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La danza: movimiento y aprendizaje más allá del escenario

En el Día Internacional de la Danza conoceremos esta disciplina vista desde la perspectiva de quienes la ejecutan a nivel profesional.
abril 24, 2020

Cuando un escenario vacío se ilumina con el color de la danza, cientos de emociones brotan de cada movimiento y dan vida a un teatro sumido en la oscuridad. El esfuerzo, la pasión y la constante exigencia de los bailarines se fusiona con las sonrisas de los espectadores que siguen con la mirada a las almas libres que se transforman en la lejanía. Atrás de cada uno de ellos hay una historia que resuena fuertemente al compás de un zapateado, un grito de júbilo o una invitación a sumarse al jolgorio que este arte provoca en el cuerpo.

No, la danza no es una disciplina fácil y exige mucho. Quienes la practican se someten a un compromiso de dimensiones inimaginables y llevan su ser a límites cada vez más altos. En cada coreografía y lección aprendida se encuentra una vibración que en colectivo hace posible ofrecer un espectáculo cautivador, que junto a las otras artes (como la pintura, el teatro, el cine o la música) redescubre los lugares más sensibles de la humanidad.

Si bien la alegría, la tragedia y el romance encuentran cobijo bajo esta manifestación estética -que por fortuna ha logrado abrirse paso entre el abismo de los prejuicios y la duda que antes la limitaba a un pasatiempo- su enseñanza no es una tarea sencilla, así como tampoco lo es su práctica desde el otro lado del telón. Por ello, aprovecharemos el Día Internacional de la Danza para conocerla desde la perspectiva de un bailarín, profesor y alumno que ha transmitido sus enseñanzas a nuevas generaciones para que estas, entre huapangos y sones, se remonten a los orígenes de nuestro legado cultural.

Cuadro Escaramuzas presentado por estudiantes de nivel principante de Danza Folklórica del profesor Luis Enrique Moranchel. (Cortesía)

“Reducir la danza a un solo significado sería un tanto simplista de mi parte…”

A lo largo de 19 años de trayectoria, Luis Enrique Moranchel ha navegado en los oleajes de la danza desde su aprendizaje hasta su enseñanza. De niño, a los siete años de edad, se envolvió en este arte para descubrir el gran significado que iría tomando en su vida y, más tarde, en su desarrollo profesional. Egresó de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello como Licenciado en Educación Dancistica con orientación en danza folklórica o Danza Regional Mexicana. Así pudo fusionar el arte con la pedagogía para desempeñarse como profesor y bailarín, pues con una Licenciatura en Pedagogía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM ahora mezcla sus dos pasiones.

“Yo comencé a practicar danza folklórica desde los siete años, toda mi vida siempre transcurrió en torno a este arte y siempre supe que de alguna manera era parte de mí. Cuando crecí y me comencé a involucrar en diferentes agrupaciones me fui dando cuenta de que me reconocían como un buen ejecutante, e incluso algunos maestros me animaban a pensar en dedicarme profesionalmente a esto…

… A mediados del bachillerato debíamos elegir área de estudio y a mí siempre me han gustado las ciencias médicas, yo quería estudiar veterinaria, así que elegí el área II que eran ciencias biomédicas y de la salud, y cuando egresé de la prepa entré a la Facultad de Veterinaria de la UNAM, pero una vez dentro de la carrera de veterinaria me lesioné los meniscos y dejé de bailar un tiempo. Justo en ese período fue cuando me di cuenta de que lo que en realidad me llenaba, lo que más me gustaba hacer en la vida era bailar”.

En México, por lo menos en la ciudad, existen un gran número de academias y compañías que enseñan la danza folklórica (o Regional Mexicana) junto a otras ramas de este arte para diversos niveles educativos, sin embargo son la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, junto a la Escuela de Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández y la Escuela Nacional de Danza Folclórica algunas de las instituciones que se erigen como los modelos académicos más representativos e importantes para este aprendizaje.

Estas escuelas surgieron como un ambicioso proyecto por preservar nuestra cultura, trazando una línea sobre la cual caminar para volver al pasado y rescatar, de cada una de las regiones mexicanas, la música y rituales con que se celebraba la vida tiempo atrás, y al mismo tiempo, promueven el desarrollo de nuevas corrientes, no solo en la danza folklórica, sino de otras modalidades.

“Mucho se ha hablado de los beneficios que tiene la danza para el desarrollo de las personas, o que si la danza ayuda a entender las matemáticas o los idiomas… yo considero que tiene una gran importancia per se” nos cuenta Luis Enrique, comulgando con la visión de Alberto Ladall, el escritor, periodista, historiador, académico, promotor cultura y crítico de arte para quien “no hay un modo único, exclusivo de acercarse o de analizar la danza, cualquiera que sea su tipo o modalidad”, sino que “existen innumerables maneras de establecer una relación siempre cambiante, siempre sorpresiva, “erudita”, plena, profunda y total”.

La enseñanza de esta disciplina se ha reproducido desde tiempos ancestrales y tal como Moranchel lo dice, “es importante para el desarrollo de las personas porque forma parte de nuestra vida social y cultural… de una u otra forma, todos formamos parte de la cultura”. Sin embargo a un nivel más popularizado aún se le suele ver con extrañeza y bajo un estigma equívoco que deja de lado el gran impacto que tiene para quienes la ejercen como una forma de vida.

“Creo que la danza le sirve a mis alumnos para que entiendan el mundo desde otras perspectivas, para que entiendan que existen muchas realidades y porque la danza y el arte son importantes para la vida” nos menciona un profesor que ha trabajado durante 5 años con todo tipo de estudiantes… ¿pero entonces cómo hay que acercarse a este arte por primera vez?

Luis Enrique Moranchel en clase con estudiantes de la FES-Acatlán. (Cortesía)

La danza forma parte intrínseca de nosotros desde los orígenes de la humanidad. Las antiguas civilizaciones orquestaban bailes alrededor de elementos como el fuego, la tierra o la lluvia para invocar a las deidades e invitarlas a que beneficiaran a su comunidad con dones y regalos como el cultivo y la caza. Con el paso del tiempo, estos ritos se propagaron por todo el mundo hasta que en diversos países se forjó un mito y una historia entorno a ella. La música, la imaginación y la libertad corpórea la retacaron de significados y el desarrollo de las sociedades la estilizó en diversas vertientes, sin embargo la única forma concreta de acercarse a ella es viviéndola en sus camaleónicas perspectivas. Ya sea como interprete o como espectador, esta disciplina nos atrapa y arremolina en una vorágine de emociones y de gozo, tal como Ladall lo señala para las audiencias en Los Elementos de la Danza (UNAM, 2020):

“Sí hay una manera aconsejable de entrar en contacto con la danza o con cualquier otro tipo de obra o experiencia artística: con un máximo de información previa, con un cúmulo de conocimientos que le permitan al espectador gozar, penetrar o sencillamente recibir la obra de arte en su ser interior… ‘Entrar en conocimiento’, lo que implica cierta precaución y tiento, sin embargo cuando sobrevenga el enfrentamiento –por así decirlo, la situación del tú-yo– con la experiencia dancística, el espectador debe olvidarse de todo, archivar o, más bien, ‘echar por delante’, diluidos en la sustancia de la expectación, todos los conocimientos y datos adquiridos en torno a la danza y a la pieza que tiene enfrente”.

Cuadro ‘La Campechanita’ montado por Luis Enrique Moranchel con estudiantes de Danza Folklórica de la FES-Acatlán. (Cortesía)

“La danza puede ser emoción, ser vida y muerte”

¿Qué tiene la danza que nos provoca tantas emociones encontradas? La Real Academia Española la define como “la acción o manera de bailar” y también como un “conjunto de danzantes”, añadiendo a la forma coloquial de la palabra la definición de un “movimiento o trajín de quien va continuamente de un lado a otro”.

Moranchel nos dice que, “en ella, las personas encontramos algo que no hay en otros lados, encontramos nuestro cuerpo, pero es un cuerpo diferente, hablamos de un cuerpo que vive, un cuerpo que aprendemos a conocer y a tratar de manera diferente, requerimos un cuerpo disciplinado y consciente de sí… Entre sus beneficios, desde la condición física, la consciencia corporal, hasta todos los hechos sobre la cultura y las tradiciones de nuestro país”.

“El impacto es diferente para cada persona y eso depende de muchos factores. Hay desde quien asiste a cada clase forzado y termina odiando la danza para el resto de su vida, hasta quien se enamora tanto que decide ejercer la danza como una actividad profesional, y ambas personas asistían a la misma clase”

Darle oportunidad a esta disciplina y permitir transformar las ideas que a lo largo de la vida nos hemos hecho respecto a ella es, sin riesgo de exagerar, una nueva forma de sentir nuestro propio espíritu, pues liberarnos de aquellas presiones que no nos dejan hacer algo o van limitando nuestra capacidad creativa solo resultan en catástrofe.

“A veces las personas se comprometen y se sienten tan apegados a la danza que son capaces de mover cielo, mar y tierra para poder estar en su clase de danza y eso es maravilloso, y eso es porque no encuentran en otro lado lo que la danza les ofrece… incluso me atrevería a decir que la danza salva vidas, he tenido alumnos que me han dicho que si no se han quitado la vida ha sido por el grupo de danza”, nos comparte Rosas Landa.

“Un maestro, sobretodo un maestro de danza, puede transmitir a sus alumnos experiencias maravillosas e irrepetibles por medio del arte”

No es un misterio la idea generalizada de que las artes escénicas, junto a las otras en general, se dibujan en el horizonte profesional como un futuro incierto, ni que aquellos que deciden hacerlas un medio de vida son vistos con miradas de extrañeza, sin embargo también son estas personas quienes logran levantar de los escombros a los escenarios olvidados para llevarlos incluso alrededor mundo. En este desarrollo colectivo todos somos partícipes, pues desde las infatigables costureras que dan vida a vestuarios de ensueño, hasta los niños que descubren en su primera presentación una pasión interna que los lleva a perseguir sus sueños, la danza se manifiesta.

“Evidentemente el camino por recorrer es muy largo aún, incluso dentro del mismo gremio de la danza, nosotros debemos tomar con seriedad y responsabilidad nuestra labor para que los demás hagan lo propio. Las personas al frente de las instituciones también deben cambiar muchos aspectos, pero sobre todo hay que trabajar en la formalidad con la que se llevan a cabo los procesos de profesionalización, gestión y difusión de la danza”

… nos menciona Moranchel y en su opinión añadimos la afortunada realidad en que cada vez son más las instituciones educativas, tanto públicas como privadas, las que voltean a ver a la danza como un camino y una vocación que puede contribuir con su grandeza al mejoramiento de una sociedad en transformación.

“La Danza es arte y debe existir con una finalidad estética. Que de ahí deriven otras formas de abordar y entender este fenómeno es otra cosa. Por supuesto que existe la danza educativa y creo en la danza inmersa en el proceso enseñanza-aprendizaje para el desarrollo integral de los individuos y en la función social, pero no la definiría como una herramienta, no pienso que esa deba ser una prioridad porque sería como decir que la danza no es valiosa por sí misma”.

Cuadro ‘La Campechanita’ montado por Luis Enrique Moranchel con estudiantes de Danza Folklórica de la FES-Acatlán. (Cortesía)

“Lidiar con todas las limitantes y los impedimentos institucionales que se presentan constantemente y luchar todo el tiempo con el menosprecio social de la labor que hacemos”: las complicaciones de la danza

Como mencionamos con anterioridad, la Ciudad de México es un epicentro para la enseñanza y desarollo de esta disciplina. Moranchel Rosas Landa nos señala que “existe una valoración diferente de la enseñanza de la danza” y que aunque “no es aún lo que se debería de tener, hay avances” pues “en México y en general, cada vez son más las instituciones están reconociendo su grandeza”.

“Hay varias universidades, por ejemplo, que ya han incorporado carreras profesionales en danza y eso es de reconocerse. Sin embargo también hay que decir que son contadas las compañías donde una persona podría ejercer como ejecutante profesional, y, en muchas de estas, el ingreso económico es muy limitado. La realidad es que muchas personas que estudiaron danza en alguna escuela profesional terminan dando clases, y el problema es que una gran mayoría de ellos no sabe hacerlo. Ser ejecutante no te hace maestro”.

Cuadro veracruzano montado por Luis Enrique Moranchel con estudiantes de Danza Folklórica de la FES-Acatlán. (Cortesía)

“Espero, por parte de la enseñanza de la danza en general, que aprendamos a formalizar, profesionalizar, a tomar en serio la labor y a respetar el trabajo de todos los que intentamos que se nos tome en serio”…

En el último año, bailarines mexicanos despuntaron en el mundo entero como grandes ejecutantes y talentos que hoy forman parte de los ballets más reconocidos del gremio. Nombres como Elisa Carrillo Cabrera, Braulio Álvarez, María Mayela Marcos Quiroz e Isaac Hernández, entre otros, comenzaron en un salón de clases y, esforzándose paso a paso, llegaron a perfeccionar su técnica y aprendizaje para fluir con esta magna disciplina entre las vibraciones de miles de corazones. Su majestuosidad nos demuestra que este  arte que rebasa las fronteras de lo existente y reinventa un lenguaje propio que nos invita a sumarnos en sus ritmos, pasos y tiempos para cobijarnos bajo preciosos movimientos.

Lo que nos resta, desde nuestras trincheras, es fortalecerla, agradecerla y honrarla para reflejar el punto más profundo de nuestro ser, pues como Luis Enrique nos demuestra, lo que más podemos disfrutar de ella es compartir su grandeza con las personas que nos transforman…

“Cuando un alumno me dice ‘gracias’ con el corazón, cuando logro sembrar en alguien la espinita de la curiosidad o cuando veo las expresiones de asombro por conocer algo más, creo que ahí es cuando todo mi trabajo vale la pena. Cuando veo en el rostro de un alumno o alumna la emoción por salir al escenario y el hambre por seguir aprendiendo, eso me motiva a continuar trabajando con todo el esfuerzo del mundo”.

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Luis Enrique Moranchel Rosas Landa tiene 26 años de edad, es maestro de Educación Estética y Artística e imparte clases a nivel preparatoria en varias instituciones educativas como la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM y en el Centro Universitario México. En la licenciatura en Educación Dancística de la Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello del INBA es docente de materias teóricas como Didáctica y Prácticas Educativas, y en los Talleres culturales de la FES Acatlán está a cargo de los grupos representativos de danza folklórica.

Agradecemos su tiempo para esta entrevista.

Imagen principal: Adrián López