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Reseña: Selva Trágica – El horror fantástico de la selva chiclera

En esta crítica, comentamos "Selva Trágica", la nueva película de Yulene Olaizola, uno de los estrenos mexicanos más importantes del año.

Está en la naturaleza del ser humano desear… y el deseo es peligroso. Adentrarse en el corazón humano es adentrarse en la selva: un viaje seductor, espinoso, enredado por lianas, con una promesa de perdición y todas las tempestades.

En la nueva película de Yulene Olaizola, Selva Trágica, la selva y el deseo se entremezclan en la imaginación mítica de un momento histórico. Como el resultado elegante de un largo camino creativo, esta película recién estrenada en Netflix, muestra el dominio de una visión, y la seguridad de una mirada.

Desde su ópera prima, el desconcertante documental detectivesco Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo (2008), Olaizola ha ido afinando un estilo que entremezcla la ficción y el cine-realidad. Usando locaciones de naturaleza impactante, luz natural, un trabajo titánico de sonido directo y actores no profesionales, la directora mexicana crea sensibles representaciones naturalistas de estados mentales abstractos.

(Netflix)

En Paraísos artificiales (2011), la enormidad de los paisajes de playa en Veracruz y la paz de un pescador sensible sirven como telón de fondo a la inquietud nerviosa de una joven adicta a la heroína. El retrato de la adicción se convierte, por el trasfondo lento de otro ritmo de vida alejado de la ciudad, en una constante ansiedad opresiva. El paraíso artificial no son las drogas, parece decir la cinta, sino la pérdida de un horizonte deseable.

En Fogo (2012), los enormes paisajes de las remotas islas Fogo sirven para contar una ficción apocalíptica. Un lugar que se va vaciando de seres humanos, en donde no hay comida, en donde los hombres sobreviven con el recuerdo de tiempos mejores. Ese lento devenir nada con el que experimentó maravillosamente Béla Tarr en su última cinta, se devela aquí con una vivencia natural. El paisaje da vida a un espectacular vacío, un abandono, una sensación única de lejanía y soledad.

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En Epitafio (2015), las faldas del Popocatépetl se imponen como un cuadro que no ha cambiado en 500 años. Ahí, los exploradores de Cortés deben encontrar el paso hacia la gran Tenochtitlán. Pero los humos sulfúricos del volcán, el cansancio, la extrañeza y las supersticiones sincréticas comienzan a jugar trucos en la mente de los conquistadores. Ese paisaje ríspido da vida a un momento histórico que no se sustenta en el diseño de producción, sino en la forma de introducirnos a un espacio mental, a una cosmogonía, a una angustia que ya no podemos comprender.

Ahora, con Selva Trágica, Olaizola se desplaza a otro panorama mental, a otra época, bajo la omnipresencia de otra cosmogonía. Esta vez, junto a Rubén Imaz, coescritor de Fogo y Epitafio y el creador de otro impresionante retrato de naturaleza indómita con Tormentero (2017), la directora mexicana vierte su cámara lúcida sobre los secretos del Mayab, en la frontera sur de México con Belice, en los años veinte.

Con este western fantástico, Olaizola se maravilla nuevamente en la naturaleza imponente para situar, entre sus pliegues peligrosos, una advertencia mítica sobre el deseo y la ansiedad de la civilización.

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I

El primer plano de selva trágica muestra un verde absoluto. Todo en el cuadro es la profundidad de la selva. Con una perfecta simetría disruptiva, en medio del plano hay un zapote rajado en canaletas. Estos golpes de machete traicionan una presencia humana que irrumpe en la selva para drenar la sangre de los árboles. La selva da, como explica el narrador maya en voz en off, pero también quita.

Es la década de los años veinte y el marco de esta historia, como en la novela Caribal: El infierno verde de Rafael Bernal (de la que Olaizola se inspiró vagamente), se sitúa en la vida de los chicleros en los bancos del Río Hondo que separa México de las Honduras Británicas (hoy Belice). En esa época, en lo que conocemos ahora como Quintana Roo, no había una población fija que habitara la tupida selva. Los centros urbanos eran escasos y la población flotante. Los chicleros llegaban por temporadas, de junio a febrero, y luego desaparecían.

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La selva, entonces, recibía oleadas de hombres que venían para sangrar árboles. Pero nada se establecía, no había verdadera ley fuera de la competencia más inmediata y la supervivencia. Y ahí, en ese ambiente de peligro y cupidez humana, de supervivencia y de oro blanco, Olaizola encontró el marco perfecto para un western.

En Selva Trágica, todo comienza con una huída. Agnes y Florence, ayudadas por Norm, escapan de un campamento inglés de chicleros en las Honduras Británicas. Pero el cruel patrón comprende la fuga como una traición y las persigue hasta los bancos mexicanos del Río Hondo. Ahí, les dispara y las deja por muertas.

Pero Agnes sobrevive. Herida y perdida, sola en la selva, se encuentra con un grupo de chicleros mexicanos. Algo ha cambiado en ella. Ya no habla, sólo observa y la incomodidad inicial que le causaba la selva se convierte en una seguridad etérea. Agnes se integra al peligroso paisaje natural, y el deseo de todos los hombres a su alrededor comienza a crear un laberinto ineludible, fatal, y finalmente trágico.

II

Una voz prima sobre los sonidos de la jungla en Selva Trágica. Se trata del personaje de Jacinto (Mariano Tun Xool) que habla en voz en off durante toda la película. Lo que dice, como único superviviente de todo este laberinto fatal, es una advertencia para futuros caminantes en la selva. Las leyendas del Mayab toman aquí el lenguaje maya para canalizar la poesía de Antonio Mediz Bolio. En particular, el libro sexto de La tierra del faisán y del venado de 1922.

En esta parte de su libro sobre las innumerables y eternas leyendas del Mayab, Mediz Bolio habla de una figura mítica: la mujer Xtabay. Con una prosa llena de imágenes poéticas, Mediz Bolio no quiere simplemente narrar un mito con una visión etnográfica. Su idea, más bien, es evocar sensiblemente las vivencias de una cosmogonía en el Mayab, en la selva, en el territorio tan poco poblado, tan cambiante, del sur de la península de Yucatán.

“Si no sabes atar tus pies a la tierra cuando pasa frente a ti una doncella que te mira y que sonríe; si tienes fuerza para amar siete veces en un día y no la tienes para resistir una vez el amor.

¡Pobre mancebo, pobre de ti, cuando la Xtabay conozca el camino que recorres cuando vuelves de la fiesta o cuando vas a buscar a la que está en lo más adentro de tu alma!”

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La leyenda de la Xtabay fue, finalmente, lo que dio vida al proyecto de Olaizola. Como la directora me comentó en una entrevista: “En cuanto encontré ese ingrediente místico-mágico, todo cobró sentido y entendí cómo transformar las influencias de Caribal con lo que yo conocía de la selva en mis propias experiencias, y con esta leyenda.“

Selva Trágica es entonces un western que se inspira en los conflictos de los chicleros narrados por Rafael Bernal y en las leyendas del Mayab narradas por los poetas de la península yucateca de los años veinte. Escritores como Mediz Bolio y Luis Rosado Vega.

Pero, también, es mucho más que eso.

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III

El punto de partida mítico y genérico de la película sirve aquí para consolidar el estilo de Olaizola. De una manera mucho más efectiva que en Epitafio, la directora mexicana logra transportarnos a un espacio-tiempo abstracto. Aquí no importa tanto la reconstrucción histórica sino las leyendas y las posibilidades míticas en la mente de los personajes. La inspiración de Mediz Bolio pasa, mucho más allá de la cuestión temática, a una cuestión formal en la inventiva riqueza sensorial de la película. La idea de Olaizola parece ser aquí transmitir la hipnótica sensación de caminar en la selva, ese lugar en el que, como dijo Mediz Bolio, si no ves, escuchas.

Por un lado, las texturas de la fotografía son intensamente inmersivas. La profundidad de la jungla en el día, con luz natural, y la penumbra que circula sobre los rostros a contraluz en la noche, corren a cargo de la experimentada cinefotógrafa colombiana Sofia Oggioni. Oggioni tiene amplia experiencia filmando con luz natural, en documentales de naturaleza, en situaciones de mínima luz, en cavernas, en selvas.

Estas intrigantes texturas se entretejen con los primeros planos que enmarcan a los personajes uno a uno, con una cámara que se siente muy libre, a altura de la vista, que se pasea como turista, entre los pesares de los personajes. La textura de la selva contrasta entonces con la profundidad de los retratos: el rostro de Agnes cada vez más sonriente, frente a los rostros de los chicleros, atormentados, al borde de la locura, llenos de deseo y miedo. Y luego los detalles. Los planos de detalle de pies, de las manos de Agnes, de cómo comienza a flotar en la jungla, de cómo juega con el agua, de cómo su presencia se convierte en neblina.

(Netflix)

Agua, selva, noche, niebla. Las texturas visuales de la cinta de Olaizola crean un espacio para el contraste. En el primer plano, la selva rodea al árbol de chicle macheteado. Naturaleza y civilización. Agnes se integra cada vez más a la jungla y, entonces, los hombres parecen separarse de ella. La presencia de los hombres, desde la fotografía, contrasta más con el paisaje. La naturaleza comienza a engullir esta precaria civilización.

Por otra parte, están las impresionantes texturas sonoras de la película.

Comprendiendo muy bien la experiencia de la jungla, Olaizola parece imponer la más estricta ley de horror vacui sonoro. En Selva Trágica hay muy pocos y muy escogidos momentos de paz auditiva. Todo el resto de la vivencia cinematográfica está poblada por el canto rítmico de los grillos, por monos aulladores, por machetes que se afilan sobre gemidos culposos. Por encima de un sonido directo minucioso y del aplastante diseño sonoro, las cuerdas envolventes de Alejandro Otaola completan una sensación de cacofonía auditiva opresiva e hipnótica.

Como en la poesía de Mediz Bolio, lo que importa es la experiencia corporal. La jungla atrapa a los espectadores como a los caminantes; la tensión que se crea es la de una experiencia sensible. Y, de pronto, el naturalismo de Olaizola se convierte en algo diferente; en algo impalpable que va más allá del sudor, del sonido de los grillos y del follaje imponente; en algo indescriptible que, antes, no existía.

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IV

Decía Bernard-Marie Koltès que el escenario teatral era un lugar de fuga. Todo lo que ahí sucede debe terminar pronto. Los personajes que lo habitan solo quieren escapar. “El teatro es un lugar que importa tanto”, sentenciaba Koltès, “porque te muestra que la vida está en otra parte”.

Los personajes de Olaizola en todas sus películas de ficción parecen estar atrapados por el cuadro, perseguidos por el cuadro, sometidos, en el plano, a una realidad de la que no quisieran ser parte. Hay una tensión constante en su cine que se crea por esta necesidad frustrada de fuga. Y en Selva Trágica, esta necesidad se torna fatal.

La construcción formal de la jungla en la experiencia sensible que describimos se desdobla aquí en la crueldad del plano y en cómo reaccionan los personajes en este espacio en fuga. Como el contraste de la paz de Salomón en Paraísos Artificiales con la agitación de Luisa, el personaje de Agnes, pronto transmutado en la Xtabay, contrasta con los chicleros. Ella se complace en la jungla, la cámara parece acariciarla y la mirada del espectador, por la magia de los ejes, se confunde con la de los hombres que la ven y la desean.

(Netflix)

La transformación de Agnes en la Xtabay pasa entonces por la forma de filmar gestos, de entender a detalle la manera en que ingresa a la jungla, incómoda, y cómo poco a poco se convierte en selva. Desde la muerte simbólica de su cuerpo terrenal, Agnes se transmuta. Florence muere, frente a sus ojos, como en la leyenda: es esa hermana de deseo abierto que fallece con el cuerpo rodeado de flores. Mientras tanto, ella, la Xtabay, deja las prendas terrenales, los recuerdos de pulseras y vestidos, para no volver a hablar. A partir de ahí, su seducción no pasa por la palabra, se olvida de lo racional, abandona la narración. La Xtabay, como la jungla, seduce con los sentidos.

En esta puesta en escena, la presencia magnética de Indira Rubie Andrewin seduce al espectador tanto como seduce a los personajes que la rodean. La observamos desde la perspectiva de los hombres que se vuelven locos en su mirada, desde que la encuentran, entre lianas, unida al piso de la selva. Uno a uno van muriendo aquellos que fueron conquistados por la mujer Xtabay hasta que el espectador comienza a esperar su propio turno.

En la seducción de la selva hay algo hipnótico, ciertamente, que también es opresivo. Cuando, finalmente, el personaje de Rubén se entrega a los brazos de la mujer Xtabay, antes de desaparecer en el agua, la quietud de la superficie del río, el sonido que disminuye en la selva, el corte a negros se experimentan como una liberación. Como si nosotros también hubiéramos dejado de resistir al encanto de este personaje, de esta jungla y nos hubiéramos entregado al canto de las sirenas.

(Netflix)

Ese paso a otro mundo no es muerte, sino la posibilidad de otro universo que cierra la película. Selva Trágica, finalmente, nos transporta vivencialmente a un espacio abstracto, mítico, de una cosmogonía perdida, de un momento histórico, de la reconstrucción de una fantasía que los habitantes de la jungla experimentaban. El mecanismo del western, de la fiebre del oro, el naturalismo de la imagen, y la envoltura temática de la leyenda se entremezclan para plantear la posibilidad evocadora del cine.

Como Robert Eggers experimentó con las pesadillas puritanas del siglo XVII en The Witch y la superstición de los marinos en las costas de Maine en The Lighthouse, esta película nos transporta a una época por algo más que el diseño de producción. El punto aquí no es ver un lugar en el tiempo, sino sentir que nos atraviesa la vivencia de ese momento.

En Selva Trágica, Olaizola logra crear un cine de experiencia que traduce, a través de sentidos corporales, algo incorpóreo, un pensamiento, una evocación mítica. No hay, en realidad, una amplia escritura histórica o costumbrista sobre la vida de los chicleros en las junglas a principios del siglo pasado. Y, sin embargo, los espacios de la historia nunca fueron ajenos a la ficción. Porque la reconstrucción historiográfica también está atravesada por narraciones inventivas. Aquí, el cine no pretende ser realidad. Pero, al entregarse de lleno a su verdad como artefacto, como trampa, como creación pensada, logra atrapar una verdad sensible que, en vez de reproducir, crea un nuevo mundo.

(Netflix)

*****

Calificación: 3.5/5

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