¿El Halloween pone en riesgo el Día de Muertos? Cruce y choque de tradiciones

¿El Halloween choca con el Día de Muertos? Aunque parezcan antagonistas, ambos festejos tiene un pasado y un futuro en común.
octubre 22, 2020

¿El Halloween choca con el Día de Muertos? ¿Es posible que una tradición engulla a la otra? Con frecuencia se presentan al Halloween y al Día de Muertos como antagonistas, donde una festividad foránea puede poner en riesgo la tradición local. En este ensayo explicamos el pasado y futuro que ambos festejos tienen en común.

Muchos niños que crecieron en los noventa celebraban Halloween rodeados de advertencias y reproches: maestros, familiares y medios de comunicación ponían un particular hincapié en tres puntos. El Halloween era una celebración extranjera, que lejos de ser una fiesta genuina era un ardid publicitario que presentaba posturas anti católicas como un juego inofensivo.

En su mayoría, los niños no tenían prohibido salir a pedir dulces, pero antes debían escuchar una admonición al respecto.

En aquellos tiempos México transitaba por una apertura económica sin precedentes. Gracias al TLC, Estados Unidos, que para muchos era el antagonista natural de los libros de Historia, pasó a ser nuestro principal aliado económico. Como saben los historiadores, los cambios económicos acarrean cambios culturales; y una manera de producir bienes y mover una economía se acompaña de su propio correlato cultural.

Desde que los fenicios llevaron en navíos su alfabeto a los griegos, sabemos que el flujo de mercancías suele aliarse al flujo de ideas. En medio de la apertura económica de los noventa, el festejo del Halloween se extendió por el país más allá de los estados fronterizos. Treinta años después de este proceso, los críticos del Halloween mantienen los mismos tres puntos en contra: una celebración extranjera, un ardid comercial, un festejo anti católico.

Halloween en Tijuana. (Imagen: Cuartoscuro)

La discusión no es exclusiva de los mexicanos. Como lo apuntó el ensayista español Vicente Verdú en el libro El planeta americano, la globalización cultural ha sido principalmente un proceso de “americanización” del mundo. Estados Unidos provee al orbe de películas, canciones y comida. Todos estos productos culturales son vehículos ideológicos que promueven la idiosincrasia de sus creadores.

Tres personas que no comparten idioma ni continente ahora mismo comen el mismo platillo de una cadena de comida rápida o ven la misma serie producida en California. Visto así, la globalización no solo provoca que todos vistamos igual o escuchemos lo mismo, sino que además nos convierte en versiones autóctonas del american way of life.

Aunque la balanza geopolítica ha modificado en tiempos recientes el papel de Estados Unidos, su hegemonía cultural sigue intacta. Muchos países de Europa y América Latina han discutido en años recientes que sus niños vayan de puerta en puerta pidiendo dulces disfrazados como monstruos y brujas.

Para ejemplo, este artículo del 2009 publicado en el diario español El Mundo, donde el obispo José Sánchez declaraba lo siguiente:

“[El peligro radica en que] a impulsos del comercio, del consumo y de la moda, costumbres como esta, paganas, importadas, prevalezcan y hasta desplacen costumbres cristianas como la devoción a los santos y la oración por los difuntos”.

Como puede notarse, estos reparos son idénticos a los que se llegaron a comentar en las sobremesas y los noticiarios mexicanos hace 30 años. El Halloween se festeja en el cien por ciento del territorio mexicano, pero sigue vigente la discusión sobre qué tan pertinente ha sido su adopción.

Celebración del Día de Muertos en San Diego, California. (Imagen: Especial)

En 2018, el vocero de la arquidiócesis en San Luis Potosí, Juan Jesús Priego Rivera, declaró lo siguiente:

“No solo se están perdiendo las tradiciones mexicanas, sino de todo el mundo con la globalización y la influencia de la cultura norteamericana, no solo se pierden tradiciones sino también, lenguas originales, dialectos, tradiciones…”

Sin embargo, el clérigo matizaba el argumento religioso y ponderaba la uniformidad cultural que acarrea la hegemonía norteamericana:

“No les podemos decir [a los niños] que no lo hagan porque estén invocando al Diablo, no; en México tenemos muchas tradiciones que pueden ser tan atractivas como el Halloween o más atractivas”.

30 años después en México sigue vigente la pregunta: ¿deben las niñas y los niños celebrar el Halloween? ¿Esta celebración de verdad se opone al Día de Muertos?

Para responder estas preguntas primero se tiene que responder por el origen de ambas festividades y la forma en que actualmente interactúan.

 

El Halloween y el miedo calendarizado

El Halloween es el cruce de dos fiestas. Por un lado la fiesta pagana que celebraba las cosechas y anticipaba la llegada del frío. Esta celebración anglosajona derivada de la meteorología se cruzó con el Día de Todos los Santos celebrado por los cristianos hasta llegar al “All Hallows’ Eve”, la “Noche de Todos los Santos”, que en una contracción pasó a llamarse simplemente  “Halloween”.

Según narra la BBC, las migraciones, principalmente la irlandesa, llevaron el Halloween a Estados Unidos. Al principio, el festejo mantuvo su carácter rústico: al mismo tiempo que se celebraban las cosechas abundantes, se contaban historias y se abría una puerta a las leyendas.

Con las décadas se introdujeron cambios significativos: se prefirió tallar calabazas por encima de los menos populares nabos, se introdujo la decoración clásica como el espantapájaros y, finalmente, cuando la economía norteamericana conoció un boom inaudito tras la Segunda guerra Mundial, llegó el intercambio indiscriminado y casi promiscuo de dulces.

La mercadotecnia despojó al Halloween de su sentido ritual y llenó los huecos con los personajes que popularizaba el cine de terror norteamericano: brujas, vampiros, momias, hombres lobo. No había un afán ocultista detrás de esa parafernalia, sino un estricto interés mercantil. Por aquellos años, el cine había descubierto que a la gente no solo le gustaba que la asustaran, sino que además adoraba aún más programar esos sustos.

Halloween en Zacatecas. (Imagen: Cuartoscuro)

El cantante Ozzy Osbourne llegó a esa misma conclusión una tarde saliendo del cine: “La gente paga por ser espantada” fue la directriz estética que siguió con Black Sabbath, grupo pionero en la tradición de aterrorizar a las masas con rock pesado. El auge del miedo consumible tiene una explicación biológica y cultural: hace tan poco como el siglo XIX la cotidianidad entrañaba peligros mortales: donde no había enfermedades había conflictos y donde no había conflictos había encuentros con animales o accidentes domésticos que cobraban una importancia mayor ante la falta de antibióticos.

En el siglo XX, la esperanza de vida aumentó y los riesgos comunes se redujeron. Pero la necesidad de descargar adrenalina desde la glándula suprarrenal permaneció intacta. El heavy metal y las películas de terror cobraron un auge inusitado en sociedades donde la modernidad borraba la idea misma de peligro.

Bajo estas circunstancias era natural que la mercadotecnia dispusiera una fecha específica para experimentar la amenaza domesticada, a sabiendas de que el resto de los días suelen ser tan inofensivos como aburridos.

 

El Día de Muertos en tiempos de Pixar

Si el Halloween es la festividad propiciada por el clima que terminó siendo un festival del susto calendarizado, el Día de Muertos representa la permanencia de un culto soterrado.

Los mexicas disponían de múltiples destinos posibles para sus muertos. El lugar al que se iba dependía de quién era la persona y de cómo había muerto. El ahogado podía ir al Tlalocan, mientras que el guerrero muerto en combate se iba al Tonatiuh ichan. Al Mictlán se llegaba, en compañía de un perro, tras haber muerto por razones seculares. Los niños iban al Cincalco.

Con la llegada de los españoles, la vasta nomenclatura de la vida ultraterrena se fusionó con el católico Día de Todos los Santos. Como con tantas ceremonias precolombinas que enfrentaron la persecución, el travestismo ritual se convirtió en un mecanismo de supervivencia.

El sincretismo permitió la supervivencia de una cosmogonía. Dicho de otra forma, en el rito del Día de Muertos, donde se celebra a los niños y luego a los adultos, permitió que siguiera vigente una forma de concebir el mundo.

Son desechables casi todas las teorías que se basan en la popularidad de la Catrina, invento satírico de Posadas, para sugerir sin rigor que “el mexicano no le tiene miedo a la muerte”. Sin embargo, es cierto que los mexicanos tienen una relación peculiar con los fallecidos.

En su definición de la literatura fantástica, el crítico Tzvetan Todorov define que lo fantástico radica en la irrupción súbita de un elemento irreal en un plano real compartido por los personajes y por el lector. Es decir el efecto fantástico depende del choque entre dos mundos.

Desfile del Día de Muertos en CDMX. (Imagen: Cuartoscuro)

Ese fenómeno propio de la literatura europea no se cumple en la literatura mexicana, pródiga en narraciones fantásticas donde no hay distinción entre lo real y lo sobrenatural. El mundo de los muertos no irrumpe en el de los vivos; se trate de Pedro Páramo o de una leyenda, las narraciones mexicanas no distinguen a los vivos de los muertos.

Este plano compartido de la existencia es herencia de la cosmogonía mexica. A decir del investigador Patrick Johanson, los ancestros tenían un papel en la vida cotidiana:

“Se invocaban para la siembra, la cacería o la guerra, se convocaban en el contexto de ritos mágicos, y se evocaban para distintos acontecimientos sociales como los nacimientos, matrimonios, etcétera. Los finados seguían participando espiritualmente de manera activa a la vida del grupo.”

Acaso ahí radique la explicación de cómo conciben el miedo los norteamericanos y los mexicanos. Arriba del Río Bravo hay una relación binaria con el susto: las películas y los relatos producen terror o producen indiferencia. En cambio, los mexicanos tiene una relación agridulce con el miedo: según llegaba a decir en clase la investigadora Mariana Ozuna, más que miedo, los mexicanos sienten cuz cuz. Ese vocablo, que denota un suplicio placentero semejante al que produce la salsa picante, representa una relación compleja con el temor y con su disfrute.

A diferencia del Halloween, diseñado para la adrenalina, el Día de Muertos es un día avocado a la nostalgia, a los que no están pero siguen “participando espiritualmente de manera activa en la vida”.

Ese “participar espiritualmente” se recrudeció cuando el Día de Muertos cruzó el Río Bravo. Los migrantes llevaron consigo el festejo y lo dotaron de un inusitado matiz identitario. En el Día de Muertos ya no solo cabe el recuerdo de un ser querido, sino también la añoranza de una tierra específica y la celebración de una travesía afortunada entre dos países y dos lenguas.

El Día de Muertos celebrado en Estados Unidos es la versión noble de un rito marcado por la los tratados de libre comercio y los fenómenos migratorios. El lado que algunos encuentran reprochable está en la mercantilización de un festejo que se suponía ajeno a todo afán pecunario.

En esta época, la mercancía es el vehículo preferido de los afectos y las ideas. Y esa es la forma en que nuestra tradición ha sido compartida con los públicos mundiales. Esto quedó demostrado en dos momentos cinematográficos. El primero, cuando una película de James Bond representó un “tradicional desfile del Día de Muertos” que jamás había ocurrido.

“Chicle y pega” es el mantra que acompaña a los mexicanos ante las propuestas descabelladas. Eso podría decirse del “tradicional desfile”: pegó. El escenario concebido por un guionista necesitado de una multitud colorida donde poner al célebre agente británico, terminó siendo una celebración de carne y hueso.

Calaveritas de azúcar. (Imagen: Especial)

El otro caso del Día de Muertos convertido en mercancía global es la película Coco. Más allá de su trama irreprochable, la película de Pixar consiguió que los mexicanos consumieran su propia identidad convertida en un producto foráneo.

Los mayores reprochaban a los niños en los noventa que el Halloween suplantaría al Día de Muertos. Lo que en cambio terminó sucediendo fue que el Día de Muertos global suplantó al Día de Muertos familiar.

Este terror ante la posibilidad de que la tradición se convirtiera en propiedad intelectual del mercado encarnó durante lustros en una leyenda urbana que pregonaba que la Virgen de Guadalupe había sido patentada en China y que ahora cada reproducción suya debía pagar derechos allende los mares.

Con Coco la amenaza cristalizó pero dejó de causar miedo. Ante el estreno de la película, los mexicanos llenaron como nunca las salas de cine y las salas de cine se llenaron como nunca de lágrimas por la historia de Miguel durante su periplo en la tierra de los muertos. Este fenómeno cultural acaso fue pronosticado por Carlos Monsiváis en su anverso: la mexicanización del Halloween.

“Sin aferrarse al purismo, esta industria comercializa la experiencia colectiva hasta desdibujarse, y luego de breves resistencias llama Identidad al sincretismo. Así se da, en las fiestas de noviembre, la interacción del Hallo­ween y el Día de Muertos, que en verdad no convoca a ultraje alguno, porque más mexicano que este Halloween superanaranjado y baratero, ni Tlaquepaque”.

Así como el Halloween se volvió región 4, Coco demostró que las tradiciones ahora están cruzadas por el mercado de forma ineludible. Nuestra tradición no se extinguió, pero en el camino se adaptó de forma insospechada al contexto actual. En rigor el fenómeno no es nuevo: en el siglo XIX muchas tradiciones se domesticaron bajo otra consigna totalizadora: la identidad nacional.

Como se comprende en textos de diversa índole, que van de las reflexiones de Carlos Monsiváis a las novelas de Álvaro Enrigue y Carlos Fuentes,  la “identidad nacional” fue una ficción puesta en marcha para permitir la unión de un territorio en un tiempo convulso. Ese fue el marco al que se sujetó por mucho tiempo nuestro Día de Muertos, una festejo del que se debía participar porque éramos mexicanos, no porque quisiéramos conmemorar a priori a los idos.

 

¿Para qué sirven las tradiciones?

El dominio político, económico o militar de un país puede conseguir que desaparezca una nación, pero ni siquiera una férrea hegemonía cultural puede impedir que sobreviva una tradición. Las tradiciones y los mitos, como lo explica Roland Barthes en su libro Mitologías, son vehículos de representación que permiten enviar mensajes más allá de los paradigmas políticos o económicos.

A decir de Heriberto Yépez en su libro La increíble hazaña de ser mexicano, las tradiciones deben disponer de una característica esencial para seguir existiendo: ser útiles a una comunidad. En el momento en el que una tradición deja de ser útil, desaparece.

La única amenaza para el Día de Muertos sería que dejara de significar algo para sus practicantes. Mientras el rito íntimo del cempasúchil, el pan y el papel picado siga permitiendo que una familia entre en contacto simbólico con sus muertos, el Día de Muertos sobrevivirá.