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La historia del voto en México

Dicen que en México hemos votado desde antes de la llegada de los españoles, cuando los aztecas elegían la terna de los que podrían ser sus reyes.

Las elecciones modernas comenzaron en 1810 bajo la crisis institucional que provocó la ocupación bonapartista en España. El resultado se volvió trivial por el proceso independentista, pero marcó el inicio del voto en el México moderno. La gran conquista de la democracia en los siglos XIX y XX fue hacer del voto un derecho universal, secreto e igualitario. Es decir, cualquiera puede votar, sin importar raza, religión, género, orientación sexual, instrucción o nivel socioeconómico.

Este logro no se alcanzó de la noche a la mañana, todavía a mitad del siglo XX las mexicanas no podían votar. La razón que se aducía para ello es que se suponían “muy influenciables” y que acabarían votando por quien sus maridos o párrocos quisieran. Este argumento, en diferentes formas, frenó la posibilidad de que todos votaran por muchos años.

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Marcha de las mujeres por sus derechos laborales y sus cuerpos, en el comienzo del siglo XX Wikimedia Commons

Marcha de mujeres en pro de sus derechos laborales y sobre su cuerpo, a principios del siglo XX (Wikimedia Commons).

Durante todo el siglo XIX no se votaba por el presidente directamente, sino que uno elegía a un representante que a su vez elegía al presidente. La razón era que, una vez más, los mexicanos más pobres o menos educados podían malinfluenciar la elección porque no estaban “listos para ser ciudadanos”.

El hecho de que cualquier mexicano pueda votar, su voto sea secreto y tenga derecho a ejercerlo libremente es una conquista social que se plasmó en la ley, pero que casi nunca se ha respetado. En el XIX los caciques llevaban a sus trabajadores a votar en masa por quien ellos querían (esto no cambió tanto en el siglo XX mexicano).

Entre 1900 y 1930 se llevaron a cabo 10 elecciones presidenciales (cada 3 años en promedio) porque los candidatos o presidentes eran asesinados, o simplemente se derrocaba un régimen. La última de ellas sucedió en 1929, cuando José Vasconselos perdió por un enorme margen. El exrector de la Universidad Nacional llamó al proceso “el más grande fraude de la historia” y desde EEUU convocó a un levantamiento armado que rápidamente fue reprimido.

José Vasconcelos
José Vasconcelos

José Vasconcelos

En 1940, Manuel Ávila Camacho ganó entre balazos. En efecto, se ha documentado que se abrió fuego en contra de simpatizantes del opositor Almazán durante la jornada electoral. El resultado fue otro exilio, otro llamado a las armas, otra represión y el mantenimiento del partido oficial. Incluso han sucedido hechos que parecen inverosímiles, como en 1976. El único adversario del candidato del PRI era Valentín Campa, del Partido Comunista Mexicano, pero como no contaban con registro, sus votos se contaron como “nulos” o “no registrados”. Así que José López Portillo compitió contra sí mismo, y… ganó la presidencia.

¿Qué es una elección limpia?

Si consideramos el número de votos en las urnas, y el respeto a las boletas; entonces probablemente sí hayamos tenido elecciones limpias en México. Tal vez la de 1934, en la que ganó Cárdenas. Tal vez las que se sucedieron entre 1958 y 1970, con López Mateos, Díaz Ordaz y Echeverría. Claro que todas ellas se llevaron a cabo en medio del mayor clima de represión y persecución política de los últimos 100 años.

¿Basta con contar bien los votos?, ¿podemos decir que hemos tenido una “elección limpia” cuando la disidencia política es perseguida cotidianamente? Se necesitan más que unas buenas sumas para garantizar la democracia.

Es por eso que se creó el Instituto Federal Electoral (más tarde llamado Instituto Nacional Electoral), en 1990. La idea central de este Instituto era generar un proceso electoral en el que los ciudadanos puedan confiar. Sin embargo, construir confianza no ha sido nada fácil.

Hasta el día de hoy, el voto mexicano ha tenido una historia muy compleja. Ciertamente existen otras formas de democracia que no involucran votar, pero en el presente político que vivimos esta herramienta tiene el potencial de sacarnos a flote en el corto y mediano plazo; siempre y cuando podamos ejercerlo con verdadera libertad, todos en igualdad de condiciones y con la confianza de que nuestra voz será respetada.

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