Trump o Biden: ¿Qué presidente le convendría más a México?

Mucho está en juego en las próximas elecciones de Estados Unidos, incluso para México. ¿Qué resultado le conviene más a nuestro país?
octubre 17, 2020

Mientras en Estados Unidos se acerca el clímax de las campañas electorales, acá en México, con el beneficio de la distancia, de vez en cuando le echamos un vistazo al clima político de nuestros vecinos con una combinación de morbo y extrañeza. Los que han prestado un poco de atención a la trama electoral se preguntan, ¿acaso siempre fue así de caótico y extravagante el ejercicio de la democracia estadounidense? Un mandatario que se enferma de covid y que “milagrosamente” se recupera en una semana, un aspirante acusado por teorías de conspiración de ser un pederasta caníbal que adora al Diablo, y una mosca que le roba el protagonismo al vicepresidente en pleno debate. La campaña presidencial ha sido todo menos aburrida.

Pero fuera de los chismes sobre Biden y los disparates que tuitea Trump todos los días, hay muchos motivos para seguir de cerca lo que ocurre en Estados Unidos. Aunque la política exterior no suele ser un tema de preocupación entre los mexicanos, queramos o no, la persona que termina ocupando el Despacho Oval de la Casa Blanca adquiere una enorme influencia en los asuntos de nuestro país. Estados Unidos no solo es nuestro socio comercial más importante del mundo, su cercanía geográfica con México a menudo pone sobre la mesa temas de enorme interés público como migración y seguridad. Por lo tanto, hay demasiado en juego en estas elecciones, no solo para la población estadounidense, también para la mexicana.

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Esto cede a la pregunta: ¿Qué hombre le conviene más a México que gane la presidencia de Estados Unidos? ¿Sería mejor para nuestro país que el mandato de Donald Trump se prolongue por cuatro años más? ¿O acaso tendremos una mejor relación con el actual candidato del Partido Demócrata, Joe Biden? Para llegar a una conclusión satisfactoria, podemos abordar la cuestión desde los tres temas que más enredan la compleja relación entre las dos naciones.

MIGRACIÓN

Donald Trump ganó las elecciones de 2016 impulsado por una promesa de campaña, por encima de todas las demás. Él decía: Voy a construir un muro fronterizo con México, ¿y saben qué? este muro lo va a pagar México. Era una promesa brillante porque en el fondo era el típico pitch de un vendedor experimentado: yo te doy esto, y si me das tu apoyo ahorita, te pongo esto encima. ¿Y cómo reaccionó la gente a este combo ganador? Les encantó. Según el discurso conservador, el típico estadounidense de clase obrera veía en México a un país que le estaba quitando empleos. Mientras las empresas mudaban sus operaciones al otro lado de la frontera, los migrantes cruzaban a Estados Unidos para convertirse en mano de obra barata. Trump identificó el origen del rencor y lo explotó a su antojo. Y así fue como un candidato marginal pasó a ser el principal contendiente del Partido Republicano.

¿Qué fue de ese muro entonces? Pues ahí va. A paso de tortuga, pero ahí va.

¿Y lo está pagando México? No exactamente. Depende de cómo lo aborde uno.

Estos son los hechos: Desde que Donald Trump asumió la presidencia hasta la fecha, se han construido 533 kilómetros del “hermoso muro” que prometió Trump a sus fervientes seguidores. La frontera de México con Estados Unidos mide 3,145 kilómetros, es decir, en cuatro años se tuvo un progreso del 17 por ciento. De este avance, apenas 15 kilómetros corresponden a la porción de la frontera donde antes no existía construcción alguna; el resto de la obra ha sido una remodelación o reconstrucción de barreras que ya existían desde hace tiempo.

Y sobre la cuestión del pago, Trump asegura en sus mítines que México está cargando con la cuenta, pero ni el gobierno de Enrique Peña Nieto, ni el de Andrés Manuel López Obrador le escribieron un cheque con ese fin. Es un hecho que el muro de Trump es una obra que está siendo financiada por los contribuyentes estadounidenses. Pero al presidente Trump le gusta decir que los mexicanos estamos pagando de manera indirecta, ya sea a través de las multas que reciben los indocumentados detenidos por ‘la migra’ o los aranceles que impone su gobierno a los bienes importados. Según expertos en migración, estas declaraciones de Trump son exageradas.

Caravanas migrantes: en busca de una vida mejor (AP Photo/Santiago Billy)

Aunque el muro fronterizo es una fanfarronada de Trump para impresionar a su base, el verdadero impacto de su política migratoria pudo sentirse en otros ámbitos. Por ejemplo, por dos años, Washington estuvo presionando a México para que frenara el tránsito de las caravanas centroamericanas desde los límites con Guatemala. Al desplegar a los elementos de la Guardia Nacional a lo largo de las fronteras norte y sur del país, críticos de la estrategia de seguridad del gobierno de AMLO aseguraron que el territorio de México prácticamente se convirtió en el “muro” que tanto prometía Trump.

Hay que tomar esto en cuenta: La base del Partido Republicano tiende a exigir medidas cada vez más estrictas en materia migratoria a la vez que se desplaza más a la derecha en el espectro político. La mayoría de los partidarios del presidente no saben distinguir entre un refugiado y un migrante indocumentado, clasificando a los dos como indeseables; de igual manera, tampoco están contentos con la migración legal y piden que haya más barreras que impidan el ingreso a ciudadanos extranjeros, sobre todo aquellos que provienen de Latinoamérica, África y el Medio Oriente. Esta es la base de Trump, sus clientes por así decirlo; y para un vendedor, siempre hay que darle satisfacción al cliente.

Es por tal motivo que si Trump gana las elecciones, es muy posible que las tensiones entre México y Estados Unidos continúen por cuatro años más y que el principal arquitecto de la política migratoria de Trump conserve su puesto. Este hombre se llama Stephen Miller, un consejero de 35 años de edad con acceso privilegiado al oído del presidente, y a quien muchos culpan de radicalizar la agenda política de Trump, con un énfasis especial en la cuestión migratoria. El señor Miller fue la pluma detrás de la prohibición de viaje a musulmanes, el corte de recursos federales a las ciudades santuario y la reducción de asilos otorgados a refugiados. Por si fuera poco, también fue una de las mentes detrás de la infame política de ‘cero tolerancia’, una medida que separaba a los niños de sus padres al cruzar la frontera para pedir asilo. De alguna manera, Miller es de los pocos integrantes de la oficina de la Casa Blanca que ha sobrevivido a la puerta giratoria de Trump. Así que si Trump se queda, Miller también.

¿Y qué podemos decir de Joe Biden en este asunto? ¿Un retorno a la política migratoria de Barack Obama? No hay mucho que presumir. Después de todo, la administración de Obama deportó a 1.3 millones de extranjeros en sus primeros tres años, en contraste a las 800 mil deportaciones registradas en los primeros tres años de Trump. Así que nadie espera que un presidente Biden abra las fronteras de Estados Unidos a todo el que quiera entrar al país, pero al menos sí podemos esperar una retórica menos hostil. Biden, por ejemplo, se comprometió a frenar la construcción del muro, a cerrar el programa Remain in Mexico, el cual obligaba a los refugiados a esperar por meses en el lado mexicano de la frontera mientras se tramitaba su asilo, y a hacer permanente los beneficios del programa DACA a los dreamers, los hijos de migrantes indocumentados. En efecto, con Biden la expectativa es la de un retorno a una política migratoria que es fría y apegada a las normas, aunque libre de las pasiones xenófobas de la administración de Trump.

ECONOMÍA

Cuando Trump estaba en campaña en 2016, el magnate candidato también prometió cancelar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), llamándole “el peor acuerdo comercial de la historia”; a su juicio, Estados Unidos salía como “el gran perdedor” de aquel tratado firmado en 1994, mientras que sus socios comerciales presuntamente abusaban de su posición privilegiada. Al llegar a la Casa Blanca, Trump cumplió su promesa y canceló el TLCAN, haciendo que Canadá y México corrieran en pánico y se apresuraran a negociar un nuevo acuerdo trilateral. Pues bien, el 1 de julio de este año entró en vigor el resultado de esas negociaciones, el T-MEC, y aunque Trump dijo que se trataba del “mejor y más importante acuerdo que ha hecho Estados Unidos” pues, en mayor medida es el mismo tratado. Cierto, el nuevo T-MEC actualiza varios puntos de un acuerdo que fue diseñado hace más de 25 años, y también impone más restricciones a México, haciendo hincapié en el tema laboral, pero en su esencia, el T-MEC y el TLCAN comparten más similitudes que diferencias.

De cualquier forma, era importante tener un acuerdo comercial en marcha, porque de lo contrario, la Casa Blanca tenía las riendas para manipular a México a su antojo. Recordemos que en no pocas ocasiones, el presidente Trump impuso aranceles, o amenazó con aranceles, si el gobierno de México, por ejemplo, no se sometía a las exigencias de Washington en el tema migratorio. En 2019, cuando Trump vio con pánico el cruce de las caravanas migrantes por la frontera entre México y Guatemala, el presidente amenazó a México con un arancel del 5 por ciento, el cual sería incrementado cada mes, a menos de que el gobierno de López Obrador frenara el cruce de refugiados centroamericanos, miles de personas que huían de la violencia en Honduras y El Salvador. Y bien, el chantaje funcionó y el gobierno de México movilizó a la recién estrenada Guardia Nacional para vigilar ambas fronteras.

Aunque el presidente López Obrador y el canciller Marcelo Ebrard han intentado sostener una relación cordial con Washington para evitar que no estalle Trump y ponga su atención en México, sobra decir que nuestro país no necesita a un líder populista en la Casa Blanca que se sienta con la libertad de cancelar acuerdos comerciales simplemente para subir sus niveles de aprobación, y menos aún, que se crea en la posición de poder manipular las políticas de México con amenazas difundidas en redes sociales.

Sería ilógico pensar que un presidente Joe Biden nunca tendría que negociar algún asunto con México. Cierto, la campaña del candidato demócrata no vio con buenos ojos el reciente encuentro entre AMLO y Trump en la Casa Blanca, pero entre México y Estados Unidos hay acuerdos comerciales con un valor de 600 mil millones de dólares y 37 millones de habitantes en EE.UU. de ascendencia mexicana. México cumple un papel protagónico en la agenda de cualquier presidente. Así que el T-MEC seguiría en pie (Biden está contento con este acuerdo) pero las propuestas ambientales del demócrata pueden chocar con el plan energético de AMLO, ya que el candidato se ha comprometido a invertir más en las llamadas energías limpias. No obstante, estos asuntos serían manejados por los canales tradicionales de la diplomacia, y no por Twitter. Porque recordemos que cuando Trump publicaba un tuit con la palabra “México”, el peso temblaba. ¿Queremos cuatro años más de inestabilidad mercantil?

Los presidentes Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador en la Casa Blanca, 8 de julio de 2020 (Win McNamee/Getty Images)

SEGURIDAD

Una de las grandes excusas de Trump en torno a la radicalización de la política migratoria es la explosión en el consumo de opioides en Estados Unidos, una crisis de salud que cuesta alrededor de 70 mil vidas al año en aquel país y más de 500 mil millones de dólares. El presidente ha buscado retratar a los refugiados y a los migrantes de las caravanas como narcotraficantes, mulas, tratantes de blancas, traficantes de esclavos y demás delincuentes, para así vender sus propuestas de mayor control migratorio. En sus discursos del Estado de la Unión ha invitado a víctimas de la violencia de cárteles y pandillas, como la Mara Salvatrucha, para apelar a su base.

Pero la verdadera lucha en cuestión de seguridad se ve en los lazos de cooperación que surgen de acciones establecidas en el esquema de acuerdos, como la muy polémica Iniciativa Mérida o el combate al tráfico de armas. Es una colaboración que se mantiene desde hace décadas, ajena al ajedrez político de Washington, pero que de vez en cuando se llega a colar en el discurso de Trump, por ejemplo, cuando este amenazó con clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas tras la masacre de la familia LeBarón, ocurrida en noviembre de 2019. De ser así, esta medida habría traído consigo la intervención de fuerzas de seguridad estadounidenses en territorio mexicano, violando la soberanía nacional.

Aunque pareciera que el tema de seguridad pasó a segundo plano durante el gobierno de Trump, el combate al crimen organizado sigue siendo uno de los puntos primordiales en la relación bilateral entre México y Estados Unidos. El juicio del ‘Chapo’ fue el tema más mediático de los últimos años, empero, las recientes detenciones de Salvador Cienfuegos, Genaro García Luna y César Duarte en territorio estadounidense ilustran la vigilancia que sostienen las agencias estadounidenses, no solo contra los elementos de los cárteles que operan en ambos lados de la frontera, también sobre los integrantes de la élite política. Estas últimas detenciones de alto perfil también dan la impresión de que ha caducado cierto pacto de protección entre Washington y México, y podemos especular que Trump y López Obrador no se han molestado en renovarlo; el gobierno de Trump podría tener aquí un punto a su favor. Después de todo, México sigue resintiendo los efectos de la “Operación Rápido y Furioso”, quizás el escándalo internacional más catastrófico del gobierno de Obama.

Hillary Clinton, Felipe Calderón y Joe Biden en 2010. Larga historia con México (Brendan Smialowski/Getty Images)

Sobre este último punto. Aunque no podemos esperar mucha diferencia en el manejo operativo de este asunto (las agencias de seguridad seguirán teniendo un pie en México, esté Trump o Biden como presidente), el brazo progresista del Partido Demócrata en el Congreso quiere que la Patrulla Fronteriza y el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) pasen el enfoque de la detención de refugiados al combate a la delincuencia organizada. Si bien Biden no está completamente a favor de estas medidas, sí está comprometido en revivir la prohibición de ventas de armas de alto calibre, una polémica iniciativa que se toparía con mucha resistencia entre los legisladores republicanos, pero que de ser aprobada, podría rectificar un poco el daño provocado por ‘Rápido y Furioso’.

¿Entonces quién le conviene más a México?

Bueno, ya debe ser bastante obvio. Así como muchos otros países del mundo, México debe estar cansado de los chantajes y las fanfarronadas de Trump. Ya basta de diatribas y hostilidades. Si Estados Unidos sigue siendo la única superpotencia del mundo, a nadie le apetece que esa superpotencia, encima de arrogante, se comporte como un bully en el escenario global. Con Biden a la cabeza, es muy probable que sea un retorno al trato frío y pragmático que otros gobiernos han tenido con México, pero al menos sería un regreso a la sensatez y a lo predecible, así como un mejor trato entre la población de ambas naciones. Si Trump alcanza la reelección, los próximos cuatro años serán bastante complicados para México en política exterior; digo, no sería un desastre, porque no hay desafío que nuestro país no pueda superar, en el sentido existencial. Mas una victoria de Biden sería una triunfo para los países aliados de Estados Unidos, y quiero pensar que México todavía lo es.

¿Trump o Biden? (Imagen: Noticieros Televisa)

Imagen principal: Las caravanas migrantes en la frontera sur (Jair Cabrera Torres/picture alliance via Getty Images)

Autor:
Javier Carbajal Doxálogo