¿Qué implica ser “hombre” en el siglo XXI?

En estos tiempos ser "hombre" nada tiene que ver con mostrar fortaleza, esconder los sentimientos o ser proveedores de un hogar.
noviembre 19, 2020

A lo largo de la historia el concepto de “hombre” ha ido cambiando lenta pero sustancialmente. Lo que hoy entendemos como masculinidad y todo lo que conlleva no es lo mismo que siglos atrás.

Si bien no hay un modelo definitivo que englobe las conductas, comportamientos y actitudes que definen a un “hombre”, sí podemos hacer una aproximación hacia determinadas características sociales y de pensamiento que se adapten a la época que estamos viviendo, donde los varones sean capaces -entre otras cosas- de tener una convivencia más saludable con ellos mismos y con su entorno.

Ser hombre durante el siglo XXI nada tiene que ver con siempre mostrar fortaleza, esconder los sentimientos, desempeñarse como proveedor de un hogar o ser heterosexual y competitivo.

A continuación, un breve recuento de las implicaciones de la masculinidad en estos tiempos modernos.

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1. El concepto “Hombre” a través de la historia

Históricamente el concepto de “hombre” ha sido visto bajo estereotipos que, aunque cambiantes, contribuyeron a formar una idea universal sobre cómo deben actuar y pensar los varones.

La idea del “hombre” como un individuo fuerte y dominante comenzó a conformarse hace miles de años, cuando los primeros humanos debían cazar soportando los peligros e inclemencias del tiempo, mientras los elementos femeninos de las tribus estaban relegados a tareas de menor riesgo y al cuidado de la familia.

Al dejar de ser nómadas e instaurarse el sedentarismo, los hombres se establecieron como terratenientes que luchaban por el dominio de sus territorios y una vez más relegaron a las mujeres a un segundo plano.

El ser dueños de animales, tierras y otros tipos de riqueza consolidó al género masculino en el poder, algo que se preservó de generación en generación, abarcando un sinfín de ámbitos. En la cultura occidental, por ejemplo, la sexualidad solía girar alrededor del placer de los hombres, dejando como tabú el disfrute femenino.

Asumirse como el “sexo fuerte” validaba la opinión de los hombres y les daba una falsa autoridad moral dentro de su circulo familiar y en su entorno social. La mejor educación, trabajos, sueldos y puestos de poder estuvieron privilegiados al sexo masculino durante tanto tiempo que llegó a ser aceptado como parte de la cotidianidad.

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2. Los riesgos de amoldarse al modelo tradicional masculino

La presión de amoldarse a una imagen que se ajuste al concepto de ‘hombre’, es uno de los factores que influyen de forma negativa en la repetición de los patrones nocivos que están arraigados a la masculinidad.

Este problema traspasó el seno familiar y social, impregnándose incluso en la cultura popular, donde se retrató a los hombres como personas frías que tienen los sentimientos adormecidos y no se les permite llorar ni pedir ayuda, que son autosuficientes y solo miran por sus intereses.

En el libro “Porque soy hombre. Una visión a la nueva masculinidad”, del autor Héctor Pizarro, se habla de un Modelo Tradicional Masculino que se apoya en cuatro elementos esenciales:

Restricción emocional

Se presenta al evitar hablar de los propios sentimientos, principalmente con otros hombres. Lo cierto es que las necesidades emocionales de los hombres existen a pesar de que su expresión esté limitada por los estereotipos y el ‘qué dirán’.

Por lo general los hombres rehuyen a hablar sobre sus afectos y/o a pedir ayuda.

Obsesión por tener logros y éxito

La socialización masculina suele apoyarse en el mito del ganador, lo que implica un estado permanente de competencia donde la exteriorización de emociones se reprime pues suele asociarse con la debilidad.

Ser fuerte como un roble

Se considera que durante una crisis, un hombre es más confiable si se muestra inalterable y sin mostrar sus sentimientos, asemejando incluso un objeto inanimado como un árbol o una roca.

Ser atrevido

El hombre debe poseer un aura de atrevimiento o tendencia a la toma de riesgos, además de vivir al borde del precipicio.

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Como vemos, el Modelo Tradicional Masculino está apoyado en ideas que mecanizan al hombre, en lugar de humanizarlo.

Por ello se vuelve primordial romper con este circulo vicioso, replanteando y elevando la definición de “hombre” a un nivel menos superficial.

“Las desventajas de mantenerse en el Modelo Tradicional Masculino, las presiones y frustraciones por no poder cumplir con las expectativas sociales acerca de los que es un verdadero hombre, la convicción de que ese modelo es limitante para su desarrollo como personas, ha provocado que una gran cantidad de hombres reflexionen sobre la condición masculina y se propongan resignificar su masculinidad“

… refiere Héctor Pizarro.

3. El feminismo como detonante de una nueva masculinidad

Es difícil precisar el momento exacto en el que la masculinidad, como un conjunto único y universal, comenzó a tomar un nuevo rumbo ideológico. Aunque sin duda, uno de los mayores revulsivos fueron los cambios en la dinámica social y familiar que trajo el feminismo.

Las mujeres poco a poco fueron sumándose a la vida académica, laboral y social, tomando un rol cada vez más protagónico que fue empujando (muchas veces contra una resistencia férrea de los viejos sistemas y convencionalismos) el surgimiento de nuevos modelos de masculinidad.

Esta relación entre masculinidad y feminismo fue decisivo para esta evolución.

“En el siglo XX hubo dos cambios decisivos de cambio en las masculinidades y en las feminidades: los años 20 y los años 70. Creo que nuestra herencia más directa procede de esos dos momentos del siglo pasado. Es impensable que un modelo cambie mientras el otro se mantiene inmóvil. Lo que sucede ahora es que las diferentes maneras de ser hombre conviven en una sociedad que les da más visibilidad que nunca antes”

… explicó Nerea Aresti, especialista en cuestiones de género y doctora en Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, según reportó El Mundo

Las nuevas generaciones han aprendido que si hombres y mujeres comparten obligaciones y oportunidades por igual, es asequible obtener mejores resultados y alcanzar objetivos en común.

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Para el escritor y psiquiatra Andrew Solomon, quien se especializa en en cuestiones de identidad, el verdadero desafío para los varones es adaptarse a esta dinámica de equidad.

“El estereotipo clásico de la masculinidad era complicado para quienes no se ajustaban a él, pero tranquilizador para quienes sí lo hacían (…) Había una forma correcta de ser y todos los hombres tenían que dirigirse a ella. Ahora, en cambio, la situación es mucho más confusa: ¿Qué hacer? ¿Cómo hay que ser? El reto masculino es vivir de forma auténtica y equilibrarse con la posición que ejercen las mujeres hoy. Ellas se han ido ajustando durante los últimos 50 años, y los hombres están comenzando ahora”.

4. Los retos para el hombre del siglo XXI

Que un hombre sea capaz de desempeñar tareas anteriormente ligadas a las mujeres, y viceversa, ha derribado barreras y mitos en muchas partes del mundo, haciendo que las ideas preconcebidas luzcan cada vez más insignificantes.

Las capacidades físicas y de dominación primitiva que por siglos determinaba la “hombría” de una persona, pasaron a segundo término para darle paso a otras cualidades masculinas como la empatía, los estudios o la capacidad de exteriorizar los sentimientos.

En la actualidad, ser un hombre conlleva diferentes retos como el cuestionar la cultura patriarcal (que como vimos en los párrafos anteriores, ha imperado por siglos), aceptar y enmendar los errores del pasado, evolucionar personal y socialmente, e involucrarse en la lucha por el empoderamiento femenino.

En esta nueva versión del hombre surgen mejores hijos, hermanos, padres, parejas y compañeros de trabajo que invariablemente harán una sociedad más equitativa y con un mayor potencial de desarrollo en todos los sentidos.

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Autor:
Gabriel Revelo Me gano la vida contando historias, aunque mi verdadera función en la vida es hacer el ridículo. Dicen que era más chévere cuando era gordo. Runner que siempre se lesiona.