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Miopía social-doméstica

Miopía social-doméstica
junio 18, 2020

Durante el transcurso de mi lectura de Domestica, Inmigrants Workers Cleaning and Caring in the Shadows of Affluence de Pierrete Hondagneu- Sotelo, libro que contiene una investigación acerca del trabajo doméstico de inmigrantes en Los Ángeles, California, no pude dejar de pensar en las experiencias que he tenido como observador a lo largo de mi vida, primero como miembro de un hogar de clase media en donde “siempre hubo muchacha” y segundo como patrón de trabajadoras domésticas que nos han ayudado con las actividades inherentes a la limpieza del hogar y cuidado de mis hijas pequeñas, y para ello narrare de manera muy breve y específica el caso de la trabajadora doméstica con la que más y mejor conviví; y para estos efectos la llamaré como “Mari”, quien trabajó en casa de mis padres desde que tengo uso de memoria.

Recuerdo el día en que fuimos por Mari. En aquel entonces ya éramos una familia de cinco integrantes: mi padre de 35 años, mi madre de 28, mi hermano de seis, yo de cuatro y mi hermana de uno, vivíamos en un apartamento de dos recamaras y un baño, al poco tiempo nos mudamos a una casa más amplia que mi padre pagó mediante un crédito a 20 años. Recuerdo perfecto la escena: mi madre recibía una llamada de quien le referenció a la candidata ideal para ser “nuestra muchacha” (debo decir que hasta ahora me doy cuenta que le llamamos “nuestra” como si fuese de nuestra propiedad, tal y como la gente piensa que puede llamar de “nuestro” al doctor, al abogado, al arquitecto… me parece que son vestigios de actitud clasista y prepotente de la época colonial) (justo ahora me aparece en el chat la extraordinaria nana uruguaya que fue con nosotros a México a ayudarnos con el cuidado de las gemelas y parte de limpieza del hogar pero bueno, esa es otra maravillosa historia…). Mari le habló a mi madre del teléfono público que se encontraba en la panadería de la esquina de la casa. Fuimos mis hermanos, mi madre y yo por ella en el auto, y ahí fue donde conocí a una de las personas más importantes de mi vida. Mari, que en aquel entonces habría de tener la misma edad de mi madre, 28 años, venía de un pueblo de la sierra de Guerrero, Chilapa.

Soltera, de muy bajos recursos económicos, sin hijos, analfabeta y valiente que al igual que millones de mujeres mexicanas tuvo que dejar a su familia y amigos para ir a la Ciudad de México para buscar la manera de ganar dinero. Alegre, sonriente, sensible, conversadora, trabajadora, María se ocupaba de ayudar a mi madre en las actividades de limpieza, lavar ropa, cocinar, poner la mesa, echarle ojo a los tres niños, actividades que le llevaban prácticamente todo el día, recuerdo que por las tardes veía algún programa de televisión con nosotros, sentada/hincada al filo de la cama y lo disfrutaba al máximo, telenovelas y programas cómicos con los que se reía precioso, a carcajada suelta. Recuerdo que me encantaba que me contara de su vida en su pueblo, sobre todo cuando era niña, se ponía muy contenta cuando imaginaba “su tierra”, nos contaba de sus aventuras cuando era pastorcita de vacas, borregos y chivos; cuando jugaba y se entendía perfectamente con los anímales. Había una historia en particular que me divertía muchísimo con la que nos carcajeábamos, fueron cientos de veces las que le pedí que me la contara, era acerca de una chiva de su rebaño a la cual retaba al “tú por tú” a los topes; se ponían en posición de toparse y solo veía como la chiva se le dejaba ir de frente y ella no se rajaba y ¡pum! Dice que hasta como que se desmayaba y ¡veía estrellitas! Y ahí nos atacábamos de la risa a mares. Mari, 35 años después, sigue trabajando en casa de mis padres. Mari para mí es su humanidad, su bondad, sus carcajadas, su gran corazón y una capacidad emocional que jamás vi otra igual. Una mujer analfabeta, que siempre ganó poco dinero, y sin embargo con una capacidad de ayudar a los demás increíble. Mari tiene dos hijos y es abuela de una hija natural. Un exmarido prácticamente la obligo a que ella se hiciera cargo de un hijo que ella no parió. Sus dos hijos se criaron en casa de mis padres pero no con nosotros; había una clara separación promovida por mis padres y evidentemente por la sociedad.

Mari es parte de nuestra familia afectiva, no cabe la menor duda, sin embargo (aquí es donde “la puerca tuerce el rabo”), parte de mi familia y yo, en especial, tuvimos una grave omisión para con ella: nunca a ninguno de los cinco integrantes de mi familia se nos ocurrió enseñarla a leer y a escribir, no la incentivamos a que aprendiera algo que le diera mas herramientas para su desarrollo, ni para que realizara sus estudios; no supimos promover el espacio suficiente para su propio desarrollo. A pesar de haber estado tan cerca de ella (más cerca es imposible), y de haber construido con ella una relación afectiva genuina, ¿porqué no nos percatamos de que podíamos y debíamos haberla ayudado a crecer personal y profesionalmente? La respuesta es para mí muy clara: porque la mejor manera de retener a Mari era construyendo una relación afectiva con ella y poniendo un tope a su crecimiento personal. Esa es una de las grandes enfermedades que, con sus excepciones, tienen la gran mayoría de los hogares de clase media en México. Yo la llamaría miopía social-doméstica. No hemos sabido relacionar este tipo de omisiones con el gran deterioro que vive nuestro país en la actualidad.

Texto originalmente publicado el 12 de mayo de 2012

Autor:
Gerardo Juárez “bola” Estudiante de Master of Arts in Latin American Studies, San Diego State University