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¿Podemos admirar la obra artística de un pedófilo?

Antes de abordar este complicado tema, vale la pena hacer una aclaración de suma importancia.

La obra de un artista nunca justifica un comportamiento o acción que pueda ser sancionado por la ley. La noción de que un legado artístico pueda absolver a un artista de cualquier culpa debe ser erradicada en la mente de los encargados de impartir justicia. Todo delincuente está obligado a pagar su deuda con la sociedad, no obstante su fama, riqueza o reputación.

Dicho sea esto, se vale que reflexionemos sobre la siguiente cuestión. ¿Podemos como individuos admirar la obra de un pedófilo? ¿O la obra de un acosador de mujeres? ¿O de un drogadicto? ¿O de un simpatizante de la ultraderecha? ¿O de un asesino incluso? Bueno, dirán muchos que el gusto estético de cada quien es un asunto privado y por lo menos en este país gozamos de libertad de elección y libertad de conciencia.

Pero vamos más allá, ¿podemos como sociedad tener ACCESO a la obra de un depravado sexual, de un racista o de un criminal?

Hagamos un paréntesis ya que tenemos que volver a hacer otra aclaración. Hay que saber distinguir entre una obra transgresora por sí misma y una obra realizada por un artista transgresor de la ley, la ética y/o la moral. Esta columna no se enfoca en el tema de la censura por motivo de un contenido ya sea obsceno, ya sea violento, ya sea provocador. Oh no, esto más bien se trata de la persona detrás de la pluma, la cámara o la brocha, es decir, aquel que busca expresar y transmitir sus emociones a través de la vía artística.

Pues bien, hablemos de estas personas que se metieron en problemas, no por su obra sino por su conducta en la vida privada.

Via Comedy Central/YouTube

En medio de los escándalos actuales que han destapado una cloaca gigantesca y apestosa en la industria del espectáculo, la opinión pública no se ha limitado a condenar el comportamiento de hombres como Harvey Weinstein, Dustin Hoffman, Kevin Spacey, Lars von Trier y Ben Affleck (entre muchos otros), también cuestionan si sus películas y series deberían ser todavía proyectadas en el cine, transmitidas en la TV, o disponibles en plataformas de streaming.

En la industria de la música, la cual se ha visto salpicada por la ola de denuncias (#metoo, #yotambien), los escándalos arrojaron nueva luz sobre la cultura del machismo que reina sobre las relaciones de poder. En los últimos meses, varios artistas han sido señalados por actos de acoso, violencia y abuso sexual, y en respuesta, las plataformas de streaming han tomado medidas punitivas como suprimir el material de estos artistas, con el respaldo de las respectivas disqueras (véase Crystal Castles, PWR BTTM, Ducktails, Alex Calder, etc).

Ante la indignación de la opinión pública, los distribuidores del material artístico no quieren ser percibidos como cómplices o alentadores de quienes fueron acusados de un acto criminal o inapropiado. En el caso de la música, las estaciones de radio dejan de poner sus canciones y las promotoras les cierran las puertas, por lo que ya no tienen acceso al circuito para tocar en vivo en festivales y recintos.

Miembros del partido Nazi: el actor Emil Jannings, el filósofo Martin Heidegger, la cineasta Leni Riefenstahl. (via AP)

Ok. Se manifiestan varios dilemas con este patrón, pero vamos a enfocarnos en tres.

En primer lugar está el punto de vista jurídico. Los intermediarios están reaccionando a los efectos de una tendencia emocional, ciegos todavía a la frialdad del análisis meticuloso de la evidencia, una labor de investigación profesional y una valoración adecuada de los testimonios dentro del marco de la ley. Si en efecto nadie es culpable hasta que lo juzgue así el sistema judicial, entonces más vale esperar a la sentencia antes de privar al acusado de su mejor medio para ganarse la vida.

El segundo dilema que hay que tomar en cuenta es que rara vez la obra de un artista es un esfuerzo individual. Por ejemplo, en House of Cards, la serie protagonizada y producida por Kevin Spacey, no debemos perder de vista que la serie es una fuente de trabajo para cientos de personas ajenos a los actos reprobables del acusado. Por lo tanto, exigir la cancelación de la serie por la conducta de una persona terminaría afectando de manera innecesaria los ingresos de mucha gente inocente.

Y el tercero, y el más importante, es la línea que divide a un artista de su obra.

No es poca la gente que se queja en redes sociales de que ya no sería capaz de volver a disfrutar Kramer vs. Kramer, Último tango en París (con Marlon Brando) o Los pájaros (de Alfred Hitchcock). Estas tres cintas ahora están manchadas por la participación de sujetos que, por más brillantes que hayan sido en su campo, son o fueron totalmente despreciables como seres humanos.

¿Pero realmente no seríamos capaces de disfrutar estas películas? Después de todo, Dustin Hoffman no interpreta a Dustin Hoffman en Kramer vs. Kramer. Nosotros como audiencia estamos viendo en la pantalla a Ted Kramer, una persona que busca reconstruir un vínculo con su hijo tras divorciarse. Un gran actor es aquel que logra convencernos de que no estamos viendo a una estrella de cine sino la historia de un personaje totalmente distinto.

De la misma manera, una obra escrita por un simpatizante del nazismo como Ezra Pound, Céline o José Vasconcelos no debería alterar en gran medida nuestra apreciación de la obra. Cierto, la gran mayoría de nosotros adoptaría una estimación negativa de estas personas al enterarnos de sus inclinaciones ideológicas, pero insisto, esto no le debe restar mérito al poder literario de la palabra escrita.

¿Por qué?

Sí, muchos se preguntarán por qué la sociedad le debe conceder la libertad de expresión a un criminal, es decir, a alguien que ha violado los derechos ajenos o que ha abusado de sus libertades como ciudadanos. Después de todo, Adolf Hitler escribió Mein Kampf mientras purgaba una condena en prisión, libro que jugó un papel clave en la aceptación social del nazismo y el antisemitismo. Las palabras de un reo pueden ser tan peligrosas como sus acciones.

Pero ojo. Hitler es un caso extremo. Y es que por cada führer demente hay cientos, sino es que miles de personas que encuentran la redención por medio de la expresión artística. Boecio, por ejemplo, escribió su brillante Consolación de la filosofía en prisión, días antes de ser ejecutado. El Marqués de Sade no hizo otra cosa aparte de escribir mientras vivía encerrado en la Bastilla. Dostoyevski escribió sus mejores novelas luego de pasar cuatro años en una tormentosa prisión de Siberia.

Ergo, el arte no es una actividad exclusiva del ocio. Al contrario, es un cauce por el cual podemos descargar toda nuestra energía creativa, producto de las fuerzas internas que nos atormentan, algo así como un exorcismo de la Bestia que vive en cada uno de nosotros. El arte es básicamente un laboratorio que nos expone a cada rincón de la naturaleza humana, desde su lado más sublime al más macabro, y bajo la protección del plexiglass que es “la cuarta pared”.

Cerrarle esta vía de expresión emocional a un “artista pecador” por motivos de penitencia (privándolo de los medios de creación, digamos) representa un enorme peligro, tanto para su entorno social como para la readaptación de la persona misma. Sería peor que quitarle el habla.

Habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento.” Lucas 15:7.

Texto: @ShyNavegante

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