Lisztomanía: Franz Liszt, el primer ídolo musical

Hay que dividir el mundo de la música conocida como clásica en antes y después de Franz Liszt debido a la Lisztomanía
octubre 22, 2020

Cuando pensamos en ídolos musicales, en rockstars, se nos vienen a la mente Los Beatles, Elvis Prestley, BTS, Big Bang, Madonna, Queen y muchos otros artistas que han causado que cientos de miles de fans casi pierdan la razón por tratar de estar un poco más cerca de ellos.

Sin embargo, antes que todos ellos hubo un virtuoso del piano. Un húngaro, que en el siglo XIX cambió para siempre la manera de interpretar la música, fue el primer rockstar de la historia. Un genio inigualable llamado Franz Liszt que provocó la Lisztomanía.

El ascenso de Liszt

El siglo XIX fue testigo del auge vertiginoso de los músicos famosos. Antes, los músicos dependían por completo de patrocinadores aristocráticos —los famosos mecenas— o eclesiásticos, y su producción estaba determinada por los deseos de estos individuos a veces despóticos y caprichosos.

Bach, por ejemplo, era un simple maestro de capilla, y Haydn no era mucho más que un sirviente de la corte. Incluso Mozart dependía de patrocinadores como el arzobispo de Salzburgo. A Beethoven quizás se le pueda atribuir el mérito de haber iniciado el culto al músico, pero no fue hasta que Nicolás Paganini apareció en la escena musical en las primeras décadas del siglo XIX que un artista alcanzó el estatus de celebridad.

Nicolás Paganini, violinista italiano, era conocido por su destacado talento. Aunque su apariencia y estilo generaba un dejo de miedo en los espectadores, ya que tenía fama de estar poseído por el diablo.

Sin embargo, su estilo de interpretación apasionante fue una influencia importante para Franz Liszt, quien asistió a uno de sus conciertos en 1832 y quedó impresionado impresionado para siempre con la manera en que usaba el violín para transmitir sentimientos que desnudaban su propia alma. Su teatralidad a la hora de interpretar, dejó una huella imborrable en el virtuoso húngaro.

Pero el meteórico ascenso de Franz —quién transcribió varias piezas del violinista italiano para piano— eclipsó la brillante estrella de Paganini. Como comentó un espectador en 1832 sobre Liszt, “cuando aparezca, ¡eclipsará a todos los demás como un sol!”

¿Qué hizo el húngaro para cautivar y enardecer al público?

Revolucionando el recital

Hay que dividir el mundo de la música conocida como clásica en antes y después de Franz Liszt, conocido por piezas como Sueño de Amor, en términos de interpretación.

Si bien ya había concertistas como Clara Schumann que tenían una buena fama por sus dotes interpretativas, antes de Liszt nadie pensaba que un pianista solista pudiera captar la atención de nadie y mucho menos cautivar al público. Pero Liszt apostó por la idea de que podía. Lo tomó como un reto. Y así, en 1839, partió de gira por toda Europa para demostrarlo. E hizo otra cosa: no usó partituras.

Antes de Liszt, se consideraba casi de mal gusto tocar de memoria. Chopin una vez reprendió a un estudiante, porque parecía casi arrogante, porque hacía creer que la pieza que estaba tocando había sido compuesta por el intérprete. Liszt vio que tocar el piano, especialmente durante toda una noche frente a una audiencia, era un evento teatral que no solo necesitaba que sucedieran cosas musicales, sino también cosas físicas en el escenario.

Entonces, lo que hizo el húngaro fue colocar deliberadamente el piano de perfil hacia la audiencia para que pudieran ver su rostro. Giraba la cabeza mientras jugaba, su largo cabello volaba, gotas de sudor se disparaban entre la multitud.

Además, fue el primer intérprete en salir de las alas de la sala de conciertos para sentarse al piano. Previamente, esto no ocurría así. Toda esta teatralidad, sumada a su virtuosismo, carisma y personalidad causaron que sus conciertos fueran todo un evento y dieron pie a lo que ahora conocemos como Lisztomanía.

Lisztomanía

Liszt hipnotizó al público, enviándolo a un frenesí de éxtasis hasta ahora desconocido cuando se sentaba en un piano a tocar.

Había desmayos, llanto, ataques de histeria. La audiencia peleaba por los pañuelos y guantes de terciopelo que él arrojó teatralmente al final de una actuación. Hicieron brazaletes con las cuerdas rotas de su piano y trataban de arrancarle mechones de su famoso cabello largo y su ropa cuando salía de la sala de conciertos.

Llegaron hasta a juntar los cigarros que tiraba para guardarlos en relicarios o guardar sus restos de té en botellas para perfume.

Su fama llegó a tal grado que no podía salir a las calles de la ciudad en donde daría un recital. Pero cuando identificaban su carruaje, la gente le quitaba los caballos para ser ellos los que lo arrastraran.

Era tan reconocido que en su pasaporte se leía: “Celebritate sua sat notus“, que en español  significaba “Su fama lo precede.”

Este fenómeno fue al que el poeta y crítico alemán Heinrich Heine llamó “Lisztomanía”.

La reseña de la temporada musical de 1844 de Heine, escrita en París el 25 de abril de 1844, es donde utiliza el término Lisztomania por primera vez:

“Cuando me enteré de los desmayos que estallaron en Alemania y especialmente en Berlín, cuando Liszt se presentó allí, me encogí de hombros con lástima y pensé: la tranquila Alemania sabatista no quiere perder la oportunidad de hacer el poco ejercicio necesario que se le permite. … En su caso, pensé yo, se trata del espectáculo por el espectáculo del espectáculo … Así expliqué esta Lisztomanía y la vi como un signo de las condiciones políticamente no libres que existen más allá del Rin. Sin embargo, estaba equivocado, después de todo, y no me di cuenta hasta la semana pasada, en el Teatro de la Ópera de Italia, donde Liszt dio su primer concierto … Esta no era realmente una audiencia berlinesa sentimentalista y sentimental y germánicamente ante la que Liszt había tocado, o mejor dicho, acompañado únicamente por su genio. Y, sin embargo, ¡cuán convulsivamente los afectó su mera apariencia! ¡Cuán estruendosos fueron los aplausos que sonaron en su encuentro! … ¡Qué aclamación! ¡Una verdadera locura, una inaudita en los anales del furor!”

A pesar de toda la adulación, de tener a la nobleza europea a sus pies y haberse convertido en amo de su propio destino —sin tener que depender de un patrocinador—, Liszt decidió retirarse como concertista en 1847, cuando apenas tenía 36 años. Esto solo aumentó su mito como leyenda del piano.

Más adelante en su vida, Liszt se interesó en la dirección y también redefinió ese papel. Comenzó a trabajar con músicos para ayudarlos a dar forma a los sonidos que buscaba y su influencia se percibe en la obra de músicos como Richard Wagner —su yerno—, Alexander Scriabin, Maurice Ravel, Bela Bartok, entre otros.

La Lisztomanía nos deja claro que el virtuoso húngaro no fue solo uno de los mejores pianistas que jamás haya existido. Pasó a la historia como un gran pionero. Sin Liszt, tal vez la música y los conciertos no serían lo mismo.

Por sobre todo, fue fue el primer ídolo musical y que, aunque en su tiempo no existiera el término, fue el primer rockstar de la historia.

Autor:
Alina Escobedo Historiadora de profesión. Nerd y friki por convicción. Caminante de rpgs, navegante de mundos fantásticos y mendiga de buen fútbol.