1914. El archiduque Francisco Fernando, un sucesor al trono austrohúngaro de tendencia liberal, visitaba Sarajevo con su esposa.

Todo iba bien hasta que nacionalistas serbios trataron de interceptar el convoy. Eran siete terroristas que buscaban asesinar al archiduque. El primero lanzó una granada que hirió a varias personas en la multitud que asistía al desfile. Los demás, en la confusión, perdieron oportunidad de disparar.

Pero, de pronto, cuando el archiduque pidió que regresaran para ayudar a los heridos, el chofer comprendió mal la orden y siguió adelante. El convoy tuvo que parar en la confusión y el último de los terroristas logró acercarse lo suficiente: disparó en repetidas ocasiones contra el archiduque y su esposa, asesinando a ambos.

Por la agresión, el imperio austro-húngaro declaró la guerra a Serbia. Y Serbia era aliada de Rusia. Rusia declaró entonces la guerra al imperio austro-húngaro y Alemania, aliado de este último, tuvo que declarar la guerra a los rusos. Francia era aliada de Rusia y saltó, entonces, a los preparativos para ayudarla.

Pero los franceses no tuvieron tiempo: rápidamente, Alemania invadió Bélgica para llegar a París y terminar con el frente galo antes de que pudieran prepararse. Al romperse la neutralidad de Bélgica, Inglaterra declaró la guerra a la alianza entre alemanes y austriacos.

Por si toda esta confusión de alianzas y declaraciones de guerra no fuera suficiente, después de un año, con la promesa de recuperar tierras de habla italiana, Italia rompió relaciones con el imperio austro-húngaro y se unió a la alianza franco-rusa. El Imperio Otomano, por su parte, se unió a los imperios centrales.

Y así, de pronto, toda Europa se encontraba en guerra. Una guerra que mantuvo al oeste, al este y al sur, en frentes estancados y mortíferos. La guerra de movimiento, de tanques, de conquista nunca se realizó. Siguió una guerra despiadada, de trincheras, infernal.

Ilustración del asesinato del Archiduque en Le Petit Journal. 12 de Julio de 1914. (Wikimedia)

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La guerra que cambió todo

La Primera Guerra Mundial fue llamada la “Gran Guerra” y todavía se le recuerda, en libros de historia, como un evento pivote en la historia de Europa. Sin embargo, como bien señalan algunos, no fue la guerra más mortífera, ni la más larga, ni la más significativa.

La Guerra de Cien Años enfrentó a franceses y británicos en varios conflictos durante más de 115 años. Frente a esta guerra eterna, los cuatro años de la Primera Guerra Mundial parecen nimios.

En la Segunda Guerra Mundial murieron más de 60 millones de personas, incluyendo una enorme cantidad de civiles. En la Primera Guerra Mundial, hubo, comparativamente, muy pocas bajas: cerca de 9 millones de muertos, en su mayoría militares.

Y, a pesar de esto, la Primera Guerra Mundial sigue siendo, en efecto, la “Gran Guerra”.

Tropas rusas encaminándose hacia el frente para enfrentar a Alemania.

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Ésta fue la “Gran Guerra” porque dejó una marca profunda en el imaginario europeo. Al menos durante un tiempo. Más británicos murieron en esta guerra que en toda la Segunda Guerra Mundial. Y el 5 % de todas las bajas inglesas se dieron en un sólo día: el 1 de junio de 1916, en el principio de la batalla de la Somme.

Los británicos recordaron este incidente con horror, como los Italianos recordaron la toma del Castello en los alpes o las doce batallas de Isonzo. En Verdun, Francia, murieron en pocos meses más de 300 mil personas. Fue una de las batallas más cruentas de la guerra.

Y como pasó con el frente italiano al sur, o con el frente ruso al este, no cambió más que unas cuantas millas la línea de combate. Así, el recuerdo es tan fuerte porque ninguna de estas batallas sirvió para gran cosa.

Infanteria Australiana portando máscaras para respirar. Se trata de soldados del batallón 45 en Ypres, el 27 de septiembre de 1917.

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La Primera Guerra Mundial cambió tanto la perspectiva de las guerras porque, a pesar del patriotismo que la inició, del nacionalismo que la continuó y del militarismo que la produjo, fue una guerra estancada, con millones de muertes inútiles que no cambiaron en nada los esfuerzos bélicos.

Y en el estancamiento, los soldados vivían en hoyos, bajo tierra durante el día y asomados entre el fuego y la metralla por la noche. En medio de las trincheras se acumulaba el lodo y no existía un lugar seco, agradable o caliente para descansar. Los soldados se abarrotaban en la mugre y junto a las ratas; las enfermedades se expandían; las amputaciones eran tan comunes como la gangrena que las causaba.

A esto se suma, además, que se utilizaron, por primera vez, armas de una increíble crueldad. Contra las condiciones terribles de las trincheras, los morteros, los cañones lejanos, las armas químicas y los lanzallamas parecieron ser particularmente efectivos.

El resultado de esto se puede ver en los cuadros impresionantes de Otto Dix, atestados de amputados y locura. Se puede ver también en los archivos de más 300 mil “hocicos rotos”; como se les llamó a los desfigurados por la guerra: un ejército de hombres que quedó con el rostro absolutamente deforme por la metralla y los gases.

Rostros desfigurados. (National Museum of Health and Medecine)

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La Primera Guerra Mundial produjo, entonces, la primera industrialización de la guerra. Fábricas enteras dedicadas a la tarea de crear armas más mortíferas, de mayor alcance y que causaran el mayor sufrimiento físico y mental. La enorme fábrica de lujo Fabergé se convirtió, durante un tiempo, en una fábrica de granadas; curiosamente afín a la forma de sus famosos huevos.

Hoy, sin embargo, a pesar de todos estos horrores, a pesar de que se sigue llamando la “Gran Guerra”, a pesar del trauma que dejó en el continente europeo y lo que significó para la historia, poco se recuerda, en la cultura popular, de este conflicto. Las películas que se hacen sobre la Segunda Guerra Mundial superan, por mucho, las que retratan este viejo conflicto. Y los hombres que pelearon esta guerra han quedado, desde hace tiempo, sepultados.

¿Por qué no seguimos recordando con la misma impresión una de las guerras más brutales de la historia moderna?

(Musée de la Grande Guerre du Pays de Meaux)

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Una guerra sin bondad, una guerra sin maldad

En esta guerra se creó, propiamente, el eterno conflicto entre Israel y Palestina; en esta guerra nació Turquía bajo el ominoso signo del genocidio armenio; en esta guerra se creó Yugoslavia, con todo y sus funestas futuras consecuencias; en esta guerra, finalmente, se impusieron las sanciones que llevarían, después, al desafío militar de Adolf Hitler.

Pero esta guerra se recuerda poco porque no fue una guerra maniquea. La Primera Guerra Mundial no sirve para el discurso de nadie porque, en ella, no hubo un bando bueno y un bando malo. A pesar de la victoria de la Triple Entente (Francia-Inglaterra-Rusia-Italia), los perdedores de la guerra no quedaron con el mismo estigma que perseguirá, por ejemplo, a la Alemania nazi después de la derrota del 45.

El gran historiador Howard Zinn explicó, con mucha claridad, este tipo de sinsentidos discursivos en torno a las guerras:

Hay que reexaminar la idea de una “buena guerra”, hay que reexaminar la idea de que puede existir algo como una “buena guerra”. Incluso la Guerra Revolucionaria, la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. No es fácil decir esto porque estas tres guerras son sagradas. (…) Todas lograron algo: la independencia de Inglaterra, la libertad de los esclavos, el fin del fascismo en Europa, ¿no? Así que criticarlas sería atacar tareas heroicas. (…)

Pero la razón por la que creo que es importante criticar estas guerras es que la idea de que hay “guerras buenas” sirve para justificar otras guerras que son horribles, absolutamente malignas. Y, a pesar de que son obviamente algo espantoso -estoy hablando de Vietnam, estoy hablando de Irak, estoy hablando de Afganistán, estoy hablando de Panamá, estoy hablando de Granada, una de nuestras guerras más heroicas- el hecho de que tengamos la experiencia histórica de una “guerra buena” crea las bases para creer que, ya saben, hay algo así como guerras que son buenas.”

Alemanes disparando una metralleta en el frente ruso, 1916. (AP-Photo)

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La Primera Guerra Mundial no tiene una justificación heróica e ideológicamente explotable: no fue una guerra para liberar a millones de hombres del esclavismo. Tampoco fue una guerra para combatir la amenaza del fascismo frente al mundo libre.

Esta guerra fue un capricho de alianzas mal logrado. Como tal, las representaciones culturales que de ella se han hecho buscan mostrar una guerra creada detrás de un escritorio; una guerra comandada por generales cobardes y peleada por hombres que no tenían nada que ver en la enorme confusión política de un siglo naciente.

Podemos pensar en Paths of Glory de Stanley Kubrick y las enormes injusticias de los hombres asesinados por sus propios superiores. Podemos también pensar en los cuadernos de guerra del gran filósofo alemán Ernst Jünger.

Ernst Jünger uniformado y luciendo sus condecoraciones después de la Primera Guerra Mundial. Tenía 23 años y 22 heridas en el cuerpo.

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Jünger se enroló a los 19 años y acabó la guerra siendo un oficial condecorado con las más altas insignias a los 23 años. En el camino fue herido en más de 20 ocasiones. La última bala que recibió le perforó el pulmón y tuvo que drenarse él mismo la sangre de la cavidad torácica para seguir disparando su pistola entre la confusión, las sombras y el humo.

Como oficial del ejército alemán, Jünger fue un testigo privilegiado de lo poco que importaba esta guerra para los soldados que la peleaban: alemanes y franceses no se tenían ningún rencor, no había diferencias ideológicas. Todos, como dijera Céline, estaban atrapados como ratas.

Por eso Jünger hizo estas descripciones tan impresionantes de la vida en la trinchera y la ridiculez de una guerra tan poco maniquea, comandada por ambiciones políticas tan lejanas de los combatientes:

Cuando salí del refugio hoy en la mañana, un espectáculo impresionante se ofreció a mis ojos. Nuestros hombres se habían subido al parapeto y hablaban con los ingleses encima de los alambres de púas. (…) Un joven oficial apareció frente a mí y lo reconocí como oficial por su elegante gorra. Discutimos en inglés, después en francés, mientras que, alrededor de nosotros nuestros hombres escuchaban. Le grité que uno de los nuestros había muerto a mano de los suyos. Me respondió que no habían sido los de su compañía. Nos contamos todavía muchas cosas de manera amigable. Fue una conversación extraña. Expresamos el deseo de intercambiar un recuerdo, antes de decirnos que tal vez sería indecente darles un mal ejemplo a nuestros hombres. (…)

Nos dijimos adiós prometiendo ir, después de la guerra, a visitar nuestros lugares de nacimiento: él iría a Unter den Linden, yo, en cambio, a Londres. Una solemne declaración de guerra siguió. Le dijo a sus hombres que se refugiaran y yo hice lo mismo. Me dijo “Guten Abend” y yo le dije “Au revoir” y de nuevo empezó la guerra, a pesar de que mis hombres pretendieron que les gustaba más la relación de antes. Dos minutos más tarde, y después de una advertencia previa hacia los ingleses, descargué mi rifle en dirección de ellos.”

Fusileros de Lancashire, brigada 1125, división 42, Gallipoli, mayo de 1915.

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En esta guerra todos los soldados eran hermanos de la misma ridiculez humana. Es por eso que esta guerra da la impresión brutal de haber sido una guerra inútil. No se previno ningún mal, no se conquistó ninguna libertad, no se exorcizó ningún peligro: la enorme masacre trae un recuerdo de profunda gratuidad.

“La Gran Guerra llegó a significar el desperdicio de vidas sin ningún propósito; y en eso no tuvo rivales. (…) Ésta fue la guerra que debió acabar con todas las guerras. Cada guerra que sucedió después, entonces, fue una traición hacia aquellos que murieron; un signo de que el mundo, finalmente, no honró su sacrificio.”

No hay guerras útiles

Trinchera birtánica en Ovillers-La Boisselle, batalla de la Somme, julio 1916. (Imperial War Museum)

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Recientemente, en la película Wonder Woman, el emplazamiento histórico sorprendió a más de uno. A diferencia de la contraparte en Marvel, Captain America, ésta cinta no se situó en la Segunda Guerra Mundial sino en la guerra de 1914-1918.

Este cambio es considerablemente importante. Porque las películas que adaptan libros de cómics tienden a utilizar esquemas narrativos maniqueos que se adaptan mejor a lo que Zinn llamaba “la idea de una guerra buena”, como lo fue la guerra contra Hitler.

Los escritores de la cinta decidieron, claramente, utilizar la Primera Guerra Mundial como telón de fondo para reforzar el punto central de la película: nadie empuja a los hombres a la guerra; no se trata de un dios que los engaña para que pelen entre ellos sino de un conflicto que vive en todos; un conflicto entre la capacidad de amar y la capacidad de destruir.

La Primera Guerra Mundial sirve perfectamente de trasfondo porque, justamente, no hay un motivo ulterior en esta guerra de gratuidad pasmosa; no hay odio entre los hombres; no hay una finalidad ideológica o moral detrás del derramamiento de sangre.

(Musée de la Grande Guerre du Pays de Meaux)

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El peligro, finalmente, de pensar en estos términos en la Primera Guerra Mundial es que, de tanto subrayar su inutilidad, su falta de motivos ideológicos, su profundo sinsentido, nos encontramos alabando, indirectamente, el sentido de otras guerras. Como si existiera justificación para las guerras, como si hubiera guerras útiles.

Se pinta a la Segunda Guerra Mundial como una guerra buena, constantemente recordada, por su utilidad ideológica, para un mundo construido por los vencedores. Se olvida a la Primera Guerra Mundial por su falta de capacidad maniquea, por su ausencia de propósito, por su inutilidad ideológica.

Entre el olvido y el recuerdo nos falta precisar lo que siempre debería decirse al rememorar guerras: no existe una buena guerra, no existe una guerra justificable, no existe una guerra útil.

Ahora bien, existen guerras más inútiles que otras.

La Gran Guerra siempre quedará como el recuerdo brutal de hombres que murieron en el fango, en las peores condiciones imaginables, por el capricho de unos cuantos generales, para el olvido de la historia y para la continuidad de cien años de conflictos justificados, siempre, por discursos cada vez más fáciles.

Mujeres construyendo bombas en Francia, 1917 (National Geographic Magazine)

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