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¿Hay una manera “correcta” de protestar?

EL PAÍS DE LAS PINTAS

Un diálogo en dos partes

PARTE UNO
Algunas observaciones sobre el derecho de asociarse o reunirse pacíficamente con cualquier objeto lícito

Personajes: Carlos y Enrique
Escena: La estancia de un departamento en la alcaldía Benito Juárez

CARLOS (entra desde la cocina): ¿Qué onda, qué es tan gracioso?

ENRIQUE (viendo un smartphone): Te ruego que leas esta nota del Universal. Dice que en la Ciudad de México ocurrieron más de 10 mil manifestaciones públicas entre 2015 y 2017. Lo cual quiere decir que hay, en promedio, como 3,200 manifestaciones al año. ¿Sabes cuál es el promedio por día?

CARLOS: Te daría una respuesta pero las matemáticas nunca fueron lo mío.

ENRIQUE: Estamos hablando de nueve manifestaciones al día. ¡Nueve! Digo, es un milagro que uno se pueda desplazar de un lugar a otro en esta ciudad con tanta marcha obstruyendo las vialidades.

CARLOS: Ya veo. Sin ánimo de ofender pero supongo que una de las libertades básicas, como es el derecho a la protesta, conlleva algunos efectos secundarios que suelen padecer, sobre todo, la parte indiferente de la población.

ENRIQUE: Oye, no es que no me importe lo que ocurre en mi país. De hecho, voy a admitir que llegué a participar en algunas marchas en los últimos años, y eso porque tenía la convicción de que aquellas causas sí valían la pena.

CARLOS: ¿A diferencia de…?

ENRIQUE: Vamos, ¿nueve manifestaciones al día? Me cuesta trabajo creer que todas las causas tengan el mismo mérito. Si me lo preguntas a mí, estoy seguro que esta generación millennial es la más sensible de la historia, a tal grado de bloquear una avenida porque un equipo de futbol corrió a su director técnico.

CARLOS: ¿Ha llegado a pasar eso?

ENRIQUE: Qué más da, solo intento ilustrar que a la gente de nuestra época, que ha sido tan mimada por esta noción liberal de derechos humanos, se le hace de lo más fácil abusar de ciertos privilegios, llámese el derecho a la protesta social o el derecho a indignarse en Twitter porque un diputado hizo un comentario sexista en un mitin.

CARLOS: ¿No crees que estás pensando en un caso concreto y generalizando a partir de ello?

ENRIQUE: No puedo estar generalizando cuando veo este fenómeno casi todos los días. Reitero, no es que esté en contra de la protesta legítima, pero cuando una manifestación genera más descontento social que los atropellos que busca enmendar (por ejemplo, cuando un puñado de encapuchados toma las casetas de cobro), entonces la autoridad debe atender la voluntad de la mayoría y desalojar a estos sujetos de la vía pública.

CARLOS: ¿En serio crees que hay manifestaciones donde las injurias a terceros son mayores a las injusticias que aquejan a los manifestantes?

ENRIQUE: Mira Carlos, tal vez no te parezca gran cosa si te presentas en la oficina con un par de horas de retraso, o si tu hijo no llega a tiempo a un examen de la escuela porque un grupo tiene bloqueado Insurgentes, pero qué pasa cuando ese bloqueo impide el paso de una ambulancia que transporta a la víctima de un accidente. ¿A quién culparías si esa persona pierde la vida mientras la ambulancia anda atorada en el tráfico?

CARLOS: ¿En este escenario hipotético? Si la protesta está dirigida al gobierno, pues culparía al gobierno. Porque si el gobierno hubiera cumplido con sus funciones, no habría necesidad de una protesta. Okey, está claro que las manifestaciones públicas generan algunos inconvenientes a terceros, pero antes de pasar el borrador por los artículos 6 y 9 de la Constitución, vale la pena volver a la raíz y preguntarse primero…

¿Por qué protestamos?

ENRIQUE: No sé, vaya, porque hay algo que nos hace falta. Como agua en la colonia o luz en las calles.

CARLOS: No es una pregunta tan sencilla. Hay que ver esto con mayor precisión. Más allá de una causa en común, ¿qué motiva a un grupo de personas a lanzar una convocatoria y reunir al mayor número de gente posible con la intención de tomar las calles, levantar pancartas y lanzar reclamos? ¿Cómo surge esta idea de levantar la voz en un foro público y buscar la atención de la sociedad con motivo de alguna injusticia? En pocas palabras, ¿por qué recurrimos a la protesta como forma de expresión?

Antes de sumergirnos en las profundidades de este tema, hay que tomar en cuenta dos variables. La primera es que debemos entender que la protesta social es un recurso abierto tanto a una persona como a diez mil, y se puede llevar a cabo tanto en las calles como en cualquier foro público, incluso en las redes sociales, ya ves cómo solo basta con un hashtag o una petición en Change.org, aunque los más creativos tienden a pensar en otras medidas. Si la manifestación ocurre en la vía pública, las autoridades locales tienen la obligación de proteger y garantizar los derechos humanos de los participantes, exista o no un aviso previo a dicha autoridad.

La segunda variable es que la protesta social no siempre está dirigida hacia las instituciones gubernamentales. No pasemos por alto que las protestas contra las entidades de la iniciativa privada también son comunes, y estas pueden tomar varias formas, ya sea la de un plantón en el perímetro de una propiedad privada, o un boicot contra los productos o servicios de una empresa; también se puede tratar de una huelga, lo que significa una protesta iniciada por los trabajadores de la misma empresa. En lo que respecta a la protesta contra un particular -como una figura pública- esta se puede presentar, siempre y cuando no cruce los límites de la privacidad y se convierta en una agresión que ponga en riesgo la integridad física del individuo.

ENRIQUE: ¿Ahora bien?

CARLOS: Ahora bien, analicemos las características de la típica protesta contra una autoridad gubernamental. ¿Cómo ocurre? Nosotros, como habitantes de esta metrópolis y personas ajenas a un movimiento, por lo general solo atestiguamos el resultado final de un largo proceso que desemboca en el acto mismo de la manifestación pública. Digamos que una comunidad indígena en Puebla se manifestó esta mañana en el zócalo capitalino para exigir que no se construya una planta hidroeléctrica en las cercanías de su poblado. Antes de mandar a hacer las pancartas y rentar los autobuses para ir a la Ciudad de México con cientos de personas, los representantes de los agraviados tuvieron que presentar sus quejas al gobierno local, interponer amparos en la corte, convocar a juntas de colonos o ejidatarios, apelar al delegado, al diputado local y al presidente municipal, y un largo etcétera que simboliza el laberinto burocrático de sellos, copias, denuncias y demandas.

Las manifestaciones, por más espontáneas que parezcan, suelen requerir cantidades considerables de dinero y esfuerzo, sobre todo cuando los manifestantes son de fuera y deben organizar una caravana, ya sea para viajar a la capital de un estado o a la capital de la república. Por tal motivo, la protesta suele ser un recurso de última instancia que se da cuando se agotan todas las vías de comunicación entre los afectados y los honorables servidores públicos en el gobierno, sean locales, estatales o federales.

En otras palabras, la protesta social es un acto de desesperación colectiva al cual recurre la gente cuando ya está harta de la inercia de los burócratas, de la ineptitud de los funcionarios públicos y la corrupción del sistema. Y quiero hacer énfasis en el término “acto de desesperación”. Imagina que la protesta es la última línea de defensa que sostiene de pie a la democracia, porque si descalificamos esta opción, ya no existe otra alternativa pacífica que permita que la voz del pueblo sea escuchada en las aulas del poder.

Y déjame subrayar esto, el hecho de que tengamos nueve manifestaciones al día en esta caótica ciudad, no es tanto un reflejo de la incompetencia gubernamental en todos los niveles, sino prueba fehaciente de la seguridad y estabilidad que nos ofrece un sistema democrático. Aunque damos por sentado los artículos en la Constitución que garantizan la libertad de expresión y la libertad de reunión, si no fuera por estas leyes, habría más de una decena de insurrecciones armadas en estos momentos por todo el país.

ENRIQUE: Hablando se entiende la gente, es lo que quieres decir.

CARLOS: Aunque se tenga que llegar a los gritos.

ENRIQUE: ¿Pero qué hay de estas manifestaciones que parece que se generan “en el calor del momento”?

CARLOS: ¿Hay un ejemplo que tengas en mente?

ENRIQUE: Pues digamos la marcha contra la violencia de género de hace un mes en la Ciudad de México. Me acuerdo que hubo un caso de una chica presuntamente violada por policías y a los pocos días explotó todo este movimiento convocado por grupos feministas.

CARLOS: Bueno, ese tipo de manifestación obedece a la misma lógica, aunque las circunstancias sean diferentes. En otras palabras, tenemos un caso que afecta directamente a una persona, entonces ¿cómo es que un caso particular se transforma en un reclamo multitudinario? Discúlpame por emplear un cliché, pero es “la gota que derramó el vaso”. Esta explosión, como tú la defines, requiere de un suceso que sirva como mecanismo detonante para una porción de la sociedad que guarda en su interior una percepción generalizada de injusticia que crece y crece como un tumor colectivo.

Seamos francos, en este país los casos por día de feminicidio, abuso sexual, violencia doméstica, acoso laboral y demás son incontables. Si sumamos los actos que nunca son registrados, es seguro que tendríamos una cantidad astronómica. Encima de las estadísticas, la pesadilla nunca termina para las víctimas. Ya hemos escuchado varias veces las historias. Alguien se les acerca y les “aconseja” que no vale la pena denunciar el delito, y con las que se atreven a denunciar, la propia autoridad les pone trabas para que no proceda la denuncia y se vayan a sus casas. Y vamos, si por un acto de Dios se consigue una detención, el acusado sale libre a los pocos días porque el MP no pudo armar bien la carpeta o algo por el estilo. Pero aún así fíjate, no hay marchas de violencia de género todos los días. Más bien, todo ese rencor, todo esa furia, toda esa frustración, se va acumulando poco a poco, hasta que se presenta un caso que, por azares del destino, se vuelve la gota que derrama el vaso, y esta porción de la sociedad que fue ninguneada y humillada, una y otra vez, simplemente explota.

México no es un caso extraordinario. En cualquier sociedad es natural que toda la furia que había sido contenida por tanto tiempo haga erupción. En una democracia, dicha erupción adopta la forma, todavía civilizada, de la protesta social, pero en un país con un sistema distinto a la democracia, donde la gente carece de derechos, como Túnez, Libia o Egipto, el resultado de esta erupción es una auténtica revolución. Así empezó la Primavera Árabe del 2010. Un día, en Túnez, unos policías confiscaron la mercancía de un vendedor ambulante, y el pobre hombre se autoinmoló ante la mirada de todos. Ese sujeto fue, literalmente, la mecha que detonó una reacción en cadena cuyas ramificaciones aún se pueden ver y sentir en el norte de África y el Medio Oriente.

Afortunadamente, México no es Túnez, ni es el mismo país que era en 1968 o 1971, cuando levantar una voz de protesta era prácticamente un acto suicida. Pero nuestra paulatina apertura democrática de los noventa y los dos miles cambió todo eso. De vez en cuando, algunos miembros de la clase política dan señas de querer revertir los avances que hemos conquistado en esta materia, y esto se debe a la capacidad de corrección inherente a un sistema democrático. Es evidente que al Poder no le gusta verse en la obligación de corregirse, pero quieran o no, la autoridad gobernante debe someterse a la voluntad de sus gobernados. Aquella costumbre de “voy a hacerme de la vista gorda” mientras el pueblo grita sus consignas a las puertas del palacio de gobierno debe quedar enterrada en la tumba política del siglo XX.

(baja el telón)

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Egipto, 2013. Parte de la Primavera Árabe (AP Photo/Khalil Hamra)

Egipto, 2013. Parte de la Primavera Árabe (AP Photo/Khalil Hamra)

INTERMEDIO

SEÑORA (con micrófono en la mano): A continuación, la niña Aurora, de tercer grado de primaria, recitará un breve fragmento de Desobediencia Civil, del escritor estadounidense, Henry David Thoreau. Le damos un aplauso, gracias.

AURORA (con tono nervioso en las primeras frases): La mayoría de los hombres sirven así al Estado, no como hombres, sino como máquinas, con sus cuerpos. Conforman el ejército constituido y la milicia, son los carceleros, la policía, los ayudantes del alguacil, etcétera. En buena parte de los casos, no ejercen con libertad ni su capacidad de juicio ni su sentido moral, sino que se rebajan a la condición de la madera, la tierra y las piedras. Dichos individuos no infunden mayor respeto que los hombres de paja o los bultos de arcilla. Valen lo que los caballos o los perros. Y sin embargo, se les considera normalmente buenos ciudadanos. (toma agua de un vaso) Otros, como muchos legisladores, políticos, abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado fundamentalmente con sus cabezas, y como rara vez hacen distinciones morales, son capaces de servir igual al diablo, sin tener intención de hacerlo, que a Dios. Unos pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformadores en el verdadero sentido, sirven al Estado con sus conciencias, y por ello le oponen resistencia las más de las veces, por lo cual se les suele dar un trato de enemigos. Un hombre cabal (o una mujer cabal) sólo será útil como hombre (o como mujer) y no se resignará a ser arcilla ni a tapar un agujero para detener el viento, sino que, cuando mucho, dejará esa tarea a sus cenizas. (Sale del escenario corriendo)

PARTE 2
Algunas observaciones sobre brillantina rosa, pañuelos verdes, chalecos amarillos y sombrillas de diversos colores

Personajes: Los mismos
Escena: La misma

ENRIQUE: Ya que abordaste la marcha contra la violencia de género–

CARLOS: Yo no la abordé, tú la ofreciste como ejemplo.

ENRIQUE: Como sea. Si uno de los objetivos de una manifestación pública es precisamente la de generar conciencia o, al menos, un poco de simpatía entre el resto de la población, ¿no crees que actos de vandalismo cometidos contra el patrimonio son contraproducentes a su causa?

CARLOS: Por actos de vandalismo al patrimonio te refieres a las pintas realizadas en la columna del Ángel de la Independencia.

ENRIQUE: Y la destrucción en las estaciones del Metrobús en menor medida.

CARLOS: Claro. Te concedo que los actos de transgresión, como el vandalismo, son elementos que tienen el potencial de restarle cierto magnetismo popular a una causa. No por nada, una de las viejas tácticas del Poder es la de infiltrar un movimiento pacífico, pero incómodo, con agentes provocadores que trabajan para deslegitimar los reclamos de una protesta social ante la opinión pública, y así conseguir la justificación para reprimir con la fuerza del Estado una manifestación que ya no goza del respaldo popular.

Los medios de comunicación y las redes sociales suelen morder este anzuelo con facilidad. La marcha antiporros en CU del año pasado es la primera prueba que me viene a la mente. Si bien una marcha puede convocar a miles de estudiantes en un punto de reunión, solo basta con un puñado de presuntos anarquistas y las imágenes de un metrobús en llamas para que la prensa enfoque sus cámaras en los destrozos. De esta manera, el señor y la señora Equis, que reciben notificaciones por Facebook y WhatsApp, cambian su opinión de “pobrecitos estudiantes, ojalá expulsen a esos porros de la UNAM” a “canijos sin vergüenzas, ojalá que los tiras les den sus buenos macanazos.” Y lo mismo ocurre aquí en México que en Francia y Estados Unidos o donde sea, es la naturaleza capitalista de la industria. La violencia provoca sentimientos de repugnancia en la audiencia, pero al mismo tiempo, la violencia es lo que vende. No me gusta juzgarlo así pero la indignación moral es el opio de las buenas conciencias.

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Manifestaciones en la UNAM de 2018 (AP Photo/Rebecca Blackwell)

Manifestaciones en la UNAM de 2018 (AP Photo/Rebecca Blackwell)

ENRIQUE: Entonces estarás de acuerdo con el juicio popular que descalifica la manifestación feminista por excesos como el daño al patrimonio.

CARLOS: Por supuesto que no.

ENRIQUE: ¿Pero cómo? Si hasta la esposa del presidente reprobó los actos, y cito:

Este es el país de las pintas. Por más razón que tenga quien proteste, yo no pienso que haya derecho a dañar un inmueble con valor histórico. Independientemente de la impartición de justicia a tal o cual caso o validez que tenga la protesta, es un daño al patrimonio y el patrimonio es de todos los mexicanos.

CARLOS: ¿”El país de las pintas”? El país de las hipérboles más bien. Mira Enrique, recuerdo que hubo provocadores infiltrados en esa marcha, como el porro que le soltó un puñetazo al reportero en plena transmisión. ¿Y qué salió de eso? Pues se desvió la atención de la audiencia hasta cierto punto y, hasta cierto punto, otra vez, hubo una intervención policiaca y una discusión de seguridad en torno a las manifestaciones. Pero las mujeres que pintaron la base del Ángel o que arrojaron brillantina rosa a los miembros de la prensa no me parece que fueran provocadoras. Es decir, sus expresiones de descontento eran auténticas y no hay nadie que termine en el hospital por un poco de glitter en la cara. En lo relativo a la opiniones negativas en los círculos más conservadores de la sociedad, incluyendo los pronunciamientos de los apasionados del arte y la doctora Gutiérrez Müller, me parece que pecan de visión cerrada.

ENRIQUE: A ver, un momento, ¿no crees que el patrimonio cultural debe estar por encima de los reclamos y las posturas del presente? Hace meses leí una nota sobre unos turistas extranjeros que rayaron unos artefactos de la cultura olmeca y me dio mucho coraje porque esas reliquias prehispánicas son símbolos que nos representan como país. Si no protegemos el patrimonio cultural, corremos el riesgo de perder nuestra identidad como nación. ¿Por qué no deberíamos aplicar las mismas sanciones en el caso de una manifestación que se sale de control? Supongo que lo que quiero preguntar es…

¿No hay maneras correctas de protestar?

CARLOS: ¿Maneras correctas de protestar? Bien podrías preguntarme si hay formas apropiadas de reír cuando voy al cine a ver una comedia. Pero veamos esto por puntos porque es una pregunta interesante. Así como la guerra, la protesta social tiene sus reglas, algunas más tácitas que otras. Por ejemplo, los manifestantes no pueden llevar armas de fuego y disparar contra una fila de granaderos porque eso ya no es una protesta, es una insurrección armada. Por otro lado, las manifestaciones que se transforman en disturbios suelen perder el enfoque de su mensaje. Es por tal motivo que líderes como Martin Luther King y Mahatma Gandhi se apegaron a las formas pacíficas de la protesta social, porque ponían el mensaje por encima de la integridad física de los manifestantes.

Creo que la gran mayoría de gente comprende que una manifestación pública no es como el día de la Purga, ¿si me doy a entender? Es una película de terror cuya premisa establece que toda ley queda suspendida por veinticuatro horas y el homicidio está permitido–

ENRIQUE: Okey sí, entendí la referencia.

CARLOS: Pero sí hay ciertas leyes que dejan de ser aplicadas durante una manifestación pública y dentro de la zona que abarca la manifestación.

ENRIQUE: Como caminar en medio de la calle.

CARLOS: Ajá. Faltas administrativas como saltarse los torniquetes del Metro.

ENRIQUE: Seguro hay mucha gente que ve con malos ojos cuando alguien hace eso, por más menor que parezca.

CARLOS: Bueno, depende del contexto. ¿Recuerdas cuando subieron el precio del boleto del Metro de 3 a 5 pesos? La gente se saltaba los torniquetes como forma de protesta, y la práctica fue tan masiva que las autoridades locales optaron por dejar que los usuarios pasaran gratis por unos días. Pero quisiera volver a las marchas por la violencia de género, ya que el contexto también es importante en estos casos. En su esencia más cruda, ¿cuál era el objeto de la marcha?

ENRIQUE: Ahm, mujeres violadas, mujeres asesinadas, la indiferencia o negligencia de las autoridades.

CARLOS: ¿Y cuál era la queja contra las manifestantes?

ENRIQUE: La destrucción del patrimonio.

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(AP Photo/Amy Guthrie)

(AP Photo/Amy Guthrie)

CARLOS: Imagina que sostengo una escala delante de ti, ¿qué tiene más peso? Por un lado tienes el terror en el que vive la mitad de la población ante un Estado que es incapaz de protegerlas, y por el otro, el patrimonio cultural ultrajado. Va de nuevo: Por un lado, mujeres muertas. Por el otro, piedras pintadas. ¿Cuál crees que deba ser la forma correcta de protestar? ¿Una vigilia con velas? ¿Un festival de música? Te voy a leer algo que tengo en mi teléfono, solo dame unos segundos (busca un archivo en su smartphone). Y dice así:

Creo que deberíamos ser hombres primero y después súbditos. Lo deseable no es que se cultive el respeto a la ley, sino a la justicia. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que creo justo.

ENRIQUE: ¿La justicia por encima de la ley? Polémico y… no estoy dispuesto a estar de acuerdo con eso.

CARLOS: Es un fragmento de Desobediencia Civil de Henry David Thoreau. Sé que no eres fan, así que no te dije el nombre del autor de antemano o no ibas a escuchar.

ENRIQUE: Eso es trampa.

CARLOS: Mira Enrique, si un turista ignorante y borracho llega a un museo y raya una cabeza olmeca, te doy la razón, debe ser sancionado según lo establece la ley. Pero cuando una manifestación provoca algunos daños, tal vez irreparables, en un monumento histórico, sea el Palacio de Bellas Artes, el Hemiciclo a Juárez o la fachada del Palacio Nacional, el acto deja de ser un delito y adquiere otras cualidades. Y no me hagas esas caras, ahora te doy mis razones. ¿Qué es un monumento, sea histórico o artístico, sino un reflejo de la sociedad en su condición presente? Piensa que estás manejando por una colonia marginada y ves los graffitis en una estatua que se levanta en el centro de un parque; esa imagen, por sí sola, te transmite que la zona está en situación de abandono, en muchos sentidos. Pero si ves la glorieta del Ángel de la Independencia siendo vandalizada por decenas de mujeres, entonces te queda claro que algo no está funcionando aquí, algo que es más profundo que el acto vandálico. En el contexto de un reclamo social, el monumento pasa de ser un objeto inerte de piedra a un vehículo de expresión que transmite vida y las emociones correspondientes.

Lo cual me lleva al tema de los símbolos. Hace unos minutos me pasaste el dato de las nueve manifestaciones por día en la Ciudad de México. Si bien toda protesta tiene derecho a su espacio, hay protestas que despiertan una atención mediática y popular superior a otras, y esto se puede atribuir a una variedad de factores, algunos premeditados y otros que se producen de manera espontánea. Es decir, no creo que haya formas incorrectas de protestar, pero hay maneras más efectivas que otras de alcanzar los objetivos de una protesta. Cierto, toda manifestación pública que busca la interlocución del gobierno debe ser atendida por la autoridad, pero si la manifestación está dirigida en parte, o de forma exclusiva, a la opinión pública -un monstruo mucho más difícil al cual apelar- una táctica común es el recurso de los símbolos.

ENRIQUE: Te refieres a las ropa blanca en las marchas por la paz o los cubrebocas en las marchas del silencio.

CARLOS: Sí, pero estos símbolos han perdido su influencia con el paso de los años. Los más efectivos son aquellos que se materializan de manera orgánica y se propagan como incendio en una fábrica de pirotecnia, como las máscaras de Guy Fawkes que adoptaron los hacktivistas, los pañuelos verdes del movimiento en favor del aborto, las sombrillas en las protestas de Hong Kong, o los chalecos amarillos que se han vuelto sinónimo del descontento social en Francia. Estos artefactos se incorporan a una cultura de la protesta, que a la vez, es una muestra saludable de la democracia en acción. En el caso de México, la brillantina rosa le dio un impulso favorable a las marchas feministas que todavía se manifiestan en las calles. Nada como un símbolo propio que puedas poner en tu estandarte para alentar a las tropas.

ENRIQUE: A mí me parece que es violeta, no rosa.

CARLOS: ¿Qué? ¿La brillantina?

ENRIQUE: Sí.

CARLOS: No me voy a clavar en esa discusión.

Ilustración principal: @esepe1

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