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Nadia Comaneci: El doloroso costo del 10 perfecto

Nadia Comaneci saltó al estrellato tras lograr el primer 10 perfecto en gimnasia en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976. ¿A que costo?

El 18 de julio de 1976, en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, una rumana de 14 años, Nadia Comaneci, cautivó al mundo al recibir el primer 10 perfecto en gimnasia olímpica por su rutina. Sin embargo, pocos saben el doloroso costo que tuvo para la leyenda olímpica.

Rumbo a la perfección

Nadia, nacida el 12 de noviembre de 1961, creció en la pequeña ciudad rumana de Onesti. Un día estaba jugando con sus amigas en el patio de recreo y, como cualquier otro día para ella, estaba perfeccionando sus volteretas. Fue por casualidad que el infame entrenador de gimnasia Bela Karolyi eligió ese momento para aparecer. Fue una reunión que cambiaría la vida de Nadia para siempre.

Bela estaba en la ciudad porque acababa de abrir una nueva escuela de gimnasia. Aunque le gustaba conducir y buscar al joven talento, fue el destino que pasara por el patio de la escuela, en el momento en que Nadia estaba practicando sus perfectas volteretas.

(Imagen: Flickr)

Cuando Karolyi vio a Nadia entre la multitud, no pudo evitar notar su talento. A pesar de que no había sido entrenada formalmente, estaba ejecutando volteretas perfectas. Fue en ese momento que supo que estaba destinado a ser su entrenador. Sin embargo, fue un poco incómodo para él, ya que antes de que pudiera presentarse, fue interrumpido por la campana de la escuela. Todos los estudiantes se apresuraron a regresar a clase.

Karolyi dijo más tarde que fue “un momento importante en mi vida”. Decidió entrar en todas las aulas para buscar a Nadia Comaneci. Una vez dentro, pidió a todos los estudiantes que levantaran la mano si les gustaba la gimnasia. Efectivamente, en una de los salones, tanto Nadia como una amiga cercana inmediatamente alzaron la mano.

Aunque Nadia solo tenía seis años, encontró su escape en el entrenamiento de gimnasia. Cada sesión era rigurosa y podía durar seis o siete horas. La pequeña tuvo que perfeccionar su talento de manera precisa, casi robótica.

Cuando Nadia cumplió 14 años, fue seleccionada para competir en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976. Después de ofrecer una actuación sin precedentes, hizo historia y dejó al público de todo el mundo asombrado por su talento.

El 10 perfecto

Nadia tomó por asalto los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Para ella, la rutina que realizaba era solo una rutina de gimnasia más. Había practicado y perfeccionado esa secuencia miles de veces. Entonces, aunque ahora estaba actuando frente a millones de espectadores de todo el mundo, no había ninguna duda en su mente. La idea de no ejecutar la rutina a la perfección ni siquiera era una opción.

Y sí, realizó su rutina impecable. Se movió con elegancia y gracia, retorciendo y contorsionando todo su cuerpo con estilo, y acertaba cada ejecución con precisión. Para el mundo, su actuación que desafió la gravedad fue un evento sin precedentes. Aún así, después de terminar su secuencia espectacular, todo lo que quedaba por hacer era esperar. No imaginaba que estaba a punto de hacer historia olímpica.

En el mundo de la gimnasia, una puntuación perfecta es extremadamente rara, y era casi imposible lograr un 10 perfecto. De modo que el marcador olímpico no se programó para mostrar ese número, así que el puntaje simplemente decía “1.00”.

Nadia Comaneci se convirtió en la primera gimnasta en recibir una puntuación perfecta de 10. La joven saltó al estrellato internacional y todos estaban asombrados por esta talentosa niña maravilla. Pero para Nadia, esto fue solo el comienzo y no estaba satisfecha con recibir una sola presea dorada.

Durante el resto de los Juegos Olímpicos de Montreal 1976, donde ganó tres medallas de oro, recibiría el 10 perfecto en otras seis ocasiones, convirtiéndose en una de las leyendas deportivas más emblemáticas de todos los tiempos.

Pero la fama tuvo un precio. Un precio que se dio a conocer 35 años después de que la menudita gimnasta rumana conquistara los corazones de los aficionados y dejara su nombre grabado para la posteridad.

El doloroso costo de la perfección

Treinta y cinco años después de su hazaña sin precedentes en Montreal 1976, un libro, Nadia y la Securitate, revela con escalofriantes detalles el alcance de la vigilancia las 24 horas que Nadia Comaneci soportó por parte de la policía secreta (Securitate), así como el abuso físico y psicológico infligido a ella por su entrenador, Bela Karolyi.

El libro, del historiador rumano Stejarel Olaru, es una reconstrucción meticulosa de la terrible experiencia que vivió Comaneci en Rumania, mientras los premios y elogios llegaban desde el extranjero.

Nadia Comaneci fue vigilada desde que tenía 13 años. Es decir, desde que comenzó a sobresalir en el deporte en su ciudad natal hasta que por fin logró evadir a sus observadores y cruzar ilegalmente y a pie la frontera hacia Hungría, para buscar refugio en los Estados Unidos. Todos sus movimientos, todas sus conversaciones, todas su actividades eran seguidas de cercas por el régimen rumano de Nicolae Ceausescu.

Micrófonos instalados en todas las casas que ella o su familia ocupaban y una legión de informantes, incluido el propio Karolyi, el coreógrafo del equipo olímpico rumano y los funcionarios de la federación y periodistas que viajaron al extranjero con la delegación se aseguraron de que Ceausescu y su esposa, Elena, supieran en todo momento lo que hacía Nadia, a quien consideraban el activo deportivo número uno del país.

Uno de los objetivos de este despliegue era evitar que Comaneci escapara del país o desertara a Occidente durante las competencias que se celebraban al otro lado del Telón de Acero.

En algunos casos, las diferencias entre Nadia y su entrenador llevaron a la adolescente a huir de las sesiones de entrenamiento, después de lo cual la Securitate la ubicaba y la llevaba de regreso.

Los principales funcionarios del Partido Comunista, incluidos Nicolae y Elena Ceausescu, intervinieron personalmente más de una vez para calmar las tensiones, regresar a Comaneci a su entrenador o asignar a sus otros entrenadores, para que pudiera continuar trayendo gloria internacional a Rumania.

El marcador no estaba configurado para que apareciera el 10 (Imagen: Shutterstock)

Había otras motivaciones para mantener a todos esos ojos enfocados en Nadia. El régimen necesitaba asegurarse de que Comaneci no se relajara y siguiera observando el estilo de vida espartano requerido para desempeñarse al más alto nivel.

La tensa relación entre Comaneci y sus compañeras de equipo y Karolyi fue otra de las principales preocupaciones. La adolescente estaba cada vez más enojada y frustrada con los métodos de su entrenador, quien solía golpear e insultar a sus gimnastas cuando fallaban y obligarlas a competir y entrenar incluso cuando estaban lesionadas, en contra de los consejos de los médicos.

Comaneci, de acuerdo con el libro, narró cómo se Karolyi las obligaba permanecer en el sauna “hasta que nos sintiéramos mal”. O cómo Karolyi la llamaba a menudo “gorda” e “imbécil”, así como la vez que le prohibió comer durante tres días, para que perdiera peso antes de una competencia.

A pesar de que sus rebeliones afectaron gravemente su entrenamiento en ocasiones, Comaneci siguió siendo una fuente de elogios internacionales para su país hasta que se retiró después de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, en los que ganó dos medallas de oro más.

Huyendo a Occidente

Comaneci es una leyenda de los Juegos Olímpicos (Imagen: Getty)

La situación de Nadia Comaneci empeoró después de que Karolyi y su esposa —también entrenadora—, Marta, desertaran a Estados Unidos durante una gira internacional en 1981.

Temiendo que ella siguiera sus pasos, el régimen intensificó su ya asfixiante vigilancia. Estas circunstancias llevaron al régimen a limitar drásticamente los viajes de Comaneci al exterior.

Nadia dejó todo esto atrás la noche del 27 de noviembre de 1989, cuando, junto a un grupo de compatriotas rumanos y guiada por un pastor con amplio conocimiento de la zona, se unió a miles de otros desesperados en busca de la libertad, y escapó clandestinamente a través de la frontera hacia Hungría.

Pocos podrían imaginar lo que padecía aquella jovencita de 14 años, que fascinó al mundo con su magia en la gimnasia y que demostró que la valentía, más allá del deporte, vale por una vida de libertad.

 

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