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¿Cómo era el amor para los antiguos mexicanos?

¿Es el amor la fuerza más poderosa del universo?, ¿todo vale por amor? Cualquier azteca diría contundentemente que no.

Filosofía nahua: el pensamiento de los antiguos mexicanos

El amor en tiempos prehispánicos era muy distinto a como lo entendemos hoy. Para ellos era un rasgo más de un orden universal, que tenía sentido porque era un orden sostenido colectivamente. Para nosotros, en cambio, importa más el deseo individual.

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Xochipilli, dios de la danza, las artes, la belleza, el patolli y patrón de la prostitución masculina (Wikimedia Commons

Imagen de xochipilli dios de la belleza, las artes y patrono de la homosexualidad y la prostitución masculina

Vivimos inmersos/as en una cultura, crecimos en ella y entendemos con base en conceptos que existían desde antes de que naciéramos. No hemos conocido otro mundo, y nos parece que la manera en que tenemos de vivir es la única posible, la más razonable o la “natural”. Pero no es así. Para entender el amor prehispánico tenemos que partir por comprender un poco más el amor moderno.

Nuestra idea del amor es básicamente occidental, comenzó a desarrollarse en Europa en la Edad Media y se popularizó extensamente desde el siglo XIX. Esta idea se relaciona con la forma en que nos entendemos como individuos. Para la modernidad cultural, el amor, la libertad, los deseos y los sueños nacen de la interioridad personal. Por lo tanto, nos parece inconcebible que alguien escoja pareja para nosotros/as. El amor como valor interior es tan poderoso, que nuestra cultura está llena de historias en las que “el amor lo puede todo”. Desde películas palomeras de Hollywood hasta novelas románticas, el amor rompe las convenciones sociales, porque el verdadero amor, el amor que viene desde adentro, es más importante que prácticamente cualquier cosa (excepto el mercado).

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Xochiquetzal, diosa mexica del amor (Wikimedia Commons).

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Para los pueblos mesoamericanos, esto sería una aberración; para ellos, el amor es un asunto fundamentalmente social y religioso, jamás la realización de un deseo individual.

En el México antiguo no existían espacios que no fueran religiosos. Absolutamente toda su existencia estaba relacionada con un orden cósmico superior, a él se subordinaba el estado, la economía, la sociedad y todas las costumbres. A un nahua o maya de hace 500 años, le parecería absurdo que nuestra sociedad viva completamente regulada por el mercado, y sólo guarde ciertos espacios para la espiritualidad. En su cultura, ocurría exactamente lo contrario.

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Detalles del Templo de Quetzalcoatl de Teotihuacán. c. 1980. (Photo by Harvey Meston/Getty Images)

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De manera que el comportamiento de los individuos en esas sociedades estaba relacionado con el orden de toda la realidad. El amor no podía romper ninguna convención, porque esas convenciones garantizaban que el mundo siguiera existiendo tal y como era. Si yo ponía mi amor por encima de la comunidad, se corría el riesgo de que la realidad se desajustara, y las consecuencias las vivirían todas y todos. Por supuesto que existía la atracción física entre personas, y en ocasione podían dar rienda suelta a sus pasiones; pero jamás la formación de una pareja se haría en contra de reglas preestablecidas.

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Los padres mesoamericanos elegían a las esposas de sus hijos de acuerdo a su belleza y su virtud (que para ellos era la misma cosa), y los hijos tenían la responsabilidad de honrar esa unión por el resto de su vida. Las parejas se formaban para mantener cohesión, no sólo social, sino incluso cósmica. El tonto o la tonta que decidieran romper esas reglas, recibía castigos ejemplares o vivían rituales de purificación para no contaminar a sus congéneres.

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La diosa Tlazoltéotl también era considerada diosa del amor entre los mexicas. Se encargaba de purificar a las personas devorando sus “pecados”. (Wikimedia Commons).

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El orden mesoamericano era tan rígido e importante, que las diferentes culturas asumían diferentes comportamientos sexuales y amorosos de acuerdo al lugar en el que habían nacido. Por ejemplo, los habitantes de Tenochtitlán se consideraban “hijos del sol”, guardianes del principio “masculino” de la contención. En general, eran una cultura sumamente rígida, en donde se consideraba que el control de los deseos amorosos eran una virtud. Solían juzgar a tarascos (purépechas), huicholes (wixárikas) y otomíes (hñähñú) porque usaban vestidos más provocativos o eran de ropas ligeras. En cambio, los hñähñú, se consideraban nacidos bajo los signos “femeninos” de lo terreno, y por lo tanto se jactaban de ser mucho más sensuales y sostener relaciones sexuales más frecuentemente.

Las relaciones entre hombres y mujeres estaban lejos de ser simétricas. A las mujeres se les consideraba “débiles”, y eran encargadas de la procreación y la vigilancia sexual. El adulterio para ellas era fatal. Los hombres, en cambio, eran “fuertes”, vigilantes del mundo espiritual. Si ellos eran adúlteros, la falta podía disimularse. El amor entre ellos se mantenía porque las mujeres tenían que “obedecer” a los varones y vivir a su sombra. Aunque nuestra sociedad no es equitativa, los roles de género antiguos eran mucho más asimétricos y rígidos. Era parte del orden del cosmos.

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(INAH)

Expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) confirman hallazgo de nueva cámara y túnel bajo la Pirámide de la Luna en Teotihuacan (INAH)

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No obstante, existían otro tipo de relaciones pasajeras, fuera del matrimonio, que podían sostenerse con prostitutas rituales, o en relaciones homosexuales. Nuestro conocimiento de la sexualidad antigua está mediado por la religión cristiana y los prejuicios en los testimonios de frailes y conquistadores; ambos brindan muy poca información al respecto, y siempre que lo hacen se refieren al sexo con un tamiz moralista o elogiando la continencia indígena. Lo que ellos nos cuentan sólo es una parte de la historia. Por testimonios pictóricos y escultóricos podemos inferir que las relaciones no matrimoniales eran comunes. Existía la prostitución ritual y es posible que las mujeres que ejercían ese oficio eran más valoradas de lo que nos cuentan los europeos.

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Una Ahuiani (alegradora). Prostitutas rituales. Acompañaban a los hombres a la guerra. (Wikimedia Commons).

Adicionalmente, parece que la homosexualidad y el travestismo eran más comunes y tolerados que en el mundo cristiano. En este asunto parece no haber un consenso general.

Los mexicas eran más juzgones con las relaciones entre personas del mismo sexo; pero otros pueblos mesoamericanos eran abiertos al respecto. Se sabe que en los centro educativos para jóvenes varones del Altiplano, los adolescentes dormían juntos y casi desnudos. Los encuentros sexuales entre ellos eran bastante comunes. En el mundo maya, la homosexualidad entre jóvenes o entre jóvenes y viejos era bastante normal. Se trataba de encuentros esporádicos para los cuales había espacios designados; eran básicamente de carácter sexual, y no generaban responsabilidades o una relación duradera o sostenida en el tiempo. Era normal para un hombre maya vivir experiencias homosexuales de jóvenes, aunque luego se casaran con mujeres como parte del ordenamiento cósmico. Desafortunadamente casi no hay nada de información sobre relaciones amorosas o sexuales entre mujeres.

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Para los mexicanos antiguos el amor era esencialmente una forma de mantener el orden. No era deseable romper las reglas sociales en nombre del amor o el sexo, y quien lo hiciera podía ser castigado severamente con muertes extremadamente dolorosas. Comportamientos como el adulterio representaban una ruptura cósmica que tenía que ser resarcida. Había más tolerancia que en el mundo medieval español; pero no existía para nada la libertad actual. El amor era un asunto social, jamás individual; no importaba lo que sintieran las personas, sino que sus relaciones ayudaran a mantener el orden de la realidad. Para ellos, el día del amor sería el día en que todos y todas nos comportamos como debemos.

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