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¿La violencia de género en la UNAM desintegrará la comunidad universitaria?

De un tiempo para acá, un largo camino por hacer visible la violencia de género ha llegado a una nueva estación. En gran medida, esto se debe a la facilidad de difusión que ofrecen las nuevas tecnologías. Cualquiera con una conexión a Internet estable y un teléfono inteligente a la mano puede escribir un testimonio. Si, además, lo acompaña de ciertas etiquetas, su historia estará automáticamente conectada con un conjunto creciente de narraciones similares.

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Esto, sin duda, es una ventaja para las luchas por una vida libre de violencia; sin embargo, la proliferación de los testimonios y las plataformas digitales han creado lugares extraños para la escucha. De pronto y sin quererlo, las redes sociales se convirtieron en salas de juicio; los lectores, en juzgado; y las historias, en material a evaluar.

Siento que en estas dinámicas veloces e inmediatas (normalmente no hay un filtro editorial o una puesta en contexto que medie la comprensión), hay algo importante que se escapa.

La yuxtaposición de relatos y la falta de un tiempo para la reflexión generan la sensación de un problema caótico e impiden la articulación de respuestas coordinadas. Muchas veces, estas exposiciones resultan en un discurso atemorizante y en la reproducción de más prácticas violentas.

Mujeres exigen en muro fronterizo de Ciudad Juárez justicia
Mujeres exigen en muro fronterizo de Ciudad Juárez justicia para víctimas de feminicidio. (Reuters)

Mujeres exigen en muro fronterizo de Ciudad Juárez justicia para víctimas de feminicidio. (Reuters)

La acumulación de muchos años de misoginia está impidiendo una valoración profunda del problema. Hay una urgencia de la expresión no sólo de los testimonios de las sobrevivientes, sino también de la empatía y la rabia de quienes escuchan. Estamos prontos a señalar culpables y ejercer marcajes indelebles. Aquí el instrumento de denuncia y el de castigo son el mismo: el lenguaje disponible en las redes sociales. Un lenguaje que va más allá de la palabra (abarca “reacciones”, emoticonos, imágenes, memes) y ofrece un espacio incorpóreo para interacciones verbales que difícilmente podrían llevarse en el mundo material.

Digo todo esto porque leo con preocupación los resultados concretos de estas dinámicas. Recientemente, en la UNAM (donde yo estudié la licenciatura) ha habido una oleada de conciencia sobre la violencia imperante en México, que se reproduce también al interior del campus universitario. Desde luego, las formas que toma se adecuan al entorno y se alimentan de las jerarquías institucionales. Una que se ha señalado con firmeza es la que pueden ejercer los profesores sobre los (y, mayoritariamente, las) estudiantes. Me refiero a los problemas de discriminación sexogenérica, acoso y abuso sexual. Estos problemas sin duda existen y son graves.

Sin embargo, la confluencia de su difusión en redes sociales, las respuestas rápidas y las soluciones desesperadas está ensombreciendo una situación ya de por sí oscura.

La Asociación Autónoma del Personal Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (AAPA-UNAM) lanzó un comunicado con un estado de la cuestión y una serie de recomendaciones, dirigida a los profesores, con la intención de orientarlos en el panorama. El organismo subraya su preocupación por las resoluciones improvisadas frente a la abundancia de denuncias. Las medidas tomadas, explican, no han buscado procesos de conciliación con la asociación gremial de representación y, de esa forma, han desatendido el Contrato Colectivo de Trabajo.

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Imagen ilustrativa de Ciudad Universitaria de la UNAM (Wikimedia Commons).

Imagen ilustrativa de Ciudad Universitaria de la UNAM (Wikimedia Commons).

Ante este estado de emergencia, la AAPA recomienda a los profesores afiliados prevenirse frente al uso abusivo de las respuestas que se han dado a cierto número de denuncias. Sin generalizar ni posicionarse frente a la realidad de la violencia feminicida (de la que nunca ha estado exento el medio universitario), el documento alerta frente a “supuestos delitos prefabricados” por estudiantes que quieran sacar provecho de la situación. Haría falta que, así como el organismo toma una postura frente a estas posibles situaciones, también lo hiciera frente a las acusaciones legítimas que se han comprobado.

En cuanto a las medidas propuestas, me parece que desvirtúan completamente uno de los sentidos más importantes de la vida universitaria, que es la creación de redes basadas en el afecto y la confianza entre los estudiantes y los profesores. Básicamente, las recomendaciones van hacia una negación de los lazos que se pueden establecer entre miembros de una comunidad. Por ejemplo, se aconseja no permanecer a solas, bajo ninguna circunstancia, con ningún alumno, ni asistir a celebraciones, festejos o citas con los estudiantes, fuera del horario de trabajo.

Pienso con pesar en lo disminuida que se vería la experiencia de asistir a la Universidad si estuviese vedado establecer cualquier tipo de vínculo que exceda el plan de estudios designado. ¿Dónde quedarían las discusiones y las pláticas que complementan las prácticas docentes? Pronto, se les recomendará a los estudiantes que tampoco interactúen entre sí, porque cada persona es un posible agresor y la jerarquía institucional no es la única que opera en las relaciones sociales.

Estudiantes de la UNAM recuerdan a profesora e hija asesinadas
Estudiantes realizan asamblea para recordar a la profesora de la UNAM, Graciela María de la Luz Cifuentes y su hija Gatziella Sol, estudiante de la Facultad de Arquitectura, quienes fueron asesinadas.

Estudiantes de la UNAM recuerdan a profesora y a su hija asesinadas

Si se evita reunirse fuera del salón de clases, muchas organizaciones solidarias con causas de cualquier tipo (marchas conmemorativas, protestas sociales, movimientos estudiantiles) disminuirían su fuerza y su relevancia. La Universidad quedaría (aún más) aislada de la realidad que ocurre fuera de sus muros. Acciones colectivas, como asambleas, marchas o eventos culturales y artísticos, existirían sólo de forma institucional y sin la conexión directa entre las personas. En pocas palabras, estas medidas atentan contra la existencia de una comunidad, pues imposibilitan la creación de lazos afectivos entre los miembros.

Yo no hubiera querido estudiar en una Universidad libre de afectos y cuidados. Del otro lado de mis crisis de vocación, mis despertares políticos y el disfrute apasionado de mi carrera, hubo la mayoría de las veces un maestro (o maestra) que se conmovió junto a mí y compartió conmigo una visión de la profesión común. Eso hubiera sido imposible en un mundo donde las relaciones hubieran estado desinfectadas con el paño del miedo al abuso y donde las prácticas de cuidado estuvieran prohibidas.

Muchas veces, la conexión entre un profesor y sus estudiantes es única y determinante en la vida de ambos. La Universidad ofrece la oportunidad de compartir experiencias intensas (como el placer estético o la discusión apasionada de un problema) con un interlocutor que conoce el tema y está en disposición de conversar y transmitir sus saberes. Y, si ese tipo de vínculos es posible, se debe a que en estos ambientes es posible ejercer un cuidado del Otro, que es relevante para mi vida porque nos une una relación de enseñanza.

Alumnos de la UNAM se manifiestan por la inseguridad en la máxima casa de estudios. (@prensacimac)
Alumnos de la UNAM se manifiestan por la inseguridad en la máxima casa de estudios. (@prensacimac)

Alumnos de la UNAM se manifiestan por la inseguridad en la máxima casa de estudios. (@prensacimac)

En mi experiencia personal, algunas de las personas más importantes en mi juventud fueron mis maestros en la Universidad. En ellos vi rasgos de las formas de servir a la sociedad que guían mi manera de vivir ahora. Eso pudo ocurrir sólo porque nunca me privé del afecto que podía surgir en un lugar inesperado, como lo es un pasillo de la escuela.

Esas medidas de aislamiento no ayudarían a resolver el problema de la violencia, pues lejos de promover la compresión entre los universitarios, rompe las redes de colaboración amistosa y la creación de lazos personales. El ejercicio pedagógico es un acto amoroso entre varias personas que se unen en la socialización de saberes.

Las prácticas de violencia sexogenérica atentan contra la vida y son, por lo tanto, inaceptables en cualquier tipo de comunidad, pero erradicar la posibilidad del encuentro cercano entre quienes conviven en contextos de enseñanza no disminuye el problema. En todo caso, lo fortalece.

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