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Ignacio Ramírez, El Nigromante: El pensador más revolucionario de México

Odiado, respetado, temido, Ramírez retorna para reavivar el fuego del pensamiento

“Los grandes apóstoles de una idea, no escriben jamás libros, no tienen tiempo, se ven obligados a mezclar la acción con la palabra […]. Ignacio Ramírez en México, perseguido cuando joven, conspirando o huyendo, iniciando sus grandes ideas en la tribuna, o realizándolas en los ministerios de Estado, no ha tenido tiempo ni facilidades para preparar obras metódicas; ha sido como los revolucionarios de 1789, periodista, legislador y tribuno, hombre de acción y combatiente” Ignacio Manuel Altamirano

“¡La República existe!, y si no existiese, la inventaríamos unos pocos, como hemos inventado la Independencia y la Reforma…” Ignacio Ramírez

Cuando nació México como país moderno hace poco más de 200 años, lo hizo gracias a una generación de hombres de grandes ideas que se dedicaron todo el siglo XIX a pensar la manera en que debía funcionar el país naciente. Guerras intestinas, invasiones, intervenciones extranjeras, decenas de periódicos con decenas de tendencias distintas, congresos constituyentes en los que políticos de todas las ideologías combatían con la pluma y la palabra para crear las leyes que regirían la vida nacional… Todo esto es el marco en el que vivió uno de los pensadores y reformistas más importantes que ha tenido el país: Ignacio Ramírez, El Nigromante.

Ramírez fue un torbellino del pensamiento y la acción. Crítico de todos los gobiernos, mordaz, ácido, satírico, su elocuente lengua y su pluma incendiaria lo llevaron a que lo apodaran “el Voltaire mexicano”. Temido, apreciado y odiado. Su figura fue respetada por presidentes como Benito Juárez y Porfirio Díaz, pero también fue perseguida y encarcelada por sus agudas críticas (como lo harían los presidentes Santa Anna y Comonfort).

¿Qué había en su pensamiento para ser tan respetado y a la vez tan temido?

Ramírez: defensor de la ciencia, de los indígenas, las mujeres, los obreros y los pobres.

“La mayor parte de los hombres heredamos miseria y conservamos cuidadosamente el modo con que nuestros abuelos se hicieron miserables” Ignacio Ramírez, Sobre la Inmutabilidad de las leyes.

Ramírez es un personaje incómodo, sobre todo para los sectores más conservadores tanto de su época como de la nuestra (de ahí, algunas de las razones por las que se le recuerde tan poco). Uno de los primeros gestos que lo marcarían sería cuando, todavía muy joven, solicitó su ingreso en la Academia de San Juan de Letrán (el epicentro del saber y la cultura en el México del siglo XIX). En ese momento, ante intelectuales liberales y conservadores (incluso religiosos), Ramírez pronunció su famoso discurso que inicia con la oración:

“No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”

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Originalmente el papel que sostenía Ignacio Ramírez en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central decía “No Hay Dios” pero ante la presión de los conservadores y el vandalismo, Diego Rivera tuvo que cambiarlo por el texto: “Conferencia en la Academia de Letrán de 1836” (Wikimedia Commons)

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Mucho antes de un Nietzsche, Ramírez pretendió demoler, él solo, un concepto que fue el eje del pensamiento y la vida intelectual y social mexicana una gran parte de la Colonia (de hecho construirá todo un pensamiento que apelará únicamente a la espontaneidad de la naturaleza). El discurso fue tan genial, que la Academia (muy a pesar de los más conservadores) decidió abrirle la puerta a este joven.

El célebre escritor Guillermo Prieto lo describió así:

“En el auditorio reinaba un silencio profundo.
Ramírez sacó del bolsillo del costado, un puño de papeles de todos tamaños y colores; algunos impresos por un lado, otros en tiras de recorte de molde de vestido, y avisos de toros o teatros.
Arregló aquella baraja, y leyó con voz segura e insolente el título que decía: No hay Dios…

El estallido inesperado de una bomba, la aparición de un monstruo, el derrumbe estrepitoso del techo, no hubieran producido mayor conmoción.

Se levantó un clamor rabioso que se disolvió en altercados y disputas.

Ramírez veía todo aquello con despreciativa inmovilidad […]”

Las palabras fueron una bomba pues liberales y conservadores (la mayoría) eran creyentes. Algunos estaban a favor de que hablara, otros estaban en contra. Le gritaron hereje, blasfemo, diabólico… Pero entonces habló don Andrés Quintana Roo, el patriarca de esta comunidad intelectual, y aseguró que él no presediría las sesiones de una academia que aplicara mordazas, posó su mano sobre la cabeza de Ramírez (quien tenía entonces 19 años) y lo instó a que continuara su disertación…

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Nace el Nigromante

Un inicio que fue una bomba solo podía ser el primer paso de una carrera intelectual explosiva.

Todavía muy joven, junto con el ilustre Manuel Payno y con Guillermo Prieto, Ramírez fundó un periódico llamado Don Simplicio. Periódico Burlesco, Crítico y Filosófico, por unos Simples. Fue ahí donde anunció su sobrenombre de El Nigromante. Lo hizo con estos versos:

“… Y un oscuro Nigromante
que hará por artes del diablo
que coman en un establo
Sancho, Rucio y Rocinante
con el Caballero andante…”

¿A qué se refería con que él era el Nigromante? Don Quijote era un idealista que veía más allá de lo que había. No veía molinos, sino gigantes; no veía prostitutas, sino mujeres de la realeza; no veía posadas, sino castillos y palacios; no veía menjurjes, sino pociones mágicas… pero cada vez que la terrible realidad lo golpeaba, entonces culpaba a un malévolo Nigromante que era el que le transformaba las cosas y se las mostraba menos maravillosas. Así pretendía ser Ignacio Ramírez para tantos ideólogos que había entonces en el país. Ramírez quería ser el Nigromante que les mostrara la terrible realidad que existía muy a pesar de los ideales tanto de los conservadores como de los liberales. Ramírez se encargará de llevar el pueblo a los que lo quieren gobernar sin conocerlo.

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Don Quijote y Sancho Panza cabalgando en una escena de la Parte I del Capítulo 7 (publicado en 1605) (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Circa 1600, Don Quijote y Sancho Panza cabalgando en una escena de la Parte I, Capítulo 7 de Miguel de Cervantes, "Don Quijote" (publicado 1605) (Photo by Hulton Archive/Getty Images)

Ramírez y los indígenas

Ramírez (también conocido como el indio Ramírez) participó activamente en varios puestos públicos durante las administraciones de diferentes gobernantes, pero también fue profesor en distintos recintos educativos como el Instituto Científico y Literario de Toluca. Es en esa institución donde buscaría echar a andar un programa de becas para jóvenes indígenas, uno de los beneficiarios sería Ignacio Manuel Altamirano quien se volvería, gracias a esta ayuda, uno de los escritores más importantes de ese siglo en México.

En esos mismos años, Ramírez se alistó como soldado para luchar contra la invasión estadounidense y participó en la batalla de Padierna. Aún así, seguirá con sus inclinaciones intelectuales y publicó su Ensayo sobre las sensaciones, dedicado a la juventud mexicana (1848).

Regresaría para continuar con sus acercamientos con las comunidades indígenas con uno de sus artículos más polémicos titulado A los indios (1850). Por causa de ese artículo lo acusaron de “delitos de imprenta” y su texto fue calificado como “sedicioso, infamatorio e incitador a la desobediencia”. Pero Ramírez era un brillante abogado y después de realizar su defensa, el jurado lo absolvió aunque los sectores conservadores lo obligaron a retirarse de su cátedra por “corrupción de las mentes juveniles”. Además, los ciudadanos conservadores organizaron una quema de libros al grito de:

“¡Mueran las ciencias y las artes!”

¿Qué decía ese artículo tan perseguido? Estas son algunas de las cosas que dice Ramírez:

“Cortés no existe y no existirá ya otro Cortés. ¿Por qué vuestra libertad no ha despertado? Considerad que no sólo se os oprime, sino que vuestros enemigos se avanzan a asegurar que no pertenecéis a la especie humana.
[…]

Vuestros enemigos os quitan vuestras tierras, os compran a vil precio vuestras cosechas, os escasean el agua aun para apagar vuestra sed, os obligan a cuidar como soldados sus fincas, os pagan con vales, os maltratan, os enseñan mil errores, os confiesan y casan por dinero, y os sujetan a obrar por leyes que no conocéis.

[…]

El hacendado tiene capital y ganancias, mientras el indio, por lo común, tiene sólo un mezquino salario, que ni entre las ganancias, ni entre los capitales puede calificarse.

El rico si pierde sus ganancias, queda con su capital; el pobre si pierde su salario perece en la miseria.

El rico puede cambiar su capital, el pobre ni puede venderse…”

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Indios Carboneros en el S.XIX. (Imagen tomada del Portal Académico del CCH de la UNAM).

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Como se puede observar, el artículo toca muchos temas que entre la sociedad mexicana aún despierta muchas polémica. Habla de las condiciones en las que viven los indígenas, tanto por ser indígenas como por su lugar en el sistema de producción (mano de obra). Naturalmente, los grupos más privilegiados verían con profundo temor e ira una artículo de este tipo.

En Trilogía magisterial: Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra Méndez, Luis Maldonado Venegas escribió que Ramírez:

“Adquirió fama por defender muchas veces sin cobro de por medio, a menesterosos, indígenas, campesinos y gente del pueblo que no tenía para pagar los servicios de un litigante, de modo que, a pesar de su estigmatizante apodo -”El Nigromante”-, se ganó el respeto y la gratitud de ese sector de la sociedad que, como se verá en un pasaje posterior, en reciprocidad, lo apoyó en momentos difíciles”

Incluso, en esos momentos “difíciles” Ramírez siguió su labor intelectual y práctica, como cuando tuvo que retirarse a Baja California:

“donde organizó cooperativas pesqueras, granjas acuícolas y, fiel a su vocación magisterial, fundó escuelas para los hijos de los pescadores. Además hizo estudios sobre los recursos minerales y forestales de la región” Maldonado Venegas, Trilogía magisterial...

Cuando regresó a la capital, el presidente Santa Anna (quien se hacía llamar entonces “Su Alteza Serenísima”) lo mandó a encarcelar en Tlatelolco. Pero cuando se realizó la revolución del Plan de Ayutla (contra Santa Anna) fue liberado por una multitud.

El Nigromante y las mujeres

En el siglo XIX, las mujeres mexicanas seguían siendo tratadas como seres humanos de segunda clase, se les tachaba de ignorantes y se les negaba la educación y el voto. En el mundo occidental, serían algunos textos importantes como La esclavitud femenina de John Stuart Mill (1869) los que comenzarían a abrir un camino entre las mentes masculinas de la situación en la que vivían las mujeres (mismas que, en México, ya desde la Independencia estaban pidiendo su reconocimiento en la lucha armada y su lugar como ciudadanas, pero no fueron escuchadas). En México hubo un texto anterior al de Mill, se tituló Los Cuatrocientos mil soberanos (1867) y era de Ignacio Ramírez en el que ya se defendía un cierto reconocimiento a la situación de las mujeres:

“Las mujeres no son ciudadanos. Quién sabe si esto será una tiranía, y si igualada la mujer con el hombre duplicara las riquezas y los placeres, y borrara la mitad de los delitos.

[…]

No obstante, ved cómo por no ser ciudadanas se les esclaviza muchas veces. Tan fácil es abusar de una tutela”.

Todavía añadió en un texto llamado Un nuevo aspecto de la cuestión:

“[A la mujer] se le regatea la instrucción y sólo se le iguala al hombre en los delitos y en las penas.

[…]

La teoría oficial, en las leyes divinas y humanas, se reduce a este precepto: la mujer, obedezca al hombre […]. Consecuencia de tales principios es que para la mujer, en ejercicio de su sexo, hayan existido tres estados: matrimonio, prostitución y concubinato. Casada o amancebada, pertenece al marido, ramera es esclava del público; esposa suplementaria, gime bajo la férula de los esposos o lleva la marca del adulterio donde la poligamia está proscrita”

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Poblanas, una viñeta que aparece en el libro Viaje pintoresco y arqueológico sobre la parte más interesante de la República Mexicana en los años transcurridos de 1829 hasta 1834. Wikimedia Commons

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Anne Staples, del Colegio de México, en Mujeres y dinero heredado, ganado o prestado. Las primeras décadas del siglo XIX mexicano, publicado en Las Mujeres en la Construcción de las sociedades iberoamericanas, escribió:

“Todavía en el último tercio del siglo XIX Ignacio Ramírez era casi el único hombre que abogaba por la idea bastante peregrina de que una mujer debería saber de negocios y cómo defenderse si se encontraba sola en la vida”

Para Ramírez la cuestión era sencilla, las mujeres educan a los niños de todo el país; ¿no deberían entonces también tener educación científica y política? Claro que el feminismo, y sus líderes mujeres en México, conseguirían sus primeras conquistas mucho tiempo después (aunque ya con Benito Juárez habría las primeras escuelas para mujeres).

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Ramírez: el defensor del Pueblo y los trabajadores

Para Ramírez, lo social no es algo teórico, sino una práctica constante y el eje de todo su pensamiento. Incluso, en su escrito titulado Sobre las necesidades humanas, le habla al “Pueblo” sobre los teóricos que quieren dirigir su vida:

“¡Pobre pueblo! Los sabios y los gobernantes quisieran hacerte rico en sus teorías y en la práctica confiesan que no pueden, y entre tanto desdeñan las ruinas costumbres de la turba, ¿cómo podrán protegerlas? Sin poderte hacer rico, no te quieren dejar pobre, y te hacen miserable. No hay una sola ley que no se diga que es por tu bien, y pocas dejan de perjudicarte”

Víctor Manuel Torres, estudioso del Colmex en su artículo, El Pensamiento Político de Ignacio Ramírez dice:

“El derecho de los trabajadores y los intereses de la nación son enfrentados por Ramírez a la opulencia y al despilfarro de las clases ociosas. Al Estado lo emplean los propietarios como un instrumento para la conservación de sus riquezas, y como un sistema basado en la desigualdad que le protege sus privilegios”

De la misma opinión era el erudito Jesús Reyes Heroles, que en su extenso estudio sobre el liberalismo mexicano, dice:

“[Ramírez] Está consciente de que su crítica social afecta a las clases privilegiadas. Cuando surge el intento de [Lucas] Alamán y Paredes Arrillaga, de crear lo que hemos llamado gobierno de las clases pudientes, El Nigromante contesta a [el diario conservador] El Tiempo y sostiene una tesis objetivamente válida: los redactores de El Tiempo hacen bien postulando los intereses de los propietarios, pues es “la feliz clase a que pertenecen”; pero”y nosotros que pertenecemos a la proscrita raza de trabajadores, ¿por qué no hemos de decir el huevo y quien lo puso a nuestros amos?”

Rotonda - Ignacio Ramirez
La tumba de Ignacio Ramírez se conserva en la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México (Foto: El Sótano de las Quimeras)

La tumba de Ignacio Ramírez se conserva en la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México (Foto: El Sótano de las Quimeras)

Y Ramírez hace su defensa de manera incendiaria y virulenta, no hay hipocresía, para Ramírez hay que llamarle al pan pan y al vino vino:

“Quieren que gobiernen los ricos porque las propiedades están mal distribuidas y naturalmente sólo los que las poseen pueden y quieren repartirlas bien; porque los propietarios disfrutan sin trabajar, y la chusma trabaja sin disfrutar, y este sistema es magnífico para proteger la agricultura, y en fin, porque los intereses de los ricos son contrarios a los de los pobres y es obligación de todo hombre decente defender a un caballero contra un lépero. ¡Sobre que a esto se reduce la cuestión!”

Un sistema que solo ve por lo menos, quienes aseguran que, si el sistema no se queda así, la economía se irá al precipicio… pero ¿quién vive en el precipicio sino el pueblo trabajador? Ahí es donde Ramírez pone el acento, los conservadores son conservadores porque quieren conservar su privilegio. Pero no solo eso, son los dueños del capital y además quieren ser gobernantes y administradores:

“Nosotros, los trabajadores, diremos en fin a los propietarios, a los generosos propietarios: ya que os empeñáis en arreglar exclusivamente estas pequeñeces y en gobernarnos, ya que nosotros los trabajadores os damos, porque hagáis nuestra felicidad, la mayor parte del producto de nuestro trabajo, suponemos que este dinero servirá para nuestra recompensa, y para los gastos de vuestra administración, esto es, confiamos en que ya no habrá constribuciones directas ni indirectas, pues de lo contrario nos robaríais como propietarios y como gobernantes”

Además, frente al congreso constituyente, Ramírez sostuvo:

“El más grave de los cargos que hago a la comisión es el de haber conservado la servidumbre de los jornaleros después de pasar por la esclavitud y el feudalismo hoy se encuentra esclavo del capital que, no necesitando sino breves horas de su vida, especula hasta con sus mismos alimentos… Así que, el grande, el verdadero problema social, es emancipar a los jornaleros de los capitalistas. La solución es muy sencilla y se reduce a convertir en capital el trabajo. Esta operación exigida imperiosamente por la justicia, asegurará al jornalero no solamente el salario conveniente a sus subsistencia, sino un derecho a dividir proporcionalmente las ganancias con todo empresario”

Incluso, Ramírez llegó a decir:

“la sociedad se divide entre los que viven y gozan del trabajo acumulado, y los que siquiera para vivir necesitan de su personal trabajo”

Esta idea no solo era innovadora en México, incluso era inaudita:

“El capital se aumenta en la medida en que se reparte; por eso son pobres los pueblos donde el gobierno y unos cuantos monopolizan las riquezas”

Y es que las ideas políticas de Ramírez son muy diferentes a las de varios de sus correligionarios. Para empezar (y encontra de varios pensadores europeos), Ramírez no considera que el contrato social se encuentre en un acuerdo deliberado. Así lo explica Laura Ibarra García en su texto Las ideas de Ignacio Ramírez, El Nigromante. Su significado en la historia del pensamiento mexicano:

“En el origen de lo social no se encuentra un acuerdo deliberado, como los demás liberales de la época suponen, sino una convergencia espontánea de impulsos y deseos. […] De esta convergencia espontánea surge la simpatía sobre la que se fundan las instituciones sociales”

Para Ramírez, las asociaciones sociales (que tienen esta naturaleza espontánea) son pervertidas cuando intentan ser administradas:

“Las autoridades, sea cual fuere su procedencia, no trabajan sino para sí; el espíritu de la corporación que las anima no se encuentra seguro, sino levantando un trono entre una iglesia y una cárcel; la prisión para el alma y el cuerpo”

Y añade en su texto Principios Sociales y Principios Administrativos:

“El desarrollo de la asociación es espontáneo; la forma administrativa es caprichosa. La asociación exige la igualdad; la administración se conserva por la jerarquía. La sociabilidad significa nacimiento y cambios de forma, muerte y reproducción; todo sistema gubernativo tiende a perpetuarse, aun contra la voluntad, aun con sacrificio de los mismos interesados, asociación es bienestar; administración es obediencia […] El municipio, la provincia o estado, y la magistratura suprema, congreso, rey o dictador, ya reciban sus títulos del pueblo, ya que los supongan extendidos por al mano de la divinidad, todos estos representantes de los intereses y derechos humanos, temiendo esos derechos y especulando con esos intereses, descubrem una tendencia inevitable, y marcada hacia la metafísica; es decir, que todas estas autoridades, en lugar de bienes positivos, inventan palabras como orden, justicia, honor, patria y gloria”

Para Ramírez, explica Ibarra García, solo las asociaciones espontáneas son realmente democráticas, pues solo ellas pueden asumir la fluidez y la tansitoriedad de los deseos y los intereses humanos

Es por eso que Ramírez considera que la apelación a la “vountad popular” es meramente una farsa, no porque los referéndums sean fraudulentos sino porque la voluntad popular no se puede expresar en esos términos. Es por eso que Ramírez llega a afirmar:

“Exista el gobierno, pero exista aislado; asociación, libertad, igualdad fraternidad, ven con odio lo que se llama ley”

Y la ven con odio porque la ley emana del espíritu administrativo y no de la realidad concreta de las asociaciones. Es por eso que la democracia, funcionaría siempre y cuando se realizara de manera directa y local.

El apostol del laicismo en México

“No venimos a hacer la guerra a la fe, sino a los abusos del clero. Nuestro deber como mexicanos no es destruir el principio religioso, sino los vicios o abusos de la Iglesia para que, emancipada la sociedad, camine.” Ignacio Ramírez

Antes de las Guerra de Reforma, en México el poder de la Iglesia y el del Estado estaban de la mano. La Iglesia tenía la administración de la educación en el país y los fueros que recibían los miembros de la Iglesia los mantenían en una situación de privilegio. Todo esto, y más, fue lo que empujó a Ramírez a defender el laicismo en México, lo hizo en la cátedra, como funcionario público y como legislador.

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Retrato del presidente Benito Juárez, líder del partido liberal del que Ramírez representaba su ala más “pura”. Wikimedia Commons

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Ramírez también le habla a la Iglesia como propietaria de riquezas:

“Nosotros los trabajadores decimos a los propietarios de bienes raíces espiritualizados: vuestra pobreza evangélica según El Tiempo, apenas posee la tercera parte de la república; pero ¿no pudiéramos lograr la gloria a menos precio?”

Aquí se puede un extracto de uno de sus discursos en el congreso constituyente de la Constitución de 1857:

“Señores: El proyecto de constitución que hoy se encuentra sometido a las luces de vuestra soberanía, revela en sus autores un estudio, no despreciable, de los sistemas políticos de nuestro siglo; pero al mismo tiempo un olvido inconcebible de las necesidades positivas de nuestra patria […] El pacto social que se nos ha propuesto se funda en una ficción; he aquí como comienza: “En el nombre de Dios… los representantes de los diferentes estados que componen la República de México..cumplen con su alto cargo…

La comisión por medio de esas palabras nos eleva hasta el sacerdocio; y colocándonos en el santuario, ya fijemos los derechos del ciudadano, ya organicemos el ejercicio de los poderes públicos, nos obliga a caminar de inspiración en inspiración hasta convertir una ley orgánica en un verdadero dogma […]”

Como congresista peleó por los derechos fundamentales del hombre, defendió los derechos de las mujeres, los huérfanos y los hijos no reconocidos; salió en defensa de la libertad de cátedra y de enseñanza; defendió el carácter contractual civil del matrimonio, es decir, apoyó el derecho al divorcio, pues al ser meramente un contrato civil, la sociedad podía terminar por decisión de los socios, antes de esto, el matrimonio se entendía nada más como sacramento religioso (y en ese sentido era indisoluble).

Sobre la libertad de cátedra (y en contra de la educación religiosa), su defensa tenía el siguiente texto:

“Los gobiernos quieren la vigilancia [en los planes de estudio] porque tienen interés en que sus agentes sepan ciertas materias, y las sepan de cierta manera que está en los intereses del poder, y así crían una ciencia puramente artificial.

La teología ya no sería considerada en nuestros días como ciencia, si no fuera a veces un medio de gobierno en sus aplicaciones y si no tuviera el aliciente de las ventajas sociales que sacan los teólogos […]

Los gobiernos forman, pues, profesores artificiales que son la primera barrera de la ciencia, y el profesor pagado por el gobierno, amigo de la rutina, está generalmente muy atrás de los conocimientos de la época […]

Unas semanas después de promulgarse la Constitución de 1857, el secretario del arzobispado de México, emitió una circular que decretaba la excomunión contra quienes hubieran jurado la Constitución.

Cuando Ramírez recibió su carta de excomunión desde Roma, le escribió la siguiente nota:

“Enviar al ministerio del Interior y archívese donde no estorbe

Maldonado Venegas escribe sobre la circular del arzobispo contra la Constitución:

“[La circular] agudizó las protestas contra la nueva ley fundamental y entusiasmó a los conservadores […]. el 17 de diciembre de 1857, el general conservador Félix María Zuloaga, jefe de la guarnición militar de la Ciudad de México, junto con autoridades del Distrito Federal y miembros del alto clero, lanzó desde el Palacio Arzobispal de Tacubaya una proclama que desconocía la Constitución”

Había comenzado la Guerra de Reforma (o Guerra de los Tres años). Ramírez (que había sido encarcelado anteriormente por Comonfort) salió libre y fue a respaldar la lucha de los liberales, primero en Tamaulipas y después en Veracruz, donde Juárez había instalado su gobierno. Ahí participó con Melchor Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada, Santos Degollado, Ignacio de La Llave, Guillermo Prieto y otros, en la redacción de las nuevas Leyes de Reforma (la ley de nacionalización de bienes eclesiásticos; leyes del matrimonio y del registro civil; decreto para la secularización de los cementerios y la Ley sobre libertad de culto, entre otras). Como se puede ver, todas ellas son golpes decididos contra el poder de la Iglesia pues le quitaban de las manos el registro civil, los panteones, el matrimonio, y además se apelaba a la libertad de culto (por muchos años la religión católica fue considerada como la única practicable en México, fue gracias a la Reforma que se instituyó la libertad de culto).

Los liberales fueron ganando posiciones, Juárez se volvió más claro en la separación definitiva de la Iglesia y el Estado y, finalmente, el 22 de diciembre de 1860, las fuerzas republicanas derrotaron a las tropas conservadoras en las cercanías de Calpulalpan, Estado de México.

Juárez retornó a la capital como presidente de la nación y nombró a Ramírez como ministro de Justicia, Instrucción Pública y Fomento.

Ya como funcionario, Ramírez suprimió los claustros de monjas y frailes y convirtió los conventos en museos y bibliotecas, sus torres las transformó en observatorios astronómicos y meteorológicos, con las obras pictóricas conformó la primera Pinacoteca nacional. Fundó la Biblioteca Nacional, dotó con materiales de trabajo y experimentación a la Escuela de Minas; y realizó las gestiones para la vía férrea entre Veracruz y la capital.

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el presidente Benito Juárez, por decreto del 30 de noviembre de 1867, estableció definitivamente la Biblioteca Nacional de México en el templo de San Agustín . (Foto: Cornell University Library. ca. 1885-ca. 1895).

el presidente Benito Juárez, por decreto del 30 de noviembre de 1867, estableció definitivamente la Biblioteca Nacional de México en el templo de San Agustín

Durante la intervención francesa, Ramírez optó por la vía armada. Viajó a Sinaloa, donde luchó al mando de varios jefes militares que montaron trincheras en el occidente de la República mexicana.

En 1864 Maximiliano de Habsburgo se impuso como emperador al son de las bayonetas y los cañones franceses. Entonces Ramírez redactó el periódico La Insurrección, cuyas páginas harían eco de las protestas populares contra la invasión.

Fue desterrado a San Francisco, California, donde siguió escribiendo contra la Intervención Francesa en México. Intentó regresar a la capital, pero Maximiliano lo mandó a las mazmorras de San Juan de Ulúa.

Ramírez fue libre una vez que Benito Juárez entró triunfante nuevamente en la Ciudad de México. Juárez persiguió entonces la reelección (confiado en su popularidad por haber ganado la Guerra de Reforma), pero algunos comenzaron a criticarle esto, entre ellos Ignacio Ramírez, quien se unió a Porfirio Díaz (un general que se destacó en la lucha contra Maximiliano) para pedir por mayores candados y evitar reelecciones.

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Juárez ganó las elecciones, pero poco después murió. Díaz se levantó contra el presidente suplente (Sebastián Lerdo de Tejada). Ramírez, durante el gobierno de Lerdo de Tejada, había elaborado un proyecto de enseñanza primaria del que forman parte dos libros (Rudimental y Progresivo), considerados como los primeros antecedentes de los libros de texto gratuitos.

Ramírez permanecería en la Corte, pero ya sería un Ramírez triste (por la muerte de su esposa en 1874).

Escribió estos versos:

“Heme aquí, sordo, ciego, abandonado
en la fragorosa senda de la vida:
Apagose el acento regalado
que a los puros placeres me convida;
apagose mi sol; tiembla mi mano
en la mano del aire sostenida”

Cuando Díaz llegó al poder, reinstaló a Ramírez como ministro de Justicia e Instrucción Pública, pero él duró muy poco en el cargo, pues ya enfermo, a los 61 años, Ramírez moría en su casa. Ramírez murió pobre (era un comentario popular en su época que, de todo el dinero público que pasó por las manos de Ramírez jamás usó nada en beneficio propio sino siempre en beneficio del pueblo), pero si bien no tenía gran riqueza material, Ramírez había dejado en la nación que ayudó a construir una riqueza cultural e intelectual enorme.

 

Autor de la imagen principal: José Aguilar @esepe1

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Bibliografía consultada: 

Altamirano Ignacio Manuel. Ignacio Ramírez, El Nigromante. Consultado en: https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/7/3217/4.pdf

Ibarra García, Laura. Las ideas de Ignacio Ramírez, El Nigromante. Su significado en la historia del pensamiento mexicano. Iztapalapa Revista de Ciencias Sociales y Humanidades. Número 72. Año 33. Enero-junio de 2012. Pp 153-178. http://www.redalyc.org/html/393/39348326007/

Maldonado Venegas, Luis. Trilogía Magisterial. Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano y Justo Sierra. Editorial Las Ánimas S.A. De C.V. Puebla: 2012. https://issuu.com/luismaldonado.org.mx/docs/trilogia_magisterial1

Manuel Torres, Víctor. El Pensamiento Polítco de Ignacio Ramírez en Historia Mexicana. Colegio de México. Vol. 12. No. 2. Oct- Dec. México: 1962. Pp. 190-228. https://www.jstor.org/stable/25135163?seq=1#page_scan_tab_contents

Ramírez , Ignacio. Obras Completas. Tomo I, II y VII. Compilación y Revisión de David R. Maciel y Boris Rosen Jélamer. Centro de Investigación Científica “Jorge L. Tamayo A.C.”. México.

Ramírez Ignacio. La palabra de la Reforma en la República de las Letras. Una antología general/Ignacio Ramírez; selección y estudio preliminar de Liliana Weinberg. Fondo de Cultura Económica. México: 2009

Reyes Heroles, Jesús. El Liberalismo Mexicano. III La integración de las ideas. Fondo de Cultura Económica. México: 1974.

Rovira Gaspar María del Carmen et al. Una aproximación a la historia de las ideas en México siglo XIX y principios del XX. Universidad Nacional Autónoma de México. Ciudad de México: 1997.

 

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