De solidaridad y controversia: ¿quiénes han sido asilados políticos en México?

México ha sido el bote salvavidas de personajes históricos que llegaron a este país bajo asilo político; aquí repasaremos a los más polémicos y destacables.
enero 4, 2020

El 13 de noviembre de 2019 diversos medios de comunicación informaron que el expresidente boliviano, Evo Morales, llegaba a suelo mexicano y por lo tanto su vida estaba fuera de peligro.

El canciller Marcelo Ebrard explicó que para hacer posible la cuasi misión de rescate se enfrentaron a obstáculos que por poco impidieron el éxito en el viaje. Aunque diversas figuras de importancia internacional felicitaron al gobierno de México por sus acciones, ello no evitó que la presencia de Morales en nuestro país generara polémica entre los mexicanos. Algunos lo llamaron “hermano” y otros temieron que el país, con este acto, diera los primeros pasos hacia el epicentro del ‘nuevo comunismo’ (si es que esto de alguna forma fuese posible).

Más tarde, entre las muestras de apoyo y solidaridad a lo largo del continente, el expresidente uruguayo, José Mújica, voló hasta nuestra ciudad para reunirse con el boliviano e invitarnos, junto a los compatriotas de Evo, a convivir en tolerancia, respeto y paz, pues, después de todo, que el exmandatario fuera un asilado político en este país volvía a mostrar la unión entre las naciones latinoamericanas. 

Evo Morales en la Sala Ollin Yoliztli para el conversatorio con alumnos de distintas universidades. (Foto: Rogelio Morales/Cuartoscuro.com)

A partir del instante en el que México volvió a abrazar a las columnas fragmentadas de diversas naciones, valió la pena revisar nuestra historia para recordar que en 2019 no fue la primera ocasión en que abrimos las puertas hacia exiliados o líderes políticos para brindarles un descanso ante la inminente vorágine que los hacía huir de sus países, sino que desde la década 1800 una serie de personajes importantes protagonizó heroicos episodios de solidaridad en nuestro territorio.

Retomando el aniversario de la llegada de León Trotsky a tierras mexicanas y el de su asesinato, enlistaremos los asilos políticos más polémicos y destacables que ha brindado México a quienes huyeron de una catastrófica vorágine en la que su integridad se vio en peligro, mientras repasaremos los términos básicos sobre este derecho humano a no ser extraditado de un país a otro.

Asilo político, el ‘lugar inviolable’

De acuerdo a la Ley sobre Refugiados, Protección Complementaria y Asilo Político, este se define como la “protección que el Estado Mexicano otorga a un extranjero perseguido por motivos o delitos de carácter político, o por aquellos delitos del fuero común que tengan conexión con motivos políticos y cuya vida, libertad o seguridad se encuentre en peligro”.

El asilo puede ser solicitado por vía diplomática o territorial a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) y como condición se pedirá al asilado comprobar la existencia de temores fundados en los que sea la actividad política el motivo por el cual se encuentren en peligro inminente su libertad, seguridad, integridad y vida. De la misma forma, quienes sean bienvenidos a este país no deberán participar en su política interior.

Escultura de José Martí con bandera cubana de fondo. (Imagen: Havanatimesenespanol.org)

Refugiados sin fronteras

En México, la condición de refugiado mediante el asilo político ha sido otorgada a personalidades como José Martí, Luis Buñuel, León Trotsky, Rigoberta Menchú, la familia de Salvador Allende, Manuel Zelaya y Mohamed Reza Pahlevi, entre otros.

Durante 1875, el hoy considerado héroe cubano y prolífico escritor, filósofo y periodista, José Martí, encontró en nuestro país asilo y refugio político luego de haber sido deportado por la corona española. Su crimen fue levantarse contra el colonialismo de la península y el imperio norteamericano, destacar el interés que este comenzaba a gestar en Latinoamérica y, en consecuencia, defender a su patria.

Esta serie de acciones lo llevaron a que, con 22 años de edad, enfrentara una dura persecución internacional que buscaba silenciar su voz y sus ideas. Al llegar a Veracruz, Martí continuó surcando la tierra con sus poemas y denuncias para convocar a una catarsis y resurgimiento del fervor nacional por Cuba y otras naciones, como tiempo antes lo había hecho desde La Patagonia hasta los Estados Unidos.

Con una prosa periodística que rebasó los propios límites del género, el poeta echó raíces y aquí encontró el amor, retomó su faceta literaria, se convirtió en ‘Orestes’ y maduró su perspectiva política. Se marchó en 1877 de regreso a La Habana tras permanecer dos años con nosotros y, siguiendo el fervor que lo hacía soñar con el campo de batalla, perdió la vida al ser asesinado por militares españoles en el mes de mayo, muriendo seguramente de cara al Sol.

“Si yo no fuera cubano, quisiera ser mexicano y siéndolo, le ofrendaría lo mejor de mi vida”, escribió en una carta a Manuel Mercado.

Leon Trotsky en 1937 en el jardín de su casa en Coyoacán. (AP Photo)

En medio de un mundo bélico y en ebullición, donde se gestaban revoluciones, cambios y enfrentamientos constantes, un espíritu revolucionario volcado en uno de los hombres más importantes para la historia de Rusia necesitaba huir otra vez de este territorio para mantener su vida a salvo.

Lev Davídovich Bronstein, mejor conocido como León Trotsky, arribó el 9 de enero de 1937 a Tampico. Fue un viaje que inició en Noruega, abordo del petrolero “Ruth”, un barco que sirvió como buque de esperanza para cientos de personas que comulgaban con las ideas del ucraniano y veían en la dictadura estalinista un terror encarnado en una persecución insólita y terrible que encarriló el destino de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a su ocaso.

Junto a su esposa y compañera, Natalia Sedova, León llegó a tierras mexicanas después de que Octavio Fernández, gestor ante el presidente del ucraniano, y Diego Rivera, reconocido artista plástico con tendencias socialistas, abogaran por su derecho a la libertad, protección política y defensa de derechos civiles ante el general Francisco J. Múgica, quien guiaría a los otros dos al enviar la solicitud formal a Lázaro Cárdenas para que tomara la última palabra.

En el gobierno mexicano, Cárdenas daba otro sentido a la gran guerra revolucionaria de 10 años que el país enfrentó, y por ello dio el visto bueno al alojamiento del fundador del Ejército Rojo.  De manera similar a como sucedió en 2018 con la llegada de Morales, cuando Trotsky llegó a nuestro país, el mundo entero puso sus ojos sobre México, pues muchas habían sido las naciones que negaron el cobijo a León por miedo a las represalias y conflictos con el Terror Rojo.

Desde México, el Partido Comunista veía cómo el camino hacia la utopía marxista se desviaba hacia el inicio de una barbarie totalitaria gobernada por el miedo y la inestabilidad de Stalin, mientras que Rusia observaba el júbilo que compartían los partidarios trotskistas por tener al intelectual en su territorio. Aquí, además de hacer eco los mensajes que Trotsky emitió sobre las denuncias al ser humano que un régimen corrompido y violento levantaba en lo que había sido el umbral de los sueños bolcheviques, tuvieron lugar sus juicios y contrajuicios políticos, lo que avivó la llama de la persecución que se encendía desde la URSS.

Por supuesto, esta nación no podía permitirse la más mínima ofensa de un ‘traidor’ ni permitir que esta quedara sin castigo, por lo que valiéndose de todos los medios, en 1940 Stalin pudo al fin terminar con el hombre que representó su peor pesadilla.

El asesinato de Trotsky, a manos del militante comunista Jaime Ramón Mercader del Río fue tan brutal como el de los hijos del pensador, quienes fueron perseguidos por el mismo régimen y perdieron la vida acribillados y envenenados respectivamente. Del legado del ucraniano sobrevivió un único nieto, pues la furia stalinista no permitió escapatoria a ninguno de sus enemigos. En México aún se levanta el Museo Casa León Trotsky en el sitio original que albergó a León en su memoria y a su inalcanzable lucha por la liberación del hombre. Esta sigue vigente 79 años después de su muerte y va echando raíces.

Mercader fue considerado un héroe de la Unión Soviética, mientras que Trotsky, durante muchos años, fue visto como un cobarde por no haber dado seguimiento a la monstruosa transformación de Stalin. Sin embargo, con el tiempo, la caída del dictador y los tenebrosos hilos que orquestaban el movimiento de su imperio se vinieron abajo, exponiendo la realidad de un movimiento gestado en la necesidad de alcanzar el poder absoluto y no la libertad de un pueblo con hambre y necesidad de cambio.

“¿Cuál es mi principal tarea ahora? Revelar la verdad. Para mostrar y demostrar que los verdaderos delincuentes se esconden bajo el manto de los acusadores. ¿Cuál será el siguiente paso en esta dirección? La creación de una comisión americana, una europea, y, posteriormente, una comisión internacional de investigación, integrada por personas que indiscutiblemente disfrutan de autoridad y la confianza del público”. Fragmento del discurso de Trotsky a su llegada a México.

Luis Buñuel

Pasaporte de Luis Buñuel exhibido en la ‘Casa Bunuel’. (AP Photo/Gabriela Sanchez)

De España, mientras la falange crecía en el mismo contexto de los violentos olajes que trajeron a León a México, el polémico y talentoso director de cine Luis Buñuel pudo escapar en el marco de la catastrófica Guerra Civil que aquejó a su patria a finales de los años treinta, no sin antes haber regresado a la península desde Francia en 1932.

Para aquel año, Buñuel se encontraba cara a cara con la censura del documental Las Hurdes, tierra sin pan (1932), un trabajo de su autoría que mostraba las regiones más pobres y marginadas del país, logrando exaltar la susceptibilidad del gobierno izquierdista liberal de la Segunda República.

A ​ estos hechos turbulentos siguió el estallido de la Guerra Civil, provocando que los cineastas comenzaran a filmar la revolución popular iniciada por los anarquistas en Cataluña y Aragón, sin embargo, esta rebeldía solo ocasionó que las grandes producciones cinematográficas fueran suspendidas por órdenes de la República y ante este caótico panorama, Buñuel decidió volver a París.

Rumbo a territorio francés fue convencido por Álvarez de Vayo -entonces ministro de Asuntos Exteriores- para trabajar coordinando y supervisando la propaganda cinematográfica que la nación exponía en el extranjero. Sin más remedio que aceptar, Buñuel partió a Estados Unidos, pero una vez allí encontró que en la unión americana estaba prohibida toda la producción que retomara lo sucedido en España.

Perseguido y decepcionado, el cineasta se quedó sin trabajo ni dinero, por lo que tuvo que buscar alguna forma de sobrevivir. Entre aquellos andares llegó a sus manos la oportunidad de dirigir una adaptación cinematográfica de un compatriota en México: La casa de Bernarda de Alba.

Sin más esperanza que el azar, Buñuel accedió a viajar a nuestro país donde filmaría más de 15 películas y se convertiría en un doble exiliado al tener prohibido el regreso a España, hasta 1970, y ser persona non grata en Estados Unidos.

“Me sentía tan poco atraído por la América Latina que siempre decía a mis amigos: ‘Si desaparezco, buscadme en cualquier parte, menos allí (…) Sin embargo, vivo en México desde hace 36 años. Me he hecho mexicano y pienso vivir siempre aquí”. Escribió en su autobiografía, Mi último suspiro.

La familia de Salvador Allende

Hortensia Bussi y Salvador Allende en 1970. (AP)

Después de que el 11 de septiembre de 1973, Chile sufriera un golpe de Estado que diera paso a la terrible dictadura pinochetista, el presidente Salvador Allende murió a manos de la incertidumbre. A 47 años de la tragedia se desconoce si el político se suicidó o fue una de las primeras víctimas del odio y sed de poder que cubrió a uno de los países más grandes del Cono Sur por casi 20 años.

En consecuencia, no solo La Moneda estalló en pedazos, sino también un régimen político y social se quebró para siempre, dejando en medio del pánico, el miedo y la barbarie a centenares de personas saliendo de Chile para preservar la vida.

Entre estas se encontró Hortensia Bussi, cónyuge del presidente, profesora y activista chilena, y sus hijas, quienes encontraron en México un lugar donde refugiarse. Debido a que el entonces gobierno de Augusto Pinochet consideraba a Bussi ‘un peligro para la seguridad del Estado’, Doña Tencha tuvo que dejar su patria con Isabel y Carmen, ambas hijas del presidente.

Este, de acuerdo a testimonios de la menor de las hermanas, “dijo que no iba a dimitir y que había rechazado las ofertas de abandonar Chile. Pidió, en cambio, que sus asesores dejaran el Palacio, ya que no estaban entrenados para usar armas y porque el mundo debía conocer lo que pasaba”.

Isabel, luego de saber la angustiosa noticia sobre la muerte de su padre, estableció contacto con Gonzalo Martínez Corbalá, entonces embajador de México en Chile, quien consiguió que la familia de Allende saliera de aquel país herido y fragmentado.

“Por mi parte, me comuniqué con el entonces embajador de México en Chile… llegó en un auto diplomático mexicano grande y negro, que no se usaban mucho, y me recuerdo que nos detuvieron a lo menos unas 8 veces en controles militares, pero Gonzalo Martínez –que era además un hombre muy elegante y buenmozo- bajaba el vidrio y con una voz muy segura decía “soy el embajador de México y estoy autorizado a circular” y les pasaba el papel por la nariz, que a nadie se le ocurrió leer, por suerte, porque solo autorizaba a llevarme a mí y a mis dos hijos”…

…”En la Embajada de México hubo momentos en que llegaron a haber más de 800 asilados. El más gracioso era el cineasta Álvaro Covacevich, que imitaba la voz del Embajador, llamaba y hacia pedidos a su nombre, y esa era la parte lúdica, dentro de tanta tragedia”.

El exilio para Hortensia terminó en 1989, año en que regresó a su país para participar en el plebiscito contra la dictadura gracias a los movimientos de Isabel. En una entrevista realizada por El País en 1988 declaró:

“Salí de Chile una noche trágica del 15 de septiembre hace 15 años, después de haberlo perdido todo: casa, compañero y una patria. Volveré otra vez en septiembre, cuando es primavera en mi país. Espero que no sea, como dice Benedetti, una primavera con una esquina rota”.

Isabel, por su parte, continuó caminando por el sendero que había recorrido su padre y, después de aterrizar en tierras mexicanas, trabajó denunciando la falta a los derechos humanos que el régimen militar pinochetista generaba a diestra y siniestra sobre la población chilena. Inició carrera como socióloga  y política, lo que con el tiempo la llevó a ser Senadora de la República chilena.

El sha de Irán

El Sha de Persia y su esposa Farah Diba. En aquellos tiempos, el pueblo del Shah atravesaba una profunda crisis económica y social. (Central Press/Getty Images)

Para 1979, seis años después de que la familia de Salvador Allende llegara al país, Mohamad Reza Pahlavi, mejor conocido como el sha de Irán, aterrizaba en México tras haber sido asilado en Marruecos, Bahamas y Ecuador. Su huida comenzó en enero, luego de que su pueblo cansado de los excesos, abusos y represiones militares orquestadas por ‘La luz de los Arios’ levantara la voz e hiciera eco en cada rincón de Persia.

Los brutales asesinatos, grandes fiestas, extravagantes bodas, cínicas declaraciones y lujosas coronaciones habían sido el cúmulo de acciones que se aglomeraban bajo la sombra de Mohamad, quien a lo largo de su vida salió y regresó varias veces de su país por motivos políticos. Pese a estar acostumbrado a este tipo de actividades, una revolución islámica lo derrocaría en 1979, año en que el Sha cumpliría su 26º  ascenso al poder.

El lugar del sha fue ocupado por el ayatolá Ruholá Jomeini, quien declaró la República Islámica luego de la derrota del mandatario. Este salió junto a la emperatriz Farah del aeropuerto de Mehrabad por segunda ocasión con el aviso oficial de que tomaría unas largas vacaciones.

Rigoberta Menchú

Rigoberta Menchú durante la marcha de silencio en memoria de Bishop Juan Gerardi, activista de los derechos humanos asesinado en 1998. (AP Photo/Scott Sady)

Rigoberta Menchú llegó a México en 1981 tras el asesinato de su familia en Guatemala, lugar donde nació y del que tuvo que huir cuando apenas tenía 20 años de edad. Como mujer indígena y feminista, Rigoberta causó controversia en aquellos años por levantar la voz ante las injusticias y violencia a las que ella, junto a su pueblo, era sometida, lo que le valió el desprestigio de algunos periodistas y medios de comunicación internacionales que la acusaron de mentirosa y calumniadora.

La eterna lucha entre el campesinado, la población indígena y los gobernantes rodearon su vida desde que era muy joven, por lo que mientras ella estudiaba en un colegio católico, sus padres se involucraron en las revueltas populares que surgían una tras otra en clamor de la tierra y la dignidad. En estas hicieron eco la muerte y enfermedad de sus amigos y hermanos, quienes como ella trabajaron en fincas de café en condiciones tan insalubres que difícilmente podían considerarse humanas.

El descontento, así como los abusos del Ejército de Guatemala provocaron una guerra civil que marcó el tiempo en que Rigoberta nació. Con el paso de los años, los enfrentamientos se tornaron más y más violentos, acumulando episodios de duros encuentros entre todos los bandos hasta que los miembros del Comité de Unidad Campesina -entre los que formaban filas los familiares de Rigoberta- fueron perseguidos, torturados y asesinados sin piedad alguna.

Mientras sus hermanos buscaron pertenecer a las guerrillas para protestar contra la dictadura guatemalteca de Fernando Romeo Lucas-García, Rigoberta buscó la forma de llevar una lucha pacífica en pro de los indígenas, personificando con su propia experiencia el dolor que corría en las venas de Guatemala ante las violentas represiones.

En nuestro país pudo seguir trabajando en causas a favor de los derechos de los pueblos originarios y también publicó su autobiografía, en la que narró la brutalidad de las fuerzas armadas de Guatemala; país al que regresaría en 1988, cuatro años antes de ser elegida como la mujer ganadora del Nobel de la Paz de 1992.

Manuel Zelaya

Manuel Zelaya, en La Paz, Honduras. (AP Photo/Esteban Felix)

Otro asilado político proveniente de Latinoamérica fue Manuel Zelaya. Su llegada tuvo lugar en el marco del gobierno de Felipe Calderón, el entonces presidente que envió un avión a Tegucigalpa para recoger al mandatario que había sido derrocado. Su salida estuvo llena de problemas, por ejemplo, la premura del gobierno nacional al enviar el rescate antes de que la partida fuera autorizada.

El avión tuvo que desviarse de El Salvador entre lo que Zelaya y Roberto Micheletti se hundían en una profunda discusión en la que el primero se negaba a aceptar los cambios políticos que no lo favorecían: la pérdida del poder ante un nuevo gobierno.

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“Yo puedo estar aquí diez años (refugiado en la embajada brasileña), aquí tengo mi guitarra”, dijo Zelaya después de que la oferta mexicana fuera rechazada. La renuncia que Manuel debía cumplir lo colocaba en una situación complicada porque implicaba la renuncia a los años de trabajo por un gobierno “mejor”. Para él, la autoridad se la había otorgado el pueblo hondureño y a este no podía darle la espalda como si terminara una relación por factores externos. Sin embargo y cumpliendo con los pronósticos, la salida terminó por gestarse a petición del expresidente.

Era la víspera de 2009 cuando finalmente el ex jefe de estado aterrizó en nuestro suelo con los honores propios de un mandatario. Honduras quedaba a la lejanía con los ánimos turbios y un golpe de estado en el que la destitución fue compleja y ordenada por la Suprema Corte de Justicia bajo la acusación de traición a la patria. Para Calderón, estas acciones constituyeron “una práctica que es rechazada de manera categórica por todos los pueblos de América Latina que comparten principios y valores democráticos”.

Desde la explanada Francisco I. Madero en el ahora recinto cultural Los Pinos, Zelaya escuchó con claridad el himno hondureño junto con el mexicano. Era el 4 de agosto y las tensiones políticas podían percibirse porque el camino que seguiría a la expulsión del expresidente sería aún más complicado que la salida. En la ruta trazada no se veía el retorno a Sudamérica.

México, en aquel entonces, también miraba hacia su interior por las orquestas políticas que se gestaban entre sus calles y avenidas. Conflictos internos crecían entre las paredes de sus edificios y el futuro de la nación caminaba hacia el último tercio del calderonismo tras el que se pintarían diferentes colores en nuestro país.