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El Primer Mundo padece una “epidemia de la soledad” y México podría contagiarse

En distintas entrevistas con sobrevivientes del tiroteo del 14 de febrero en una preparatoria de Florida, hay una palabra que a menudo brota cuando los estudiantes describen a Nikolas Cruz: Loner. Cuando Cruz era un alumno en la Marjory Stoneman Douglas High School, sus compañeros bromeaban que si alguien era capaz de desatar una masacre en la escuela, era él.

Cierto, Cruz era un tipo solitario, al igual que millones de adolescentes de personalidad tímida por todo el mundo. Pero también le gustaba hablar de pistolas y cuchillos, compartía videos en los que se cortaba a sí mismo, amenazaba de muerte a sus compañeros que lo molestaban y dejaba comentarios en redes sociales que debieron prender los focos rojos de alguna autoridad (en un comentario que dejó en YouTube meses antes del tiroteo, Cruz escribió: “Quiero ser un tirador profesional de escuelas”).

La tragedia de Nikolas Cruz debería ser un caso extremo, pero en un país en el que ocurre un tiroteo con múltiples víctimas por día, este asesino de 19 años se anotó como un nombre adicional en la estadística. Desde hace 1,870 días, en los Estados Unidos se han registrado 1,624 masacres, lo que ha resultado en 1,875 muertes. En lo referente a matanzas escolares, la nación americana ha sido testigo de 25 tiroteos a partir de Columbine en 1999.

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Nikolas Cruz (Mike Stocker/South Florida Sun-Sentinel via AP, Pool)

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La violencia en territorio estadounidense nos remite a la violencia que padece nuestro país, aunque los números son cien veces más catastróficos. Desde 2006, cuando Felipe Calderón declaró su guerra contra la delincuencia organizada, hasta finales de 2017, en México se han contado cerca de 235 mil víctimas mortales.

Pero la naturaleza de la violencia que padece nuestro país es diferente a la del vecino del norte. Mientras en México las matanzas obedecen a las condiciones de un mercado ilícito (control de plazas y rutas, guerras internas, ajustes de cuentas, víctimas colaterales, etc.) los motivos detrás de las masacres en EE.UU. suelen ser de otra índole, ajenos a los fines económicos de grupos delictivos como los cárteles.

El 17 de junio de 2015, Dylann Roof, un supremacista blanco, abrió fuego contra la congregación de una iglesia metodista en Charleston, Carolina del Sur, matando a nueve afroamericanos. El 12 de junio de 2016, Omar Mateen, un autodenominado muyahidín mató a 49 personas en un club nocturno de la comunidad LGBT de Orlando, Florida. El 7 de julio de 2016, Micah Xavier Johnson, un simpatizante de Black Lives Matter, asesinó a cinco policías en las calles de Dallas, Texas. El 5 de noviembre de 2017, Devin Patrick Kelley, un enfermo mental, mató a 26 personas en una iglesia de un pequeño pueblo de Texas, llamado Sutherland Springs.

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Sutherland Springs (AP Photo/Eric Gay)

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¿Qué tienen en común estas tragedias? Aparte del hecho de que fueron perpetradas por una sola persona (rara vez son dos o más) o que involucren el uso de una o más armas de fuego, casi siempre de alto calibre.

Ya sea por las directrices torcidas de una ideología, una interpretación radical de un dogma religiosa o una percepción extrema de un conflicto racial, los motivos son más psicológicos que económicos. ¿Y qué podemos decir de Stephen Paddock, el sujeto que dejó caer una lluvia de balas sobre los miles de asistentes a un concierto en Las Vegas? Ahí ni siquiera podemos decir con certeza qué lo impulso a jalar el gatillo.

Cualquier acto de violencia que termina en la privación de una vida es un tributo a la locura. ¿Pero podemos hacer un apartado especial para el asesino que, en un solo momento, arremete contra un conjunto de personas con las que no mantiene un vínculo personal? ¿Por qué vemos con tanta frecuencia este tipo específico de crímenes en EE.UU? ¿Y a qué se debe que estos casos de “terrorismo doméstico” y “masacres escolares” no se reproduzcan en México… aún (recordemos que son raros los sucesos como la matanza en el Colegio Americano de Monterrey)?

“La violencia física es la manifestación más perfecta de la individuación”, escribe Michel Houellebecq en Las partículas elementales. Lo que nos lleva al siguiente punto…

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Michel Houellebecq (AP Photo/Thibault Camus, File)

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EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD

Las partículas elementales fue publicado hace 20 años, quizás el libro más famoso, polémico y aclamado de Michel Houellebecq. Fue a partir de esta novela que el escritor francés luego se ganó una reputación de misógino, islamófobo, e incluso reaccionario, gracias en parte a una interpretación superficial de sus escritos. Si no fuera por la libertad de expresión, Houellebecq ya hubiera sido aplastado por aquellos grupos que han intentado censurar sus ideas. A final de cuentas, la literatura sale ganando porque el autor pone sobre la mesa ciertos tabús y pensamientos poco populares que se esconden entre las líneas del debate social. Tales oportunidades de reflexionar y debatir sobre estos temas son bienvenidos.

Una de las críticas más profundas a lo largo de su obra se da contra el individualismo. Pero en esta columna nos vamos a enfocar en los planteamientos expuestos en Las partículas elementales.

La novela narra la historia de dos medios hermanos. Uno de ellos es Michel, un biólogo brillante armado con mecanismos científicos para explicar el mundo, pero que a nivel personal, no hace ningún esfuerzo por encajar en su entorno social. Quien sí hace un esfuerzo (a menudo, patético e inapropiado) por encontrar su lugar en la sociedad es el otro hermano, Bruno, un maestro de escuela atrapado en una obsesión sexual mezclada con un complejo de inferioridad devastador, síntoma de una infancia marcada por los abusos de bullies.

Por más excéntricos que parezcan estos personajes solitarios, Michel y Bruno son productos de una sociedad que rinde culto al individuo. Así se lo explica Michel a su hermano mientras éste se ahoga en bebidas alcohólicas:

La mutación metafísica que dio paso al materialismo y a la ciencia moderna, a su vez, dio a luz dos grandes tendencias, el racionalismo y el individualismo. […] El individualismo da lugar a la libertad, al sentido de sí mismo, a la necesidad de distinguirse y el ser superior a los demás.

El sueño americano -tal como es presentado en la actualidad- es la gran aspiración de las democracias liberales del Primer Mundo. Es decir, el sistema está diseñado de tal manera que cualquier ciudadano (con todos los derechos que garantiza la ley) puede alcanzar una vida satisfactoria, incluso feliz. Si trabajas duro y vives honestamente, el sistema facilita el proceso para que puedas tener acceso a un empleo bien remunerado, a un vehículo y a una vivienda digna.

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(AP Photo)

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Aunque este “sueño” pudo ser una realidad para muchas personas, el mundo nos ha enseñado que el capitalismo es un sistema de equilibrios absolutos. Así como hay ganadores, deben haber perdedores, y así como existe la riqueza, debe existir un espacio correspondiente para la pobreza. Es el viejo concepto del yin y el yang. Si la distribución de la riqueza se acumula en una proporción cada vez más reducida de la población, entonces crece el número de personas que sufre las consecuencias de una desigualdad económica. Por supuesto, no hay nadie que anhele sacrificarse para que alguien más tenga una carrera exitosa. Es entonces que el capitalismo fomenta y explota uno de los aspectos más característicos de la naturaleza humana: la competitividad.

Tras la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos necesitaban vender una promesa para que el resto del mundo pudiera levantarse de las ruinas, y al mismo tiempo, combatir la creciente influencia del comunismo soviético. ¿Qué fue lo que hicieron? Pues tomar una página de los nazis al guiarse de los principios en el discurso filosófico de Friedrich Nietzsche: “el rechazo de la compasión, la elevación de los individuos sobre el orden moral y el triunfo de la voluntad.”

Al incorporar estos elementos a las garantías individuales de los Padres Fundadores de la nación americana, el nuevo sueño americano no se molestó con promesas de lujos, sino algo más accesible, inmediato y verosímil: las comodidades de una nueva clase media, en donde puedes hallar una rutina de paz y armonía para ti y tu familia. Pero más importante aún, una vida de placeres en la forma de bienes y servicios de fácil acceso. En aquel entonces, dicha oferta sonaba más atractiva que rendir tus servicios a beneficio del Estado, dueño de los medios de producción.

Individualidad, y el sentido de libertad que fluye de ésta, es la base natural de la democracia.

Democracia, capitalismo, individualismo. El mundo occidental se desarrolló con la idea de que estos conceptos eran sinónimos de libertad, prosperidad y felicidad. Con el colapso eventual de la Unión Soviética, parecía que la historia le daba la razón a Occidente.

Pero con el auge del materialismo (es decir, el sistema que se nutre de la organización de la materia) los líderes del capital comprendieron que para que la economía siguiera creciendo, ya no era suficiente la satisfacción de necesidades y placeres inmediatos, como un corte de pelo o ir al cine. Ahora era necesario fomentar la conciencia del deseo. Houellebecq describe el deseo -en el contexto del individualismo- como una fuente de sufrimiento, dolor y odio, pero es el poeta español Luis Cernuda quien lo ilustra de manera más elegante y letal:

El deseo es una pregunta cuya respuesta no existe.

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Supermercado en China (AP Photo/Vincent Yu)

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Recordemos que en una economía capitalista, dos o más productores de la misma mercancía compiten en un mercado libre para atraer al cliente. Aquel productor que ofrezca la mercancía de menor precio y mejor calidad será el que se gane el dólar del cliente. La competitividad justa es el concepto que permite el funcionamiento eficiente del capitalismo.

Sin embargo, bajo los lineamientos del individualismo, la satisfacción de necesidades básicas ya no era lo suficientemente atractivo para nuevos inversores y accionistas, ni para el mercado consumidor. Por ejemplo, para una persona de clase media, un vehículo capaz de trasladarlo de punto A a punto B pierde su atractivo frente a los anuncios de un vehículo que corre de 0 a 100 km/h en 4 segundos, de 8 cilindros, 600 caballos de fuerza, asientos de piel y aire acondicionado. ¿Qué más da si cuesta más caro o no entiendes lo que significan algunos de los atributos técnicos? El mensaje publicitario de inmediato transmite prestigio, admiración y sex appeal. Porque no solo puedes llevarte el coche; con esta compra también tienes acceso a beneficios agregados que se traducen en una sensación de superioridad.

Entra entonces la diferenciación narcisista, o en otras palabras, el deseo de destacar, ya sea entre los vecinos, los amigos o los familiares. La necesidad de ser admirado, respetado y querido, si no por tus logros entonces por tu poder adquisitivo. En la cultura del individuo materialista, el “macho alfa” se apoya en un “carrazo” o en un smartphone de nuevo modelo para “ligar” en la jungla urbana.

Houellebecq nos muestra cómo en la industria de sexo y publicidad que rige sobre nuestras decisiones de consumo, el Deseo es ordeñado hasta su máxima capacidad, mientras que el Placer se mantiene en la esfera privada. El gancho es que, por su naturaleza, no hay manera de satisfacer un Deseo:

Para que la sociedad funcione, para que la competencia continúe, la gente tiene que querer más y más, hasta que el deseo llene sus vidas y termine por devorarlos.

Ahora bien, ¿cuál es el reflejo de una sociedad que se ha visto devorada por la individuación? ¿Dónde quedan y cuántos son los individuos que no logran encajar en estos esquemas?

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(Gunnar Rathbun/AP Images)

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EL DESPERTAR DE LOS MILLENNIALS

El culto al individuo es producto de la generación de los baby boomers, aquellos que nacieron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y la misma generación que nos dio el movimiento hippie, la liberación sexual, el consumo masivo de narcóticos, las sectas New Age, el bombardeo publicitario, la destrucción industrial del medio ambiente, la cultura pop, la ultraviolencia como fuente de entretenimiento, la erradicación de los valores judeocristianos, el mensaje de la supremacía de la juventud y la obsesión de empujar los límites de las libertades individuales como la de portar armas de fuego. Con las generaciones sucesivas, dichas tendencias sociales se arraigaron todavía más en las sociedades anglosajonas.

Una vez tabulada la cuenta nos tenemos que preguntar, ¿qué culpa tienen los millennials de nacer en este mundo que les dejó la Generación X?

Resulta curioso, a su vez, que la primera generación que no padeció las tensiones de la Guerra Fría se incline hacia el colectivismo y su herramienta más popular, el internet. Pero la línea divisoria no es tan clara. Por cada persona que comparte un software para que sea descargado de manera gratuita, hay alguien tomándose una selfie y publicando su huella narcisista en Instagram, al pendiente de los likes que pueda recibir.

En Las partículas elementales, el autor nos recuerda que los valores atribuidos a una mayoría determinan las estructuras económicas y políticas de una sociedad, al igual que sus normas sociales. ¿Pero que está ocurriendo ahora, en las primeras décadas del siglo XXI?

Las políticas neoliberales que mantuvieron a Estados Unidos como leader of the free world se desmoronan bajo su propio peso. Reaccionando a las tendencias radicales que están transformando a las democracias liberales, el Reino Unido elige separarse de la Unión Europea mientras que Estados Unidos vota a favor del sujeto más inepto que pudieron encontrar para ocupar el Despacho Oval de la Casa Blanca. Los sectores de la población que tomaron estas decisiones son los más temerosos de un planeta unido, y todos los beneficios y conflictos iniciales que conlleva.

Hoy, el resto del mundo contempla a Estados Unidos enfrascado en un macro-conflicto entre la narrativa americana que enaltece al individuo contra una nueva generación que adquiere nuevas causas sociales y colectivas propias del presente (como la neutralidad de la net o la protección del medio ambiente). Al mismo tiempo que los millennials descubren el papel que pueden jugar en el mundo como participantes proactivos, hacen un esfuerzo descomunal por librarse de los vicios que heredaron de sus antecesores, como la dependencia a la tecnología recreativa, a los narcóticos y a la industria armamentista.

En la raíz, este es un conflicto entre el espíritu social del ser humano y la soledad, a la cual estábamos condenados en la lógica lineal del progreso neoliberal, encadenados a cubículos en la jornada laboral o a las pantallas de nuestros teléfonos en nuestro tiempo libre.

Retomemos el caso de Nikolas Cruz. Mucho tiempo antes de que fuera expulsado, sus compañeros bromeaban que Cruz cumplía con el perfil de alguien que desata una matanza en una escuela. No se llevaba bien con nadie, era un huraño y si un maestro intentaba ayudarlo, explotaba con furia. Y aunque lo hayan dicho entre risas, los estudiantes pueden detectar (quizás de manera inconsciente) a las personalidades que han caído fuera de los márgenes y se huelen el peligro que ellos posan, ya sea para ellos mismos o su entorno social.

Psicólogos y pedagogos que han analizado el caso de Cruz están conscientes de que los jóvenes con perfiles y antecendes similares al del asesino de Parkland son bastante comunes en el cuerpo estudiantil de las escuelas estadounidenses. Son jóvenes que han caído entre las grietas y no saben ni cuentan con las herramientas para escapar. Dicho fenómeno no es una novedad ya que todas las generaciones cuentan con sus ejemplares marginales, aunque nunca antes habían tenido un acceso tan sencillo a fusiles de asalto para ventilar sus frustraciones.

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(AP Photo/J. Scott Applewhite)

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Pero el problema es todavía más profundo que la Segunda Enmienda. De acuerdo al psiquiatra Ross Greene, director de Lives in the Balance (organización sin fines de lucro que ayuda a niños con problemas de comportamiento), no solo basta con cambiar la legislación que permite la venta de armas de cualquier tipo y a cualquier cliente, sino además hay que combatir el deseo que impulsa a un menor de edad a tener y usar un arma de fuego.

Según Greene, muchos maestros y administradores académicos nunca habían visto tantos estudiantes atrapados en situaciones similares a las de Cruz, y lo más desesperante es que no cuentan con las aptitudes para remediarlo. Mientras el sistema recompensa o sanciona a un maestro de acuerdo al desempeño académico de sus estudiantes, poco o nada hace para evaluar su conexión humana con sus alumnos. El argumento es que, si un niño tiene que lidiar con un hogar abusivo, por lo menos tendría la esperanza de contar con una relación positiva con su profesor.

El sistema educativo es muy eficiente a la hora de castigar comportamientos (ya sea con detención, medidas disciplinarias, suspensión, etc) pero no hace nada por corregir los problemas que causan el comportamiento conflictivo. Greene afirma que las intervenciones punitivas de los programas disciplinarios simplemente no están funcionando y urge una reforma. La tragedia de un joven solitario como Nikolas Cruz es un claro ejemplo de que solo basta perder a uno para que al final pierdan todos.

LA SOLEDAD ¿UN PROBLEMA DE SALUD?

¿En realidad existe una epidemia de la soledad? Y la interrogante más precisa, ¿podemos entender la soledad como un problema de salud? De acuerdo a la clase política del Primer Mundo, la respuesta es un rotundo sí y el gobierno puede hacer algo al respecto, desde programas de apoyo a la comunidad a gestos más extremos como la creación de un orwelliano Ministerio de la Soledad, no hay escasez de ideas…

REINO UNIDO:

CANADÁ:

FRANCIA:

JAPÓN:

ESTADOS UNIDOS:

Con la caída de la familia nuclear y las preferencias por dejar el hogar familiar una vez concluida la preparatoria (high school) para vivir solos, el aislamiento social parece tener efectos nocivos para la salud. Psicólogos de la Brigham Young University publicaron un estudio en el que la soledad puede ser tan mortífera como la obesidad, ya que aumenta hasta en un 50% el riesgo de una muerte temprana. Otro estudio compara la soledad con el hábito de fumar, planteando que el aislamiento social es tan malo como fumar 15 cigarros al día.

Aunque la soledad por sí misma no es una enfermedad, sí está vinculada a enfermedades graves como la depresión, la diabetes o padecimientos cardiovasculares. De igual manera, la soledad es una de las causas comunes del suicidio. También es cierto que la soledad no es un mal que afecta exclusivamente a los millennials; las personas de la tercera edad también son susceptibles, ya sea por el fallecimiento de amistades o el abandono de familiares.

¿Pero es necesario ir tan lejos como para que se declare una “epidemia”?

Según Eric Klinenberg no hay que ir tan lejos. El profesor de sociología de la Universidad de Nueva York admite que el individualismo ha generado un mayor número de jóvenes que viven solos y envejecen solos. Pero vivir solo no es lo mismo que vivir en soledad. De la misma manera, la función original de las redes sociales de crear grupos interconectados, terminó generando el efecto contrario, creando grupos cada vez más aislados y polarizantes. Pero esto tampoco implica que haya una epidemia social en contraste a cualquier otra era.

El punto es que un sentimiento como la soledad tiene una función similar al miedo o al dolor. En otras palabras, la soledad es un mecanismo de defensa que nos alerta sobre los peligros del aislamiento. El ser humano es un animal social y desde los años de la prehistoria, el Hombre se mueve en grupos para sobrevivir. Desde entonces, la soledad es nuestra alerta sobre la urgencia de reintegrarse a la manada, y por tal motivo, en pequeñas dosis es más bien necesaria.

Aunque Klinenberg no cree que exista una epidemia de la soledad, sí cree en un riesgo mayor de desconexión social. En países como EE.UU. y el Reino Unido, millones de personas sufren de soledad y aislamiento, sobre todo “los pobres, los desempleados, los desplazados y los migrantes”. A causa de sus estados económicos y sociales, sus vidas son tan inestables como sus relaciones, y son los que más requieren apoyo médico y social. Irónicamente, son los que menos acceso tienen a estos recursos.

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Tracey Crouch, ministra de la soledad (By Chris McAndrew, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=61323285)

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EL LABERINTO DE LA SOLEDAD 2.0

Una civilización que niega a la muerte acaba por negar a la vida.” -Octavio Paz.

El aspecto más aterrador del racionalismo, según Houellebecq, es el hecho de que nos hace conscientes de nuestra propia muerte. Una vez que la ciencia moderna le propina su golpe definitivo al cristianismo y su promesa de vida eterna, el racionalismo nos ofrece un vacío que resulta aterrador para una humanidad acostumbrada a la noción de una existencia después de la muerte. ¿Qué es lo que nos espera aparte de un silencio ensordecedor y una oscuridad eterna?

Ante la contemplación de un futuro poco esperanzador, la madre del racionalismo, el materialismo, sustituye la tragedia de la muerte por la humillación de la vejez. La tercera edad simboliza lo que deseamos evitar a toda costa, por lo que el materialismo termina enalteciendo a la juventud a través de la industria del entretenimiento y la publicidad de productos farmacéuticos. De manera tajante, dice el escritor francés que “la conciencia contemporánea no está equipada para lidiar con nuestra mortalidad”.

México es un país cuyas tradiciones culturales lo han vacunado contra las peores facetas del racionalismo y el individualismo, exportaciones modernas del progreso liberal. Nuestra cercanía a los mitos, a las leyendas y a nuestra memoria histórica nos ha permitido respetar y celebrar a la muerte como una etapa natural que complementa nuestro tiempo en la Tierra.

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(AP Photo/Rebecca Blackwell)

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Sin embargo, con la implementación de políticas neoliberales en la segunda mitad del siglo XX, el anhelo de ser una nación industrial, moderna y competitiva, y nuestra cercanía geográfica con EE.UU., el individualismo logró plantar sus semillas en suelo mexicano y hoy se manifiesta en la sociedad con relativa fuerza, principalmente en las grandes urbes del país. Los feminicidios, el narcotráfico y la migración son efectos secundarios del proceso de individuación.

Para ilustrar el arraigo de este sistema, vale la pena considerar un caso reciente: la denuncia de Karla Souza y otras actrices de acoso y/o abuso sexual, las primeras acusaciones de alto perfil en México tras las revelaciones en Hollywood del movimiento “Me Too”.

La reacción de la opinión pública fue desalentadora pero nada sorprendente de una sociedad individualista. Que las denunciantes sean oportunistas, que solo estén chantajeando a los acusados, que solo quieran sacarle provecho a sus 15 minutos de fama… no obstante el detalle de que las masas no tengan acceso a la evidencia o a los hechos, esto no impidió que muchos llegaran a sus conclusiones.

Lo que más le cuesta trabajo al individualista es otorgar el beneficio de la duda, tanto al denunciante como al acusado. No parece importarle que a la parte judicial le corresponde emitir el juicio. Vale la pena recordar que en estas situaciones, la sociedad civil solo tiene un papel qué jugar: exigir a las autoridades que se llegue a la verdad y se haga justicia.

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(AP Photo/Ted S. Warren)

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¿Por qué radica en la naturaleza del individualista la distribución inmediata de culpas?

Simple. Porque en lugar de preguntarse quién dice la verdad, más bien se pregunta, ¿Qué buscan ganar de todo esto? ¿Cuál es el provecho que quieren sacar? ¿Qué desea a cambio? Recordemos que no hay aspiraciones más grandes para un individualista que la de ser reconocido, admirado y querido. La noción de que puedan existir metas ajenas a las susodichas es ridícula porque el individualista es incapaz de reconocer la humanidad en el prójimo. Por lo tanto, todo individuo debe estar en la búsqueda de dinero, poder e influencia, “víctimas” incluidas.

En un mundo en el que todo es competencia y en una sociedad que además se enorgullece de su corrupción feraz (“el que tranza no avanza”), nos resulta difícil creer que existan víctimas reales de un abuso de poder. ¿Por qué? Porque todos, en algún momento, fuimos víctimas de abuso de poder y desde una temprana edad te inculcan que la protesta y la denuncia no sirven de nada (“calladito te ves más bonito”).

En los ojos del individualismo, el compañero no es más que un objeto que, en el mejor de los casos nos entretiene o se presta para cumplir nuestros objetivos, y en el peor de los casos, es un obstáculo en nuestro camino al éxito personal. En la mirada del individualismo, el compañero es un recurso, una mercancía o un usuario-consumidor, apenas encima de un animal o una inteligencia artificial. En la mirada más extrema del individualismo, el compañero es una víctima de asalto o violación.

Si en efecto dejamos de percibir al compañero, al vecino o a la persona que está manejando en frente de nosotros como seres humanos, es solo cuestión de tiempo para que terminemos contagiados de esta epidemia de la soledad que padecen los países desarrollados y realmente terminemos solos, ensimismados en un juego de realidad aumentada o “trolleando” a figuras públicas en Twitter.

No podemos depender de un sismo de alta magnitud para salir del trance individualista. Tenemos que despertar ya, recapturar la conciencia de nuestra mortalidad y celebrar la fiesta de la vida, porque solo así nos daremos cuenta de que somos parte de una comunidad, integrada por individuos pero siempre unidos bajo un orden moral universal.

Ilustración principal: @esepe1

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