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¿Sabías que las Empleadas Domésticas tienen derechos laborales?, ¿Los respetas?

Una lucha laboral que podemos hacer desde el hogar

Cuando uno busca el origen de la palabra “chacha” en el Diccionario Real de la Academia Española, de inmediato verá que se trata del acortamiento de la palabra “muchacha”, por otro lado, si se busca en el Corpus Diacrónico del Español, uno de los primeros usos escritos registrados en México está en la obra maestra de Juan Rulfo, la novela Pedro Páramo, con un sentido muy distinto:

Los campos estaban negros. Sin embargo, lo conocía tan bien, que vio cuando el cuerpo enorme de Pedro Páramo se columpiaba sobre la ventana de la chacha Margarita.

– ¡Ah, qué don Pedro! -dijo Damiana-. No se le quita lo gatero. Lo que no entiendo es por qué le gusta hacer las cosas tan a escondidas; con habérmelo avisado, yo le hubiera dicho a la Margarita que el patrón la necesita para esta noche, él no hubiera tenido ni la molestia de levantarse de su cama.

En esta escena, Damiana describe cómo Pedro Páramo entra por la ventana a la vivienda de Margarita. Por el diálogo que sigue, se asume que Pedro buscaba algún tipo de contacto erótico con su empleada y que, de haberlo sabido antes, Damiana hubiera podido hacer que la misma Margarita se presentara en la habitación del patrón. A pesar de que por este fragmento no sabemos exactamente cuáles serían las labores de Margarita (además de, aparentemente, tener que satisfacer a su jefe), se entiende que “chacha” es una palabra usada para referirse a “un tipo de empleada”, es decir: una trabajadora. 

Pero con este fragmento, el primer registro de este uso en nuestro país, podemos entender que desde que existe el término, pareciera que no se ha tenido la intención de entender que las “chachas” no son “esclavas” sino trabajadoras (y, por lo tanto, sujetos legítimos de los derechos laborales)

Trabajadoras del hogar piden que se reconozcan sus derechos laborales
Trabajadoras del hogar piden que se reconozcan sus derechos laborales

Trabajadoras del hogar piden que se reconozcan sus derechos laborales

“Chacha” es una forma acortada de la palabra “muchacha” que, en la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia, significa “moza que sirve de criada”. Por otro lado, el trabajo doméstico, según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, consiste:

en el trabajo realizado en un hogar y para él, incluidas las tareas domésticas, el cuidado de niños y otros cuidados personales. De manera genérica se puede diferenciar entre remunerado y no remunerado. Trabajo del hogar es el nombre con el que las trabajadoras reivindican su actividad económica, productiva.

La primera vez que se reunieron las trabajadoras del hogar para determinar cuáles debían ser sus funciones y sus derechos laborales fue en 1988 en la ciudad de Bogotá, Colombia. En ese congreso se instituyó la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar y se determinó el 30 de marzo como Día Internacional para reconocer y reivindicar este tipo de labor.

Para el 2015, el INEGI registró que en la Ciudad de México 140 mil 492 personas trabajaban en labores domésticas de forma remunerada, el 92% de ellas eran mujeres y el 30% de ellas vivían en las delegaciones Iztapalapa y Álvaro Obregón. Estos números nos dan sólo una idea de la cantidad de trabajadoras en este sector que existen en nuestra ciudad, pero alcanzar una cifra confiable y verificable es difícil por la incipiente organización que existe entre las empleadas domésticas. La mayoría realiza estas labores por su cuenta, es decir, ofrecen sus servicios de forma informal y a voto de confianza.

Según datos recabados por la Federación Internacional de Trabajadoras del Hogar, el salario promedio que reciben estas personas oscila entre 2 mil 501 y 5 mil pesos al mes. Es decir, poco más del salario mínimo establecido para México en 2018, que es de 2 mil 686 pesos mensuales. A esta condición precaria, hay que sumarle que normalmente estas trabajadoras no tienen seguridad social ni prestaciones (es decir, sus patrones no se hacen responsables de sus obligaciones como patrón). Sólo el 17% tiene acceso al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), 41% acude al Centro de Salud pública y el 21% paga consultas particulares en farmacias o establecimientos de bajo costo. Tampoco tienen prestaciones como vacaciones o aguinaldos, ni pueden acceder a préstamos para trabajadores. No pueden jubilarse ni pensionarse, dado que nadie lleva cuenta de su antigüedad laboral.

En agosto del 2015 se funda el primer Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar. (Noticieros Televisa)
En agosto del 2015 se funda el primer Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar. (Noticieros Televisa)

En agosto del 2015 se funda el primer Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar. (Noticieros Televisa)

La Ley Federal del Trabajo establece que las trabajadoras del hogar tienen derecho a salario, descanso, alimentación y realizar sus labores en un lugar higiénico, pero, las excluye del derecho a la vivienda, reinstalación laboral, seguridad social, o negociación colectiva, y según la Ley General de Salud sólo pueden estar inscritas en el régimen voluntario, y cubrir sus propias cuotas obrero- patronales. No tienen derecho a guardería ni prestaciones sociales, como la pensión. (vía Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar)

En todo el país, mínimo 2.3 millones de personas se dedican al trabajo doméstico (la cifra es equivalente al total de habitantes de Tabasco), por lo que se trata de un sector considerablemente grande en situación de vulnerabilidad. Al igual que en el caso de lo que sucede en el contexto capitalino, el 90% de estas trabajadoras son mujeres. Así que, esta precarización del trabajo es una forma particular de violencia de género.

Históricamente las labores del hogar, como limpiar, lavar, cocinar, planchar, acomodar, tareas de jardinería y realizar trabajos de cuidado y crianza, se han considerado como obligación natural de las mujeres. Sin embargo, esto no es así. Cada persona está obligada a vigilar por su supervivencia y bienestar, tanto propios como de sus dependientes. No importa si se trata de mujeres o de hombres, nadie tiene la obligación de brindar estos servicios de forma gratuita.

Todas las actividades que enumeramos requieren la inversión de una energía vital para modificar el entorno y, por tanto, es un trabajo. En trece países de América Latina (entre los que están Argentina, Colombia, Nicaragua y Jamaica) el trabajo doméstico está regulado y protegido por el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, que:

Establece los derechos y principios básicos, y exige a los Estados tomar una serie de medidas con el fin de lograr que el trabajo decente sea una realidad para trabajadoras y trabajadores domésticos.

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Rosa Arredondo, trabajadora del hogar. México, 2003. (AP Photo/Marco Ugarte)

Rosa Arredondo, trabajadora del hogar. México, 2003. (AP Photo/Marco Ugarte)

El Estado mexicano necesita ratificar este documento legal para atender y solucionar la situación de emergencia que vive este sector laboral. Si lo logra, México tendría que modificar la Ley Federal de Trabajo y la Ley de Seguridad Social, de esta forma se reconocerían e incentivarían tratos justos de parte de los empleadores.

Una de cada cinco mujeres que realiza labores domésticas con remuneración comenzó su actividad laboral entre los 10 y los 15 años, edad en la que trabajar es ilegal. De acuerdo con los estudios de Conapred, la mayoría lo hizo “por necesidad económica y por factores asociados a la marginalidad y la pobreza”, tales como la imposibilidad de asistir a la escuela o las condiciones familiares adversas.

Debido a las lagunas legales en torno a esta actividad, es común que las trabajadoras sean víctimas de diversas muestras de discriminación, tales como carecer de un contrato escrito que especifique sus funciones, no gozar de vacaciones pagadas o comer alimentos sobrantes de la casa en la que se labora. Muchas veces, estas prácticas violentas se enmarcan en un esquema mayor de discriminación e injusticia social. En un testimonio representativo de la situación que viven muchas trabajadoras domésticas, Oxfam México registró varios de los problemas relacionados con el reconocimiento de la dignidad de este sector laboral:

Sólo completé la primaria porque en mi pueblo el estudio era para los hombres. Las mujeres se casaban pronto y se dedicaban a tener hijos e hijas y a atender a sus esposos; por eso cuando una familia de la Ciudad de México fue por mí para llevarme a trabajar a su casa, lo vi como una oportunidad de escape. Me ilusioné pensando que iba a tener mi propio espacio, que iba a ganar mi propio dinero y que iba a poder hacer lo que yo quisiera con mi vida. Estaba equivocada.

En el caso de esta mujer, su migración a la capital del país sucedió por la falta de oportunidades para las personas de su género en su lugar natal. Mientras los hombres podían recibir una formación profesional, las mujeres sólo podían aspirar a convertirse en madres.

Nada más llegué a su casa y me esclavizaron. Era una esclava de 14 años con una jornada de trabajo de 6 de la mañana a 10 de la noche. Cuidaba a dos niños y una niña, hacía el aseo de la casa, preparaba la comida, lavaba y planchaba la ropa. Estaba disponible para ellos las 24 horas porque vivía en su casa y ni siquiera los domingos salía porque ¿a dónde iría?, ¿con quién? Mejor me quedaba, según yo, a descansar, pero siempre terminaba trabajando porque sentía que tenía que ganarme el derecho de entrar a la cocina y agarrar alimento

Al llegar a su nueva residencia, las cosas no mejoraron: esta mujer tenía jornadas de 16 horas laborales (el doble de lo permitido por la ley) y tenía que estar disponible las 24 horas del día. Incluso en su día de descanso, ella permanecía en los límites del hogar al que servía porque no había otras posibilidades a su alcance. Su liberación ocurrió casi 40 años después de empezar a trabajar: gracias al Centro de Apoyo y Capacitación para Empleadas del Hogar esta persona se enteró de que tenía derechos laborales y la capacidad para negociar el trato a recibir.

Hace apenas dos años, en 2016, se conformó el primer sindicato de trabajadoras y trabajadores del hogar en la historia de México (Sinactraho), que elaboró un contrato colectivo en el que se incluyen elementos como seguridad social, salario con base en horas laboradas, vacaciones y aguinaldo. El trámite de afiliación de un trabajador doméstico al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tiene que ser realizado por el empleador, que se compromete a pagar una cuota estimada conforme al salario real del empleado. La vigencia de la cobertura es de un año a partir de que se apruebe el trámite, siempre y cuando el trabajador no presente enfermedades preexistentes.

Como se ve, el respeto a los derechos humanos y laborales de las trabajadoras domésticas depende tanto del Estado y su compromiso con la situación, como de los particulares involucrados (en especial, de los empleadores). Las condiciones para abolir este tipo de discriminación están sobre la mesa y este mes es un buen momento para empezar a participar activamente a resolver este problema.

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