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México: los refugiados españoles de 1939 y los centroamericanos de 2019

Al final de la llamada Guerra Civil, miles de españoles salieron de su país huyendo de los resabios de la guerra y de las represalias por pertenecer al bando perdedor republicano. Algunos de ellos llegaron a México, y esa historia es motivo de orgullo, gratitud y ejemplo de moral diplomática. 80 años después, nos encontramos como puente involuntario entre el sur y el norte. Centroamérica vive una crisis de violencia sumamente aguda, pero a ellos no los recibimos como refugiados, sino como “problema migrante”. ¿A qué se debe tal distinción?

En 1936 España se encontraba en una coyuntura polarizada. Por un lado, contaban con una generación intensamente educada y profesional que pugnaba por cambios políticos; por el otro, había un grupo importante de trabajadores y campesinos frustrados por las condiciones en las que vivían. Frente a ellos, se levantaba una hondonada de conservadores que incluían católicos radicales, monarquistas y tradicionalistas de diverso cuño.

Registro de Inmigrantes Españoles en México. Copia Digital
Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

La guerra que se libró entre el 36 y el 39 fue, de alguna manera, una escenario de antesala para la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). El bando fascista conservador estuvo apoyado por las fuerzas militares alemanas e italianas, que probaron ahí tácticas de bombardeo aéreo y asalto con tanques de guerra. Mientras que el bando republicano se encontró aislado por la “neutralidad” de Francia e Inglaterra, que para esas alturas intentaban mantener un precario equilibrio y prevenir la guerra que de todas maneras llegó. Esto provocó que el bando republicano se viera profundamente aislado después de la guerra, sin recursos, sin lugar a donde ir, e ignorado por una Europa totalmente enfocada en su propio conflicto.

Centroamérica, por su parte, cuenta con una historia sumamente violenta en la segunda mitad del siglo XX. La corrupción, la falta de institucionalización, la injusticia sistemática y la tremenda desigualdad llevaron a estos países a enfrentar diversos conflictos bélicos en las décadas de los setenta y los ochenta. El contexto de la Guerra Fría y la polarización global entre los bloques soviético y estadounidense potenciaron la violencia de esos conflictos.

Las intervenciones impidieron una verdadera institucionalización en la región, a la fecha, es sabido que ningún presidente de Honduras, Guatemala o El Salvador puede llamarse así si no es por la anuencia de Estados Unidos. Las pandillas son producto de esas intervenciones y de los problemas no atendidos que Centroamérica arrastra desde hace tantos años. Se trata de territorios devastados por la inestabilidad política y la violencia callejera.

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Una niña hondureña y su madre en la frontera entre Mexico y Estados Unidos. 25 de junio de 2018 (Photo by Spencer Platt/Getty Images)

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En ambos contextos, los procesos globales de antagonismo marcaron los conflictos internos y el arrastre de crisis políticas, económicas y humanitarias en muchos sentidos. Ambas regiones se convirtieron en expulsoras como resultado; México, sin embargo, las ha tratado de manera muy distinta. Las razones tienen que ver con ubicación geopolítica y con el perfil de los refugiados en ambos casos.

Más de 450 mil españoles tuvieron que salir de su país huyendo de la guerra o de las represalias que seguirían. México fue el país americano que más de ellos recibió, pero sólo fueron entre 20 y 24 mil. La mayoría llegó a Francia o a Argelia, donde vivieron en campos de refugiados en condiciones infrahumanas. Algunos de ellos regresaron a enfrentar lo que ocurría en su país, y otros se volvieron fuerza de trabajo esclavizada por el gobierno francés colaboracionista de los nazis. Los peores destinos estuvieron reservados, como siempre, a los más pobres. Quienes tenían influencias pudieron ser libres en Francia o moverse a otros países de América.

El gobierno mexicano, entonces encabezado por Lázaro Cárdenas, vio con simpatía a los refugiados y los invitó a venir a nuestro país. Ahora bien, pudieron haber tenido la intención de traerlos a todos, pero sus estrategias sólo sirvieron para que llegaran alrededor de 5 mil profesionistas especializados y una buena cantidad de trabajadores capacitados para la industria o el comercio. Es decir, los más pobres y menos capacitados no llegaron.

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Caravana Migrante intentando ingresar a México. 19 de octubre de 2018 (Photo by John Moore/Getty Images)

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Recordemos que en ese momento el viaje trasatlántico era muy caro y difícil. El gobierno lo logró en alianza con lo que quedaba de la República Española y sus arcas. En parte, solo vinieron 20 mil por las condiciones políticas en Francia y por las condiciones materiales del viaje. Y en efecto, los intelectuales españoles marcaron positivamente la educación, las ciencias y las humanidades en México durante el siglo XX. Gran parte de la generación brillante de los años veinte y treinta se asentó y floreció aquí.

El mito del “mejoramiento de la raza” estaba tan presente en Alemania como en México en aquellos años. Durante el siglo XIX se hicieron diversos intentos por promover que los europeos vinieran a colonizar el continente, porque se creía que los indígenas que conformaban la mayoría de la población, eran menos capaces o más flojos. La decisión de Cárdenas, independientemente de que fue muy humana y dignificante para los refugiados, tuvo ese cariz racista y de interés.

Los refugiados centroamericanos, en cambio, son producto de un conflicto regional y foco de políticas racistas implementadas en Estados Unidos desde los 90. Mientras el conflicto que trajo a los españoles era muy lejano, el que trae a los migrantes del sur es endémico de la región. México mismo ha sufrido las políticas intervencionistas y de expulsión migrante del vecino del norte, que en los 90 mandó a los pandilleros deportados a Honduras, El Salvador y Guatemala; a pesar de que se habían constituido como pandillas en Los Angeles y de que muchos de ellos no conocían a nadie en sus destino o ni siquiera hablaban español.

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CIUDAD HIDALGO, MEXICO – 21 de octubre de 2018. Una caravana migrante intenta llegar a Estados Unidos (Photo by John Moore/Getty Images)

La crisis de refugiados españoles sobrevino en una situación medianamente positiva para México, que gozaba de los primeros años de estabilidad después de la Revolución y que, si bien no era un país rico, se encontraba en franca recuperación. En cambio, ahora enfrentamos un crisis propia de violencia, desplazamiento interno y expulsión migrante hacia el norte derivada de una desigualdad sin precedentes, corrupción política y violencia generalizada.

A diferencia de los españoles que llegaron después de 1939, los centroamericanos expulsados de sus países no cuentan con capacitaciones especializadas para impulsar la economía. Además, en 1939, México apenas consolidaba sus centros universitarios, mientras que en 2019 contamos con la generación más educada de nuestra historia, que sufre de desempleo o precarización laboral.

Así pues, podemos decir que hay racismo, pero también interés económico en las diversas formas de tratar a los refugiados. Además que no es lo mismo atender un conflicto lejano, que otro que nos involucra directamente.

La imagen destacada es de Marrovi https://commons.wikimedia.org/wiki/User:Marrovi

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