“No obstante”: las protestas en Chile que llevaron a un plebiscito para cambiar la Constitución

En esta crónica analizamos las protestas en Chile que un año después desembocan en un plebiscito para cambiar la Constitución.
octubre 25, 2020

Chile enfrentó el 25 de octubre una consulta histórica que podría derivar en la redacción de una nueva constitución que sustituya la que se redactó durante la dictadura de Augusto Pinochet. Para hablar del contexto en que se origina este ejercicio democrático, presentamos esta crónica de las protestas en Chile desde la visión personal de una reportera que cubrió los hechos.

 

El agua calentada en el microondas

“Sacas el agua recién calentada en el microondas y esta explota en tu cara.” Así se resume a grandes rasgos ese fenómeno de la Química que se comunica de usuario a usuario de microondas no por medio de instructivos, sino como una leyenda urbana.

Aunque se suele exagerar su frecuencia, el agua sobrecalentada es uno de los riesgos más fascinantes de las cocinas modernas: adentro del aparato, la taza es bombardeada con microondas que agitan las moléculas de agua hasta producir calor. En ocasiones, si esta es muy pura y no carga café o té, alcanza o incluso rebasa los cien grados sin provocar burbujas en el camino. Entonces un usuario con mala suerte saca la taza y el agua explota por los aires ante la menor provocación.

A un año de las grandes protestas en Chile que ahora culminan en un plebiscito, pienso en ese momento como un episodio de sobrecalentamiento, en que la vida política había pasado del punto de ebullición sin hervir. La temperatura social era intolerable, pero no había burbujas que liberaran la tensión.

Plaza Italia. (Imagen: Esteban González de León)

Todo empezó, más o menos, cuando unos muchachos de secundaria empezaron a burlar los torniquetes como protesta ante el alza del precio de metro de Santiago. Y digo “más o menos” porque esos chicos contaron con algunos cómplices involuntarios dignos de mencionarse: En primer lugar, el presidente Piñera que presumía a Chile como un próspero paraíso liberal en un mar de populismos.

En segundo lugar, el ministro Fontaine que desestimó no solo el alza en el precio del metro, sino que además despreció el sueño de sus usuarios. Su solución ante los incrementos fue sugerir que los agraviados por la subida se despertaran más temprano para alcanzar una tarifa con descuento.

En tercer lugar, la derecha legislativa que por años esquivó las propuestas de la izquierda en cuestiones como el acceso al agua, pensiones y educación con un adjetivo almighty: todas esas propuestas eran “inconstitucionales”. Y a esto se puede añadir un etcétera de estudiantes endeudados, enfermos sin seguro y pensiones ínfimas.

Con frecuencia me pregunto qué pasaba por la cabeza de esos muchachos que se saltaban los torniquetes del metro. ¿Hasta dónde creyeron que podrían llegar sus protestas? ¿Sospecharon que sus saltos olímpicos por encima de los torniquetes podían conducir a protestas multitudinarias o a la convocatoria por un plebiscito?

La subida en el pasaje fue de 30 pesos chilenos, el equivalente a ochenta centavos de peso mexicano. Como en todas las economías desiguales, una misma cantidad que para algunos es todo y para otros no es nada.

El 18 de octubre, cuando las evasiones pasaron a ser protestas, muchos comunicadores se preguntaban si esto seguía siendo por el precio del metro. La explicación detrás del hartazgo por las subidas se convirtió en una consigna: no son 30 pesos, son 30 años.

El agua se había sobrecalentado.

¿Qué tanto se puede estirar una cuerda?

Esteban González de León y yo llegamos a Chile la madrugada del 24 de octubre para cubrir las protestas para el portal Plumas Atómicas. Cuando llegamos varios hechos notorios, como el fuego en estaciones del metro y las primeras denuncias de tortura por parte de los carabineros ya habían ocurrido.

Nuestro hotel era el Crown Plaza a dos cuadras del metro Baquedano y Plaza Italia, lugar donde los chilenos se reúnen para celebrar a su selección de futbol y que ahora era el epicentro de las protestas.

En el primer día entendimos que la vida cotidiana no se había suspendido por el estado de emergencia, se había acelerado. Por la mañana el centro de Santiago convulsionaba de tráfico y por la tarde las manifestaciones eran asediadas por tanquetas de gas lacrimógeno y tanquetas de agua, llamadas “guanacos” en honor a los animales que escupen cuando están enojados.

Esa primera mañana en Santiago, Esteban y yo nos encontramos con el periodista Francisco Corvalán, quien en escasas dos horas nos presentó un resumen factual y simbólico de las protestas.

Corvalán fue el primero en mencionarnos la rabia acumulada en los años posteriores a la dictadura. Con él aprendimos la pregunta con la cual se puede interrogar la historia política latinoamericana: ¿qué tanto se puede estirar la cuerda?

En Chile, esa pregunta tenía una traducción tarifaria: ¿Qué tanto más se puede subir el seguro privado? ¿Qué tanto puede endeudarse un estudiante? ¿Qué tanto puede crecer la desigualdad? Hasta que un día alguien descubrió el límite de la cuerda: 30 pesos chilenos.

La forma en que reaccionó la élite chilena ante el levantamiento social quedó inmortalizada en un audio de WhatsApp que envió la primera dama Cecilia Morel a sus conocidos, durante los primeros días de protestas:

“Estamos absolutamente sobrepasados, es como una invasión extranjera, alienígena, no sé cómo se dice. Y no tenemos los medios para combatirla. Por favor, mantengamos nosotros la calma, llamemos a la gente buena voluntad. (…) Y vamos a tener que reducir nuestros privilegios y compartir con los demás.”

Alienígena en Plaza Italia. (Imagen: Esteban González de León)

Corvalán resumió los comentarios de Morel en los siguientes términos:

“Primero generó bastante risa en las redes sociales, pero también generó una sensación de que aquí no existe una conexión entre las élites políticas o las élites económicas y lo que está realmente pasando en las calles.”

Esa tarde en la manifestación vimos tanquetas que lanzaban lacrimógeno y que disparaban perdigones sin justificación. Entre las consignas y los disfrazados de alien, también estaban los heridos y los gaseados.

Para Esteban y para mí, que habíamos cubierto protestas en Tijuana y Ciudad de México, las protestas nos llamaban la atención por su sintaxis altamente especializada: mientras que en México el género más popular de la protesta es la marcha, donde se recorre una vialidad en dirección a un recinto de valor simbólico, en Santiago los manifestantes optaban por la concentración.

A diferencia de sus pares mexicanos, los chilenos daban menos valor al traslado y en cambio otorgaban un peso mayúsculo a la reunión llena de proclamas y consignas.

Una vez congregados, los manifestantes empezaban a ser asediados por los carabineros, quienes rompían de forma periódica la manifestación con sus tanquetas. Daban vueltas en medio de la plaza varias veces hasta que en un rondín empezaban a tirar chorros de agua con lejía, gas y balines de plástico que más de una vez vimos romper la piel de un manifestante hasta exponer la blanca grasa abdominal.

Ese primer día presenciamos una costumbre atroz que habría de llamar la atención de la prensa internacional en los días siguientes: los carabineros disparaban hacia el piso y la trayectoria de rebote llevaba esos perdigones a los ojos de los manifestantes. Serían los mismos oftalmólogos chilenos quienes habrían de denunciar la epidemia de ceguera provocada por las armas de los carabineros.

De entre los más de 400 manifestantes que recibieron perdigones en los ojos, el caso más comentado fue el de Gustavo Gatica, quien perdió la vista en ambos ojos por la acción de los carabineros. A un año de la lesión que marcó su vida, Gatica mantiene que el cuerpo de carabineros actuó con dolo:

“La intención de las autoridades era clara: hacernos daño como castigo por atrevernos a protestar”, dijo a El Mostrador.

La concentración de nuestro primer día en Chile jamás nos hubiera preparado para lo que vendría el día siguiente: el 25 de octubre un millón y medio de personas salió a marchar en Santiago. En un país de 18 millones.

Muchos podrían tener la curiosidad de cómo es vivir un toque de queda como el que se instauró en Santiago, puedo dar fe de que pueden ser igual o más estresantes las horas inmediatamente anteriores al toque de queda: los carabineros barrían la vía pública por la fuerza.

La noche en los márgenes de Plaza Italia se llenaba de barricadas y hogueras, de muchachos que caminaban en grupos compactos, agachados, pegados a las paredes, con los rostros cubiertos con cubrebocas y playeras. A veces alguien avisaban del retén próximo, del camión de donde disparaban los carabineros.

Las protestas en Chile que llevaron a un plebiscito. (Imagen: Esteban González de León)

Era difícil creer que los carabineros que barrían a perdigones con los manifestantes en huida eran los mismos que en la comisaría nos preguntaban por el Chavo del Ocho mientras nos expedían a Esteban y a mí el subterfugio indispensable para circular después del toque de queda. Entrada la noche ya solo había movimiento alrededor de los hospitales donde se atendían algunos de los heridos durante las protestas.

Con los días, el hotel en que nos quedábamos empezó a ser un termómetro del estallido social: el día que llegamos, había deportistas juveniles internacionales que habían acudido a una competición que por supuesto fue cancelada. Al tercer día, casi todos los huéspedes habían sido evacuados del hotel, con excepción de los periodistas internacionales.

Nunca dejará de llamarme la atención cómo el ciclo natural de la vida cotidiana podía convivir con las protestas que los titulares internacionales llamaban una revolución. Una tarde antes de la protesta entramos a un centro comercial de Las Condes, la zona más rica de la capital: los restaurantes estaban llenos, las tiendas rebosaban de clientes. Esa misma noche vimos un conato de incendio al interior de un edificio en la acera de enfrente a nuestro cuarto de hotel.

 

Opción múltiple

En los últimos días que pasamos en Santiago algunas paredes grafiteadas y algunos parabuses rotos empezaron a exhibir un póster blanco que consignaba el siguiente texto del autor Alejandro Zambra:

________ las mil reformas que le han hecho, la Constitución de 1980 es una mierda. 

A) Con
B) Debido a
C) A pesar de
D) Gracias a
E) No obstante

Se trataba de un fragmento de Facsímil, libro anfibio publicado en 2014 por la editorial Hueders donde el novelista construía textos literarios siguiendo el modelo de la Prueba de Aptitud Verbal, que debían presentar los aspirantes a la educación universitaria. La prueba en la cual muchos sentían que se debatían el destino académico pasó a ser en manos de Zambra un examen de la consciencia con opción múltiple.

En los últimos días varias veces vimos en las paredes grafiteadas de Santiago ese póster que invitaba a los paseantes a examinar los años posteriores a la dictadura. En todas las ocasiones, la opción tachada, subrayada o marcada fue la E).

De una serie de protestas que los medios locales describían como acéfalas, carentes de líderes y dirección, empezaba a hervir una inquietud específica.

Las protestas en Chile que llevaron a un plebiscito. (Imagen: Esteban González de León)

La primera persona en hablarnos del papel de la Constitución en las protestas fue Emilia Schneider, estudiante de derecho que por entonces era presidenta de la Federación de Estudiantes de Chile.

La sede de la Federación se encontraba en una calle cerrada a muy pocas cuadras de Plaza Italia y de nuestro hotel. De día, la casa de la Federación era un centro de operaciones, de noche era una clínica improvisada donde estudiantes de enfermería y medicina atendían a los heridos que rechazaban los hospitales. Poco antes del toque de queda el edificio se vaciaba para no convertirse en blanco de una posible redada por parte de los carabineros.

Al principio no supe si la atención de Schneider ponía sobre la Constitución se debía a una desviación profesional. Sin embargo, al día siguiente en una concentración frente a la Moneda una manifestante anunció ante la cámara de Esteban el plan político que con las semanas habría de cristalizar en un acuerdo y con los meses en un referendo:

“Exigimos de forma muy urgente que se convoque a una asamblea constituyente, que seamos nosotros, la gente, el pueblo, los trabajadores, los estudiantes, quienes estemos construyendo una nueva constitución para el país. Hay una constitución actual que nos rige que fue creada durante la dictadura, que no tiene ninguna legitimidad.”

Emilia Schneider describía las manifestaciones en los siguientes términos:

“Hoy día se dan cuenta de que es un modelo sumamente inhumano que precariza la vida y que termina por hacer crisis. Porque cuando te quitan todos los aspectos de tu vida, cuando no hay derechos, cuando no hay posibilidad de tener alguna retribución por ser parte de alguna comunidad pasa esto, que la población se harta y no da más.”

¿Si mañana pudiera cambiar el mundo a nuestra voluntad, qué otro mundo instauraríamos? Ursula K. Le Guin abordó esta cuestión en más de una de sus novelas. En El torno del cielo un hombre es capaz de modificar la realidad según esta aparece en sus sueños con consecuencias atroces. En Los desposeídos un científico que proviene de una sociedad anarquista llega a un planeta consumido por la codicia.

Las protestas en Chile que llevaron a un plebiscito. (Imagen: Esteban González de León)

En ambas novelas, Le Guin puso el acento en la imaginación de sus protagonistas. Esta el motor detrás de los cambios en el mundo. Sin embargo, como ella misma advirtió en más de una ocasión, el problema nace cuando deseamos otro mundo, pero no podemos imaginarlo. De ahí que imaginar sea una tarea conjunta; como las mitologías, los anhelos pasan de generación en generación y de persona a persona.

En las calles de Santiago vi un despliegue de la imaginación colectiva. Miles de chilenos se reunieron a imaginar qué país deseaban y encontraron una respuesta: “No obstante”.