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¿Qué puede aprender la generación millennial de Marx?

La verdadera perfección del hombre yace, no en lo que el hombre tiene, sino en lo que el hombre es.” Oscar Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo.

Un 5 de mayo pero de 1818, nació Karl Marx. Filósofo, economista, periodista, poeta, Marx fue un hombre que asumió muchos papeles a lo largo de su vida, pero ninguno tan influyente como arquitecto de la magna teoría de economía política que le daría forma a buena parte de la estructura social del siglo XX. Para bien o para mal, Marx rebasó sus propias ambiciones cuando en su Tesis sobre Feuerbach escribió “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

Entre la gente que ha escuchado de Marx, muchos despistados creen que es ruso, pero en realidad nació en el Reino de Prusia, lo que es hoy Alemania. De origen judío, Marx siempre estuvo involucrado en los movimientos revolucionarios de su juventud. Se la vivía saltando de un país a otro, en ocasiones expulsado por sus panfletos y escritos políticos: Alemania, Francia, Inglaterra, Bélgica… Marx era un sujeto sin patria. En contra de la percepción pública, tampoco acuñó términos como socialismo, comunismo o anarquismo, pero mucho tuvo que ver en su difusión entre el sector de la población al que estas ideas estaban dirigidas, la clase obrera.

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A menudo apoyado por su fiel amigo Friedrich Engels, Marx fue autor de una extensa obra que hoy perdura. Entre sus publicaciones destacan La sagrada familia (1845), El manifiesto comunista (1848) y El 18 de brumario de Luis Bonaparte (1852). Pero su mayor publicación, sin lugar a dudas, son los primeros tres tomos de El capital (1867, 1885, 1894), la primera parte de una obra extraordinariamente ambiciosa que nunca vio la luz del día.

No obstante el dato de que una obra tan masiva como El capital era poco leída entre las masas, dicha obra simbolizó la columna vertebral de la ideología que impulsó a las repúblicas comunistas del siglo pasado. Por lo tanto, no debe ser sorpresa que el nombre de Marx siempre ha sido asociado con los regímenes totalitarios y las revoluciones populares que emprendieron masacres de millones de personas, todo en nombre de la dictadura del proletariado. Por eso, al ser visto en la calle con un libro de Marx, particularmente durante los años más paranoicos de la Guerra Fría o en países con dictaduras de derecha, uno corría el riesgo de ser señalado por subversivo, “rojillo” o provocador.

En el siglo XXI, sin embargo, la obra de Marx ha perdido gran parte de su “peligrosidad”. A casi 30 años del colapso de la Unión Soviética y con los pocos países comunistas que perduran (hoy transformados en capitalismos de izquierda como China o Vietnam), el marxismo ha dejado las plazas públicas, las juntas sindicales y las oficinas de periódicos para ser incorporado al inofensivo terreno del estudio académico, donde puede ser diseccionado junto a las ideas de otros filósofos, como Hegel o Kant.

Manifestaciones estudiantiles en París (AP Photo)

Manifestaciones estudiantiles en París (AP Photo)

Curiosamente, las escuelas siempre han sido terreno fértil para que el marxismo pueda echar raíces, brotar y florecer. Y es que este mes de mayo también marca el 50 aniversario de los momentos más efervescentes de los disturbios de París. 1968 fue un año marcado por intensas movilizaciones estudiantiles que, en diversos grados, fueron motivadas por un discurso político de izquierda. Alemania, Estados Unidos, y claro, México, entre otros países, fueron sacudidos por la urgencia de un cambio social. Pero fue en Francia donde ondeaba la bandera roja con más vigor, lo que incluso provocó que el presidente Charles de Gaulle abandonara el país (aunque sea por unas horas) provocando un pánico momentáneo en su gobierno.

Aunque aquellas manifestaciones fueron aplastadas por los sistemas imperantes (algunas con más violencia que otras) el ruido que provocó tuvo consecuencias, aportando lo respectivo para alcanzar metas sociales como una mayor autonomía para las universidades, un aumento salarial para los trabajadores, o los inicios de una apertura democrática (como en el caso de México).

Pero aquí la interrogante es, ¿podemos todavía aprender algo de Marx? ¿No ha quedado desacreditado por completo en un mundo anestesiado por los encantos del mercado libre? ¿Qué puede rescatar la generación millennial de las páginas del marxismo?

Las ideas, propuestas y teorías trabajadas por Marx fueron muchas, pero en seguida vamos a retomar cinco de sus conceptos más conocidos para determinar si su legado sigue vigente.

LA LUCHA DE CLASES

Desde que se tiene memoria escrita, la historia de la humanidad se distingue por una constante: el conflicto eterno entre una clase opresora y otra oprimida. Maestro y esclavo, noble y peón, señor y siervo. No hay periodo que no esté manchado por la historia de un hombre que se hinque ante otro por el simple hecho de pertenecer a una clase inferior. ¿Pero cuál es el factor que determina la división de clases? En dos palabras: la propiedad privada.

Según Marx y sus contemporáneos, el fin del feudalismo en la Edad Media trajo consigo una nueva era marcada por el razonamiento científico y el progreso industrial, liderada por una nueva clase que empujó a un lado a la vieja aristocracia y se adueñó de los medios de producción. Esta clase fue bautizada como burguesía.

En la primera parte de su Manifiesto Comunista, Marx halaga a la burguesía por introducir conceptos como la división del trabajo o la competencia de precios a un mercado libre y global que detonó la reacción en cadena de un progreso industrial y tecnológico que nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. Sin embargo, con la explosión de la demanda de nuevos bienes y servicios y la explotación acelerada de recursos naturales, la economía industrial vio el surgimiento de otra nueva clase en la que se concentraba la fuerza de trabajo: la clase obrera.

Para Marx, el mayor vicio de la burguesía es el capital. ¿Cuál es el objetivo del capitalista? A grandes rasgos, es la acumulación de ganancias alcanzadas tras la inversión de capital. Y para que estas ganancias aumenten, es menester reducir los costos de producción, lo que incluye el salario de los trabajadores. Ante las condiciones miserables de la clase obrera en el siglo XIX -familias enteras que ganaban apenas lo suficiente para sobrevivir- para Marx era inevitable que la desigualdad económica prendiera la mecha de la revolución proletaria, trayendo consigo la erradicación de la clase burgués, la emancipación de los trabajadores y la abolición de la propiedad privada.

París, marcha del 1ro de mayo, 2018 (AP Photo/Francois Mori)

París, marcha del 1ro de mayo, 2018 (AP Photo/Francois Mori)

Marx creyó que el triunfo de la revolución marcaría el fin de la historia ya que terminaría la lucha de clases. En otras palabras, el proletariado no se impondría como la nueva clase dominante porque ya no habría propiedad privada y el estado pasaría de ser el gobierno del pueblo al administrador de las cosas.

La historia del siglo XX le dio la razón a Marx… a medias. En países como Rusia o China hubo levantamientos armados de obreros y campesinos, pero en lugar de la construcción de un sistema autogestional donde “el desarrollo libre de cada uno es la condición del desarrollo libre de todos” (como en la efímera Comuna de París de 1871), la dictadura del proletariado cedió su lugar a la burocratización del estado, al culto a la personalidad, a la imposición del totalitarismo, a la persecución de opositores y a la muerte de millones de personas.

Cierto, Marx justificaba la violencia en el contexto de un movimiento revolucionario para derrocar a la clase dominante, ¿pero qué hubiera pensado de verdugos como Stalin, Mao o Pol Pot?

La lucha de clases del siglo XXI ha dado unos giros interesantes. Con la desigualdad económica, hoy más profunda que nunca, y la pérdida de derechos laborales, atestiguamos o participamos en el surgimiento de movimientos espontáneos como los Indignados de España o el Occupy Wall Street en Norteamérica. Protestas como estas despiertan a las masas y les indican que algo no está bien. No pasa desapercibida la injusticia de un estado que rescata a los bancos de la quiebra o el obsequio de jugosos bonos millonarios a directores de empresas con fábricas en países del Tercer Mundo, donde los trabajadores sobreviven en condiciones infrahumanas.

Los ricos se hacen más ricos, y a la par aumenta la pobreza y se reduce la clase media. Cierto, hoy las condiciones ya no son tan precarias como a inicios de esta década, tras la crisis económica del 2008, pero son estos ciclos de estabilidad un día y recesión al día siguiente los que molestaban a Marx. Y eso lo veremos en la siguiente parte…

Manifestaciones del movimiento Occupy, 2011 (AP Photo/Ted S. Warren)

Manifestaciones del movimiento Occupy, 2011 (AP Photo/Ted S. Warren)

LA INESTABILIDAD DEL CAPITALISMO

Si el capitalismo apela al espíritu competitivo y a la envidia y la ansiedad inherentes a la condición humana, ¿cómo es que pudo derrotar al socialismo, doctrina que supuestamente apela al espíritu social del ser humano y motiva comportamientos como la cooperación y el apoyo mutuo?

Para que se lleve a cabo una revolución proletaria se presupone la existencia de una clase opresora y una clase oprimida. A mediados del siglo XX, el capitalismo ejecutó una idea brillante. Tras la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial y con la creciente influencia del comunismo en los primeros años de la Guerra Fría, los EE.UU. requerían de algo que le pudiera vender al mundo para que aún creyera en las democracias liberales de Occidente.

Fue entonces que con el nacimiento de los baby boomers también vino la explosión de la clase media. Ante la sugerencia de los economistas, la propaganda de la industria del entretenimiento y las amenazas, tanto roja como la de su propio gobierno, que los empresarios se vieron obligados a ofrecer empleos con sueldos atractivos a los soldados recién llegados de la guerra. ¿Cómo iban a negarles trabajos bien remunerados a héroes nacionales?

En Chemnitz, Alemania, un trabajador viste el busto de Marx con la playera de la selección alemana previo a un partido, 2014 (AP Photo/Jens Meyer)

En Chemnitz, Alemania, un trabajador viste el busto de Marx con la playera de la selección alemana previo a un partido, 2014 (AP Photo/Jens Meyer)

En los años de Marx, la clase media existía pero sus números eran muy reducidos. El filósofo les pegó el mote de “pequeñoburgueses”. Pero a partir de la década de los 50 del siglo XX, la clase obrera comenzó a tener acceso a los lujos exclusivos de la burguesía moderna: televisiones, refrigeradores, hornos de microondas, aspiradoras, automóviles, estufas, lavadoras, y todavía mejor, una línea de crédito con una baja tasa de interés. Ahora ya cualquiera con un salario digno podía financiar la hipoteca de una casa y enviar a sus hijos a la universidad. El sueño americano nunca había sido más atractivo.

De manera irónica, el máximo triunfo del capitalismo había hecho algunas concesiones a las exigencias de movimientos sindicales estadounidenses, con tal de evitar que ocurran las miserias de la Gran Depresión de 1929: Seguro social, seguro médico, seguro de desempleo, los programas de bienestar social, las food stamps y una gama de servicios sociales como muestra de que el estado no te va dejar colgando si no tienes suerte en el mercado laboral.

Con el desarrollo de la clase media, no había incentivo alguno para un levantamiento armado o una emancipación de los trabajadores. ¿Para qué? Si trabajas en una fábrica de la industria automotriz, estás ganando más de 15 dólares la hora y tienes derecho a overtime y numerosas prestaciones. Estás contento y todo parece seguir una marcha estable para ti y tu familia.

Exacto. Eso parece.

Uno de los grandes defectos del capitalismo, de acuerdo a Marx, es que el destino económico del hombre moderno es determinado por la suerte. Incluso con la aparente estabilidad de una clase media productiva, la economía liberal se mantenía sujeta a la volatilidad del mercado.

Digamos que un día estás trabajando en tu puesto como gerente de piso en la planta de vehículos. ¿Qué certeza tienes de que al día siguiente, tu jefe anuncie un recorte de personal y en dos semanas te quedas sin empleo? ¿Cómo le explicas eso a tu familia? Tal arbitrariedad no sería posible en un auténtico sistema comunista, porque sin el espectro de la propiedad privada, las vicisitudes de la oferta y la demanda no tendrían efecto. Cómo podría tenerlo cuando el proceso de producción sería controlado por el hombre y no al revés.

¿Qué justicia puede existir en un mundo en el que puedes perder tu pensión de un día para otro porque tu banco hizo una serie de malas inversiones? ¿O quién te puede amparar si eres desalojado de tu casa cuando hace unos meses te ofrecían una tasa de interés variable tan baja que creías que era demasiado buena para ser verdad?

ALIENACIÓN DEL TRABAJADOR

Aunque varias de las teorías económicas de Marx han caído en desprestigio, tiene relativamente poco que se descubrieron unos manuscritos en los que brilla una faceta de Marx poco conocida: su cara humanista.

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Entre los escritos que más han sido discutidos recientemente se encuentra su teoría de la alienación del trabajo. En su momento, Marx pudo estudiar con detenimiento el libro de Adam Smith, La riqueza de las naciones. En esta influyente obra, Smith argumenta que lo que motiva nuestra propensión al intercambio de bienes, no es nuestra benevolencia sino el amor a uno mismo.

No es por la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino por lo que respecta a su propio interés.”

Marx, obviamente, pensaba distinto. Según el pensador alemán, el atributo más esencial del hombre, es su capacidad para producir, lo que él denomina “actividad vital consciente”. Uno de los factores que distingue a la naturaleza humana de la animal es el hecho de que el hombre hace de su actividad, el objeto de su intención y su consciencia. El hombre incluso produce cuando está libre de necesidades físicas.

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División del trabajo (Nina Hale – Red Wing Shoes Factory Tour, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=62146884)

División del trabajo (Nina Hale - Red Wing Shoes Factory Tour, CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=62146884)

Los defensores de Marx presumen al Marx humanista cuando la doctrina socialista es criticada como censora de la individualidad. Pero todo lo contrario, sería un individualismo que no estaría sujeto a las fuerzas del mercado y que no estaría motivado por lo que uno tiene, ni por lo uno que puede comprar, sino por lo que uno es. Mientras el estado se encargue de la administración de lo requerido para vivir, y las máquinas se dediquen a los trabajos monótonos, el ser humano se puede enfocar en la creación de belleza: ciencia, arte, tecnología, turismo…

Pero antes de desechar la visión utópica de Marx como ingenua, hay que volver a la sensación que ocurre cuando un trabajador puede verse así mismo en el fruto de su trabajo. Esta sensación de orgullo y serenidad queda extraviada cuando eres un eslabón en la división del trabajo postulada por Smith. Cierto, el nivel de producción de una empresa será más eficiente y la generación de capital crecerá de manera exponencial, pero a cambio, la fuerza de trabajo caerá en la enajenación.

Piensa en la costurera que se encarga de coserle un botón a cada camisa que pasa por su puesto en la cinta transportadora, o en el cocinero que le pone verduras a cada sándwich. Afortunadamente, son cada vez más las labores de este tipo que son consignadas a la automatización. El ser humano tiene cosas mejores que hacer que ponerle tapas a los frascos de mayonesa por ocho horas diarias. No obstante, siempre habrá nuevos empleos que se puedan ajustar al esquema de la división del trabajo, como un call center donde un operador telefónico recibe docenas de llamadas al día de gente que proporciona los datos de su tarjeta de crédito.

Para Marx, es un hecho económico que “el trabajador se vuelve más pobre entre más riqueza produce”. Trabajar para vivir en lugar de vivir para trabajar resume de manera precisa la teoría de la alineación. Cuando el trabajo ya no es la satisfacción de una necesidad sino el medio para satisfacer necesidades externas (hacer la despensa, pagar la renta), qué nos queda aparte de las necesidades animales.

TEORÍA DEL PLUSVALOR

Pocos conceptos del marxismo aterrorizan a los líderes del capital tanto como el plusvalor; después de todo, se trata de su principal contribuyente al margen de utilidad.

¿Qué es el plusvalor?

Un ejemplo muy sencillo: Digamos que en el contrato de trabajo que firmaste, viene escrito que vas a ganar un salario neto de 10 mil pesos al mes a cambio de 40 horas por semana. Solo que no trabajas 40 horas sino 46 horas la primera semana, y 50 horas a la siguiente semana, y 48 horas a la que sigue, y así sucesivamente. Eso sí, tu salario se mantiene estático. Cero cambios. Esas horas extra que trabajaste fueron horas gratis obsequiados a la empresa.

Marx explica que esto es el excedente que resulta del valor de la fuerza de trabajo y el valor que esa fuerza de trabajo puede crear. En una palabra, explotación. Esto es beneficio puro para el capitalista y, a diferencia del capital constante (los recursos invertidos en los medios de producción), el capital variable es la fuente ideal de explotación (el capital variable es la parte del capital que se destina al pago de salarios).

México es un país ideal si lo adoptamos como un laboratorio para comprobar un concepto teórico de la plusvalía. Son pocos los países de la OCDE cuya población económicamente activa está dispuesta a trabajar una cantidad excesiva de horas por semana a cambio de un salario miserable.

Pero también tenemos que girar la mirada hacia Estados Unidos, un país cuya fortuna fue construida sobre los hombros de esclavos. Nuestro vecino del norte siempre se las ha arreglado para conseguir mano de obra barata y su ingenio a menudo rebasa los límites de lo que es ético y/o legal.

Desde el aprovechamiento de la población en penitenciarias como fuente de trabajo (afroamericanos y latinos en su mayoría) al reclutamiento de empresas de outsourcing, o sea, la compra de servicios externos ofrecidos por trabajadores del Tercer Mundo, donde los costos de producción son menores y la fuerza de trabajo es más barata, relativo al mismo trabajo en territorio estadounidense.

Pero el caso más flagrante de explotación laboral ocurre dentro de sus propias fronteras y se trata de la explotación de migrantes indocumentados.

A pesar de las amenazas del gobierno de Donald Trump, el racismo y xenofobia de sus seguidores y las constantes redadas del ICE, a la economía de EE.UU. le conviene tener a una fuerza de trabajo que viva en la semi-clandestinidad y que viva con miedo, ya sea miedo a ser deportada o agredida.

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Manifestación de migrantes en frente de la Casa Blanca, 2018 (AP Photo/Pablo Martinez Monsivais)

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Este sector de la población estadounidense -que debe superar las 10 millones de personas- carece de derechos laborales por no ser residentes. No tienen derecho a un salario mínimo ni a overtime, no tienen derecho a seguro social, no tienen acceso a seguro médico, ni siquiera pueden tramitar una licencia de conducir o rentar un departamento a su nombre. A todas luces, estamos hablando de un proletariado en suelo estadounidense. (Ahora bien, los abogados de libertades civiles dirán que sí tienen varios derechos en el papel, pero por miedo a la denuncia de un patrón, el migrante prefiere quedarse callado o sin trabajo).

¿Dónde se esconde la moral de un país dispuesto a mantener sometida a un sector de la población con tal exprimir la plusvalía a todo lo que da?

Aunque Marx es a menudo criticado por su visión utópica, el filósofo tenía un innegable talento para diagnosticar los males de su entorno social. Marx, por supuesto, no fue el primero en percibir estos defectos. Pensadores como Charles Fourier, Henri de Saint-Simon y Ludwig Feuerbach intentaron explicar la nueva ciencia social como algo abstracto, psicológico y hasta espiritual. Pero Marx (él mismo influido por Hegel) en su reflexión sobre las leyes dialécticas, pudo percibir una relación material con la historia y ofreció una propuesta científica al pensar socialista, una auténtica crítica de la economía política apoyada por fórmulas y modelos matemáticos.

Es por eso que las teorías como el plusvalor fueron y son tan temidas, no porque radican en la reflexión intelectual, sino porque las podemos emplear para medir y comparar los resultados, al igual que exhibir las fallas y proponer nuevas soluciones.

ABOLICIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA

Piénsalo. No tiene más de 20 años que se popularizó la navegación del internet y desde entonces resulta curioso imaginar cómo era nuestra interacción habitual antes de este medio. En sus inicios, los usuarios de la red informática compartían eso, información. Datos inofensivos. Al poco tiempo, pasamos a contenido más complejo como imágenes y juegos, pero ya con la banda ancha, dimos el brinco a un cuadro más emocionante: multimedia.

¿Quién iba a pensar en las consecuencias de los efectos secundarios? La desaparición de la propiedad intelectual. En internet, la creación de uno pasaba a ser el consumo de todos a escala global.

Al principio, tanto creadores como los verdaderos dueños de los derechos intelectuales (la burguesía empresarial) lucharon contra estas tendencias populares; “robo” y violación”, alegaban sus abogados. “Si no fuera gratis, ni lo comprarían,” decían sus apologistas. Pero no pasó mucho tiempo para que los mismos creadores se dieran cuenta de una comunidad, o mejor dicho, una red social, donde el desarrollo libre de uno condicionaba el desarrollo libre de todos.

Tomen por ejemplo la industria de la música. Las grandes disqueras y sus brazos mediáticos quisieron predecir el colapso del formato físico, y con ello, la inevitable muerte de la industria. Y en efecto, las constantes violaciones a la propiedad intelectual trajo consigo el colapso del formato físico, pero también dio a luz a un nuevo fenómeno.

En la actualidad existen más artistas que nunca, y esto se debe a que los medios de producción están al alcance de todos. Ahora cualquiera puede aprender a componer música en su computadora, compartirla en redes sociales y ser escuchada por miles, si no es que millones de usuarios. Cierto, será muy difícil que un artista pueda hacerse rico en la era digital, pero si tu principal meta como artista es la riqueza, quizás deberías dedicarte a otro oficio.

Resulta fascinante cómo el avance de la tecnología desembocó en la cercana abolición de una de las formas de la propiedad privada, la propiedad intelectual. La burguesía de las telecomunicaciones no tuvieron otra alternativa aparte de unirse al juego de la comunidad cibernética, a través de plataformas de video streaming como Spotify, Netflix o YouTube.

Y aún así, la oligarquía lucha por aferrarse a sus privilegios del siglo pasado. Una y otra vez, jala sus palancas en el estado con tal de ponerle fin a la neutralidad de la net y privatizar la red cibernética. Pero una y otra vez, la sociedad conectada pelea por una red libre de clases, para que así goces de libre acceso a cada rincón del internet, en el marco de lo posible.

¿Cómo encaja el internet en la discusión del marxismo? Pues bien, si todos los días consumimos y compartimos contenido -a menudo, de nuestra propia creación- dentro de la comunidad global de las redes sociales, ¿no somos acaso todos un poco marxistas?

Lo que es seguro es que es menester leer a Marx, así como también es necesario pensar en otro camino. Cualquier libro de historia nos puede mostrar que el proyecto adoptado por el marxismo-leninismo fue un desastre, al igual que tantos otros programas, ya sean agrarios, culturales o reaccionarios. Como dice el cliché, aquellos que no aprendan de los errores de la historia están condenados a repetirla.

Nadie cuestiona que el sistema actual debe cambiar. Para seguir avanzando, el capitalismo exige la destrucción del medio ambiente, el crecimiento de la desigualdad económica y la deformación de la individualidad. Por eso, el mundo depende de la generación millennial para construir un rumbo distinto, uno que se apoye en los clásicos, sí, pero que nos lleve a otro destino, ajeno a la aniquilación mutua.

Ilustración principal: Cuemanche!

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