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S.O.S SOLEDAD EN USA

Hace dos meses aproximadamente, la administradora del barrio suburbano en donde vivo, acá del otro lado, nos convocó a los vecinos para platicar y proponer estrategias o dinámicas de convivencia. Obviamente me pareció muy interesante la convocatoria y acudí sin pestañear.

¡Que caiga Roma!

Nosotros llevamos tres años viviendo en este barrio, algunos vecinos llevan casi treinta, otros antes vivieron en suburbios similares en distintas ciudades de la Unión Americana. Mudarse de ciudad en este país pareciera una obligación, la gran mayoría lo hace, está en su ADN, seguir el canto de las ofertas de trabajo como prioridad, y así asegurase de que su línea de crédito los alimente por el resto de tu vida, algo así como un “cordón umbilical crediticio vitalicio”, en síntesis, ese es el motor con más caballos de esta potencia llamada Estados Unidos de América.

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(Photo by Chris Hondros/Getty Images)

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Las familias más temprano que tarde se desperdigan por todo el país: los abuelos, los padres, los hermanos, los tíos, los primos, todos en distintos lugares. Prácticamente, el suburbio al que te mudes cuenta con la misma infraestructura urbana, comercial y religiosa, de ahí puede explicarse quizás, en gran medida, porque los estadounidenses son tan buenos para el desapego humano, despedirse para ellos es familiar.

En aquella reunión, a la que acudí sin pestañear, se fue apersonando una multitud de vecinos, muchos de los cuales, nunca había visto en estos tres años. Todos iban escribiendo sus nombres en etiquetas auto adhesivas y se las pegaban en el pecho para acelerar el proceso de sociabilidad, hacerlo práctico, muy americano aquello, por cierto. Yo hice lo propio.

La administradora, fue al grano y dijo: “espero que la siguiente reunión no sea dentro de veinte años“ y todos se rieron a carcajada abierta, sabían que no era broma el comentario, que tenía mucho de cierto. En el momento en que ella pidió sugerencias para convivir entre vecinos, no hubo mas propuestas que tomar vino juntos, lo que no me parece nada mal, pero me di cuenta de que estaba rodeado de gente muy sola, o sea, estábamos ahí juntos pero solos, y yo ya era uno de ellos, parejas que no tienen andamiaje familiar cercano para poder convivir cotidianamente, ya que se encuentran en otras ciudades, o sus hijos, o sus hermanos. etc…

Entonces me ofrecí a darles en las siguientes semanas una charla que supuse les sería útil, misma que trataría de lo único en lo que creo soy experto: en la cotidianidad de nosotros los mexicanos. No pude imaginarme que lo mismo ocurriera en México, que la administración de un fraccionamiento, edificio o comunidad convocara para tales efectos, ya que si algo tenemos los mexicanos es, por lo general, tener familia y/o amigos en los lugares donde vivimos.

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(Photo by John Moore/Getty Images)

Pues la charla fue la semana pasada y fue una experiencia para mi extraordinaria. Acudieron pocos vecinos, al parecer unas diez personas, la verdad no sabía bien qué pasaría, si en realidad les interesaría lo que compartiría con ellos. Entre otras cosas les conté un poco de mi vida y mi interés en nuestro comportamiento como sujetos culturales. Entre palabras y miradas con mis vecinos iba ocurriendo la magia, en ese momento ya no estábamos solos, estábamos compartiendo un tema, yo estaba hablando de mi y mi familia y cada vez los sentía más cerca, como que esos rostros traslúcidos comenzaban a chapearse y presentarse y fijarse ante mí. Advertí ahí mismo el poder de la palabra y el diálogo, como gran catalizador entre nosotros los humanos, y quien me conoce, sabe que ese momento mágico es del que más disfruto en la vida, de conectar con las personas. Les dije que su país ha logrado muchísimo, gracias a su método y a su orden, a sus consistencia, pero que no sea crean perfectos.

Les dije que el gran problema de este gran país estaba metido en ese cuarto y era el producto mas triste del individualismo: la soledad. Abrían los ojos como diciendo “órale, mexicano, y tú quien eres para venir aquí a decirnos esto” pero lo hice desde el corazón, desde lo que creo es la verdad, de humano a humano. Les comenté que tienen un gran tesoro entre ellos y somos los descendientes de culturas colectivistas y/o tercermundistas, que entendemos con claridad heredada el concepto de estar juntos, de interesarnos por los integrantes y su devenir, que lo más difícil ya lo han logrado y muy bien, el hardware (infraestructura), pero que el software (la cultura) pueden mejorarla muchísimo, pueden visualizar e incorporar a millones de personas que están en la sombra, que para los fines que persigue su cultura individualista, no son más que empleados o mano de obra, pero les sugerí que pongan atención a toda esa riqueza cultural que se han negado a reconocer, que se atrevieran a conversar con aquellos que parecemos foráneos, que se interesen por nuestras maneras de vivir y de pensar. Estoy seguro de que se encuentra ahí la solución a su soledad.

Hubo algunos comentarios de agradecimiento y reflexiones inconclusas, quedaron muy pensativos, al día de hoy sigo recibiendo por mail comentarios y agradecimientos de algunos vecinos.

Al final de la plática, Pam, una vecina, enfermera como de 70 años aproximadamente, se me acercó y me dijo que le encantaría ser como yo que me ha visto por ahí decirle buenos días a la gente. Me dijo que no lo hacía porque teme ser rechazada, es decir, que la gente no le conteste nada.

Esto es solo un artículo que escribí para ejemplificar en lo general una situación, por su puesto que hay matices aquí no reconocidos, pero el fin de este artículo fue para que recordarles, de nueva cuenta, del gran valor de nuestra cultura de apegos humanos y no de apego de objetos como la cultura estadounidense.

“Lonely, I’m so lonely
So lonely…”
The Police

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