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“Inviértete”, un centro de educación alternativa en Oaxaca: el lugar que nadie anticipó

De Piccadilly Circus a Santa María del Tule

La primera vez que Martín me platicó sobre su proyecto fue hace cuatro años, en el quinto piso de una biblioteca. Se encontraba de visita en México pues en aquel entonces vivía en Londres, donde había estudiado la carrera de Economía y estaba por empezar la maestría. Martín es oaxaqueño y desde que lo conozco ha estado interesado en crear un impacto positivo en materia educativa. Particularmente, se ha enfocado en el estudio de los retornos educativos, el papel de los entornos como determinante del rendimiento académico y la sistematización del after-school. Está plenamente consciente de la enorme problemática educativa del país, especialmente compleja en Oaxaca. Su intención -me comentaba-, era desarrollar un modelo de centro en el cual se promuevan más horas de aprendizaje y se atiendan estudiantes para proveer complementos a su educación.

Me explicaba con soltura su convicción de que, a pesar de una cuantiosa inversión, tanto en términos absolutos como proporcional al gasto público, el sistema educativo mexicano había fracasado en dos sentidos: en primer lugar, no ha sido un medio para mitigar disparidades estructurales y en segundo, no ha logrado crear el capital humano necesario para una economía competitiva.

Martín afirmaba que una política educativa con la intención de utilizar la educación como medio para reducir la inequidad debería forzosamente abordar el problema de la desigualdad en los entornos. Sus argumentos no eran una simple corazonada, esbozaban rigor técnico: se cuenta con suficiente evidencia en la literatura académica que demuestra cómo los resultados del sistema educativo no son sólo producto de las escuelas, los maestros y el currículo, sino del entorno multidimensional en que estos conviven.

También sostenía que la calidad educativa no sólo depende del tiempo que el estudiante está en el aula y que, en un país con tanta desigualdad, seguir ignorando las diez horas que un joven está fuera del salón de clases es una oportunidad perdida. Entonces, si el tiempo que los estudiantes pasan fuera de la escuela se convierte en horas productivas para el aprendizaje se lograría reducir las disparidades en el desempeño académico causadas por la desigualdad en los entornos y el desarrollo de las habilidades necesarias para seguir estudiando e ingresar al mercado laboral moderno.

Pensé que una persona con su preparación podría quedarse en Inglaterra y conseguir un buen trabajo, o quizás regresar a la Ciudad de México para trabajar en consultoría, un Banco de Inversión o alguna dependencia federal. Yo qué sé, para muchos que comparten su perfil esa siempre ha sido la tirada, por eso cuando me dijo que en cuanto acabara la maestría su idea era regresar a Oaxaca a dar clases en bachilleratos públicos casi escupo el café.
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La intención detrás de una decisión tan radical escondía una nobleza admirable: quería conocer el sistema desde adentro. Vivir en carne propia el estado de la situación académica de los chicos en Oaxaca y, con base en lo aprendido, intentar mejorarla. Sus convicciones ideológicas no se reducían a una charla de café o a un post en Facebook: el compromiso era genuino y la decisión irrefutable. Así que lo hizo, terminó la maestría, regresó a Oaxaca y aplicó para una plaza de profesor en el Colegio de Bachilleres de Oaxaca. Cumplido el proceso, le asignaron un lugar como profesor interino en el turno vespertino en Santa María del Tule. Le tocó dar clases de matemáticas a chicos de primer semestre. La primera tarea que dejó fue leer La Rebelión en la Granja de Orwell.

“¿Y este loco qué trae?”, pensó más de uno.

¿Quiénes son esos niños leyendo a Platón en el quiosco?

Esa primera experiencia como profesor fue el punto de inflexión y la piedra inicial en la compleja estructura que hoy ha creado. La experiencia sirvió, entre muchas otras cosas, para reforzar sus convicciones sobre la necesidad de un cambio en la configuración tradicional de la escuela, pues si bien los modelos educativos han evolucionado, aún tienen una configuración parecida a la de una fábrica, en donde se busca que todos los estudiantes aprendan el mismo contenido, al mismo ritmo y de la misma forma.

Cuando Martín habla sobre la situación educativa, lo hace con la seguridad de quien tiene conocimiento de causa. Como profesor, lo primero que notó fue la enorme disparidad en niveles de matemáticas entre los alumnos. Algunos estudiantes lograban sobresalir, pero la mayoría simplemente aprobaba los cursos sin dominar conceptos. Eran cuarenta y cinco chicos por salón, de los cuales diez aún no entendían la noción de un número negativo. Era necesaria la educación personalizada para no dejar a nadie estancado.

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Su objetivo, entonces, era basar la enseñanza en el auténtico dominio de los temas. Lo cual implicaba los siguientes ajustes: i) basar la aprobación de un curso en la competencia, ii) adaptar los métodos de enseñanza a cada estudiante y iii) destinar el tiempo que sea necesario en cada tema para que todos lo dominen. Parecía una tarea utópica, ya lo sé.

Daba clases de dos a siete, así que decidió invitar a sus alumnos a que llegaran antes, a sentarse bajo una lona dentro del plantel a estudiar. De a poco, los pupilos empezaron a llegar. Primero los más estudiosos, luego llegaron los chicos cool y en poco tiempo ya eran veinticinco. Cuando acabó el semestre los alumnos presentaron una petición a Dirección Escolar para que Martín continuara siendo su profesor, incluso pidieron que fuera su maestro de tiempo completo. “Algunos papás al final del semestre se acercaban a agradecerme”, me cuenta con expresión reservada, pero llena de orgullo.

Cuando el semestre acabó, Martín convocó a los chicos para seguir estudiando durante las vacaciones. Aquí empezaron a surgir los indicios de la magia, pues fueron ellos mismos quienes tomaron la iniciativa, proponiendo incluso el jardín de sus casas. El papá de Miriam, una de sus alumnas, es miembro del sindicato de Pemex y accedió con gusto a prestarles un salón multiusos durante el invierno. En promedio llegaban veinte alumnos por día. Estudiaban tres horas de matemáticas de lunes a sábado, incluso en veinticuatro de diciembre. No había notas ni exámenes. Era estudiar por aprender. El grupo se hacía llamar La Rebelión. Qué maravilla.

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El año acabó y con ello el préstamo del salón. Martín ya no era oficialmente su maestro, pero les seguía dando asesorías gratuitas. Había que dar el siguiente paso. El inicio formal de los centros que desde hace años tenía en mente, cuando me platicó su idea por primera vez.

El objetivo seguía siendo el mismo: promover y desarrollar las vocaciones científicas de los jóvenes, tomando como prioridad la enseñanza de la programación y ciencia computacional. Además, promoverían actividades como el ajedrez, escritura creativa, talleres creativos y tecnológicos, así como un programa de educación emocional para los jóvenes.

En términos prácticos, no tenía idea de cómo empezar. Todos dicen que te ayudan, que estaría bueno firmar un convenio, que el proyecto está genial, que muchas felicidades por hacerlo, que el mejor de los éxitos, pero hasta ahí. El único elemento de certidumbre lo aportaban él y los chicos, que a estas alturas de la historia ya no pensaban dar marcha atrás. Así que tomó sus ahorros, se endeudó con el banco para comprar unas computadoras, le pidió otro poco a sus familiares, rentó una bodega, removió un viejo gallinero y construyó un espacio amplio, iluminado y con mucha onda. En el mundo de los decididos no existen las pausas ni los luego nos vemos: así que mientras la bodega estaba lista se veían en un quiosco sobre un parque, sentados en el piso, con las piernas dormidas mientras resolvían ecuaciones, escribían ensayos, leían y debatían sobre El mito de La Caverna.

Cuando la bodega ya estaba casi lista, casi todos asistieron para ayudar a limpiarla.

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La mafia de Python

Así que por fin empezó el proyecto de manera oficial. Lo registró ante un notario con el nombre de Inviértete. Un nombre que obedecía a la intención explícita de que los chicos supieran que se trataba de un lugar donde apostarían al futuro invirtiendo en ellos mismos.

“Siento que en unos años voy a pensar que llegar a Inviértete cambió el rumbo de mi vida”, me platicaba Perla, una chica muy entusiasta que vive en una localidad a una hora de la ciudad sin que ello impida que venga todos los días al centro, del que se expresa con un cariño casi fraternal: “es un lugar que te enseña a aprender, a ser innovadora, donde hay sed de conocimiento. Somos un grupo de personas entusiastas y activas que han formado una red de contactos para hacer en el futuro proyectos importantes”. Todos los chicos con quienes hablé se expresaron del centro con el afecto de quien se expresa de su propio hogar.

El esquema de trabajo consiste en hacer un diagnóstico del estudiante y diseñarle un plan de trabajo personalizado. Un sistema lleva el progreso y constante evaluación. Cada alumno elige los horarios y días que puede asistir. Evidentemente, se espera que los estudiantes muestren avances en las pruebas estandarizadas de matemáticas, ciencias y lectura, así como en su rendimiento escolar, sin embargo, Inviértete prioriza el dominio de los temas por encima de resultados en las pruebas. Eso Martín lo tuvo siempre claro.

Todo empezó a surgir con una rapidez que marea. Llegaba una alumna nueva por semana. Quienes estuvieron desde la experiencia en el salón del sindicato eran los más involucrados en participar e invitar gente. La popularidad del lugar, propiciada por los propios chicos, provocó que incluso empezaran a llegar algunos intrigados papás. “Mi hijo lleva dos meses viniendo aquí, ¿qué está pasando?”, “¿Qué tanto están haciendo que les fascina?”, “Profesor, mi hijo no me ha mencionado el costo, ¿cuánto será?” “¿En serio no hay que pagar nada?”.

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Martín había advertido que mucho del beneficio de los centros sería la actitud y entusiasmo de los estudiantes por interiorizar los beneficios de la educación; así como los efectos secundarios que su desarrollo personal tendrá en sus familias y entornos. Y la sospecha superó sus expectativas. Incluso algunos papás querían que se involucrara en la vida familiar de los chicos. Le estaban agradecidos porque, desde que acudían a Inviértete, mejoró mucho la convivencia en casa. El discurso de los padres sobre la conveniencia de estudiar, a veces plano, reiterativo y forzado (pero siempre cierto) ahora lo asimilaban con más claridad porque venía de un grupo de jóvenes como ellos.

Me sorprendió la figura de guía en la que se había convertido Martín para ellos, además de la notoria influencia positiva que había ejercido en la agradablemente precoz forma de pensar de los chicos. Hablaban de la necesidad de cerrar la brecha educativa en la sociedad y la importancia de democratizar la educación. Se habían alineado con su discurso y proyecto y lo asumían como propio.

Iván es uno de los chicos más agradable del centro. Se enteró de Inviértete gracias a un evento que vio en Facebook de Introducción a la Astrofísica. “Vi que puedo aprender, y quería ver qué onda”, fue lo primero que le dijo a Martín, quien me cuenta que cuando llegó era un chico introvertido y ahora es de los más queridos de la bodega.

Estudia la preparatoria abierta, ha pasado tanto por escuelas públicas como privadas. Dejó los estudios tradicionales porque quería enfocarse en programación. Me dijo que sus papás tomaron bien su decisión, aunque no estoy tan seguro. Platicar con él me dio mucha calma y entusiasmo por la impresión de estar presenciando un caso específico de revolución juvenil pacífica.

Aprendió a programar a los catorce años por videos y blogs en internet. Terminando la secundaria hizo su primera línea de código. Dos meses después de llegar a Inviértete, ya era él quien aplicaba los ejercicios de Python a los demás chicos. No hay que ser particularmente observador para notar que el lugar le agrada. Se siente cómodo, aquí se encontró con un grupo de jóvenes con intereses similares y una cultura del aprendizaje que difícilmente se encuentra en otro sitio.

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Programa porque le apasiona, pero también sabe a dónde apunta: “No hay una compañía en el top 500 que no use lenguaje de programación: Uber, Facebook, cualquiera”. Está consciente de las herramientas necesarias (para bien o para mal) para destacar en la economía moderna.

Acude a la bodega desde las 10 am hasta las 7 pm todos los días; le dedica tres horas a matemáticas, física y química y en las tardes se enfoca en programar. En un principio, su diagnóstico general salió muy bajo. Actualmente sus competencias matemáticas son mucho más altas que el promedio de bachillerato. En ocho sesiones ya era un estudiante avanzado de programación. Sabe encontrar centroides en un mapa, realiza regresiones lineales en Python y programación orientada a objetos, y sus intereses se expanden a Machine Learning e Inteligencia Artificial. Con cinco meses en el centro, a sus diecisiete años es mejor desarrollador de software que el estudiante promedio de ingeniería en México.

Platiqué con la mayoría de los chicos un sábado por la mañana en la bodega. No había ningún tutor supervisando ese día, y yo no sabía que eso era lo de menos. Eran veintitrés los que fueron llegando uno a uno, saludaban, se sentaban solos o en grupo y se ponían a estudiar. Unos jugaban ajedrez, otros resolvían ecuaciones y un grupo estaba desarrollando un proyecto para una competencia de programación entre universitarios (la competencia, por cierto, se llevó a cabo una semana después y obtuvieron el cuarto lugar de dieciséis equipos participantes, siendo ellos el único con integrantes de preparatoria y secundaria). Todos aprendiendo y ayudándose entre sí con una armonía que hasta parecía ensayada. Llegaron por voluntad propia y se fueron cuando quisieron. No conté a nadie que se quedara menos de dos horas.

Casi sin quererlo, la dinámica del centro se convirtió en un filtro natural para asegurarse que todos los estudiantes estén comprometidos con la causa. En poco tiempo el lugar fue mucho más allá de las matemáticas, la lectura y la programación. Lo que noté fue un lugar de colaboración, innovación, intercambio de ideas y amistad. Incluso hay chicos que se quedan ya bien entrada la noche en un martes cualquiera, sin darse cuenta de que se ha hecho tarde. Les encanta estar ahí. Todo liderado por jóvenes entre catorce y dieciocho, que a pesar de los enervantes bloqueos de calles que azotan casi a diario la ciudad siempre llegan. Un lugar encantadoramente inesperado.

Yo estaba convencido de estar presenciando algo verdaderamente esperanzador y que además se había convertido en una institución de lo más eficiente. Los chicos más avanzados además de alumnos son tutores de los primerizos y el crecimiento en términos de matrícula es totalmente orgánico, pues ellos mismos son quienes invitan a sus familiares y amigos. Miriam, por ejemplo, ha convencido a muchas de sus amigas del bachillerato en venir y ahora las mujeres representan una ligera mayoría. Hay un grupo de chicas programadoras que se hace llamar La Mafia de Python.

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Show me the money!

La evolución del proyecto en menos de un año ha sido notable y consistente, tanto en el número de estudiantes como en el alcance de los temas. Ahora están produciendo contenidos virtuales propios de programación en español. Próximamente, estudiantes de la Sierra Mixe empezarán a programar y colaborar con ellos en proyectos de tecnología, ya cuentan con becas que cubren el costo total de las clases de programación, robótica y sistemas electrónicos, además de un curso intensivo para exámenes de admisión a la Universidad, donde no solo te ayudan con la preparación, sino con todo el proceso de admisión. Son aproximadamente cien jóvenes los que acuden recurrentemente. El primer grupo de estudiantes de programación fue de ocho, el que siguió fue de veinte y el siguiente será de ochenta.

Por si fuera poco, el proyecto resulta mucho más económicamente eficiente que los sistemas educativos tradicionales. De acuerdo con la OCDE, cada estudiante en el sistema educativo mexicano cuesta más de cincuenta mil pesos al año, mientras que el modelo de Inviértete costaría menos de tres mil pesos por estudiante.

Martín está consciente de cómo las restricciones presupuestarias de la educación limitan que cada estudiante tenga un tutor personal, pero también sabe (y mejor aún: es testigo) de que lo emocionante de nuestro tiempo es que a través de la tecnología estas experiencias de aprendizaje a la medida están al alcance de ser escalables y sistematizables.

“He aprendido mucho más y estoy estudiando cosas que no vería ni en la prepa”, me decía Jesús, un chico de catorce años que gracias a las herramientas de Inviértete cuenta con competencias tecnológicas que la mayoría de los egresados universitarios del país no tienen. Todos los jóvenes con los que pude hablar coincidían en que estaban aprendiendo mucho más de lo que habían aprendido en toda la secundaria. Por ejemplo, Sahori, una chica de diecisiete años y de las estudiantes de matemáticas más avanzadas de la bodega, que meses atrás ganó beca para un bootcamp de liderazgo y emprendimiento en Washington y ahora su tarea era orientar y motivar a los demás chicos a que también se fueran. Aplicó a la UNAM para estudiar matemáticas y entró con un puntaje holgado. De seguir por este camino, tiene todo el potencial de estudiar un posgrado en una Universidad en el extranjero.

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¿Por qué entonces un proyecto que en un año ha demostrado ser eficiente, estructurado, económico, con resultados claros, que agrada tanto a los jóvenes como a los padres y con ambiciosos objetivos de expansión no ha sido tomado en cuenta? ¿Por qué Inviértete no ha esquivado del todo el riesgo de verse forzado a cerrar por falta de fondos? Martín reconoce que los principales problemas han sido la dificultad de documentar el avance en los estudiantes, una incorrecta comunicación de los alcances, la estructura y objetivos del centro aunado al nada trivial hecho de que el producto final es intangible.

Les han cerrado las puertas por no encajar en el molde de las soluciones de siempre. Soluciones de siempre que han alcanzado resultados difusos, por decir lo menos. Es relativamente normal que exista desconfianza y hostilidad hacia los proyectos sociales innovadores, quizás por el miedo de adaptar proyectos nuevos a estructuras existentes, pero en un país azotado desde hace décadas por una desigualdad que raya en los niveles de una novela distópica, que un proyecto como este tenga que contar los centavos para sobrevivir me parecerá siempre una desgracia.

Por: Rodrigo Palacios Velázquez

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