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La ecología no es moral, es economía

Por primera vez en la historia moderna del hombre hay una amenaza latente para la humanidad más urgente y peligrosa que la crisis económica: el calentamiento global y la crisis ambiental. Así de simple. Así de mal.

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Atender este problema implica un cambio de actitud desde la raíz. Hasta hace un par de años, la crisis ambiental era -para la mayoría de nosotros- un problema de naturaleza fundamentalmente moral. ¿Contaminar o no contaminar? La respuesta a esta pregunta parecía ligada exclusivamente al alcance y seriedad de nuestro compromiso (individual, siempre individual) con un ser más bien abstracto y conceptualmente lejano: la Tierra. La protección y prevención ambiental parecía algo anclado de manera casi exclusiva a un acuerdo ético, más tácito que efectivo, con el planeta, un ser “sensible” al que debíamos procurar por motivos más cercanos a la belleza que a la supervivencia.

Hoy, sin embargo, los datos son tan alarmantes como contundentes: si el marzo de 2016 fue considerado el más caliente del que se tuvo registro, el de 2018 continuó con la tendencia, llegando a ser de hasta 45.5 °C en varias localidades de Asia.

El fenómeno de El Niño ha superado en efectos negativos a su versión de los años 90 y la concentración de CO2 en la atmósfera es tan alta que, de crecer al ritmo actual, causaría un aumento en la temperatura del planeta de entre 3.7 y 4.8 grados para 2100: un escenario catástrofico para la vida y la geografía mundial tal y como la conocemos. Adiós polos, adiós masas continentales, hola sequías, inundaciones y mega ciclones. La advertencia no es conspiracionista: la propia ONU es la primera en lanzarla a los cuatro vientos.

Diciembre de 2015 es un mes histórico no solo por inaugurar el invierno más caliente del que tengamos registro, sino también por la reunión en París de los 170 países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) con el único objetivo de alcanzar un acuerdo para comenzar el cese al fuego al planeta y prevenir, con ello, desastres con rostros, ahora sí, vívidos y concretamente amenazadores: crisis alimentaria, crisis económica, crisis hídrica y, a la postre, crisis bélica.

Tras días de discusiones intensas, la mayoría de ellas fundadas en el temor a los efectos del choque entre los nuevos objetivos y el crecimiento económico internacional, las naciones reunidas alcanzaron una lista de compromisos, entre los que destacan:

  • La creación de un fondo de 100 mil millones de dólares anuales a partir de 2020 alimentado, de manera obligatoria, por los países desarrollados y, de manera voluntaria, por las naciones en desarrollo. El fondo busca apoyar a los países más necesitados en su lucha contra el cambio climático y sus efectos en agricultura y geografía.
  • La implementación de programas nacionales, a cargo de cada gobierno firmante, para reducir las emisiones de CO2.
  • Evitar a toda costa que la temperatura del planeta se eleve más allá de 2°C sobre el promedio de temperatura previo a la era industrial. El objetivo ideal es evitar un incremento mayor a los 1.5°C.

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El aumento en la temperatura planetaria podría elevar el nivel del mar y cambiar la geografía planetaria (Wikimedia Commons).

Oso Polar (Wikimedia Commons).

Al acuerdo se sumaron nada menos que 195 estados. De ellos, 187 asistieron preparados con documentos que daban fe de su buena voluntad para reducir sus emisiones. Sin embargo, el texto resultante de la reunión fue claro: ni siquiera la suma de estos 187 esfuerzos podrían lograr una reducción real del problema. Hoy, lo países siguen trabajando en planes más severos que garanticen resultados efectivos y coherentes con su acuerdo.

La insuficiencia de los primeros documentos demuestra la incomprensión que aún impera en torno a la crisis ambiental. En primera instancia, la mayoría de las administraciones continúa concibiendo el calentamiento global como un mero corolario de pequeñas faltas morales, daños colaterales inevitables del modelo económico mundial, tan funcional, piensan, como lo fuera en un inicio.

Hizo falta una segunda ronda de propuestas para que las naciones más desarrolladas comenzaran a comprender que economía y ecología son dos caras de una misma moneda. El cambio climático afecta directamente a los recursos naturales y a las actividades primarias (agricultura y minería, por ejemplo), lo que nos sale caro, muy caro, pues se trata de las bases de cualquier economía. No obstante, la normatividad vigente con la que se rigen los modelos de inversión en casi todo el mundo permite que dañar el fundamento de la economía sea, a corto plazo, más rentable que protegerlo.

Los nuevos modelos predictivos muestran que las pérdidas globales podrían ser desastrosas si la crisis continúa. Nadie está exento del desastre. Tan solo en México, durante el 2015, los daños del calentamiento se calcularon en nada menos que el 7% del PIB nacional.

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2015 es el año más caliente del que se tenga registro, lo que ha impactado en la agricultura en todo el mundo (Pixabay).

Tierra seca por el aumento de las temperaturas en el mundo (Pixabay).

Pero esta es solo la punta del iceberg: ya en 2013, una investigación publicada en la revista científica Nature estimaba que, para el 2050, el costo mundial por problemas relacionados con el calentamiento global alcanzarían los 60 billones de dólares (sí, con “b” y en perfecto castellano), una cantidad que fácilmente duplica la suma del PIB de los 20 países más desarrollados del mundo. Se trataría, está claro, de un desastre irreversible e imposible de costear.

Las naciones más poderosas están obligadas a cambiar regulaciones y modelos de inversión para que, desde la norma, cuidar el planeta sea más rentable a corto plazo que dañarlo; solo así evitaremos un desastre a mediano y largo plazo.

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Chimeneas de una planta de energía expulsando humo (Pixabay).

Chimeneas de una planta de energía expulsando humo (Pixabay).

El 22 de abril de 2016, los representantes de las casi 200 naciones reunidas en diciembre se dieron cita una vez más para firmar el acuerdo y reiterar sus intenciones de estar listas para 2020. La pregunta real es, no obstante, ¿cuánto tiempo nos tomará pasar de una noción moralina de la ecología a una práctica y urgente? No es la vida de “la madre Tierra” la única en peligro, sino la de cada uno de nosotros.

Artículo publicado originalmente en 2016 en el Medium de Conectando Átomos.

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