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¿Quién fue Luis Donaldo Colosio?

Luis Donaldo Colosio: quién fue el candidato del PRI asesinado en Tijuana y por qué su muerte frenó el impulso hacia la democracia.
marzo 23, 2019

Luis Donaldo Colosio Murrieta nació el 10 de febrero de 1950 en una pequeña ciudad del norte de Sonora llamada Magdalena de Kino. De seguir con vida, hoy tendría 68 años de edad y, con toda probabilidad, sería un expresidente más. Aquella elección ya la tenía ganada desde el 28 de noviembre de 1993, cuando el presidente Salinas lo nombró candidato del PRI. ¿Pero tendría el mismo destino que Zedillo, de ser el último presidente en la dinastía del Revolucionario Institucional? Es muy probable que sí. “Quiero que el partido gane, chingao, pero sé que por el bien de México algún día tiene que perder,” le dijo Colosio a su amigo Agustín Basave.

El señor Colosio suele ser recordado por sus amistades, por sus colaboradores y subordinados, e incluso por sus rivales políticos como un hombre de numerosas virtudes. Su figura se inunda de halagos: “Cercano con la gente” pero “discreto” (Alfonso Durazo); “idealista disfrazado de pragmático” (Basave); “no fue un ideólogo, pero sí un hombre de ideas con una formación académica de excelencia” (Adrián Gallardo); “una actitud de respeto y tolerancia” (Alejandro Encinas); “era solidario, desde luego, pero, sobre todo, era respetuoso” (Beatriz Paredes); “un político cuyo pensamiento estaba cargado de contenido social” (Esteban Moctezuma).

Daba la impresión de que Luis Donaldo Colosio era aquel mítico funcionario que de alguna manera pudo salvarse del virus que contagia a todo político priista: la corrupción. Era algo insólito. Incluso su hijo -que recién se estrenó en la palestra política- lo destaca por su “gran ejemplo de bonhomía”. ¡Bonhomía! ¿Cómo fue que semejante perfil pudiera escabullirse entre las patas de los dinosaurios para ascender tan alto en la jerarquía partidista, a tal grado que estuvo al alcance de la silla presidencial?

¿Su secreto? El licenciado Colosio era una persona muy inteligente, tan inteligente que sabía cuándo guardar silencio y escuchar, una cualidad poco dominada entre la clase política. De hecho, el escritor Héctor Aguilar Camín recoge que su principal virtud era la discreción:

‘Era hermético’, dice Teresa Ríos, su secretaria particular. ‘Muy parco para expresar algo,’ dice su padre Luis Colosio. ‘Muy reservado respecto de sus sentimientos,’ dice su amigo personal Nikita Kiriakys. ‘De pocas palabras, quizás hasta seco. No se explayaba fácilmente,’ dice Norma Meraz, amiga de la familia. ‘Rayaba en exceso de discreción, de ninguna manera la persona que algunos tratan de hacer creer como muy comunicativo’, según Ricardo Canavati, otro amigo de la familia. El jefe de la escolta, Germán González, dice: ‘Era una persona totalmente reservada, incluso con su familia, incluyendo a su esposa Diana Laura.’

Por lo que no quiere decir que Colosio fuera un hombre tímido o arrogante. Al contrario, se empeñaba en escuchar con atención a las personas que tenía en frente, principalmente si se trataba de alguien con ideas distintas. El sonorense era “más lector del Arte de la Guerra que de El Príncipe” (Durazo), por lo que sabía que su estrategia para lograr la victoria en el terreno político no era el conflicto de frente o la manipulación maquiavélica, sino el trato respetuoso y la negociación directa para alcanzar objetivos en común. Lo suyo era el diálogo para formar alianzas, no las tácticas de ‘guerra sucia’ típicas del régimen.

DE LUIS DONALDO A COLOSIO

Mucho se ha escrito sobre la formación del joven Luis Donaldo, su extraordinario desempeño académico, así como la formidable disciplina que fueron la enseñanza de sus padres. Según Heriberto Galindo, amigo y colaborador cercano de Colosio:

Fue un muchacho con un cerebro brillante, poseedor de un coeficiente intelectual fuera de serie, con muy buena voz, excelente dicción, memoria prodigiosa y carácter fuerte. De recia personalidad desde entonces. Es un joven adulto, comentaban respecto de su personalidad.

Luis Donaldo fue un niño entregado a los estudios y a la cultura (hasta tenía su propio turno en la radio local en el que declamaba poesía); desde la infancia se destacaba por su liderazgo natural. Se podría decir que su bautizo en la política empezó en el sexto grado de primaria, cuando fue seleccionado para viajar al Distrito Federal y estrechar la mano del presidente Adolfo López Mateos, un momento que le dejó una tremenda impresión. Ya en la preparatoria fue presidente de la Sociedad de Alumnos de su escuela y llegó a encabezar manifestaciones políticas contra las autoridades locales.

Ser un estudiante que se atrevía a desafiar al Estado en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz no era un riesgo menor, así que don Luis Colosio obligó a Luis Donaldo a abandonar la lucha estudiantil, y le ordenó marcharse de Sonora para que pudiera estudiar en el Tec de Monterrey. El hijo no tuvo más remedio que obedecer al padre. El joven Luis Donaldo consiguió una beca sin muchos problemas y se inscribió en la carrera de economía. Al titularse, se matriculó en la Wharton School de Pennsylvania y se mudó a Filadelfia para especializarse en desarrollo regional, cumpliendo un periodo adicional en el Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados, con sede en Viena, Austria.

A lo largo de su carrera académica, Luis Donaldo se hizo de varios amigos que al poco tiempo fueron actores claves en el tablero político mexicano. Cuando se instaló en la Ciudad de México en 1978, el joven licenciado empezó por dar cátedra en el Colegio de México, la UNAM y la Universidad Anáhuac (donde conoció a su futura esposa, Diana Laura Riojas). En aquellos días también fue invitado por una de sus amistades a integrarse al gobierno federal, dentro de la poderosa Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP). De esta forma, el licenciado Colosio fue introducido a los engranajes del PRI, así como a quien sería su jefe y padrino político, otro wunderkind economista que ya fungía como director general de Política Económica y Social mientras hacía su doctorado. Su nombre: Carlos Salinas de Gortari.

En 1979, Luis Donaldo Colosio tenía 29 años y Carlos Salinas tenía 31.

FOTO: CUARTOSCURO.COM

DE BURÓCRATA A PRESIDENTE

Los economistas -particularmente aquellos titulados en el extranjero- gozaban de cierto magnetismo en la década de los 80, cuando una nueva generación de tecnócratas dirigía la política nacional a través de un nuevo modelo de apertura económica importado de Estados Unidos. En el Poder Ejecutivo, sus bastiones se repartían entre dos campos rivales: la Secretaría de Hacienda y la Secretaría de Programación y Presupuesto. Ya en el sexenio de Miguel de la Madrid, Colosio ascendió en las filas de esta última entidad, a la vez que su perfil subía de nivel en el PRI, el partido del gobierno.

El destino del flamante funcionario de la SPP se vio siempre vinculado al de su jefe directo, el señor Salinas de Gortari. Durante este periodo también trabajó bajo el mando de quien fuera su más acérrimo rival político, Manuel Camacho Solís. Salinas ascendió a Colosio al puesto de director general de Desarrollo Regional cuando el señor Camacho era subsecretario. Nada ingenuo, Colosio invitó a su gente de confianza a formar parte de su equipo, tanto en la SPP como en el organigrama del influyente Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PRI. Toda este gente compartía con Colosio una visión reformista y renovadora que contrastaba con la ortodoxia de las fuerzas tradicionales, cuyos intereses estaban arraigadas en el seno del partido.

En 1985, Colosio ganó una diputación para representar al distrito de Sonora que cubría a su pueblo natal de Magdalena de Kino. Ya en la LIII Legislatura, su cercanía al titular de la SPP lo elevó al rango de presidente de la Comisión de Programación, Presupuesto y Cuenta Pública. En 1987, el Revolucionario Institucional sufrió un duro golpe desde el interior de sus filas cuando surgió la llamada Corriente Democrática que fracturó al partido, insatisfechos por el proceso de selección de un candidato. Encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas, varios militantes del PRI abandonaron al partido y convocaron a las fuerzas de izquierda para formar el Frente Democrático Nacional ante las campañas de 1988.

Al mismo tiempo que se unificaban las izquierdas para desafiar a la hegemonía del PRI, Colosio exploraba otras vertientes para modernizar y democratizar al anquilosado partido. Sin embargo, en 1988 Salinas invitó a su viejo camarada de la SPP para coordinar su campaña a la Presidencia de la República. A pesar de las dificultades y la polémica jornada electoral ya documentada, el candidato Salinas ganó la presidencia, prolongando la moribunda dictadura partidista; como recompensa, Colosio pasó a ser Senador de la República, aunque solo por unos meses. A finales del 88, Colosio tenía la mirada puesta en otra oficina. Para modernizar al país, era menester modernizar al partido primero. Con este objetivo en mente, Colosio ascendió a la presidencia del PRI en diciembre de aquel turbulento año…

3 de junio de 1993. Luis Donaldo Colosio, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo en una reunion de intelectuales con el presidente. FOTO: Pedro Valtierra/CUARTOSCURO

DE TECNÓCRATA A DEMÓCRATA

Cuenta el periodista Julio Hernández que el señor Colosio “tenía una temprana visión propia, clara y propositiva, de los problemas políticos del país y, en particular, de la necesidad de reformar un ingrediente principal, la antidemocracia al interior del partido dominante.” Colosio iba a emprender la peligrosa misión de cambiar al sistema desde dentro, aunque cumplir esta meta desde un puesto de nivel medio era una causa perdida. De 1988 a 1992, Colosio fue presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, puesto desde el cual emprendió una batalla contra la tecnocracia y el ‘dinosaurismo’ de un tricolor rezagado, siempre a favor de una tercera vía que representaba el cambio democrático. Cuando en 1989, el PRI concedió el primer triunfo de un partido de oposición a una gubernatura (el panista Ernesto Ruffo en Baja California), los priistas se percataron que las promesas de reforma interna no eran pura retórica.

Para construir este camino Hacia un nuevo PRI, Colosio habilitó una secretaría adjunta a la presidencia del CEN bajo el rubro de Programas Especiales (SAPE). El Presidente del PRI argumentó ante los militantes que el partido necesitaba aprovechar los beneficios de la autocrítica ya que estaban encaminados “a convertirse en un dique para la democratización nacional.” El señor Hernández, que colaboró con Colosio en esta y otras iniciativas renovadoras, admite que la SAPE terminó por irritar a personajes siniestros del gobierno salinista como José Córdova Montoya, el Jefe de la Oficina del Presidente, y Fidel Velázquez, aquel monolito inamovible del sindicalismo mexicano.

A pesar de las quejas de sus compañeros, Colosio supo “sobrellevar con diplomacia los reclamos de gobernadores, líderes de los sectores tradicionales del partido y personajes regionales a quienes molestaba que una secretaría del Comité Nacional priista hiciera crítica pública, organizara grupos de disidencia interna y agitara las aguas que esos oficiantes clásicos pretendían mantener siempre quietas, bajo control.” Colosio le puso un alto a su agenda reformista, pero no por las presiones, sino porque había sido convocado de nuevo por su amigo y jefe, Salinas de Gortari, a formar parte de su gabinete. En abril de 1992, el Presidente del PRI pasó a ser titular de la nueva Secretaría de Desarrollo Social. Se abría la posibilidad de llevar su programa político a un nuevo escenario…

¿Cuáles eran los objetivos concretos de Colosio? Guillermo Hopkins sintetiza las ambiciones de su agenda reformista “para conducir al progreso a un país heterogéneo y diverso” como México:

Una mayor descentralización y desarrollo regional, una reforma de fondo al aparato burocrático gubernamental para mejorar su eficiencia y que el servidor público fuera servicial y no servil, una reforma fiscal de fondo que le otorgara mayor potestad tributaria a los estados y municipios, que el IVA fuera sustituido por un impuesto local al consumo y que existiera un esquema fiscal diferenciado para las entidades del país; en suma, políticas focalizadas en las fortalezas regionales basado en el convencimiento de que sin desarrollo económico regional, cualquier esfuerzo para reducir la pobreza y la desigualdad sería vano.

Pero antes de hacer pública su plataforma, Colosio tenía que ‘portarse bien’ con el ‘señor presidente’. “Trata a Salinas con el mismo repertorio de armas suaves con que lo ha ganado desde siempre,” narra Héctor Aguilar Camín. “En medio de su laberinto, Colosio sigue siendo antes Salinas el incondicional, el generoso, el heredero ideal y hasta gemelo político.” A lo largo del año 93, el titular de la Sedesol pudo mantener la ventaja sobre los demás aspirantes, superando incluso al entonces regente del Distrito Federal, Manuel Camacho Solís.

Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la Presidencia de México. (Cuartoscuro, archivo)

EL COLOSIO QUE NO FUE

Aunque bien se ha dicho que la discreción era la mayor virtud de Colosio, la peculiar campaña del 94 dejó ver a un candidato que era todo menos discreto. La frustración que mostró abiertamente a causa de la “contracampaña” que emprendió Camacho desde Chiapas, los mensajes mixtos del presidente Salinas, así como su famoso discurso del 6 de marzo, exhibían a un candidato ansioso por asumir la presidencia y transformar al país de acuerdo a su propio proyecto de nación, ajeno a las ambiciones transexenales del salinismo.

Hoy, la retrospectiva nos permite decir que Colosio debió “portarse bien” durante la campaña con el presidente en turno; después de todo, el candidato tenía un pase automático a la silla presidencial. Ya en la presidencia, nada iba a impedir que Colosio le diera la espalda a los hermanos Salinas, de la misma forma que todos los aspirantes presidenciales del PRI tiran por la borda a sus predecesores una vez que llegan al Poder. Así lo hizo Zedillo en su sexenio…

Desafortunadamente, Colosio nunca iba a traicionar a Salinas, su “mejor amigo” desde hace quince años. “Colosio no aceptaba ni practicaría un doble discurso”, indica Guillermo Hopkins, otro amigo cercano. “Como ser humano Donaldo fue un compendio de virtudes y defectos, muchos de estos últimos derivados de sus obsesiones por lo perfecto, lo correcto, lo justo.” En efecto, la discreción tal vez fue la mayor virtud de Colosio, pero la congruencia era la cualidad más marcada entre sus principios, y en el terreno de la política, la congruencia es una debilidad terrible.

El candidato Colosio fue asesinado en Tijuana el 23 de marzo de 1994. Tenía 44 años de edad.

Fuente: La mayor parte de las citas en este texto fueron extraídas del libro Colosio: El futuro que no fue, coordinado por Alfonso Durazo y publicado por Ediciones Proceso.

Ilustración principal: Cuemanche!

Autor:
Víctor Belén Escritor