Esta es la increíble historia de las monjas mexicanas que quieren salvar al ajolote

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El ajolote es una especie de salamandra endémica de México. Este hermoso animal que habita en diversas superficies de agua dulce del país (incluyendo los canales de Xochimilco, aquí mismo, en la Ciudad de México) está, desafortunadamente, en peligro de extinción.

El ajolote tiene la capacidad de regenerar diferentes partes de su cuerpo, incluyendo el cerebro, el corazón y sus extremidades. Con estas capacidades maravillosas, es un animal que ha fascinado a las comunidades científicas de todo el mundo.

Sin embargo, los ajolotes podrían desaparecer muy pronto por la influencia de los humanos en su hábitat. Según Luis Zambrano, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, en entrevista para la BBC, “Si no hacemos nada, dentro de 20-25 años los ajolotes serán extintos en la naturaleza”.

Por suerte, diferentes iniciativas se han puesto en práctica para proteger los hábitats de estos hermosos animales. Y varias organizaciones se han dado a la tarea de criarlos en cautiverio; como, por ejemplo, el ajolotario de Xochimilco.

Sin embargo, ninguna de estas organizaciones es tan sorprendente como la de las monjas del Monasterio de María Inmaculada de la Salud en Pátzcuaro, Michoacán.

El Monasterio de María Inmaculada de la Salud fue fundado en 1747 y, desde hace más de 150 años, se dedicó a producir jarabe de achoque para la tos. El achoque es el nombre que se le da, popularmente, a la especie de ajolote Ambistoma dumerilii endémica del lago de Pátzcuaro.

Durante mucho tiempo,  el ajolote se consumía en diferentes formas por los habitantes de la región. Era vendido en el mercado en forma de aceites, jarabes o, simplemente, como comida.

Pero, pronto, los ajolotes empezaron a desaparecer…

La presencia humana cambió el ecosistema del lago de Pátzcuaro que, poco a poco, comenzó a tener un problema de eutrofización; es decir, que las algas empezaron a reproducirse de más provocando un cambio en el contenido de oxígeno del agua.

Ante este problema, las monjas buscaron la ayuda de Gerardo Guerra, un fraile biólogo que les ayudó a establecer un criadero. En este criadero, se empezaron a separar los ajolotes, a clasificarse y toda un área del convento fue dedicada para acondicionar peceras con ventilación, iluminación y cuidados adecuados para criarlos.

En el año 2000, el equipo de monjas encargadas de cuidar a los ajolotes se registró como una Unidad de Manejo Ambiental ante la SEMARNAT. Se nombraron a sí mismas Jimbani Erandi, que significa, en purépecha, “Nuevo amanecer”.

El caso de estas monjas ha dado la vuelta al mundo pues se han convertido en un paradigma de la unión entre ciencia y religión. Las monjas de este monasterio no niegan la evolución, trabajan con científicos y han presentado, incluso, sus descubrimientos en congresos. Así lo explica Sor Ofelia en un libro que escribió al respecto y que fue citado en la revista Ciencias de la UNAM:

“Una comunidad religiosa como la nuestra no significa impedimento en el desarrollo científico, ya que por la vocación misma de la Orden Dominicana, que se ha entregado a la investigación respecto del conocimiento teológico y científico en beneficio de la humanidad, se siente amiga de la ciencia y por ende de la naturaleza: puesto que la orientación humanista de la ciencia construye, no destruye; embellece, no deforma; da vida, no muerte; trabaja en favor del hombre y de su hábitat: la Tierra y sus habitantes, no en contra suya”

Ojalá las monjas del Monasterio de María Inmaculada de la Salud sigan haciendo su trabajo y se dediquen muchos años más al cuidado de este esplendoroso animal mexicano.

 

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