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Metro resiste sus pruebas más duras: las de 1985 y 2017

Escaleras Polanco

Metro de la Ciudad de México, estación Polanco (Wikimedia Commons)

Cuando el presidente Díaz Ordaz ordenó la construcción de un subterráneo como el de París y Nueva York, contrató a los mejores arquitectos.

La idea era impulsar a México con un servicio de primer mundo que no solo conectara a la gente de un punto a otro de la ciudad, sino que también perviviera lo suficiente para que los hijos, nietos y bisnietos de sus primeros usuarios, lo utilizaran.

El 19 de septiembre de 1985, el sistema del Metro no sufrió daños estructurales de gravedad. La forma en la que se construyó le permitió a sus andenes y túneles resistir el movimiento magnitud 8.2 que derribó edificios en la superficie.

Lo mismo con las líneas elevadas. Los arquitectos a los que se les encomendó construirlas, lo hicieron con los mejores materiales, las técnicas más avanzadas y las estructuras que ofrecían la mayor resistencia a grandes liberaciones de energía.

Esto es lo que hace al Metro uno de los lugares más seguros en la Ciudad de México cuando esta es sacudida por un terremoto con magnitud superior a 7.

El primero de su tipo

Irónicamente, cuando el ingeniero Bernardo Quintana Arrioja presentó el proyecto de un sistema subterráneo de transporte rápido a Ernesto P. Uruchurtu, regente de la Ciudad de México de 1952 a 1966, este lo rechazó. ¿Sus argumentos? Era muy costoso y potencialmente peligroso, pues no imaginaba construir algo de esa envergadura en una ciudad asentada en una zona con tanta actividad sísmica.

Desde entonces Arrioja tuvo que insistir varias veces y buscar a diferentes autoridades tanto del gobierno mexicano como el de la Ciudad de México, para que su proyecto de Metro fuera aceptado.

El miedo de que la construcción de los ductos se viniera abajo con un terremoto similar o peor al que sacudió a la capital en 1957 persistía, pero gracias a un crédito otorgado por el gobierno francés, y la insistencia del gobierno mexicano de hacer un trasporte capaz de satisfacer la creciente demanda de los capitalinos, permitió que en 1967 se anunciara el decreto presidencial que permitió que México tuviera su propio Metro.

Ese mismo año comenzó la construcción del Sistema de Transporte Colectivo. El primero de su clase en construirse en terreno lacustre como el que ocupa la Ciudad de México.

A pesar de los retos de construcción, la primera línea fue inaugurada en 1969, y desde entonces no ha parado de crecer ni resistir los embates de la naturaleza.

El día en que el 19-S pegó

Los cientos de miles de usuarios de este transporte que fueron sorprendidos por el seísmo constataron la resistencia del Metro. Durante esos segundos que parecieron horas se sacudieron violentamente las lámparas y los vagones, pero no cayó un solo pedazo del techo ni se vio cuarteadura alguna en sus columnas.

Paradójicamente, hace notar El País en un interesante artículo que detalla la forma en la que fue edificado el Metro desde su concepción en 1969, la línea que más daños sufrió fue la 12, la más nueva y la que más revisiones necesitará para emparejar su resistencia con la del resto de las líneas y estaciones de la red del Metro.

Las palabras de Jorge Gaviño, director del Metro, en entrevista con el diario español, tranquilizan a los capitalinos que temen otro gran temblor: ‘Está construido con base en concreto armado,’ dice. ‘Ha resistido y seguirá resistiendo movimientos telúricos’.

Con más de cinco millones de usuarios diarios, las 12 líneas de este sistema de transporte colectivo deben ser los puntos más resistentes de toda la capital y el Estado de México.

El Metro fue construido para resistir, no solo el paso del tiempo, sino también la furia de la naturaleza que constantemente mueve sus entrañas, sacudiendo a sus invitados; haciéndolos temer el próximo gran sacudón que, quizá, les tocará vivir al interior de alguno de los vagones de este medio de transporte.

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