Edgar Allan Poe y la invención del misterio

Recordamos en este ensayo a Edgar Allan Poe, a través de su biografía, sus libros y sus cuentos.
enero 19, 2021

Cada que vemos una película de terror o una serie de detectives, la leyenda de Edgar Allan Poe se hace presente sin que nos demos cuenta. En este ensayo abordamos el legado de uno de los más grandes escritores modernos y su contribución al entretenimiento contemporáneo.

El gusto del ser humano por las historias es tan viejo como el lenguaje, pero la forma en que estas se expresan ha dependido de la tecnología. Antes de la imprenta conocíamos historias a través de la voz de otros.

Pero el mero invento de la impresión de tipos móviles no bastó para popularizar la lectura silenciosa. Antes hizo falta que el desarrollo tecnológico se aliara con una mejora, así fuera parcial, en las condiciones de vida. Una vez echada a andar la revolución industrial, la alfabetización y los trenes se aliaron para crear una necesidad específica: entretenerse en los trayectos ferroviarios.

Así nació una industria alrededor de las revistas que eran leídas por los pasajeros con el mismo fervor que provocan hoy las series en streaming. El género narrativo estrella de aquel entonces no era, realmente, la novela. Esta estaba reservada a la alcoba o a la sala donde se leía, con frecuencia, en voz alta. El género por excelencia de los trayectos en el siglo XIX fue el cuento.

Edgar Allan Poe en su juventud. (Imagen: Especial)

Edgar Allan Poe no vivió lo suficiente para conocer el ulterior florecimiento de dicha industria, pero sin duda intuyó que las narraciones cortas tendrían un papel preponderante en una sociedad que alegaba cada vez con mayor frecuencia tener mucha prisa. Sin su obra, los lectores curtidos en asientos de tren habrían conocidos historias muy distintas; y acaso no mucho mejores.

Nacido en 1809, la vida Edgar Allan Poe fue un péndulo entre la desgracia nunca anticipada y la redención jamas conseguida. Huérfano desde los dos años, fue criado por una familia de Richmond, Virginia, los Allan, con la que nunca se identificó del todo.

Como muchos escritores, la infancia fue la mina donde Poe excavó en busca de imágenes y motivos: siendo niño acompañó a su familia en un viaje por Europa donde conocería las casas lúgubres y los caminos neblinosos que marcarían muchas de sus obras, por no mencionar la temprana muerte de su madre, víctima de la tuberculosis.

Siendo un joven, lo distinguió por igual la timidez y la bravuconería. Sus conocidos lo calificaban como un muchacho fiero, travieso y triste, como todos los hijos de hogares rotos. Sus poemas, cuentos y ensayos podrían calificarse con adjetivos semejantes.

De una imaginación inaudita, fue poco comprendido en su tiempo. Aún si textos como el poema “El cuervo” le granjearon una fama perdurable, en vida tuvo más detractores que simpatizantes. Sus pleitos con el medio literario y su carácter esquivo lo arrinconaron de la escena literaria. En vida, se le trató como un desadaptado, incluso como un buscapleitos. Sus cuencas oscuras, el pelo revuelto y los labios tristes debajo del bigote contribuyeron a esa visión de su persona; aunque, claro, nada contribuyó a esa imagen tanto como sus propios cuentos.

El monstruo y el detective

Aunque escribió poemas notables en la infancia, los talentos literarios de Poe no fueron plenamente reconocidos sino hasta que escribió “Manuscrito hallado en una botella”. El cuento ganó un certamen literario y fue recibido con entusiasmo y sorpresa por los lectores de Baltimore.

Su obra estuvo a medio caballo entre el romanticismo y el atisbo de la modernidad venidera. Como los románticos, Poe abrevó de la iconografía popular y las atmósferas lúgubres, pero -como los modernos posteriores- se interesó también por la ciencia y la psicología.

Estas aficiones encontradas le permitieron reformular todo un género literario. Por aquel entonces las historias de terror ya eran un entretenimiento popular, pero estaban muy lejos de alcanzar el dinamismo literario que alcanzarían con el bostoniano. En su teoría de la narración, Poe dispuso, entre otras cosas, que el cuento debía leerse de una sentada. Igualmente, propuso que la narración corta, para ser perdurable, debía depender de la intensidad.

En estos tiempos es un lugar común sugerir que un texto corto se debe comportar con la precisión de un mecanismo de relojería, pero en la época de Poe dicha propuesta resultó en una revolución. En esos escritos nació el cuento, un género de la modernidad que terminó por madurar algunas décadas más tarde en manos de un médico ruso: Antón Chéjov.

‘El cuervo’, en una edición con grabados de Doré. (Imagen: Especial)

Con esa teoría por delante, Poe escribió cuentos que construían una tensión que por lo general se resolvía en las últimas líneas, siempre con resultados inesperados para el lector. Otra característica que lo separó de sus contemporáneos fue la capacidad de encontrar el espanto en personajes mundanos.

Antes de Poe, para muchos autores el efecto terrorífico dependía casi invariablemente de la irrupción de un elemento fantástico en la realidad: el vampiro, el fantasma, la bruja: lotería. Por el contrario, Edgar Allan Poe consiguió que fueran perturbadores el alcoholismo (“El gato negro“), el duelo (“La caída de la casa Usher”), la locura (“El corazón delator”), el rencor  (“El barril de Amontillado“) y el afán científico que pisa terrenos indebidos (“La verdad sobre el caso del señor Valdemar“).

La fórmula de Poe trascendió el campo literario y sobrevive hasta el día de hoy en todas las películas de miedo. Si Verne y Shelley son padre y madre de la ciencia ficción, Poe carga sobre sus hombros con todos los sustos grabados y escritos del siglo XIX en adelante.

La puerta cerrada

A este logro habría que añadir la plena invención del que acaso sea el arquetipo literario más representativo de la modernidad: el detective.

En “Los crímenes de la calle Morgue” se encuentran todas las características que distinguen a los detectives, desde Sherlock Holmes hasta Gregory House: el empleo de un método científico para escrutar la conducta, el hincapié en la personalidad lógica, incluso Poe instauró el uso de la trama detectivesca como un vehículo para la crítica social. No se olvide que parte del efecto del cuento depende de la xenofobia de los testigos; todos denuncian que el criminal es un extranjero y señalan con desprecio la lengua del otro, cuando todo el tiempo se trataron de balbuceos ferales.

Desde entonces, cada detective notable busca recuperar un poco del espíritu analítico de Dupin. El detective es a la época moderna en la literatura lo que el caballero a la Edad Media.

Edgar Allan Poe. (Imagen: WikiCommons)

Y esto aplica incluso con sus parodias y reversiones; si Cervantes concibió en el Quijote una burla y homenaje de las historias de caballerías, más de cien años después de Poe el género detectivesco fue reelaborado y burlado hasta las últimas consecuencias en manos de Paul Auster (Ciudad de cristal) y Thomas Pynchon (Vicio propio).

Cien años después de la muerte de Poe, presuntamente tras una borrasca alcohólica, Alfred Hitchcock llegó a declarar que no había algo más terrorífico y misterioso que una puerta cerrada. Dicho descubrimiento se hizo por primera vez en manos de Edgar Allan Poe. Solo él supo qué había del otro lado.