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Las mamás de las y los desaparecidos en México

Buscar a los hijos hasta el final: ¿hasta dónde llega el amor de una madre?

“Discúlpeme, Señor Presidente, pero no le doy la mano. Usted no es mi amigo. Yo no le puedo dar la bienvenida. Usted no es bienvenido. Nadie lo es.”

Esas palabras le dijo la señora Luz María Dávila García al entonces presidente Felipe Calderón Hinojosa en una visita oficial a Ciudad Juárez. Con una voz temblorosa y gestos firmes, la mujer le reclamó al funcionario su incapacidad para responder ante la crisis humanitaria y le exigió justicia para sus hijos asesinados. En un acto que haría historia, la madre de los muertos le pidió a Calderón que se retractara de haberles llamado “pandilleros” a sus muchachos. Los hijos de Luz María se llamaban Marcos y José Luis Piña Dávila, tenían 19 y 17 años de edad.

La masacre donde los asesinaron ocurrió unos días atrás, el 31 de enero de 2010, en Villas de Salvárcar, Ciudad Juárez, Chihuahua. En total, durante el ataque murieron 15 personas menores de edad y 12 resultaron muy heridas. Un grupo de 20 sicarios irrumpió en la fiesta de cumpleaños que festejaban ese día. El presidente declaró que posiblemente se había tratado de un enfrentamiento entre pandilleros.

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Estudiantes desaparecidos en Tonalá, Jalisco. (EFE, archivo)

Estudiantes desaparecidos en Tonalá, Jalisco. (EFE, archivo)

Para llegar a pararse frente al estrado, Luz María tuvo que burlar la seguridad del presidente Calderón y enfrentarse a una audiencia poco receptiva a su dolor y a su rabia. El video que registró los hechos habla de un tipo de violencia indirecta que es brutal y atañe a las mujeres: la ejecución o la desaparición forzada de sus hijos no anula la maternidad, la vuelve una práctica de resistencia que se activa en condiciones de crisis humanitarias, como la de los miles de desaparecidos en México.

México: el país de las madres que lloran

En la cultura popular de México, hay una leyenda famosa que habla de una mujer que pena por espacios públicos clamando por sus hijos. Con distintas variantes, este relato fue documentado por los primeros cronistas del Nuevo Mundo como parte de los presagios que antecedieron la invasión de los extranjeros al continente. Fray Diego de Durán la resume en boca de Moctezuma II y fray Bernardino de Sahagún la refiere en sus informantes nativos:

…muchas veces se oía: una mujer lloraba; iba gritando por la noche; andaba dando grandes gritos:

–¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos!

Y a veces decía:

–Hijitos míos ¿a dónde os llevaré?

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Códice azteca muestra a madre enseñando a hacer tortillas a hija en el México antiguo (Wikimedia Commons).

Códice azteca muestra a madre enseñando a hacer tortillas a hija México antiguo (Wikimedia Commons).

De entre las historias que se contaban como señales del arribo de gente extraña a esta tierra, la que perduró con mayor fortuna fue la de la mujer que lloraba por sus hijos. Durante la Colonia, a esa mujer que gritaba sus penas se le llamó “La Llorona”:

 Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer en llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de “La Llorona”.

Más allá de la veracidad de la leyenda, lo relevante para el caso es que en el imaginario mexicano siempre ha estado vigente la figura de la madre que llora por sus hijos y, al nombrarlos, conmueve a la comunidad que la escucha. Esto dice algo sobre la violencia que padecen las mujeres que son madres cuando se lastima de cualquier forma a su progenie.

Familiares de desaparecidos de Ayotzinapa protestan en la Ciudad de México. (AP Photo/Rebecca Blackwell)

La Llorona siempre vaga sola y de noche, pero no por ello su voz es silenciada. Todas las personas que la escuchan por su camino reaccionan a su dolor, ya sea con miedo o con empatía. La primera es la respuesta más común y no es de sorprender: nada más aterrador que una persona furiosa y herida. Aún más: se trata de una mujer que se atreve a nombrar su dolor en un lamento público. El miedo profundo no lo causa la capacidad de la Llorona para hacer daño, sino su voluntad de pedir cuentas. La segunda respuesta, menos frecuente pero no menos importante, habla de un pueblo capaz de reaccionar ante dolor de una madre.

Una mujer busca fosas clandestinas. Junto con otros familiares de los desaparecidos y miembros de organizaciones, se hicieron recorridos para encontrar los restos de los 43 normalistas.
Una mujer busca fosas clandestinas. Junto con otros familiares de los desaparecidos y miembros de organizaciones (AP Photo/Christian Palma)

Una mujer busca fosas clandestinas. Junto con otros familiares de los desaparecidos y miembros de organizaciones, se hicieron recorridos para encontrar los restos de los 43 normalistas. (AP Photo/Christian Palma)

La lucha pionera de las madres de desaparecidos

Rosario Ibarra de Piedra (Saltillo, 1927) perdió a su hijo Jesús en 1974 cuando la policía lo detuvo de forma arbitraria por su supuesta afiliación a la Liga Comunista 23 de Septiembre. Desde hace 44 años, Rosario no ha parado de buscarlo y de exigirles su paradero a las autoridades. Tres años después de la desaparición de su hijo, fundó el Comité ¡Eureka! para demandar la aparición con vida de los desaparecidos y para defender a los presos, perseguidos y exiliados políticos de México. Con los años, Rosario aprendió sobre lo que le hicieron y ahora puede nombrarlo de forma clara:

Si no aparece la persona desaparecida, el delito continúa, es decir, que la desaparición de mi hijo Jesús aunque se haya cometido hace tantos años es como si se estuviera cometiendo en este momento y los responsables pueden ser juzgados en cualquier época, porque es un crimen contra la humanidad.

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Familiares de desaparecidos durante la “Guerra Sucia” en Mexico. 4 de Abril 4 del 2006. La protesta es en contra de la decisión del Gobierno en turno de cerrar la oficina especializada en investigar los crímenes del pasado. (AP Photo/Eduardo Verdugo)

Familiares de desaparecidos durante la "Guerra Sucia" en Mexico. 4 de Abril 4 del 2006. La protesta es en contra de la decisión del Gobierno en turno de cerrar la oficina especializada en investigar los crímenes del pasado. (AP Photo/Eduardo Verdugo)

En el momento de la fundación del Comité, el número de desaparecidos de la Guerra Sucia (1968–1980) era de 600. Después de la Guerra contra el Narcotráfico iniciada en 2006 por Felipe Calderón, el numero actual es de 34 mil 656, según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED). Sin embargo, en esa cifra no están incluidos “casos federales anteriores a 2014 y los casos clasificados como delitos de otro tipo, como secuestros o tráfico de personas”, según Amnistía Internacional.

La lucha pionera de Rosario Ibarra y de otras madres de los desaparecidos de la Guerra Sucia está documentada en el Museo de la Memoria Indómita, que abrió sus puertas en 2012. Ese lugar, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México, brinda espacio y orientación histórica a todo aquel que se interese en el tema de la desaparición forzada y de la resistencia familiar frente al crimen de Estado.

Este es un reportaje de las Rastreadores, el grupo de mujeres que busca a sus desaparecidos: 

Una legión de Lloronas en pie de lucha

Actualmente, existen diversas organizaciones de familiares de desaparecidos y brigadas de búsqueda que rastrean posibles hallazgos en fosas clandestinas a lo largo del país. Por ejemplo, la Red de Madres está formada por familias que han perdido a un ser querido debido a una desaparición forzada y se dedican a brindar acompañamiento a las víctimas, “difundir sus casos y denunciar la falta de compromiso de las autoridades a través de los medios de comunicación”.

A partir del 2014, la figura pública de las madres buscadoras renovó fuerzas tras la desaparición de unos estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa. El pasado 4 de febrero falleció doña Minerva Bello, madre de Everardo, uno de los 43 normalistas desaparecidos. Este 10 de mayo ella no marchará ni participará en los templetes dedicados a la exigencia de justicia para los desaparecidos, pero su fotografía acompañará a sus compañeras. Doña Minerva es otra mujer que se une a la legión de las Lloronas. Su cuerpo ya no está presente, pero el eco de su voz persiste, reclamando justicia.

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