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Esta fue María Sabina: señora de los hongos y ¿objeto de investigación?

¿Qué pasa cuando un secreto sagrado se divulga en textos académicos?

Es cierto que antes de Wasson nadie hablaba con tanta soltura acerca de las cositas. Ningún mazateco revelaba lo que sabía del asunto… Los honguitos son la sangre de Cristo. Cuando los mazatecos hablamos de los honguitos, lo hacemos en voz baja, y para no pronunciar el nombre que tiene en mazateco (ndi si tjo [‘los queriditos que llegan saltando’]) los llamamos cositas o santitos. Así los llamaban nuestros antepasados.

María Sabina

Valentina Pavlovna y Robert Gordon Wasson se casaron en 1926: ella era rusa y él estadounidense. A partir de la convivencia juntos y de los paseos por el bosque se dieron cuenta de que tenían posturas muy diferentes frente a un elemento del paisaje: los hongos. Mientras ella los miraba con respeto y amor, sabía recogerlos y cocinarlos; él los miraba con temor y cierto desprecio. Con el afán de compaginar sus posturas, empezaron una investigación a nivel lingüístico sobre el tema. Buscaron en los dichos populares y las historias folclóricas toda referencia a los hongos que les pareciera interesante. Con el tiempo, la investigación se amplió al terreno del trabajo de campo. Así fue como publicaron en 1957 su primer libro al respecto, que se llamó Mushrooms, Russia and History.

Cada pueblo indoeuropeo es, por herencia cultural, “micófobo” o “micófilo”: o rechaza y desconoce totalmente el mundo de los hongos, o lo conoce y aprecia en forma sorprendente. […] Otro fenómeno que cautivó nuestra atención es que desde las épocas más remotas los hongos silvestres aparecen rodeados del aura sobrenatural que los antropólogos llaman maná.

Pasado algún tiempo, un estudioso de mitos antiguos, llamado Robert Graves dijo que en algunas regiones de México había rituales vivos que involucraban el consumo de hongos visionarios. Así que la familia decidió viajar a México para investigar. Después de participar en algunos rituales de consumo de hongos, el 29 de junio de 1955 el exbanquero Wasson y su amigo fotógrafo Allan Richardson consiguieron ser invitados a una cabaña subterránea con paredes de adobe y techo de palma en algún lugar de la sierra de Oaxaca. A los dos les fue permitido participar en un ritual de comunión sagrada con una familia indígena. Ése fue el día que conocieron a la señora María Sabina.

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Imagen de María Sabina. (Foto de Ari Evergreen)

María Sabina era una curandera ma

Cayetano García, el síndico municipal que hablaba español, había platicado horas antes con el investigador y, ante su deseo de conocer en carne propia el poder de los “hongos divinos”, lo había invitado a su casa a la hora de la siesta. María Sabina, curandera y sabia de la zona, estaba dispuesta a mediar el ritual junto con su hija Apolonia. Pasadas las diez de la noche, la mujer limpió todos los hongos que se habían recogido aquella tarde y los repartió en pares (como dicta la tradición) entre unas 25 personas reunidas en aquella casa.

Los primeros efectos fueron visiones de patrones armónicos y coloridos, como tapices de alfombras. El momento cumbre de la experiencia ocurrió en la madrugada, con la habitación a oscuras. Las imágenes se hicieron figuras más concretas, con forma de construcciones antiguas y seres mitológicos. Finalmente, el efecto de los hongos modificó la percepción del espacio y el tiempo de los invitados. La señora y su hija cantaron durante casi toda la noche y armaron secuencias rítmicas palmando sobre distintas partes de su cuerpo. Wasson afirma que su estado mental debió alterar también la forma en que escuchaba cada sonido, pues era difícil decir de dónde provenían las melodías y el efecto de los hongos se potenció.

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Los “Santitos”, hongos utilizados en los rituales de María Sabina. (Foto de freespore.com)

En 1956 se sumaron al equipo de investigación un químico, el profesor James A. Moore de la Universidad de Delaware y un antropólogo, el dr. Guy Stresser-Péan, de la Sorbona. Así fue como inició de manera formal el estudio antropológico de los hongos alucinógenos en México. A esta disciplina se le llamaría más adelante etnomicología. Entre las primeras observaciones, se registró que los hongos por sí solos no curan a nadie, sino que sirven para despertar cierta sensibilidad en los curanderos y sabios de la comunidad. Ellos podían consultar al hongo, preguntar sobre enfermedades o sobre familiares que se han ido lejos.

El 13 de mayo de 1957, se publicó en la revista Life un amplio reportaje firmado por Wasson con fotografías de Richardson sobre estas primeras experiencias, titulado En busca del hongo mágico, que relata, sobre todo, la sensación alucinógena tras la ingesta de los hongos:

Me parecía estar al margen de un mundo del cual yo no formaba parte, un mundo con el cual no podía establecer contacto. Ahí estaba yo, suspendido en el espacio, ojo penetrante, invisible, incorpóreo, que veía sin ser visto. De contornos claramente definidos, de líneas y colores precisos, las visiones parecían más reales que cualquier objeto visto hasta entonces con los propios ojos. Tuve la sensación de distinguirlo todo con absoluta claridad, sin las distorsiones de la visión corriente.

En el texto, María Sabina es llamada Eva Méndez. Con todo y el cambio de nombre de la sabia, la publicación puso en riesgo una tradición milenaria. Tras la salida del artículo, llegaron cientos de personas a Oaxaca buscando tener una experiencia psicodélica. En 1974, esta situación se agravó con la publicación del libro María Sabina and her Mazatec Mushroom Velada. Una larga transcripción hecha en mazateco, español e inglés de las grabaciones que Wasson hizo de una ceremonia con hongos celebrada en 1958, sin tener autorización de la sabia para ello. Junto con los escritos, venían cuatro casetes de sonido y varias fotografías. Lo que debía transmitirse sólo como una experiencia directa, fue registrado y se abrió al público general.

En la biografía de María Sabina que Álvaro Estrada escribió, ella dice que los extranjeros nunca entendieron que el poder de los hongos era sagrado porque estaba relacionado con el lenguaje. Lo de menos eran las visiones, su poder radicaba en saber interpretar palabras divinas. En cuanto a su propia formación como adivina y sabia, María Sabina dice:

Todo mi lenguaje está en el Libro que me fue dado. Soy la que lee, la intérprete. Ése es mi privilegio… Aparece el Libro y ahí empiezo a leer. Leo sin titubear… las cositas son las que hablan. Si digo: “Soy mujer que sola caí, soy mujer que sola nací”, son los niños santos los que hablan. Y dicen así porque brotan por sí solos. Nadie los siembra. Brotan porque así lo quiere Dios. Por eso digo: “Soy la mujer que puede ser arrancada”, porque los niños pueden ser arrancados… y ser tomados… Deben ser tomados tal y como son arrancados… No se necesita más.

Para ella significó una desdicha enterarse de que su voz y los sonidos que producía con su cuerpo en presencia de los “niños santos” fueron registrados en una cinta y difundidos sin control. Lo que sucedía en una ceremonia de esa naturaleza era sagrado y debía permanecer en secreto. La intención de Wasson, sin embargo, no fue causar mal alguno sino — en sus propias palabras —  dar a conocer algo para preservarlo mejor. Así lo expresó en su prólogo a la biografía de María Sabina:

He aquí un oficio religioso, me dije entonces y por meses después, que tiene que ser presentado al mundo de una manera digna, sin sensacionalismos, sin abaratarlo ni volverlo burdo, sino con sobriedad y veracidad.

Su difusión de estos temas sagrados terminó con cientos de personas ajenas a la comunidad en busca de un turismo de aventuras psíquicas y miembros de la policía cateando las casas de Huautla, Oaxaca, para encontrar sustancias ilegales y confiscarlas. Por otro lado, esta misma difusión permitió que Roger Heim, director del departamento de hongos del Museo Nacional de Historia Natural de París, Albert Hofmann (descubridor del LSD), Arthur Black y Hans Kobel pudieran identificar los principios activos relacionados con las alteraciones psíquicas causadas por el consumo de los hongos, llamados psilocibina y psilocina. Los resultados de esta investigación están en el libro Les champignons hallucinogènes du Mexique.

Finalmente, Robert G. Wasson pasó a la historia como uno de los padres del estudio formal de la relación entre los hongos y las sociedades. Por su parte, María Sabina murió en la miseria (nunca cobró por sus ceremonias ni por emplear sus saberes) y con la certeza de que abrir sus secretos a la ciencia perturbó un poder que se alimentaba de un cuidado silencioso:

De ahora en adelante los honguitos ya no servirán. No tiene remedio”. María Sabina

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El arte principal de este artículo fue realizado por José Aguilar @esepe1

 

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