ELECCIONES EUA 2020: Bernie vs. Biden y la guerra por el Partido Demócrata

Joe Biden y Bernie Sanders por fin se enfrentan cara a cara en una lucha política que tendrá profundas consecuencias para el Partido Demócrata.
marzo 10, 2020

Con la salida de Elizabeth Warren y Michael Bloomberg de la contienda tras los resultados del supermartes, el escenario por fin está montado para un duelo “mano a mano” entre los dos punteros por la candidatura del Partido Demócrata. Ellos son el exvicepresidente Joe Biden y el senador Bernie Sanders, y esta vez no hay pretextos. El protagonismo es todo suyo.

Pero más allá de querer arrebatarle los cuatro años que siguen al mandato de Donald Trump, la contienda entre los señores Sanders y Biden también pone sobre la mesa un premio muy interesante: el corazón del mismo Partido Demócrata y, todavía más allá, la posibilidad de definir qué significa ser de “izquierda” en Estados Unidos.

Por un lado tienen a Joe Biden, el contendiente “moderado”, aquel que se ha comprometido a rescatar las políticas de Obama tras cuatro años de retroceso bajo el liderazgo caótico de Trump. El señor Biden ha sido retratado como un político de la vieja escuela, uno que impulsa una agenda liberal pero que está dispuesto a negociar con la oposición para llegar a un acuerdo bipartidista. Su estilo de gobernar sería un regreso a “la política de siempre”, pero al menos es alguien que desea apartarse de la polarización de los últimos años que ha tenido paralizado al Congreso.

Y por el otro lado tienen a Bernie Sanders, el contendiente “progresista”, aquel que se ha comprometido a emprender una revolución política. El señor Sanders ha sido retratado como un populista, un político que promete un futuro extraordinario, pero que carece de un plan concreto para llegar a ese punto. Armado con una agenda que él mismo describe como “demócrata socialista”, el senador del estado de Vermont ha logrado entusiasmar a un sector de la población que ha sido afectado o marginado por las políticas neoliberales promovidas por el establishment.

Los señores Sanders y Biden tienen mucho en común. Son dos políticos septuagenarios que provienen del noreste de Estados Unidos y que forjaron buena parte de su oficio político en el Senado. Y aunque ambos militan en el Partido Demócrata, fuera de este dato, ambos representan corrientes ideológicas que se dicen de izquierda pero que a menudo chocan entre sí. Ahora estas dos fuerzas se encuentran en pleno combate por un objetivo que es casi tan valioso como la Casa Blanca: el Partido Demócrata.

PERO ANTES, UN POQUITO DE HISTORIA

A causa de las políticas que implementaron a mediados del siglo pasado los gobiernos de Franklin D. Roosevelt, John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, el Partido Demócrata se caracterizó como el partido de las causas sociales, los derechos civiles, la regulación de las fuerzas del mercado, los derechos laborales y la agenda progresista. De tal forma, el Partido Demócrata se posicionó como una organización política de izquierda y los medios etiquetaron a sus militantes y simpatizantes como “liberales”.

A partir de la década de los sesenta, el partido abandonó a su base de votantes blancos y blue-collar en los estados sureños por apoyar las causas de los afroamericanos en Washington, lo que sembró las semillas de una división identitaria entre los dos partidos. Mientras los demócratas aglutinaron a los grupos minoritarios (con mayor énfasis en las comunidades negras y latinas), el Partido Republicano plantó su bandera en defensa de la mayoría blanca, sobre todo en las partes más conservadoras del país, donde la fe cristiana mantiene un fuerte arraigo en la cultura.

Aunque por varias décadas las élites de Washington pudieron mantenerse cerca del centro en el espectro político con el propósito de evitar una parálisis legislativa, el gobierno de George W. Bush trajo consigo la polarización del discurso político en el Congreso. El Partido Republicano emprendió una fuerte campaña de desprestigio contra sus opositores, misma que desembocó en el distanciamiento entre los legisladores y el fin de un acuerdo tácito que existía para mantener en flujo a la maquinaria gubernamental.

El tablero estaba puesto para una radicalización de las bases de apoyo que tendría su máximo apogeo durante la elección de 2016. Fue Donald Trump quién abrió esa caja de Pandora, una caja que escondía las pasiones más nefastas de una buena parte de la sociedad estadounidense: la misoginia, la xenofobia, el racismo, la intolerancia frente a los valores y las creencias que eran ajenas a una percepción ficticia del Estados Unidos de antaño. En el gobierno de Donald Trump, la noción de hacer proselitismo de ultraderecha ya no parecía un motivo de vergüenza. Los seguidores del KKK tenían la libertad de quitarse sus capuchas y las redes sociales se volvieron un caldo de cultivo para la alt-right.

Toda acción conlleva una reacción y la aceptación de ideales fascistas en el escenario político de Estados Unidos trajo consigo el surgimiento en la cultura mainstream de un movimiento popular que sería impensable en el siglo XX, cuando las fuerzas políticas se movían alrededor de un centro moderado. Este movimiento puso a un lado los tabús de la Guerra Fría para describirse a sí mismo como “demócrata socialista”.

Frente a los ladridos de una parte de la población que se sentía amenazada por la presunta invasión de migrantes contra su cultura, la justicia social en defensa de las minorías y la promoción de valores “antiamericanos” como la globalización y el ambientalismo, la izquierda, a su vez, se fue radicalizando poco a poco.

(AP Photo/Elise Amendola)

¿QUIÉN SE VA A GANAR EL BURRO?

El ascenso de Bernie Sanders y la aceptación de un candidato socialista como una opción factible para la presidencia tiene su origen en el colapso económico de 2008 y los movimientos populares semianarquistas de los años sucesivos que nos dieron fenómenos como Occupy Wall Street. En aquel entonces, mucha gente manifestó su descontentó con el modelo neoliberal que desembocó en que muchas personas perdieran sus empleos, sus ahorros y sus casas. La gente estaba realmente enojada y esa furia se vio dirigida contra las bancos y las entidades reguladoras que permitieron el crecimiento acelerado de una burbuja que tarde o temprano iba a explotar.

Afortunadamente para los defensores de la democracia liberal, la temida revolución marxista nunca terminó por fraguarse. Aunque la ciudadanía se sintió decepcionada por el rescate millonario de la industria bancaria, la presidencia de Barack Obama pasó una serie de medidas que amortiguaron los peores efectos de la crisis económica sobre los sectores más afectados. Con el paso de los años, los ánimos de la opinión pública se tranquilizaron y la economía de Estados Unidos vio una recuperación inaudita, a tal grado de que muchos analistas afirman que Trump sigue cosechando los frutos de estos resultados y adueñándose del crédito.

Pero políticos progresistas como Sanders y Elizabeth Warren argumentaron que las medidas económicas del presidente Obama, como el tan polémico ‘Obamacare’, eran solo parches para una tubería que podría explotar de nuevo. El país aún está sumergido en los problemas derivados de los préstamos estudiantiles, los cuáles endrogan con deudas exorbitantes a miles de estudiantes universitarios por el resto de sus vidas. El programa de salud Medicare también es un desastre. En un llamado a sus seguidores, Sanders pregunta: “¿Cómo es posible que en Europa y en Canadá puedan ofrecer a sus ciudadanos un sistema universal de salud, mientras que Estados Unidos sigue desamparando a sus enfermos y jubilados con medicinas y tratamientos cada vez más costosos?”.

Esto es solo la punta del iceberg del descontento que los progresistas representan. La guerra cultural también ha estado ligada a la formación política de esta izquierda radical. El ascenso de la ultraderecha vio la aparición de las mal llamada células ‘antifas’ o antifascistas, grupos de jóvenes que simplemente buscaban contrarrestar un movimiento que atacaba y se burlaba de todos los ideales de tolerancia y liberalismo bajo los cuales habían sido educados. Muchos de estos ‘antifas’ han encontrado una voz política, no en el Partido Demócrata precisamente, pero sí en la campaña de Bernie Sanders.

(AP Photo/Jacquelyn Martin)

¿PUEDE UN PARTIDO LIBERAL CONVERTIRSE EN UN PARTIDO SOCIALISTA?

Eso es lo que está en juego en estas elecciones primarias. Si bien Biden no contagia de entusiasmo a las bases del partido, los dirigentes de esta organización apuestan a que el resto de la población opte por un candidato sereno y moderado frente al radicalismo irresponsable del señor Trump. Los demás precandidatos moderados se retiraron de la contienda antes del supermartes y ofrecieron su respaldo al señor Biden, dándole una muy necesitada inyección de adrenalina a su campaña. Pero hay muchos que argumentan que el fuego se pelea con fuego, y la única forma de combatir a la base de seguidores rabiosos que se ven inspirados por el carisma de Trump y su retórica incendiara es con otra base de apoyo igualmente rabiosa que enaltece ideales opuestos.

Esto podría implicar un desplazamiento hacia una izquierda con la que el partido (y el país) nunca se ha sentido cómodo, lo que llevaría a una mayor polarización de la sociedad. El partido no se ve muy dispuesto a pagar este precio, pero es mucha la gente que se dice harta de los ciclos cada vez más severos del capitalismo salvaje y que está decepcionada por la corrupción y la ineptitud que ha contaminado a la democracia liberal y a su sistema de equilibrio entre los tres poderes de la unión.

¿Realmente hace falta una auténtica revolución política, como afirma el señor Sanders, para solucionar los problemas que aquejan a la nación? En teoría, un partido debe representar la voluntad política de un sector unido de los gobernados, por lo que la creciente aprobación de una agenda socialista (o socialdemócrata, mejor dicho) parece inevitable ante la caída en prestigio del modelo neoliberal y el relativo éxito de políticas socialdemócratas en otras partes del mundo. La pregunta es si los votantes que aborrecen a Trump están listos para dar este temerario brinco en 2020.

Las próximas semanas nos darán la respuesta.

Autor:
Javier Carbajal Doxálogo