Rosita, la niña mexicana con parálisis cerebral, aún puede ser deportada de EU

Rosita con sus papás luego de su cirugía de vesícula de emergencia

Rosita con sus papás luego de su cirugía de vesícula de emergencia. (Noticieros Televisa)

Acabó la pesadilla para la familia de Rosita María Hernández, la niña indocumentada de once años que fue detenida por oficiales de inmigración en Corpus Cristi donde fue operada de emergencia de la vesícula.

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Y todo porque esta niña, quien llegó a los Estados Unidos cuando tenía apenas tres meses, residiendo toda su vida en Laredo, no tiene papeles migratorios.

“Pues que aquí no encontramos a un cirujano para que la operara, por eso el cirujano la trasladó a Corpus Cristi”, explica Felipa de la Cruz, mamá de Rosa María.

Oficiales de la Patrulla Fronteriza detuvieron a Rosita en el retén de inspección. Permitieron su paso por el “checkpoint” de inmigración, a 40 millas al norte de Laredo, sólo para escoltarla al hospital en Corpus y detenerla una vez más en plena sala de recuperación, después de la cirugía de emergencia de Rosita.

Se la llevaron sin sus padres-que tampoco tienen papeles y que tuvieron que quedarse en Laredo-  a un centro infantil de inmigración en San Antonio, donde se quedó sola, junto con cientos de niños indocumentados. Fue liberada el viernes 3 de noviembre tras dos eternas semanas de indignación nacional.

“Pues fue muy duro porque la familia siempre ha estado unida y al separarnos de ella fue muy difícil”, añade Felipa de la Cruz.

El papá de Rosita tuvo que pedir un permiso humanitario al Departamento de Estado para viajar de Laredo a San Antonio e ir a ver a su hija, mientras estaba detenida.

“Pus yo a mi hija la miraba muy bien. Todo el personal muy amable, la miré muy cómoda donde estuvo. Confortable el lugar, se miraba muy bien. La niña con mucha atención, pues lo único es que estaba separada de nosotros, pero todo lo demás, estaba muy bien en el albergue donde estaba”, comenta Cesar Hernández, el papá de Rosita.

Aun así, la impotencia de no poder llevarse a su hija a casa, lo consumía.

“Pues triste acá en Laredo y ella en San Antonio. Nunca hemos estado separados, siempre hemos estado juntos”, agrega.

Cesar pide que los más de 15 millones de inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos que algún día estén en una situación así vean la historia de su hija Rosita y sepan que siempre hay una solución. Que sólo hay que buscar la ayuda a tiempo.

“Pues más que nada que busquen ayuda. Porque a veces, por falta de comunicación se quedan a medias. Ya se sabe. Ya lo viví. Y hay mucha gente que en verdad nos apoya y solo es cuestión de buscarlos para poder salir adelante”, subraya Cesar Hernández.

Hoy Rosita, César y doña Felipa duermen al fin juntos en casa en Laredo, pero la sombra de la incertidumbre, creada por su realidad inmigratoria, esa, aún, existe continuamente.

“Pues ahorita que es que la niña esta fuera del albergue se va iniciar un proceso de deportación. Pero ella tiene muchos alivios que se van a presentar ante un juez. Esperamos tener un éxito con ella. No solo con ella, sino con toda la familia. Ahorita ella está amparada, no la pueden arrestar otra vez y eso son las buenas noticias. Gracias a todos que ella pudo salir del albergue, evitar una deportación y ahorita estamos en esta batalla de parar la deportación ante un juez de inmigración, pero también eso va a durar unos cuantos años para buscar esa solución legal”, explica Alex Gálvez, abogado de Rosita.

Al respecto, Cesar Hernández, papá de Rosita, dice: “Primeramente Dios en el futuro, todo va a estar bien y todos podremos estar juntos”.

Por su parte, Jaime Tamayo, obispo primado de la Arquidiócesis de Laredo, dice:

“Creemos que cada persona tiene su dignidad. Y gracias a Dios nos ha unido a una familia. La Iglesia es una familia! Pero también mamá y papá y sus hijos son familia. Y para nosotros de tener a Rosa María, con su mamá, con su papá, hermanos, hermanas, eso significa muchísimo; esa es la iglesia doméstica donde Cristo está unido con cada persona”.

La enfermedad que padece Rosita no le permite hablar mucho. No le gusta. Especialmente con gente que no es parte de su círculo de confianza, pero cuando lo hace, sus pocas palabras dicen más que mil.

“¡Muchas gracias!”, dice Rosita.

Con información de Francisco Villalobos

AAE

 

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