75 años de Hiroshima: el dilema del mal y la inteligencia

A 75 años del bombardeo de Hiroshima, repasamos los momentos inmediatos a la caída de la bomba atómica, vistos desde la filosofía.
julio 30, 2020

Las alarmas habían anunciado el arribo de aviones enemigos, pero nadie distinguió una amenaza en el cielo. Para ese entonces, 6 de agosto, los habitantes de Hiroshima estaban familiarizados con los bombarderos B-29 que barrieron el resto de Japón; incluso los habían apodado B-San (“Señor B”), con idénticas dosis de respeto y espanto, aunque la ciudad hasta ese día había permanecido intacta.

Algunos testigos reconocieron el trayecto de algo parecido a un avión meteorológico norteamericano y siguieron con su rutina. A las ocho con quince de la mañana un “resplandor silencioso” iluminó la ciudad. Muy pocos testigos recuerdan haber oído la explosión, pero todos presenciaron aquel segundo sol que se posó sobre Hiroshima.

Se estima que setenta mil personas se evaporaron en el mismo instante en que Little Boy explotó a una altura de seiscientos metros por encima de la ciudad. En un radio de un kilómetro la gente quedó reducida a sombras impresas en las paredes.

Durante miles de años, semejantes poderes solo fueron atribuibles a la naturaleza o a los dioses; y muchas veces estas fuerzas actuaban bajo el mismo nombre: Zeus y Thor lanzaban rayos tan letales como caprichosos a los ojos de sus creyentes; en el Popol Vuh se consigna que Huracán provocó un diluvio universal comparable al del Antiguo Testamento.

De pronto a mediados del siglo XX el gran fruto de la modernidad no eran una cura universal, la panacea que culminaría la búsqueda de conocimiento que empezó en el Renacimiento y siguió en el Siglo de las Luces. Por el contrario, varias de las mejores mentes del mundo fueron convocadas en el Proyecto Manhattan para crear una bomba más caliente que el Sol.

Aquellos que no murieron al instante fueron arrojados por una onda de choque que derribó muros y techos y que se sintió a decenas de kilómetros de distancia. El resplandor provocó innumerables incendios por toda Hiroshima. Decenas de miles sufrieron quemaduras, muchas de ellas completamente inauditas: algunas personas tenían impresos en la piel los diseños de la ropa que portaban en el momento de la explosión.

Zona de impacto de la bomba en Hiroshima. (Imagen: Especial)

Al principio, los sobrevivientes creyeron que habían sido bombardeados con un artefacto semejante a las bombas Molotov; en los días siguientes correrían rumores que aseguraban que la noche previa la ciudad había sido rociada con un polvo combustible. El gobierno, que se debatía si rendirse o no ante el los Estados Unidos, en ningún momento comunicó a los pobladores de Hiroshima qué habían arrojado sobre ellos.

Una primera señal de la naturaleza de la bomba ocurrió a los pocos días cuando un médico descubrió que todas las placas de rayos X en el sótano del hospital se habían revelado solas tras la explosión. Por otro lado, el vómito aquejaba a miles y la piel de algunos quemados se desprendía como un guante transparente; los muy pocos doctores que habían sobrevivido no entendían las heridas y los síntomas que meses después atribuirían correctamente a la radiación.

¿Por qué unos sobrevivían y otros se habían calcinado en el acto? ¿Por qué unos tenían quemaduras y otros perdían el pelo y padecían diarreas imparables sin haber sufrido un solo rasguño? Las secuelas del bombardeo parecían tan caprichosas como los truenos que lanzaban Thor y Zeus hacía siglos del otro lado del mundo. Algo sí tuvieron claro desde el principio: esta destrucción era obra de hombres, no de dioses.

Mucho se escribiría en las siguientes décadas para explicar cómo la modernidad, la primera vez en que los destinos de las naciones parecían encomendarse a la ciencia y el conocimiento, había culminado en el catálogo de horrores que caracterizó a la Segunda Guerra Mundial.

Los dramas de la guerra provocaron que muchos voltearan hacia una vieja pregunta de la filosofía: ¿Qué es el mal? Es fácil perderse entre los matices: mientras Platón equipara la inteligencia con la bondad, el alemán Friedrich Schelling percibe una desconexión de estos atributos: el mal es la consecuencia de un desbalance ocurrido cuando el conocimiento crece pero la conciencia se reduce.

A partir de la bomba atómica, obra de mentes iluminadas, creció la vaga certidumbre de que el conocimiento y la ética no siempre iban juntas. ¿Acaso la ética, la capacidad de reflexionar sobre la pertinencia de nuestras acciones, no era una forma de la inteligencia? A los ojos de la gente, no: en la posguerra se afianzó el mito del “científico loco” que revela los mecanismos ocultos de la naturaleza pero carece de brújula moral.

A decir del pensador francés Roland Barthes nadie contribuyó al mito tanto como Albert Einstein. El científico que en un mero viaje de tren desarrolló la teoría que cambiaría la forma en que concebimos la realidad, y quien vivió sus últimos años arrepentido de haber contribuido en la creación de la bomba atómica.

Acaso sin querer, abonó la idea de que había un divorcio entre la inteligencia y la bondad, como si fueran atributos separados del ser humano. A decir de Barthes, cuando Einstein donó su cerebro a la ciencia –como si fuera un aparato prodigioso cuyo funcionamiento se desconoce– se selló el mito de que las neuronas forman una máquina hecha para resolver ecuaciones matemáticas pero no dilemas éticos. Los científicos pronto confirmaron que su cerebro era idéntico al promedio.

¿Hiroshima comprobaba las ideas de Platón o las de Schelling? Si la bondad es una cara de la inteligencia, la bomba fue uno de los actos más imbéciles del ser humano. Por el contrario, si la maldad es la expresión de un conocimiento ajeno a las riendas de la consciencia, la bomba comprobaba que la humanidad se comportaba como un caballo desbocado.

Memorial de la Paz de Hiroshima, único edificio que siguió en pie en la zona cero, 75 años después. (Imagen: Pixabay)

En Hiroshima, la crónica que el norteamericano John Hersey escribió sobre los días posteriores al bombardeo, se lee la historia del padre Wilhelm Kleinsorge, un alemán perteneciente a la Compañía de Jesús y avecindado en Japón durante la guerra.

Kleinsorge no solo sufrió por años en carne propia los síntomas fantasmagóricos y crueles de la radiación, sino que además conoció el peor rostro de la bomba consolando a los desposeídos: entre los arbustos de un parque donde se refugiaban cientos de heridos, el padre encontró una veintena de soldados desfigurados por la explosión: sus cuencas estaban vacías, sus ojos se habían derretido hasta resbalar por las mejillas, sus facciones se habían borrado. Tras darles el agua por la que rogaban, se fue pensando si estuvo ante la cuadrilla de reconocimiento aéreo; los soldados no se habrían protegido del resplandor silencioso sino que voltearon directamente hacia él.

Días más tarde, una mujer que pasaría meses postrada por las heridas hizo un reclamo teológico al padre Kleinsorge: “Si su Dios es tan bueno y generoso, ¿cómo puede permitir que la gente sufra de este modo?”

“El hombre de ahora no es como Dios deseaba”, respondió el padre.

Su alegato coincide con el diagnóstico del alemán Rüdiger Safranski:

“No hace falta recurrir al Diablo para entender el mal. El mal pertenece al drama de la libertad humana. Es el precio de la libertad.”

En los años posteriores a Hiroshima, Estados Unidos cooperaría en la reconstrucción de Japón. Sin embargo, esta colaboración metodológica no continuó en una reflexión conjunta: la bomba dejó graves huellas en la conciencia de ambos países, pero estas se expresarían de modos distintos, en ocasiones opuestos, como demostrarían las diversas expresiones de la cultura popular de las décadas siguientes.

En Estados Unidos abundaron las obras que exhiben a los ejecutores de una catástrofe planetaria, como en Star Wars o Watchmen, además de las fábulas donde la civilización se pone en peligro a sí misma con resultados variados, como en El planeta de los simios o El día en que la Tierra se detuvo. En cambio, Japón se volvería especialista en narrar minuciosamente la destrucción, como en las distintas versiones de Godzilla o Japan Sinks. De un lado del Pacífico las películas se abocan en retratar a quienes aprietan el gatillo; del otro lado, la mirada se concentra en los testigos, los sobrevivientes.

Explosión en el manga Akira, que después se adaptaría al ánime. (Imagen: Especial)

Mientras que los norteamericanos se moverían en un péndulo que va de la culpa a la soberbia, muchos japoneses leerían la explosión desde dos coordenadas: el pragmatismo duro que los hizo campeones en los negocios o un misticismo secular que hizo de la bomba una experiencia similar al Apocalipsis cristiano.

La bomba es el gran elefante en la sala de la cultura popular japonesa. Por ejemplo, muchas de las mayores obras del ánime tienen como afán último diseccionar la explosión de Hiroshima, aun sin mencionarla: en el manga de steampunk Fullmetal Alchemist, los hermanos Elric lo pierden todo tras jugar con el poder indomable de la alquimia; la tragedia los convierte en héroes que luchan contra una soberbia peligrosa, la de alquimistas que creen que pueden conjurar las fuerzas del mundo sin consecuencias.

En Evangelion los protagonistas se enfrentan con monstruos venidos del cielo llamados “ángeles”, que asedian a una humanidad convaleciente que aún no se recupera por completo de una catástrofe mundial conocida como el “Segundo Impacto”.

Las tramas alrededor de una explosión llegan al límite en Akira, película cyberpunk donde los personajes representan la soberbia o la falta de escrúpulos ante un poder ilimitado. En la trama se habla de una fuerza llamada “Akira” que los científicos buscan domesticar sin éxito; en japonés akira significa verdad pero también luz, resplandor.

Por supuesto, en las tres obras aparecen eventualmente explosiones que cubren el horizonte, en un eco del resplandor silencioso que borró a miles una mañana del verano de 1945.

Pero en las tres obras hay también chistes, risas, treguas con la catástrofe; los niños no dejan de comportarse como niños solo porque el planeta esté en llamas. Y esta es una lección descubierta en las calles incendiadas de Hiroshima.

En la primera noche tras el bombardeo, cuando miles se buscaban refugiarse del fuego, en el mismo parque donde agonizaba la presunta cuadrilla antiaérea, algunos niños jugaban como si el mundo no se hubiera terminado esa mañana.

No en balde uno de los párrafos más célebres de la crónica de Hersey es el testimonio de un niño sobre la explosión:

El día antes de la bomba fui a nadar un rato. En la mañana estaba comiendo cacahuates. Vi una luz. Algo me arrojó al lugar donde dormía mi hermana pequeña. Cuando nos salvaron, yo solo alcanzaba a ver hasta el tranvía. Mi madre y yo comenzamos a empacar nuestras cosas. Fuimos al parque. Hubo un torbellino. En la noche se quemó un depósito de gas y yo vi el reflejo en el río. Pasamos una noche en el parque. Al día siguiente fui al puente Taiko y me encontré con mis amigas Kikuki y Murakami. Buscaban a sus madres. Pero la madre de Kikuki estaba herida y la madre de Murakami, ¡ay!, estaba muerta.