Dictadura-Militar-Operacion-Condor-Ultraderecha-Historia

Breve historia de las ultraderechas en Latinoamérica

Este año, el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil nos recordó que la ultraderecha es un cáncer que nunca fue erradicado por completo en Latinoamérica, simplemente estuvo en remisión. A lo largo del siglo XX, prácticamente todas las repúblicas de América del Sur fueron sometidas por dictaduras militares: mandos castrenses que conquistaron el poder a través de la traición y que se aferraron a su autoridad al aplicar la fuerza del Estado en toda su brutalidad.

Con la instauración de la democracia en la década de los 80, uno pensaría que los pueblos sudamericanos nunca iban a permitir que el autoritarismo volviera a asomarse por los pasillos de los palacios de gobierno. Claro, para que una figura de corte fascista pudiera reaparecer en el escenario político, tendría que abrirse camino por la vía democrática. Bajo esa premisa, nadie esperaba que una nación tuviera nostalgia por las cadenas de los generales. La sangrienta historia del siglo pasado debió ser evidencia suficiente.

El triunfo de Jair Bolsonaro, el “Trump brasileño” que tiene preocupado al mundo

No obstante el descontento provocado por los gobiernos de izquierda, el triunfo tan contundente de Bolsonaro fue una sorpresa. ¿Qué podemos decir de la amnesia colectiva que padece un país cuando el 59% de brasileños con menos de 34 años de edad votan por el candidato de extrema derecha? Evidentemente, se trata de gente que no vivió de carne propia el trauma de una dictadura que violaba las libertades constitucionales de una población. ¿Dónde quedaron los libros de historia? ¿Dónde quedó la reflexión social y la memoria nacional? (Ahora bien, queda por ver si Bolsonaro, el presidente, es incitado por las instituciones democráticas a moderar las posturas de Bolsonaro, el otrora diputado y candidato).

Por eso es tan importante que los medios de comunicación difundan de manera constante las lecciones de la historia. Las generaciones del pasado no lucharon y vencieron al autoritarismo, solo para que sus nietos, en el tiempo presente, emitan votos a favor de un candidato con delirios de dictador. Así que vale la pena preguntarse (de nuevo) ¿cómo llegaron al poder los mandos militares del Cono Sur en el periodo de la Guerra Fría? ¿Cuáles eran sus métodos para imponer el orden social y castigar a los disidentes? ¿Y cuál fue el papel de Estados Unidos en las decisiones que derivaron en la sumisión de la democracia y el aniquilamiento de los movimientos sociales?

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Henry Kissinger, ganador del premio Nobel de la Paz en 1973 (AP Photo/JD)

Henry Kissinger, ganador del premio Nobel de la Paz en 1973 (AP Photo/JD)

Antes de repasar los acontecimientos históricos de cada país, hablemos de Estados Unidos y su política exterior. Por muchos años, el Plan Cóndor fue rechazado como una noción digna de alguna teoría de conspiración disparatada que pintaba a Estados Unidos como una entidad imperial que manipulaba la dirección de los regímenes latinoamericanos a su antojo. Incluso cuando fueron descubiertos los llamados ‘Archivos del Terror’ en el Paraguay de 1992, todavía sonaba de lo más extravagante la trama de una operación sumamente sofisticada que coordinaba a las fuerzas de inteligencia de diversos países para eliminar a grupos opositores y simpatizantes de izquierda, todo esto bajo la supervisión de la CIA y la Secretaría de Estado de Henry Kissinger.

Sin embargo, la desclasificación de archivos secretos pertenecientes al gobierno estadounidense, así como los juicios de antiguos represores, fueron dando veracidad a las acusaciones de coordinación y manipulación. En efecto, el ‘imperialismo yanqui’ siempre estuvo presente detrás del telón, moviendo los hilos, y el Plan Cóndor solo fue la punta del iceberg. En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos jamás iba a permitir que la Unión Soviética instalara otro satélite en “su hemisferio” (una mezcla de las Doctrinas Monroe y Truman). La Cuba de Fidel Castro era un virus, y cuando Washington no pudo eliminar este virus, movió sus piezas para “vacunar” a los más susceptibles a contraer la enfermedad socialista. ¿Cómo? Orquestando golpes de estado y apoyando a los gobiernos de ultraderecha que brotaban en su lugar. Así es como fue implementada la terrible Doctrina de Seguridad Nacional de los 60, 70 y 80, resultando en la desaparición, tortura y muerte de cientos de miles de personas.

De acuerdo a la Teoría del Dominó, el comunismo global debía ser combatido y frenado en todos los frentes, pero más allá de eso, Latinoamérica siempre ha tenido un lugar especial dentro de la esfera de influencia de EE.UU. Para Washington, era inaceptable que un país en “su hemisferio” fuera capaz de poner en práctica un plan de desarrollo integral que pusiera primero la soberanía y el bienestar nacional, o mejor dicho, que fuera capaz de declararse independiente de los intereses estratégicos y económicos de Estados Unidos. Si el triunfo de Castro fue la prueba de la existencia de un camino alterno a ser un subordinado de la agenda exterior norteamericana, Salvador Allende era la prueba de que este camino podía ser alcanzado pacíficamente a través de las urnas; no había necesidad de una insurrección armada. Tristemente para Chile y Allende, Kissinger -aquel premio Nobel de la Paz en 1973- tenía otros planes: El terrorismo de Estado a cambio de hegemonía total sobre el continente.

CHILE: “UN PUEBLO AL SUR DE ESTADOS UNIIDOS”

El uniforme y la banda presidencial de Augusto Pinochet (AP Photo/Luis Andres Henao)

El uniforme y la banda presidencial de Augusto Pinochet (AP Photo/Luis Andres Henao)

Según el internacionalista Thomas Carothers, “los Estados Unidos apoyan la democracia, siempre y cuando, el resultado se ajuste a sus objetivos estratégicos y económicos”. Esto resultó evidente el 11 de septiembre de 1973, cuando Washington no hizo nada por frenar el golpe de estado que terminaría con la vida de un presidente elegido por la vía democrática. Así como la CIA tenía conocimiento de los planes de las fuerzas armadas chilenas en los días previos al asalto del Palacio de la Moneda, Washington estuvo por muchos años frustrando las aspiraciones presidenciales de Salvador Allende, financiando las campañas de sus rivales políticos, por ejemplo. Cuando el político socialista ganó las elecciones presidenciales de 1970, Kissinger (bajo las órdenes de Richard Nixon) montó el escenario para derrocar a Allende en cuanto antes.

Bajo la estrategia de “seguridad nacional” de Washington, era mucho más preferible lidiar con una brutal dictadura que violaba los derechos humanos que con un presidente que se codeaba con Castro. Estados Unidos envió de regreso a los ‘Chicago boys’ -economistas chilenos que fueron educados en la Universidad de Chicago por profesores neoliberales como Milton Friedman- y a través de la CIA, Kissinger brindó apoyo a la junta militar encabezada por el general Augusto Pinochet, en particular a la temida Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). De 1973 a 1977, la DINA se encargó de infiltrar movimientos políticos de oposición y castigar a todo aquel subversivo que se atreviera a insinuar si quiera una consigna izquierdista en voz o papel. Durante el liderazgo del general Pinochet, el gobierno implementó políticas de extrema derecha como la prohibición de partidos políticos, la disolución de una cámara representativa de legisladores y la censura de opiniones ajenas al discurso oficial, entre otras medidas represivas.

Cabe resaltar el papel que tuvo la DINA en la creación del plan que sistematizó la crueldad del autoritarismo a una escala internacional: la Operación Condor. Su diseño es atribuido a Manuel Contreras, director de la DINA y consentido de la CIA. El 25 de noviembre de 1975, el señor Contreras convocó en Santiago a los jefes de inteligencia de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil. El objetivo: la coordinación y el intercambio de inteligencia y recursos operativos para eliminar entidades opositoras. A mediados de los 70, el Plan Cóndor fue un tremendo éxito. Contreras eliminó a decenas de figuras de alto perfil, no obstante el territorio en el que se refugiaban. Sin embargo, el director de la DINA sobrestimó su postura con Washington cuando el 21 de septiembre de 1976, un agente de la CIA de nombre Michael Townley mató con explosivos a Orlando Letelier, un ministro en la presidencia de Allende que vivía exiliado en Washington D.C. En la explosión murió además un ciudadano estadounidense. Kissinger no tuvo forma de solapar los movimientos de Contreras y la justicia de EE.UU. pidió la extradición del director de la DINA. Contreras renunció al órgano de inteligencia, pero el gobierno de Pinochet pudo ampararlo de la justicia norteamericana. Washington tuvo que seguirle el juego a los chilenos. Contreras sabía demasiado.

El general Pinochet sostuvo las riendas del poder de 1973 a 1990. Se estima que durante este periodo 2298 personas fueron ejecutadas, 1209 fueron desaparecidas y 28,259 fueron detenidas por motivos políticos. El dictador más terrible de Sudamérica durante esta época tuvo que dejar el Palacio de la Moneda tras ser derrotado en un procedimiento irónicamente democrático: un plebiscito (el video de arriba corresponde a la campaña que se encargó de promover el voto a favor del ‘no’, es decir, el ‘no’ a la continuación del régimen pinochetista).

ARGENTINA: “LOS DINOSAURIOS”

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Programa de tortura para entrenar al ejército argentino, el cual presuntamente se mantuvo tras la caída de la dictadura. (AP Photo/Handout/Mothers of the Plaza de Mayo)

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Aunque Chile tuvo la iniciativa de presentar la Operación Cóndor, Argentina tenía la disposición y la experiencia para llevarla a cabo hasta su máxima extensión. De 1975 a 1984, el terrorismo de Estado implementado en este país por las Fuerzas Armadas y el grupo parapolicial Triple A terminó con la desaparición forzada de miles de personas. Ya que no se tiene un registro de las detenciones extraoficiales, la cifra tiende a oscilar entre las 5 mil y 30 mil personas “chupadas”. El método de desaparición obedecía a un esquema de ingeniería: secuestro por encapuchamiento, traslado a centros clandestinos de detención (CCD), interrogación por medio de tortura, asesinato y desaparición del cuerpo. El recurso más infame de los oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) para borrar la evidencia fueron los llamados ‘vuelos de la muerte’, donde los cuerpos de presuntos subversivos eran arrojados al océano desde aeronaves militares. De acuerdo a varios testimonios, muchas víctimas eran lanzadas aún con vida, anestesiadas con pentotal sódico. El gobierno tuvo que descontinuar esta salvaje práctica de exterminio a causa de los cadáveres que luego aparecían en las playas uruguayas, arrastrados por las olas.

Pero regresemos al principio. En marzo de 1976, cuando arrancó el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (eufemismo orwelliano para referirse a la última dictadura cívico-militar), la Argentina ya había pasado por medio siglo de traiciones a la democracia, juntas militares y gobiernos peronistas. A pesar de la prosperidad que gozó el país a inicios del siglo XX, la inestabilidad política-económica de las décadas posteriores condenó a la nación a una quiebra perpetua. Cuando Juan Domingo Perón retomó el poder en octubre de 1973, su regreso triunfal de la proscripción tuvo una duración corta: el presidente populista murió ocho meses después de un paro cardíaco. A partir del 1ro de julio de 1974, su lugar en la presidencia fue ocupado por su propia esposa, María Estela Martínez, mejor conocida como Isabelita Perón. Su breve mandato estuvo marcado por la polarización ideológica y los enfrentamientos armados contra sectores revolucionarios como los Montoneros. Las operaciones clandestinas de las guerrillas hizo que se incorporaran al aparato burocrático del Estado ciertos organismos paramilitares como la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Ante la creciente inestabilidad de la nación y la derechización de la opinión pública, fue entonces que las fuerzas militares, los grupos empresariales, la Iglesia Católica, la prensa y la oposición política conspiraron para derrocar de nueva cuenta al peronismo, y claro, todo esto con el aval de la embajada estadounidense y el señor Kissinger. En los primeros meses de 1976, el golpe de estado estaba más que cantado.

Jorge Rafael Videla, teniente general y comandante del Ejército, encabezó la junta militar como primer presidente de facto de la República Argentina. Su mandato duró de 1976 a 1981, el periodo más sangriento del gobierno golpista. El principal objetivo del Proceso de Reorganización Nacional consistía en la reorganización radical del país, implementando reformas a la economía, las relaciones laborales, el sistema político y la cultura nacional, para ya luego convocar a elecciones en un tiempo “por definir”. Por supuesto, el Proceso no ofrecía tolerancia para la discusión de ideas, y su adscripción a la Operación Condor lo tenía sujeto a la persecución y exterminación de comunistas, guerrilleros, activistas y demás opositores políticos, no solo argentinos, sino también los disidentes de otras naciones sudamericanas también controladas por la milicia. La nefasta crueldad del régimen de Videla fue notoria entre los demás países del Plan Cóndor, sobre todo por su programa de apropiación de menores, esto es, la práctica sistemática de secuestrar y dar en adopción a los hijos pequeños de las víctimas de desapariciones forzadas. Las Abuelas de Plaza de Mayo estiman que la dictadura secuestró a cerca de 500 niños y ocultó sus identidades.

Afortunadamente, el Proceso tuvo un abrupto final cuando se enredó en un conflicto bélico con el Reino Unido. En abril de 1982, bajo la presidencia de Leopoldo Fortunato Galtieri, fuerzas militares argentinas ocuparon las Islas Malvinas bajo el precepto de que el colonialismo británico estaba violando la soberanía nacional. El gobierno de Margaret Thatcher respondió formando un consejo de guerra y la marina británica aplastó en cuestión de semanas al ejército de la dictadura, precipitando su caída y convocando a la transición democrática al año siguiente. Fue una lástima; según Noam Chomsky, la dictadura argentina era el régimen favorito de Ronald Reagan.

URUGUAY: “EL INFIERNO TAN TEMIDO”

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Automotores Orletti (Ginés90 – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=31909285)

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¿Qué motiva a una persona a empujar a otra por la puerta de un avión que vuela sobre el mar? ¿Qué impulsa a un ser humano a tomar un bastón eléctrico para ganado y presionarlo contra los genitales de otra persona? ¿Qué clase de sadismo inspira la extracción de uñas con pinzas, los martillazos contra los dedos, la introducción violenta de objetos en las partes íntimas? ¿Por qué obligar a una persona a tragar su propio excremento o a tener relaciones sexuales con otros prisioneros? Si bien Sudamérica no pasó por las atrocidades que cometió el Hombre durante la Segunda Guerra Mundial, el latinoamericano no se queda atrás en lo referente al potencial del ser humano para la maldad. Los servicios de inteligencia de los países del Cono Sur tomaron nota de los métodos de interrogación empleados en otras partes del mundo, tanto así que invitaron a efectivos militares franceses para aprender las técnicas que usaron en la interrogación y tortura de prisioneros en la Guerra de Independencia de Argelia.

La imagen de arriba, por ejemplo, corresponde a la fachada de los Automotores Orletti, un antiguo centro clandestino de detención operado entre mayo y noviembre de 1976 por la inteligencia argentina. Como éste, hubo muchos. Ubicado en Buenos Aires, hoy abre sus puertas al público como un museo dedicado a la memoria de las víctimas del Estado. En su interior, el visitante realiza un recorrido bastante tétrico por las habitaciones que alguna vez sirvieron para retener, torturar y asesinar a todo aquel que se atreviera a pronunciarse en contra de los regímenes autoritarios. Entre las rejas de este viejo taller mecánico no solo sufrieron ciudadanos argentinos, también uruguayos, de acuerdo a lo establecido en la Operación Cóndor en materia de cooperación internacional. Se calcula que al menos fueron 300 los detenidos que pasaron por sus puertas, víctimas de policías y guardias que simplemente “seguían órdenes”. Ya saben, nada personal.

Aunque la dictadura argentina tuvo una relación relativamente fructífera con los países aliados que conformaban el Plan Cóndor, ninguna relación fue tan estrecha como la que compartió con la vecina República Oriental del Uruguay. Desde que el peronismo reconquistó la Casa Rosada en 1973, a los rivales políticos de Perón les urgía llevar a cabo un plan para la ‘bordaberrización’ del país, es decir, la instauración de una dictadura con una presidencia civil, tal como sucedió en Uruguay tras el autogolpe de estado del 27 de junio de 1973. El término ‘bordaberrización’ hace referencia a Juan María Bordaberry, un político uruguayo que fue elegido por las urnas para asumir la presidencia en 1972, pero que se hizo dictador al año siguiente, traicionando la voluntad del pueblo. El señor Bordaberry se vio obligado a disolver el Parlamento y sustituirlo por un Consejo de Estado, y se dice que el presidente “se vio obligado” porque a inicios de 1973, las Fuerzas Armadas presionaron a Bordaberry para que un mayor número de oficiales fueran asignados con puestos en el gabinete, prácticamente convirtiendo al mandatario en su títere por tres años.

¿Pero cómo fue eso? ¿A qué obedece la necesidad de borrar las instituciones democráticas que con tanto esfuerzo le tomó construir a generaciones previas? ¿Qué les hizo pensar a los militares de tantos países en Latinoamérica que ellos podían sustituir a la autoridad civil para gobernar los asuntos públicos de una nación? Para responder a estas preguntas, vale la pena ir más atrás y analizar el fascinante caso brasileño…

BRASIL: “CÁLLESE”

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Foto de Agencia Estado que muestra al periodista y prisionero político, Vladimir Herzog, antes de ser asesinado en 1975. (AP Photo/Dida Sampaio-AGENCIA ESTADO, file)

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En defensa del señor Kissinger -Secretario de Estado de Richard Nixon y artífice de la Operación Cóndor- él no fue la raíz de todos los males que aquejaban a las naciones de Latinoamérica en la época de la “guerra sucia”. El ganador del Premio Nobel de la Paz simplemente ejecutaba los lineamientos establecidos por sus antecesores en el marco de la Guerra Fría. Ya desde 1962, en medio de la obsesión que afligía al presidente John F. Kennedy sobre Cuba (y por extensión, la Unión Soviética), el mandatario de Estados Unidos tomó la decisión de modificar la misión de las Fuerzas Armadas en Latinoamérica, de una enfocada en la “defensa del hemisferio”, hacia otra enfocada en la “seguridad interna”. En otras palabras, la ejecución de un plan de guerra contra la población doméstica para así evitar que se replique el triunfo de Castro en otros países. Así lo explicó Charles Maechling Jr, quien fuera un oficial del Departamento de Estado de 1961 a 1966, encargado del planeamiento contra-insurgente: a partir de 1962, la postura estadounidense cambió de “tolerancia” a la crueldad de los militares latinoamericanos, a fomentar los crímenes políticos perpetrados contra la población y apoyar “métodos que remitían a los escuadrones de la muerte de Heimrich Himmler” (Los Angeles Times, 18 de marzo, 1982).

El golpe de estado que se llevó a cabo en Brasil el 31 de marzo de 1964 dio inicio a la Doctrina de Seguridad Nacional. El presidente Kennedy ya estaba muerto para entonces, pero esto no evitó que Estados Unidos brindara apoyo económico y logístico a los efectivos militares que ejecutaron el golpe, derrocando al gobierno de João Goulart. Este último fue un presidente que había adoptado reformas y medidas sociales que inclinaban la balanza hacia la izquierda, llegando al extremo imperdonable de abrir relaciones diplomáticas con los rusos. Ante los temores de la instauración de un sistema comunista, las élites empresariales, los medios de comunicación, la Iglesia Católica y los gobernadores estatales dieron su visto bueno al coup d’État, sirviendo de ejemplo al resto de la región.

La dictadura brasileña no comparte la reputación de violencia sádica que caracterizaron a los regímenes argentinos y chilenos, lo que permitió un cierto nivel de tolerancia de parte de la población, alargando su periodo de hegemonía (de 1964 a 1985). No obstante, la dictadura no estuvo exenta de los actos de represión que caracterizan a un Estado enfocado en la seguridad nacional, particularmente en los primeros años y durante el apogeo de la Operación Cóndor. En sus inicios, cuando el régimen se apegó a una estructura netamente militar, el mandato del mariscal Humberto de Alencar Castelo Branco vio el desmantelamiento de la izquierda en el Congreso y la abolición de todos los partidos. También se impusieron restricciones severas a la prensa nacional, la represión contra las manifestaciones populares y la reducción de libertades sindicales, entre muchas otras restricciones a los derechos civiles.

A partir de 1967, se vio la implementación de un modelo de estado burocrático-autoritario, ofreciendo la simulación de conceder ciertas libertades políticas, por ejemplo, al permitir un partido de oposición en el congreso. Por supuesto, el partido único de facto, la Alianza Renovadora Nacional (ARENA), se las arregló para nunca ceder el Poder, rotando la presidencia entre cinco presidentes de origen castrense. Si no fuera por las fuertes dificultades económicas que se presentaron a inicios de los 80 y el colapso de los gobiernos autoritarios en el resto de Sudamérica, el liderazgo militar brasileño bien pudo haberse perpetuado.

BOLIVIA y PARAGUAY

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El general Alfredo Stroessner, derecha, da un discurso, flanqueado por el general Augusto Pinochet. 14 de mayo, 1974, en Asunción (AP Photo/Eduardo Di Baia)

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En contraste a lo que se ha escrito sobre las tragedias ocurridas en Chile, Argentina y Brasil, el mundo ignora en mayor medida lo acontecido durante las dictaduras en Bolivia y Paraguay en este mismo periodo. El régimen paraguayo, por ejemplo, se recuerda por el largo, largo mandato de un dictador, el general Alfredo Stroessner. Hijo de un migrante alemán, Alfredo Stroessner escaló rápidamente la jerarquía de las Fuerzas Armadas, triunfando en la Guerra del Chaco contra Bolivia y alcanzado el rango de general de división a los 36 años. Desde su punto de vista, Paraguay era un país pobre, castigado por la falta de orden y disciplina en las altas esferas del poder. Se afilió al Partido Colorado en 1951 y tres años después, encabezó un golpe de estado, derrocando al presidente de su mismo partido. A mediados de 1954 se postuló como candidato único y ganó la presidencia. El general Stroessner se aferró con los dientes a su protagonismo presidencial hasta 1989. Su mandato se distinguió por la típica receta de un gobierno de ultraderecha (represión, censura, persecución, tortura) sumado a una simpatía por el fascismo que convirtió a Paraguay en un país refugio de nazis y dictadores derrocados de otras naciones.

En lo relativo a Bolivia, la década de los 60 en este país fue más bien un embrollo de gobiernos militares de corta duración, asesinatos políticos y golpes de estado, todo esto opacado por la captura y ejecución del ‘Che’ Guevara en 1967 y la derrota de la guerrilla que encabezaba. Los años de la dictadura, propiamente dicha, comenzarían en 1971 con la toma del poder del general Hugo Bánzer Suárez, usurpado al general J.J. Torres (asesinado pocos años después por sicarios argentinos de la Operación Cóndor). Al igual que Stroessner, Hugo Bánzer era de ascendencia alemana y diagnosticó que al país le hacía falta mano dura para poder posicionarse en el escenario mundial, es decir, servir los intereses de Estados Unidos. De acuerdo a las cifras de organizaciones de derechos humanos, en los siete años que duró el régimen del general Bánzer, se habla de más de mil ejecutados y desaparecidos, así como 3 mil detenidos y miles más de exiliados. Curiosamente, este actor de la ‘guerra sucia’ sudamericana fue el único que pudo volver al escenario político en la era democrática, ganando la presidencia por las urnas en 1997 con una ligera mayoría. Cuando asumió la presidencia, él se dijo un hombre cambiado, dispuesto a gobernar al servicio del pueblo, pero la sensación de victoria le duró poco. En agosto de 2001 renunció al Poder Ejecutivo por un cáncer que le diagnosticaron. Murió un año después.

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El general Hugo Banzer, centro, deja el palacio presidencial tras su renuncia a la presidencia. (AP-Photo)

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“NI PERDÓN, NI OLVIDO”

¿Cuál es la diferencia entre un gobierno de extrema derecha y otro de extrema izquierda? Así como la serpiente que se come su propia cola, el espectro político es como el Uróboros (en ciencia política tenemos la Teoría de la herradura, propuesta por el filósofo francés Jean-Pierre Faye). Se dice que hay un punto en el que se encuentran los radicales y se vuelve imposible distinguir entre dos sistemas de gobierno de polos dizque opuestos. En el siglo XX, el mundo tuvo la mala fortuna de atestiguar estas dos formas que comparten más similitudes que diferencias, por más difícil que haya sido ver a un comunista compartir la misma mesa con un fascista (fuera del Pacto Ribbentrop-Mólotov). En la práctica, ambos extremos se distinguen por el autoritarismo, la restricción de derechos individuales, la propaganda oficialista, la censura de las opiniones, la abolición de la oposición política, el abuso de autoridad, la centralización de los órganos de gobierno y la idea de que la población debe trabajar por el bien colectivo. Sobre este último punto, la derecha cree que el bien colectivo se refleja en “el Estado”, mientras que la izquierda se inclina por la visión de “un Pueblo”, pero todo este esfuerzo se canaliza a través de un partido único, llámenle Partido Comunista de la Unión Soviética o Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. ¿Pero si estas políticas han sido un fracaso en numerosas ocasiones, por qué el mundo sigue cayendo en estas trampas?

Dice Noam Chomsky en su más reciente libro, ¿Quién domina el mundo? (fuente principal de esta nota):

La amnesia histórica es un fenómeno peligroso no solo porque socava la integridad moral e intelectual sino también porque sienta las bases para los delitos que aún están por venir.

Es decir, si no aprendemos de los errores de las generaciones pasadas, aunque sea en otras partes del mundo, corremos el riesgo de volver a caer en los extremos, seducidos por la propaganda de los ultras y su lógica torcida. En lugar de matarnos entre nosotros por diferencias de razonamiento, más nos conviene percatarnos de nuestras similitudes para trabajar en las soluciones que las sociedades requieren. Si somos capaces de volver al pasado para rescatar la memoria de los caídos, somos capaces de mirar el presente con los ojos de aquéllos, como si sus experiencias ahora fueran nuestras. Por esto, debemos siempre recordar que la prevención de nuevas tragedias es la mejor forma de brindarle justicia a las víctimas del ayer.

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