50 años sin Jimi Hendrix

Al cumplirse 50 años desde la muerte de Jimi Hendrix, reflexionamos en este texto sobre el legado del llamado "mejor guitarrista de la historia".
septiembre 18, 2020

En los sesenta, Jimi Hendrix fue sinónimo de guitarra eléctrica. Pero, en una época cada vez más indiferente al instrumento que definió al rock, el legado de Hendrix parece desdibujarse. ¿De verdad fue el mejor guitarrista de todos los tiempos? ¿Qué significa semejante epíteto? ¿Cómo aquilatar una de las discografías más brillantes de un género que se encuentra en franca retirada? 

La posteridad es un fenómeno caprichoso: difícilmente el artista puede anticipar si será recordado; menos aún está en condiciones de señalar cómo debería recordársele. Cuando una estrella muere, pasa por un proceso de momificación simbólica donde la persona es reemplazada por un personaje. En la elaboración del mito no siempre sobreviven las características que hicieron brillar a la persona y con frecuencia el personaje se erosiona hasta convertirse en un detritus menos honorable: la caricatura.

Para el público futuro no es menos dramático el proceso: cuando llegas a una discografía que se cerró década atrás, esta llega anticipada por el fervor previo que solo despiertan los clásicos (Borges dixit), pero también llega atravesada por una tradición de reseñistas y comentadores que no siempre saben comunicar al advenedizo por qué cierto disco debería encantarlo.

En el caso de Jimi Hendrix, una de las primeras cosas que escucha todo adolescente que se interesa por la guitarra es una sentencia desdibujada: “Hendrix es el mejor guitarrista de todos los tiempos”.

La frase se convirtió en un ejemplo clásico de cómo la canonización desmesurada es capaz de repeler a los nuevos feligreses, solo a la par de los miles de alumnos que juraron que jamás leerían el Quijote luego de oír machaconamente en las aulas que este era el mejor libro de todos los tiempos.

Es difícil desarrollar un aprecio legítimo por un artista que viene precedido por todos los epítetos imposibles. A la postre, ser el mejor le impidió a Hendrix ser el mejor escuchado. Con las décadas, la cantidad de guitarristas que lo citaban como una influencia descendía al mismo tiempo que las referencias escritas que hablaban de Hendrix como “el mejor guitarrista de todos los tiempos” aumentaban.

Es incluso más fácil admirar sin restricciones a artistas un tanto pasados de moda como Kurt Cobain; su leyenda, al menos, viene acompañada de chismes eternos e insolentes, de revanchas históricas, de cóvers intrépidos que renuevan la admiración.

Y, sin embargo, Jimi Hendrix sí fue el mejor guitarrista de todos los tiempos.

El problema es idéntico con Cervantes; solo cuando te olvidas de sus admiradores empiezas a admirarlo. Y su logro también es semejante al del autor del Quijote. Así como Cervantes inventó un artefacto literario que se emplea con éxito hasta nuestros días, la novela, Hendrix desarrolló con sus manos el ideal mismo de qué significa tocar la guitarra eléctrica y qué se puede hacer con ese instrumento.

Jimi Hendrix durante un concierto en Dinamarca. (Imagen: Especial)

En una clase sobre Borges que se transmitió por la televisión argentina, el novelista Ricardo Piglia lanzó una sentencia que seguramente enfureció a más de un medievalista: el mejor escritor de la Edad Media no es Dante sino un escandaloso anónimo: quien sea quien haya inventado el soneto.

Mientras que el poeta toscano bien pudo haber compuesto el mejor libro de su era, la Divina Comedia, quien inventó el soneto entregó una obra más perdurable: entregó una fórmula. Para Piglia vale más aquel que inventa una fórmula que puede ser usada por todos, como una computadora que atiende miles de usos distintos pero no deja de ser la misma máquina, que aquel que escribe un libro, por más magnífico que sea.

El logro de Hendrix se compara al de aquel que inventó los poemas compuestos por catorce endecasílabos; siglos después, no sería descabellado afirmar que los sonetos se escriben tanto o más de lo que se lee la Divina Comedia. 

Sin quererlo, Jimi Hendrix ideó la gramática de la guitarra eléctrica que se usa hasta hoy. Tocar bien la guitarra es, por definición, tocar la guitarra como él nos enseñó a hacerlo. Hendrix dispuso la sintaxis elemental que usamos aún para definir qué se supone que es un buen riff o un buen solo.

En la historia de la guitarra, los cincuenta años posteriores a su muerte representan una larga tradición de revolucionarios y tradicionalistas, de comentadores y de epígonos, de experimentadores y de redescubridores.

Ahora bien, a grandes rasgos, esto lo saben y repiten continuamente los defensores de Hendrix, por regla general reseñistas de sesenta o más años que no siempre saben cómo responder a las novedades de la industria musical. En lo que fallan estrepitosamente es en comunicar qué hizo y qué vivió Hendrix para formular la sintaxis elemental del rock y sus derivados. Lo que olvidan con frecuencia es que Hendrix, aunque ahora solo conozcamos su caricatura, primero fue una persona.

James creció en Seattle. Su abuela era una nativa americana que vivía en una reserva en Canadá. Su madre era un amoroso fantasma que murió cuando él era pequeño; en una entrevista confesó que dos años soñó que su madre se despedía de él: “a partir de ahora ya no te veré mucho, ¿sabes? Así que hasta luego”, le dijo su madre en esa premonición. Su padre era un jardinero esforzado y un mentor estricto.

Jimi Hendrix con su primera guitarra. (Imagen: Especial)

Su primera guitarra se la vendió un amigo borracho de su padre por cinco dólares; y él tuvo que descubrir solo que había que voltear las cuerdas de la guitarra. Y aunque aprendió todos los riffs que pudo, durante la adolescencia de James la guitarra nunca fue más que un pasatiempo, las tardes que pasó calcando en el diapasón cada track de un disco de Muddy Waters, las tocadas elementales y necesariamente improvisadas donde le pagaron con hamburguesas. 

La primera vez que James tomó una gran decisión, una que habría de modificar radicalmente su vida, fue cuando lo expulsaron de la preparatoria. Un día la profesora lo interrumpió mientras hablaba con su novia: “¿Qué se propone hablándole así a una mujer blanca?”, le reprocharon. “¿Qué le pasa? ¿Está celosa?”, respondió James. Así se ganó su expulsión.

De ahí vino una serie de malos pasos que culminaron con James frente a un juez, señalado por conducir un coche robado. Se salvó porque el abogado prometió al juez que James se inscribiría en el ejército. La guitarra ya era una vocación incipiente para James pero aún le faltaba mucho por aprender, así que que alistó en las fuerzas aerotransportadoras y dejó la humedad de Seattle por la Academia de Paracaídismo en Fort Campbell, Kentucky.

No sabía que jamás volvería a vivir en Seattle.

Aunque odiaba el ejército, James no fue el más infeliz de los soldados. Se entrenó como paracaidista y realizó veinticinco saltos antes de romperse el pie. La lesión y su posterior baja  llegaron justo antes de que esos jóvenes americanos fueran enviados a un país que pocos podían ubicar en el mapa: Vietnam.

Entonces llegó el día más decisivo en la vida de James. Si la buena suerte le había sonreído al enviarlo ante un juez, mayor aún fue el favor que recibió afuera de Fort Campbell. Salió del campo militar con 400 dólares en la bolsa como pago por sus servicios. Antes de partir a Seattle fue a tomar una copa en un bar de Clarksville, Tennessee. Al día siguiente salió del bar con solo 16 dólares. 

Aterrado por su imprudencia alcohólica, decidió que era una pésima idea llamar a su padre. No tenía cara para pedirle que le enviara dinero para volver a Seattle y menos aún para explicarle que se había bebido su indemnización en una noche.

Creyó que podría ganar algo de dinero tocando la guitarra que acaba de vender a un soldado que seguía en Fort Campbell, así que regresó para pedirle la guitarra de vuelta.

Jimi Hendrix en el ejército. (Imagen: Especial)

Tocó en las calles donde también durmió. Tocó en cafés y en bares. La guitarra lo llevó a la capital del country, que por aquel entonces cobijaba los estertores de una moda en retirada: el rockabilly:

“En Nashville todo el mundo sabe tocar la guitarra”, diría años más tarde en una entrevista. “Vas paseando por la calle y la gente está sentada en el porche tocando la guitarra. Ahí es donde aprendí a tocar en serio.”

Poco a poco fue ascendiendo en la industria; de pordiosero pasó a guitarrista de acompañamiento. Tocó con Little Richard y con B.B. King, bajo el discreto papel de sombra, siempre en la retaguardia y con un uniforme odioso.

El público del sur era exigente y James entendió que si quería sobrevivir debía inventarse algún truco. Así fue como la necesidad lo llevó a inventar argucias que con el tiempo serían legendarias, como tocar la guitarra con los dientes. 

Podría decirse que en esos escenarios aprendió el blues y el rock elemental como los estudiantes medievales aprendían latín; James compondría su propia obra en una lengua posterior y vernácula, menos prestigiosa pero al mismo tiempo más potente. Así como los escritores medievales tuvieron el atrevimiento de aprender latín para escribir en sus lenguas romances, James aprendió blues para luego tocar en un idioma propio.

Pero nadie funda tradiciones en la nada y antes de conseguir el estrellato indiscutible, James dejó el sur por Nueva York. Ahí conoció a Bob Dylan y se reencontró con una pobreza que no conocía desde sus primeros días fuera del ejército.

En Empezar de cero, la formidable biografía que el cineasta Peter Neal compuso usando exclusivamente fragmentos de entrevistas hasta formular un relato en primera persona, James definió así sus primeros días en Nueva York, durmiendo entre botes de basura:

“Las ratas te corrían por el pecho y las cucarachas te robaban de los bolsillos la última barrita de chocolate que te quedaba.”

Pero así como conoció otra vez la carencia, también conoció la revelación: fue en Nueva York donde James se convenció de que quería tocar a su manera. Su deseo se cruzó con Chas Chandler, bajista de The Animals, quien lo convenció de dejar Nueva York y viajar a Londres.

En una postal enviada en el 66 escribió:

“Estoy en Inglaterra, papá. He conocido a unas personas que van a convertirme en una gran estrella. Hemos decidido cambiarme el nombre a… Jimi.”

En el camino hacia ese estrellato que parecía una promesa delirante, Jimi tocó con Cream, se codeó con los Beatles y los Rolling y fue forjando una teoría escandalosa: ajeno a las grandes instrumentalizaciones de la época, de los grupos que aglutinaban cualquier excentricidad que cupiera en el escenario, Jimi decidió que quería un grupo compacto. Tres personas debían ser suficientes para llenar la tarima.

Al rechazar la inclusión de pianistas y guitarristas secundarios, Jimi inventó el power trio: guitarra, bajo y batería, formación elemental del rock que sobreviviría por décadas. Cuando salió “Hey Joe” en la radio inglesa a finales del 66, poca gente vislumbraba un sonido así de compacto y, al mismo tiempo, versátil.

Tras el éxito inicial de “Hey Joe”, el éxito anhelado dejó de ser un punto lejano en el camino, una necedad como perseguir el horizonte y, en cambio, empezó a ser una cascada de acontecimientos: los dos primeros discos de The Jimi Hendrix Experience salieron en el mismo año; en pleno verano del amor, James volvió a América con otro nombre: Jimi tocó en San Francisco, capital indiscutible del hippismo, en el cenit del movimiento.

En ambos lados del Atlántico inspiró a tribus dispares, como la psicodélica (etiqueta que rechazó ampliamente en vida) y ese rock distorsionado y agresivo que con los lustros sería bautizado como metal.

Algunos sugieren que Hendrix habría llegado al hip hop. (Imagen: Especial)

En el camino descubrió las bondades de las escalas de blues distorsionadas, de los acordes recios que se tocan en solo tres cuerdas, de los experimentos con los pedales y las cintas de grabación. En muy poco tiempo diseñó el lenguaje de los guitarristas que sigue vigente hasta nuestros días, sin importar si el rock, el género donde brilló, ha pasado a un segundo plano en las listas de éxito y se convierte poco a poco en un gusto de minorías, un género restringido a las cofradías.

Si Hendrix hubiera sido cualquier músico ahora mismo lamentaríamos la pérdida de vigencia de su obra, mientras los jóvenes redescubren estilos que Hendrix repudió en vida, como el Sonido Motown. En cambio, podemos celebrar que cualquier joven que experimenta con un programa de audio en la computadora de su cuarto atiende, acaso sin saberlo, a la misma clase de experiencia que Jimi Hendrix concibió en los estudios ingleses, jugando con la consola, la posición de los instrumentos en la sala de grabación, los fragmentos de cinta que pueden ser oídos mientras se rebobinan.

Sus aportaciones son escurridizas pero también omnipresentes. Más de un productor ha sugerido que Hendrix, de no haber muerto, en su afán experimental hubiera llegado eventualmente al hip hop. Ciertamente, la dicción firme y acelerada de algunos de sus temas ha sido citada como un influencia en la forma de la recitación que eventualmente derivaría en el rap.

Aunque la supervivencia del rock sea puesta en duda por las caídas en las ventas y la ausencia de guitarras en las listas de éxitos, no es improbable que los músicos del porvenir aprendan a tocar la guitarra por ser, ante todo, un instrumento de la intimidad. Como prueba están los miles de solitarios que compraron guitarras durante la cuarentena. A decir del crítico prender a tocar la guitarra es aprender a estar con uno mismo. ¿En qué idioma tocarán esos guitarristas del mañana? ¿En qué idioma tocan hoy?

Cuando alguien toma una guitarra hoy en día, no aprende el vocabulario de George Benson o el de Heitor Villa-Lobos o el de Clapton o el de Manuel M. Ponce, todos ellos grandes reformadores del instrumento. No. Cuando alguien quiere hablar por medio de una guitarra, usa el idioma que inventó Jimi Hendrix. Por eso es el mejor guitarrista de la historia.