J.R.R. Tolkien y el valor de los mundos imposibles

Vida y obra de J. R. R. Tolkien, autor de "El Señor de los Anillos".
enero 3, 2021

Imaginen por un segundo que no tienen idea de cómo se creó el mundo. Nadie les enseñó nada sobre dinosaurios sucumbiendo en el invierno glacial de asteroides en llamas; nadie les contó de una gran explosión cósmica; nadie les regaló teorías de evolución cuidadosamente tejidas en las escamas de alguna iguana marina; nadie les contó viejas leyendas de un dios que hizo la luz y otro que crucificó a su hijo.

Imaginen que no saben nada sobre el principio del mundo y que, entonces, pueden volver a crearlo.

Esta hermosa y terrible tierra que pisamos, estos tiempos de destrucción y distancia que vivimos, estos pavimentos, estos humos, estos árboles escasos: todo salió de algún lado. Pero el origen de este mundo no tiene que ser siempre el mismo. La nostalgia con la que imaginamos el pasado puede ser tejida por cualquier historia.

¿Cómo empezó el mundo? Con un estornudo, una canción, una explosión, un deseo de luz entre dos árboles, en el aleteo de una mariposa cósmica, con ese dios que tiró los dados… Todo es posible cuando todo es incierto.

(Wikimedia Commons)

Pensar el origen, la creación, cualquier fundamento que nos ha llevado, para bien o para mal, a encontrarnos, tú y yo, a través de estas frases, es algo profundamente poderoso. Al menos, eso creía John Ronald Reuel Tolkien; un escritor que se atrevió a soñar otro origen de nuestro mundo, una historia alternativa llena de nostalgia, de grandes hazañas épicas, de tragedias, criaturas y hermosos paisajes; un creador de leyendas que escogió una mitología propia para dar vida, bajo la fuerza mítica de los adjetivos, a un nuevo origen.

Tolkien es conocido en el mundo entero por crear The Lord of the Rings, una de las más importantes y populares sagas de fantasía jamás escritas. Esta franquicia se ha convertido en interminables horas de ambicioso cine, en prospectos de series de televisión y en un fenómeno literario pocas veces igualado. Pero, Tolkien fue mucho más que eso.

El valor del Legendarium de Tolkien (como a él le gustaba referirse a su más amplio cuerpo de trabajo mítico) excede por mucho la más conocida saga de El Señor de los Anillos y teje, en una complejísima red textual, un pensamiento geográfico, botánico, lingüístico, mágico y mitológico que no tiene paralelo en la historia de la literatura fantástica.

Nadie como Tolkien o después de Tolkien buscó crear un mundo tan complejo, tan profundo, tan lleno de sentidos. Y estas leyendas que nunca terminan tienen un valor indescriptible.

Busto de J.R.R. Tolkien (Wikimedia Commons)

Claro, pueden creer que exagero y puedo darles argumentos para que lo sigan creyendo.

Cuando estaba en secundaria, no salía a los recreos a correr, gritar, patear una pelota y hacer todo lo que la energía incierta de aperitivos azucarados exige a los adolescentes. No, en vez de eso, me gustaba encontrar un lugar tranquilo en un piso fresco y leer algo, por más breve que fuera, de El Señor de los Anillos. No sé cómo no me golpearon más mis compañeros: no hay piedad para los bichos raros que se escapan, cobardes desertores, de este mundo.

Leí más de dos veces la saga que empieza en The Hobbit y acaba en el El Retorno del Rey antes de interesarme en The Silmarillion y The Lost Tales; libros complementarios del Legendarium de Tolkien que se publicaron póstumamente gracias a su heredero literario, Christopher Tolkien.

Con todo esto, se imaginarán, no soy imparcial. Este escritor me cambió la vida para bien y para mal. Aprendí a escribir en el lenguaje de los elfos en algún punto de mi vida. Y no sé cómo no me pegaban más en la escuela.

(CC)

Ahora, volví a leer estos relatos míticos sobre la creación del mundo para compartir algo con ustedes. La experiencia fue sobrecogedora. Si Tolkien era para mí un escape, una fantasía deliciosa, un cúmulo de historias que no podía dejar porque cada día me intrigaban más, leerlo ahora, veinte años después, resultó en otra cosa.

Regresar a Tolkien tanto tiempo después me hizo entender algo que nunca había pensado: la importancia actual de lo que quiso lograr. Tolkien rompió moldes y fronteras para crear un mundo de fantasía, cierto. Pero también quería demostrar una idea: escapar hacia estos mundos es una rebeldía y una afirmación. Hay un poder en estas historias que importa, una revuelta contra la tiranía, una libertad única.

Las palabras unieron al universo, crearon nuevos reinos y nos tienen juntos, a ti y a mí, por un extraño lazo, en este lugar impreciso, en este momento adecuado. Aprovechemos, entonces, nuestra coincidencia para entender por qué siguen siendo tan importantes las lecciones de un escritor que cambió al mundo creando nuevos mundos.

Mapa ilustrado de la Tierra Media (CC)

Mitos, madera, pan y vino

En Wolvercote, Oxford, en el pequeño campo frío junto a la iglesia, reposa la lápida gris de J.R.R. Tolkien y su esposa Edith Mary Tolkien. Debajo de los nombres y esos números que cuentan atardeceres, se lee, respectivamente, Beren y Luthien.

La referencia aquí es a la trágica Balada de Leithian y el cuento romántico de un valiente guerrero humano y el amor prohibido que lo unió a una elfa inmortal. La historia de Beren Erchamion y Luthien Tinuviel toma mucho, por supuesto, del mito de Orfeo y Eurídice en la mitología griega. Como Orfeo, Luthien baja a los infiernos para poder volver a ver a su amante muerto. También, seduce al rey de los infiernos con su canto y el amor que teje en llanto es una parábola iluminadora sobre la vida breve de los hombres.

Este escrito, de igual manera, toma inspiración en el mito nórdico de Fenrir y el gran lobo de Midgard que le arranca la mano al dios Tyr. Como en Fenrir, el gran perro infernal Carcharoth le arranca la mano a Beren y, envenenado por la piedra preciosa que empuñaba -el preciado Silmaril-, se pierde en una furia destructiva indomable.

Tumba de J.R.R Tolkien en Oxford, Inglaterra (Wikimedia Commons)

Como todas las grandes historias míticas de Tolkien, la balada de Beren y Luthien tiene fuentes específicas en el folklore europeo. Tolkien, hay que recordar, más allá de ser un importante filólogo y lingüista especializado en lenguas germánicas y anglosajonas, era un apasionado lector de mitos y leyendas. De hecho, uno de los grandes dolores de su vida fue la pobreza de la mitología de su propio país.

El folklore inglés es considerablemente escaso comparado con las mitologías nórdicas, germánicas, centroeuropeas e incluso la mitología francesa. Piénselo ustedes mismos: fuera de Beowulf, ¿qué cuentos del folklore inglés recuerdan? ¿Los caballeros de la mesa redonda? Franceses. ¿Los trolls? De origen nórdico. ¿Los leprechauns? Del folklore medieval irlandés…

Las viejas leyendas inglesas se perdieron entre guerras y la temprana revolución industrial. Por eso, Tolkien sentía una profunda tristeza de habitar un país sin mitología. Gran parte del trabajo de su Legendarium fue, entonces, un intento por reconstruir ese legado perdido: Tolkien quería crear un trasfondo mítico inglés rico, interesante, atemporal y nuevo.

Ese trasfondo empezó siendo, pues, el de un compilador lleno de reverencia. En los libros de Tolkien se juntan, con una reelaboración erudita, los mitos griegos, nórdicos, célticos, las grandes sagas germánicas del Nibelungenlied y de la Völsunga islandesa.

Primer folio del manuscrito de Beowulf, Anónimo c. 975-1025 (Wikimedia Commons)

En esa fría lápida de un cementerio en Oxford, tras los nombres de Beren y Luthien, tras las sagas de Fenrir, Orfeo, Tyr y Eurídice, hay otra inspiración. Tolkien también basa sus mitos en la materia observable del mundo que habita. Beren y Luthien es una saga inspirada por el amor prohibido que tuvo por otra huérfana; una joven abandonada que, como él, no podía elegir deseos propios. Esta saga habla de sobreprotección, de amor correspondido y de sacrificio; pero, sobre todas las cosas, es una historia que, a partir del amor prohibido, le sirvió a Tolkien para soñar mientras silbaban las balas.

Con los pies enlodados en charcos de ratas muertas, rodeado de los incontables cadáveres de una generación acribillada, Tolkien escribía las primeras líneas de la Balada de Leithian para recordar a su esposa. Estaba en una trinchera, condenado a un destino fatal, en la Batalla de la Somme y la tuvo que dejar, semanas atrás, justo después de casarse.

Al partir a la Primera Guerra Mundial, Tolkien sintió un enorme peso: para poder regresar a casa con la mujer que, después de 8 años de impedimentos, se había finalmente casado, necesitaba sortear la suerte que un millón de jóvenes ingleses no superaron. Tenía que salir, una y otra vez, a las marismas putrefactas llenas de fantasmas y cadáveres del No Man’s Land y regresar a la trinchera; sobrevivir a la gangrena, a la fatiga, a las balas perdidas y las esquirlas sin rumbo; tenía que superar las órdenes de generales ciegos, la enfermedad y las bayonetas. Para volver a ver a su amor, tenía que ir al infierno y regresar. Y esa fue también, como se imaginaron, la suerte de Beren, el hombre que llegó a donde ningún hombre o elfo se habían aventurado para ganar la mano prohibida de Luthien.

Fotografía de J.R.R. Tolkien durante la Primera Guerra Mundial (Wikimedia Commons)

En el horror de las trincheras, Tolkien empezó a escribir la saga de The Silmarillion porque soñaba con lo que había dejado atrás. Soñaba con cuentos de hadas que explicaban, sin resoluciones fáciles, la crueldad del mundo. Soñaba con el amor prohibido de Edith. Soñaba con la hazaña imposible de regresar a casa. Soñaba pues, con un cuento fundamental y mítico proyectado en Beren y Luthien. A partir de ahí, entre balas y cadáveres, Tolkien creó un nuevo mundo e imaginó, de nuevo, el origen de todos los seres y de todas las cosas.

Por supuesto, Tolkien no escribió un solo Silmarillion. A lo largo de su vida, esta saga mítica fue mutando y creciendo. Era un escrito íntimo, algo que entrelazaba cuentos de hadas y leyendas del folklore olvidado, con las vivencias de su vida, con el amor y con la muerte. Como los paisajes, el vino, el queso y el pan, estos escritos iban cambiando con el tiempo.

Tolkien no tenía ninguna intención de publicar The Silmarillion. Eran ideas deshilvanadas que solamente se discutían, a la luz de la taberna, en los días grises de Oxford con C.S. Lewis (autor de las The Narnia Chronicles) y algunos otros supervivientes de la guerra.

Pero pronto, en el creador de mitos secretos despertó una vocación diferente.

Tolkien encontró, con sus hijos, la capacidad de crear vívidamente mundos nuevos; de habitar parajes imposibles y de darle vida a personajes inexistentes. Todo con una enorme sensación de realidad primaria e inmediata que empezó con cuentos de Navidad y un cartero sobornado.

Trinchera de la primera guerra mundial (Wikimedia Commons)

Los mundos que se entrelazan

En noviembre de 1920, el más joven de los hijos de Tolkien recibió una carta. Con una extraña caligrafía temblorosa y unos coloridos dibujos, la larga carta contaba las aventuras, en el Polo Norte, de Santa Claus, su ayuda élfica y un oso polar particularmente torpe que se metía siempre en problemas.

Todos los años, estas cartas siguieron llegando. Y todos los años, el histrionismo crecía: Santa Claus ahora dejaba huellas de nieve en el tapete, hacía extravagantes ruidos al entrar a la casa, mostraba rasgos sutiles. Las cartas, a su vez, eran cada vez más coloridas y empezaban a formar toda una serie de aventuras autorreferentes con las que los cuatro niños de Tolkien crecieron.

“Era extremadamente astuto en la manera en que le daba vida a un personaje creíble en Navidad. Sobornaba al cartero para que llevara las cartas con timbres del Polo Norte hasta la puerta de nuestra casa. En ese momento, estábamos profundamente convencidos de la realidad de todo lo que sucedía. Profundamente convencidos. Claro, nos interesaban más los regalos. Pero ya se sentía, después de un tiempo, que mi padre había creado un mundo nuevo, secundario, en el que nosotros, como niños, habitábamos. Eso era intensamente emocionante. Y atemorizante también. Porque, al escuchar los pies de Santa Claus arrastrándose de manera particular, en Navidad, dentro de la casa, sabíamos que algo muy extraño había entrado en nuestras vidas.” cuenta Christopher, el hijo menor de Tolkien, en una entrevista.

J.R.R. Tolkien (Wikimedia Commons)

Con las cartas a Santa Claus que Tolkien escribió durante más de veinte años, se abrió un nuevo camino. Aquí había otro impulso creativo: más allá del folklore y de la experiencia vital, nació la posibilidad de crear un mundo intensamente real. Tolkien vivió apasionado esta experiencia con sus hijos y, por eso, quiso continuarla con otro cuento; una historia que no estaba relacionada con una fecha festiva y que podía extenderse indefinidamente.

Este cuento empezó cuando Tolkien, aburrido por corregir exámenes académicos de árida filología, empezó a escribir, en un trozo de papel las siguientes palabras:

“En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.”

En ese momento, como él mismo admitió, Tolkien no tenía idea de qué era un hobbit. Nació una palabra y, a partir de la palabra, como chispa en un mundo oscuro, algo se iluminó y fluyó el relato. La novela infantil que, después, daría vida a El Señor de los Anillos y, eventualmente, al Legendarium de Tolkien, empezó como una nueva forma de compartir un mundo con sus hijos; un conjuro de adjetivos que, inesperadamente, creaba mundos habitables.

Así, Tolkien dio vida a lo que él llamaba “un mundo secundario”; un universo derivado de nuestro propio “mundo primario” con reglas propias, condiciones de posibilidad, magia, religión, lenguajes y paisajes. El mundo de The Hobbit le hizo probar una nueva posibilidad de escritura y, al descubrir que su libro era inmensamente popular, empezó a fraguarse un nuevo proyecto.

Poema de J.R.R. Tolkien tallado en una piedra (Wikimedia Commons)

Entre 1937 y 1949, en plena Segunda Guerra Mundial, Tolkien escribió la gran saga seminal de The Lord of the Rings. Con completa obsesión perfeccionista, no quiso publicarla hasta completarla. Y fue sumamente difícil acabar estos tres volúmenes. La mitología que se había gestado desde hace más de treinta años, en las trincheras purulentas de Francia, no dejaba de crecer y de entrometerse en este nuevo mundo. Y Tolkien empezó a tejer los primeros relatos míticos que soñó con las andanzas de Beren y Luthien, las lenguas que creaba como hobby y esta nueva, reluciente, saga épica.

The Lord of the Rings es tan importante y tuvo un éxito tan abrumador porque tiene la textura de un verdadero relato mítico. Un relato mítico que toma forma y contexto a través de la aventura filológica.

Desde 1910, Tolkien se volcaba en una extraña pasión que él llamaba glosopopeia, es decir, la creación de lenguas. Empezó creando una lengua para elfos imprecisos. Luego, quiso imaginar la lengua que hablaba Beowulf. Después, con el tiempo, fue refinando la idea de decenas de lenguas para poder inventar nombres de lugares, de plantas y de hojas, del pan, del queso y del vino. A partir de las palabras, nacían paisajes que luego eran habitados por personajes con nombres propios y profesiones. Estos personajes transformaban al mundo con sus actos, creaban, crecían y morían dejando un legado. Y este legado era una inmensa tela en la que se podía tejer un nuevo universo.

(CC)

Santa Claus vivió en la casa de Tolkien a través de la palabra; El Hobbit nació en un pedazo de papel por una palabra inventada al vuelo; y El Señor de los Anillos se desarrolló a través de lenguajes inventados, culturas propias de un universo que previamente no existía.

También, desde que fue concebido en las trincheras, El Silmarillion le dio una importancia única a los lenguajes inventados. Estos relatos recrean el tiempo mítico a través de la evolución de los lenguajes. El Silmarillion, primero fue pensado como una suerte de broma literaria. Tolkien escribía con un lenguaje voluntariamente arcaico, una mezcla de las lacónicas narraciones del antiguo testamento con los epítetos obsesivos de Homero en La Ilíada y La Odisea. Pero esos relatos todavía no tenían relación alguna con The Hobbit. Incluso después de publicar El Hobbit, Tolkien no pensaba que tuviera relación posible con El Silmarillion.

Años después, cuando quiso terminar estos relatos míticos para unificarlos con El Señor de los Anillos y El Hobbit, Tolkien decidió ampliarlos para mostrar la vejez de un mundo mediante el desarrollo real de sus lenguas, de sus paisajes y de sus técnicas. El Silmarillion es un esfuerzo por mostrar, sin que sea evidente, la evolución natural lingüística de decenas de lenguas inventadas en una rama común que desciende del alto élfico, el lenguaje que con más precisión desarrolló.

Tolkien quiso darle una profundidad real a la experiencia mítica. Por eso, todos los nombres de plantas, de lugares, de materias y de personajes vienen de algún lado y se relacionan con las transformaciones del mundo creado. Se dice que algunas tribus esquimales tienen decenas de nombres para describir el color blanco. Esas palabras forman un mundo, una experiencia, una vivencia cultural única. Por eso, cuando lees el nombre de Aragorn en El Señor de los Anillos, estás leyendo miles de años de evolución lingüística, experiencias, culturas que sólo viven en la fantasía. Las palabras en todos los escritos de Tolkien crean una vivencia real de un tiempo mítico que no existe.

Tolkien escribió así, como nadie lo había hecho antes, un mundo en el que se activa constantemente un pasado intenso. Como el Santa Claus para sus hijos, el Legendarium es, mucho más que un relato. Es una experiencia. La creación de Tolkien está viva, es un suceso real y palpable de imaginación, tiempo, experiencia y conocimiento. Una carta de amor a la infinita capacidad del hombre de creer.

El Anillo Único de El Señor de los Anillos (Wikimedia Commons)

Enseñanzas de un mundo imposible

Los mundos de Tolkien nunca deben ser despreciados como cuentos infantiles, como parte de una literatura menor, como algo que no merece una reflexión adulta. La complejísima construcción de esta realidad alterna cambió para siempre la forma en que hacemos mitos: no habría Star Wars sin Tolkien; mucho menos Game of Thrones.

La diferencia, sin embargo, con muchas obras posteriores, es que Tolkien buscó crear textos evangélicos, enormemente fecundos y abiertos a la interpretación, llenos de pequeñas conexiones y grandes fundamentos míticos.

Tolkien quería que sus mundos tuvieran textura, profundidad, una realidad que va, desde las palabras, hasta una experiencia mítica del tiempo. Por eso, muchos han leído, en estos textos, una intención religiosa. Por eso, también, otros han querido leer una representación fantástica de la Segunda Guerra Mundial, un panfleto anticomunista o un intento de revivir valores humanísticos después del holocausto.

J.R.R. Tolkien (Wikimedia Commons)

Por supuesto, Tolkien era un hombre de su tiempo, un hombre cristiano y marcado por experiencias de guerra y de muerte, de belleza y de vida, que están plasmadas en sus libros. Sin embargo, el Legendarium es algo mucho más complejo que una simple analogía de la experiencia vital del autor.

Para Tolkien, sobre todo, este largo camino de leyendas entretejidas significa la realización de un deseo filológico y mitológico: crear un cuento fantástico propio de Inglaterra y digno de su nombre. Más allá, es también un alegato en contra de la tiranía y la modernidad.

Tolkien, como Victor Hugo, utilizó sus creaciones para expresar una nostalgia por un mundo que él mismo no vivió.

Hubo un tiempo en el que el hombre utilizaba las manos para fabricar cosas en un acercamiento más amable, más inmediato, con la naturaleza. Para Tolkien, la revolución industrial y, sobre todo, la idea de la automatización era algo despreciable.

Cuando los críticos leen una representación de la Segunda Guerra Mundial o un panfleto anticomunista en El Señor de los Anillos es una equivocación básica, pero comprensible. Este es un libro que se opone fuertemente a la idea de coerción; tanto la coerción tiránica de un ser vivo hacia otro, como la coerción de la naturaleza frente a nuestros deseos. Y no hay nada más coercitivo que las máquinas.

(Wikimedia Commons)

Para Tolkien, las máquinas crearon una solución desastrosa. Deseamos un transporte veloz, comunicarnos a distancia, volar, comer manjares rápidos, respirar bajo el agua… Y nuestra solución frente a estos deseos ha sido imponer, a través de la máquina, una coerción tiránica hacia el mundo y los otros. Decía Tolkien;  “medios refinados para fines deteriorados”. Las máquinas, comprendidas en un sentido muy amplio, nos quitaron el tacto inmediato de las materias primas y nos hicieron someter la naturaleza -y someternos- a deseos incautos.

Un ejemplo perfecto del concepto de máquina para Tolkien es el Anillo de Sauron. El Anillo Único es un objeto mágico de coerción: su función fundamental es la de dominar e imponer. Es por eso, también, que es tan importante el personaje de Gandalf. Mithrandir (como lo llamaban los elfos) entendió que nunca podría usar el Anillo Único porque lo usaría para el bien; y no hay nada peor que la coerción en nombre del bien. La coerción alegre, emocionada, bondadosa del progreso técnico, es una coerción en nombre del bien. Una coerción que ha dañado profundamente al mundo.

Por supuesto, podemos decir que la nostalgia de Tolkien es una fantasía. El mundo es como es. Imaginarnos que volvemos a fabricar nuestro propio pan, nuestro vino y nuestro queso o que dejamos de usar máquinas y que volvemos a usar herramientas, es algo absolutamente fútil porque es irrealizable. Totalmente cierto. Pero, para Tolkien, el arte es un instrumento que sirve precisamente para eso: para hacernos vivir, a través de la fantasía, otro mundo posible.

La destrucción de Leviathan, Gustave Doré, 1865 (Wikimedia Commons)

Este mundo no es un mundo perfecto, ni debe serlo. Las lenguas y el tiempo que pasa a través de ellas construyen una mitología coherente, pero caótica e imprecisa. De igual manera, la narración de estas leyendas está llena de momentos hermosos y terribles. Este mundo secundario es creíble porque también es violento y aterrador. Por eso, el final feliz de El Señor de los Anillos tiene también uno de los episodios más tristes de la saga en el regreso de los hobbits a la Comarca devastada.

Para Tolkien, el arte y, en particular, la literatura fantástica tienen una función específica en la creación de mundos secundarios. Un contexto complejo, imperfecto, profundo, crea una comunión. Mientras la máquina quiere crear esclavos, la ficción busca compañeros. La fantasía es una forma vivencial, intensa, de compartir sin coerción, de departir sin obligación.

Y a eso hemos llegado.

En este tiempo en el que los políticos dejaron de creer en la razón y promueven rumores infundados, la fantasía es más necesaria que nunca. Una fantasía consecuente, intensamente vivencial y rica como la de Tolkien puede cambiar al mundo. O, al menos, pueden cambiar nuestro mundo y nuestra apreciación de esta realidad opresiva.

(Wikimedia Commons)

La fantasía crea una alternativa que, contrariamente a lo que muchos creen, es una afirmación de lo real. Importan los relatos fantásticos porque sabemos que no es posible convertir a un sapo en príncipe.

Tolkien decía que un mundo que deja de creer en los datos duros, en la razón y en la ciencia, es un mundo que, al perder la realidad, también pierde la fantasía. Ahí, toda imaginación se convierte en ilusión mórbida. Y por eso Tolkien importa tanto hoy en día. Porque vivimos en ese árido mundo que habla de datos alternativos y de noticias falsas; un mundo cada vez más irracional que olvidó la capacidad fantástica de crear otros mundos posibles.

Los libros de Tolkien representan el deseo de una experiencia intensa, colectiva, de lo real, en un mundo torcido por creencias individuales. Escapar en estas ficciones es un acto rebelde que afirma al mundo como es, que no trata de cambiarlo y que, al mismo tiempo, nos libra de sus ataduras.

El pensamiento de Tolkien es anarquista porque implica una búsqueda de libertad. A través de estos libros, una y otra vez, recordamos la importancia de evadir la coerción; de escaparnos a la imposición de otras formas de pensar y de otras voluntades; de luchar, finalmente, contra el control, contra la coerción, contra la tiranía. Y la rebeldía se expresa tanto en un acto de guerra, como una declaración de amor, o el momento único de sentarse a compartir una cerveza y fumar una pipa.

Ilustración de un dragón en un manuscrito del siglo XIII (Wikimedia Commons)

Los críticos entendieron mal el escapismo y lo vieron con desprecio. Tolkien decía que confundieron la fuga de una prisión, con la cobardía del desertor.

Es loable escapar de esta prisión, de estas ataduras, de este mundo. Esta realidad y sus realismos no son las únicas verdades posibles y no le debemos ninguna pleitesía a lo palpable.

Por todo eso, las tres primeras edades de Arda, la cambiante y compleja Tierra que alguna vez pudo ser la nuestra, son un ejemplo único de las posibilidades vivas de la fantasía y cómo puede hacernos valorar desde otro ángulo, valientes y libres, la opresión de lo real.

Yo, al menos, como un niño regordete que temía ser golpeado en un patio de secundaria, siempre voy a estar agradecido con el hombre que me regaló, como a sus propios hijos, una realidad intensa, terrorífica y hermosa para regresar, con otras armas, a enfrentar este horrible mundo.

Mujeres trabajando en una fábrica de bombas durante la Primera Guerra Mundial (Wikimedia Commons)

Ilustración principal: Pe Aguilar

Autor:
Nicolás Ruíz Escritor y editor en distintos medios electrónicos e impresos, entusiasta de la literatura, reseñista de cine en Código Espagueti, conductor y creador de contenidos digitales en Noticieros Televisa.