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¿Por qué nunca debemos tolerar a los intolerantes?

¿Por qué deberíamos tolerar a aquél que no tolera?

En los últimos años vemos surgir en todo el mundo grupos autollamados alt-right (derecha alternativa), supremacistas blancos, neonazis, grupos que se dicen Pro Familia… En todos ellos vemos un discurso de odio y constantes peticiones para  que se prohiban las garantías o derechos de algún grupo vulnerable de la sociedad: personas de color, inmigrantes (centroamericanos, mexicanos, refugiados de Medio Oriente), personas de credos específicos (protestantes, judíos, musulmanes o incluso ateos), personas con orientaciones sexuales específicas (homosexuales, bisexuales), o con identidades de género específicas (mujeres trans, hombres trans, personas queer), por mencionar algunos casos.

Tanto en México como en el resto del mundo, grupos de extrema derecha han cobrado una visibilidad cada vez mayor. En Europa la situación se agravó tras la crisis de refugiados y en Estados Unidos el gran detonante fue el discurso de odio del actual presidente Donal Trump. Pero ¿debemos tolerar lo que pide la extrema derecha?

¿Se trata solamente de libertad de expresión?

Tensiones entre neonazis y la policía en bruselas (Youtube/ Podemos Radio, CC BY)

Tension between police and neo-Nazis in Brussels “EUROPE” (Youtube/ Podemos Radio, CC BY)

Muchas personas han defendido la legitimidad de las demostraciones de la extrema derecha porque dicen que están ejerciendo su libertad de expresión. Por otro lado, también se dice que si una de las bases de una sociedad democrática es la tolerancia, entonces se debería tolerar cualquier expresión sin importar de qué tipo sea. Ambos argumentos tienen razón, pero solo parcialmente. Tanto la libertad de expresión como la tolerancia son valores en los que se finca la democracia pero no es verdad que se deba tolerar cualquier tipo de expresión. Desde Voltaire, pasando por Popper y llegando a Žižek, numerosos pensadores han demostrado que, para que exista una sociedad democrática y libre, debe existir un límite para la tolerancia. Y sólo así la sociedad democrática podrá seguir existiendo.

¿Qué pasa con estas ideas de extrema derecha que, justo, exigen la desintegración de la pluralidad en la democracia?, ¿Cuáles son las razones de estos pensadores para asegurar que no todo deber ser tolerado?, ¿Cuál es el límite de la tolerancia?

Voltaire: el gran defensor de la tolerancia en Occidente

En el Tratado sobre la Tolerancia (1763), Voltaire hace un repaso de las ventajas de la tolerancia para los pueblos.

En este texto, Voltaire hace una revisión de cómo, tanto en Grecia (cuna intelectual de Europa) como en Roma (cuna del derecho europeo) e incluso en la figura de Cristo (principal figura religiosa de Europa de ese entonces), la tolerancia es el valor principal y la intolerancia siempre ha traído calamidades a los europeos.

En el capítulo IV dice:

“El furor que inspiran el espíritu dogmático y el abuso de la religión cristiana mal entendida ha derramado tanta sangre, ha producido tantos desastres en Alemania, en Inglaterra, e incluso en Holanda, como en Francia: sin embargo, hoy día, la diferencia de religión no causa ningún disturbio en aquellos Estados; el judío, el católico, el griego, el luterano, el calvinista, el anabaptista, el sociniano, el menonita, el moravo, y tantos otros, viven fraternalmente en aquellos países y contribuyen por igual al bienestar de la sociedad.”

Por otro lado, defiende la intolerancia a la intolerancia misma. En el mismo capítulo cita un caso sobre un emperador chino:

“Es cierto que el gran emperador Yung-Chêng, el más sabio y el más magnánimo que tal vez haya tenido China, ha expulsado a los jesuitas; pero esto no lo hizo por ser intolerante; fue, al contrario, porque lo eran los jesuitas. Ellos mismos citan, en sus Cartas curiosas, las palabras que les dijo aquel buen príncipe: “Sé que vuestra religión es intolerante; sé lo que habéis hecho en Manila y en el Japón; habéis engañado a mi padre; no esperéis engañarme a mí.” Léanse todos los razonamientos que se dignó hacerles, se le encontrará el más sabio y el más clemente de los hombres. ¿Podría, en efecto, permitir la permanencia en sus Estados de unos físicos de Europa que, con el pretexto de mostrar unos termómetros y unas eolipilas a la corte, habían sublevado ya contra él a uno de los príncipes de la sangre?”

Y añade:

“Los japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres: doce religiones pacíficas estaban establecidas en su imperio; los jesuitas vinieron a ser la decimotercera, pero pronto, al no querer ellos tolerar ninguna otra, ya sabemos lo que sucedió: una guerra civil, no menos horrible que la de la Liga, asoló el país. La religión cristiana fue ahogada en ríos de sangre; los japoneses cerraron su imperio al resto del mundo y nos consideraron como bestias feroces, semejantes a aquellas de que los ingleses han limpiado su isla.”

Voltaire era un ilustrado y fue el mayor defensor de la tolerancia en su época. Pero parece que, independientemente de eso, conocía un límite para esta tolerancia: los discursos que son en sí mismos intolerantes no pueden ser tolerados. El problema no es que haya diferentes ideas y religiones, el problema es cuando una de ellas quiere oprimir a todas las demás y ser la única.

Es como cuando los grupos Pro Familia quieren prohibir la educación sexual o las demostraciones de orientaciones sexuales distintas. Estos grupos no están pidiendo ser diferentes sino que piden prohibir la representación de “los otros” e incluso enseñar conocimientos parciales en las escuelas. El problema es que justo esa postura es incompatible con la idea de democracia pues pedir prohibir a los que no piensan como uno atenta contra la propia democracia; no así pedir que se prohiban las ideas intolerantes pues eso garantiza la existencia de la democracia misma.

Protestas contra el bus de la libertad
Protestante contra el bus de la “libertad” (Efe)

Protestante contra el bus de la libertad

En el capítulo XVIII Voltaire expone los “Únicos casos en que la intolerancia es de derecho humano”:

“Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia.”

Popper: el filósofo que mostró la Paradoja de la Tolerancia

En su libro La sociedad abierta y sus enemigos (1945) Popper toma un espacio para hablar de lo que él llamó: La paradoja de la Tolerancia.

Popper la define así:

“Menos conocida es la paradoja de la tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aún a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos, significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición seria, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.”

El argumento de Popper es aún más claro que el de Voltaire. Si se quiere una sociedad tolerante de antemano no se debería tolerar la intolerancia, por lo menos en un plano que no sea el racional y argumentativo. Es decir, que la intolerancia sólo debería existir como un argumento a debatir racionalmente y no como una campaña que intente convencer a las personas a ser intolerantes ya que eso significaría el fin de la tolerancia y el establecimiento de una sociedad intolerante.

Los neonazis, por ejemplo, salen a las calles e incitan a las personas a no tolerar a los inmigrantes, a los judíos y a los homosexuales. De llegar al poder lo único que resultaría sería un estado intolerante, una nueva versión de la Alemania de Hitler, el fin de la democracia y el inicio del totalitarismo.

Žižek: no solo hay que ser intolerantes… ¡el problema es la economía política, estúpidos!

Estados Unidos, neo nazis, supremacistas blancos, Donald Trump, Trump, racismo, terrorismo, Charlottesville, virginia
Víctima de los enfrentamientos con neonazis y supremacistas blancos en Charlottesville, Virginia

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El polémico filósofo esloveno Slavoj Žižek también tiene un análisis sobre la tolerancia y sus límites. En su libro En defensa de la Intolerancia (1998) Žižek se muestra aún más radical que Popper y que Voltaire y hace un análisis de lo peligroso e indeseable que es el multiculturalismo como lo entendemos ahora (la falta de conflictos políticos y la búsqueda de “la armonía” y la “tolerancia” de todas las opiniones sin importar lo fascistas o intolerantes que sean):

“La prensa liberal nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista…), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural. Pero, ¿es realmente así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía?”

La tesis principal de Žižek es: creer que vivimos en un mundo post ideológico, es decir, en uno en el que no existen las ideologías (izquierda/derecha/extrema izquierda/extrema derecha) es peligroso porque promueve la idea de que no existe un conflicto estructural en la manera en que nos relacionamos. Parecería que lo único que nos queda actualmente es aceptar las reglas del juego y ver la mejor manera para que todos convivamos en paz y armonía, lo cual es falso.

Esta idea de que “no hay conflictos sobre si el mundo debe ser de derecha o izquierda” nos haría creer que el único problema es luchar por el reconocimiento de diferentes identidades (sexuales, raciales, étnicas, etcétera…) y no que es el capitalismo actual el que provoca la mayoría de estos males y que es el sistema entero el que debería ser modificado (y no solo intentar inútilmente que todo embone en el sistema actual).

Donald Trump, Ana Frank, antisemita, racismo
(AP Photo/Andres Kudacki)

Donald Trump, Ana Frank, antisemita, racismo

El problema principal es que muchos grupos políticos tratan de tomar los grandes problemas causados por el sistema actual y los tratan de explicar de tal manera que solo perpetúan las relaciones actuales y no hacen verdaderos cambios que beneficien a los grupos afectados. Así, cuando no hay trabajo, hay una brecha enorme entre ricos y pobres, el salario es bajo, hay narco-violencia, hay migrantes y refugiados en cantidades exorbitantes, entre otros… la explicación de los fascistas es echarle la culpa a un grupo en específico: los mexicanos, los migrantes, los refugiados, los judíos, los homosexuales, los testigos de Jehová, los comunistas, los orientales, etcétera…

Žižek explica así el funcionamiento de la ideología fascista:

“En su ideología y en su praxis, el “fascismo” no es sino un determinado principio formal de deformación del antagonismo social, una determinada lógica de desplazamiento mediante disociación y condensación de comportamientos contradictorios.”

La ideología fascista de la extrema derecha es perversa, ya que envuelve en su discurso problemas reales pero no les da una verdadera solución, sólo pasa la carga de odio a un punto en específico y perpetúa las relaciones de dominación. La ideología fascista es tan perversa que incluso se disfraza como una “no ideología” (pues parte de que está en una era “post-ideológica”) y tacha de ideologías a los otros: “ideología comunista”, “ideología liberal”, “ideología milenial”, “ideología de género”… como si una ideología fuera algo necesariamente negativo, por un lado, y como si ellos mismos no siguieran una, por el otro.

No sólo no tendríamos, según la idea de tolerancia de Voltaire y de Popper, que no tolerar a los fascistas, sino que, según la idea de “política” de Žižek (basado en Rancière), tendríamos también que combatirlos ya que son peligrosos pues promueven la perpetuación de la opresión actual.

Para Žižek, la única manera de hacer un verdadero cambio político es reconociendo al oprimido y unirnos en su lucha de ser escuchado:

“Esta identificación de la no-parte con el Todo, de la parte de la sociedad sin un verdadero lugar (o que rechaza la subordinación que le ha sido asignada), con el Universal, es el ademán elemental de la politización, que reaparece en todos los grandes acontecimientos democráticos.”

Esto podría explicar lo que sucedió en el movimiento Todos somos Ayotzinapa, donde el problema no sólo son los 43 desaparecidos sino la denuncia del estado actual del país: en México la gente desaparece, hay corrupción, hay impunidad, y todo eso parte de un sistema que debe ser transformado y solo se transformará si los oprimidos se unen para exigir una transformación.

“En este sentido, “política” y “democracia” son sinónimos: el objetivo principal de la política antidemocrática es y siempre ha sido, por definición, la despolitización, es decir, la exigencia innegociable de que las cosas “vuelvan a la normalidad”, que cada cual ocupe su lugar…”

Protesta en Paseo de la Reforma, Ciudad de México tras un año de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. (AP Photo/Eduardo Verdugo)

Así, ese “orden”, ese “cada quien tiene su lugar” es el pensamiento que permite la existencia de discursos de odio e intolerantes que atentan contra la vida democrática (en su sentido verdadero). El estado de cosas del orden es llamado por Rancière “orden policial” y es este orden policial el que permite la existencia de las manifestaciones neonazis en pos de una “democracia tolerante en la que absolutamente todas las manifestaciones tienen lugar”. Para Žižek, lo verdaderamente político y democrático sería que los “sin lugar” tomaran la voz y no en los términos en los que se “da el orden” que, por definición, los deja afuera de él necesariamente.

De hecho, la “tolerancia neutral” que alegan aquellos que defienden el derecho de expresión de los neonazis y demás fascistas no es tan neutral como ellos creen. No tomar partido es tomar partido siempre. Si las reglas del juego actual, de hecho, defienden y respaldan a un grupo sobre otro, dejar que el grupo opresor haga activismo y proselitismo, solo es apoyar al opresor:

“La liberal equidistancia humanitaria puede fácilmente acabar deslizándose y, coincidiendo con su contrario, tolerar, de hecho, la más feroz “limpieza étnica””

Así, cuando Trump dice que los supremacistas blancos deberían poder manifestarse lo único que hace es respaldar a un grupo que históricamente a oprimido a los ciudadanos de color, homosexuales e inmigrantes (especialmente a los mexicanos).

Trump aparece haciendo saludo nazi en la portada de revista alemana
Donald Trump aparece haciendo saludo nazi en la portada de una revista alemana (AP)

Donald Trump aparece haciendo saludo nazi en la portada de una revista alemana (AP)

De esta manera, Žižek no solo está en pro de no tolerar este tipo de expresiones sino que vota por hacer un verdadero movimiento político que desarticule los discursos fascistas: el problema no es “el otro”, es la economía y la manera en que funciona actualmente.

Él mismo dice:

“La gran novedad de nuestra época post-política del “fin de la ideología” es la radical despolitización de la esfera de la economía: el modo en que funciona la economía (la necesidad de reducir el gasto social, etc.) se acepta como una simple imposición del estado objetivo de las cosas. Mientras persista esta esencial despolitización de la esfera económica, sin embargo, cualquier discurso sobre la participación activa de los ciudadanos, sobre el debate público como requisito de la decisión colectiva responsable, etc. Quedará reducido a una cuestión “cultural” en torno a diferencias religiosas, sexuales, étnicas o de estilos de vida alternativos y no podrá incidir en las decisiones de largo alcance que nos afectan a todos.”

Es decir, homosexuales, proletarios, indígenas, negros, pobres, mujeres, jóvenes, viejos, migrantes, etcétera, todos aquellos a quienes el sistema deja de lado e invisibiliza, vulnera y mantiene en la vida precaria, no tendrán una solución definitiva a sus demandas hasta que se haga un verdadero acto político (un acto que cambie el sistema). Cualquier movimiento que no busque esto (como los fascistas) no sólo no busca un cambio sino que busca perpetuar las actuales condiciones de dominación y precariedad.

No, no hay que tolerar la intolerancia

De esta manera, estos tres pensadores nos demuestran de tres maneras distintas los pernicioso que es tolerar la intolerancia, el problema no solo es que los fascistas pongan en peligro la democracia sino que buscan su eliminación y la perpetuación de las relaciones que oprimen a los distintos sectores de la sociedad.

La pregunta es: ¿los partidarios de la extrema derecha, de verdad están pidiendo el derecho a expresarse o lo que hay detrás son los mecanismos perversos antes explicados?, ¿no sería en todo caso la defensa de un derecho sino de un privilegio que siempre han tenido?, ¿debemos permitir que ciertos grupos sigan gozando de estos privilegios? Quizá la respuesta a esta pregunta siempre sea un rotundo NO.

Texto: José Clemente Núñez (Filosofastrillo)

Imagen: José Aguilar

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