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“Crisis”: un thriller sobre el horror de los opioides en Estados Unidos

En las próximas semanas, se estrena Crisis en México, una controvertida película sobre la terrible epidemia de adicción a los opioides en Estados Unidos.

¿Es culpable el adicto de su adicción? ¿Acaso decidimos libremente qué consumimos y qué dejamos de consumir? ¿Nada tienen que ver las empresas tabacaleras con el tabaquismo? ¿La presión social con el alcoholismo? ¿La guerra contra las drogas con la violencia? Y, si todo está relacionado, ¿cómo se puede combatir lo omnipresente?.

Un problema tan complejo como el de la adicción a las drogas no puede ser visto desde una sola perspectiva. El tiempo nos lo ha demostrado, en todo caso, que seguirnos enfocando en criminalizar a los consumidores no sirve de absolutamente nada.

Actualmente, en Estados Unidos, el país que campeonó, desde su inicio, la guerra contra las drogas, hay una crisis de adicción sin precedentes. A diferencia de la gran pandemia de crack a principios de los noventa, el problema ahora no está limitado por estratos sociales o diferencias raciales. Todas las fronteras que delimitaban la drogadicción a los barrios más bajos, que la relacionaban con la marginación y la pobreza, se han borrado. Ahora, la adicción a los opioides afecta a todos los estratos y a todas las edades entre 12 y 90 años.

Han muerto más estadounidenses por sobredosis de opioides en el último año que todos los combatientes caídos en la guerra de Vietnam. Con más de 100 mil víctimas anuales, los opioides están causando estragos irreparables. Y nada parece frenar la crisis. Solamente en 2019, 1.6 millones de personas usaron de manera incorrecta, por primera vez, opioides farmacéuticos.

¿Quién tiene la culpa de esta tragedia? ¿Los consumidores? ¿Los cárteles de la droga mexicanos que cultivan cantidades masivas de opio en Guerrero? ¿Las farmacéuticas que se enriquecen con la venta de pastillas para el dolor? ¿Los doctores que ganan estímulos por recetarlas? ¿Las pandillas de motociclistas que cruzan fentanilo chino por la frontera norte de Estados Unidos? ¿Quién?

En Crisis, la nueva película de Nicholas Jarecki, estas preguntas no encuentran respuestas. Pero, en el meollo de un drama torcido como thriller policial, el contexto apremiante de la pandemia resulta evidente.

Un thriller de denuncia

A pesar de estar tratando un tema mortalmente serio, Crisis es una película que juega con el thriller y que quiere tener un valor evidente de entretenimiento. Su meta, finalmente, es enarbolar una trama trepidante en el que, al final, el espectador se dé cuenta de la enormidad de la crisis, de la complejidad de sus múltiples factores y de la imposibilidad de señalar a un solo culpable. Como hizo con Arbitrage (2012), su primera película, Nicholas Jarecki taclea la corrupción corporativa desde lo policiaco y mezcla, sin necesidad de demasiada sutileza, el drama humano con las amargas lecciones del capitalismo desenfrenado.

Esta vez, sin embargo, Jarecki -que también escribió la cinta-, quiso crear un panorama más amplio para un problema más complejo. A través de un personaje central (interpretado por Richard Gere), Arbitrage mostraba la ceguera de un sistema que siempre considera la riqueza como sinónimo de moralidad. Crisis, en cambio, va a mostrar otras perversiones del capitalismo a través de tres historias entretejidas.

Por un lado, tenemos la historia de Jake Kelly (Armie Hammer), un detective infiltrado en las redes de distribución de pastillas de fentanilo en el norte de Estados Unidos. El tosco y convencido detective creó una red de confianza con distribuidores armenios que consiguen la droga a través de pandillas de motociclistas del sur de Canadá. El fentanilo llega a marejadas desde China y pasa la frontera norte de Estados Unidos con una facilidad pasmosa. Al fin y al cabo, son más de 2 mil kilómetros con una vigilancia casi nula. En el norte, ya lo sabemos, no se construyen muros.

Esta es una dosis letal de fentanilo para la mayoría de las personas. (Wikimedia)

Kelly tiene que lidiar con el constante estrés de su trabajo, la falta de fondos y la impaciencia de los políticos. Pero, también, desde un punto personal, con la tragedia familiar de su hermana (Lilly-Rose Deep) que tiene una fuerte adicción a la heroína y se rehúsa a permanecer en rehabilitación.

Una segunda historia involucra a Claire Raimann una arquitecta exitosa, interpretada por Evangeline Lilly (Ant-Man), madre amorosa y dueña de una lujosa casa en los suburbios. La hermosura de este sueño americano realizado, sin embargo, esconde un oscuro pasado de adicción a las pastillas de prescripción. Después de años de luchar contra su adicción, parece haber encontrado un balance en su vida, está sobria y se dedica enteramente a su hijo, un buen estudiante y campeón de preparatoria de juegos de invierno. Sin embargo, una tragedia inesperada ocurre y encuentra a su hijo muerto, en la calle, por una supuesta sobredosis. Con 40 sobredosis a la semana, la policía de Detroit no quiere investigar más los hechos. Y Claire se da a la tarea de averiguar quién drogó y mató a su hijo.

Finalmente, en una tercera trama, la cinta se enfoca en la vida de un profesor universitario, el doctor Tyrone Brower (Gary Oldman), que tiene que lidiar con las presiones presupuestarias más allá de lo académico. Por muchos años, lo que ha pagado sus investigaciones son estudios de medicamentos para grandes farmacéuticas. El problema surge aquí cuando, en el último estudio que hace su laboratorio para probar los efectos de una nueva medicina, los resultados son desastrosos. Esta medicina representa, para una farmacéutica, el santo grial: se trata de un remedio para el dolor que, según su marketing, no causa ningún tipo de adicción. Pero los estudios de Brower dicen lo contrario. Y todo parece indicar que el mal uso de esa medicina puede tener efectos catastróficos en los pacientes. Ahora, Brower debe enfrentarse a un dilema ético: tomar el dinero de las farmacéuticas y arriesgar millones de vidas; o enfrentarse a las farmacéuticas, perder su empleo y vivir en el oprobio público.

El mal omnipresente

A pesar de la ambición múltiple de esta película que busca tratar el problema de la adicción a los opioides desde las perspectivas sociales, criminales, académicas y corporativas, Crisis es perfectamente disfrutable. Con un tono mucho más ligero que otras películas hollywoodenses que retratan el mundo de las adicciones, Jarecki se acerca más al entretenimiento del thriller que al regaño del melodrama. En este sentido, el guión teje con soltura (aunque nunca de manera muy sutil) el drama personal de Claire Rainmann y el drama policiaco de Jake Kelly para un stand-off final trepidante. Mientras, enarbola como un fondo mucho más ominoso, todo el problema de corrupción institucional alrededor del Dr. Brower.

Esta doble construcción crea un paralelismo interesante. No todo lo relacionado con el mundo de las drogas transcurre en la vida (sórdida o privilegiada) de los adictos a los opiáceos; ni tampoco en el bajo mundo del tráfico ilegal. De hecho, la sordidez moral detrás de este problema se encuentra en todas partes: tanto en las lujosas oficinas de las farmacéuticas, como en los picaderos clandestinos; en los costoso trajes de los cabilderos, como en las chamarras de cuero de las pandillas de motociclistas; en las casas adineradas de los suburbios y en las clínicas desamparadas de metadona.

En este sentido, Jarecki evita crear las falsas dicotomías que tanto encantaron a Hollywood con la terriblemente maniquea Traffic (2000) de Steven Soderbergh. La comparación con Traffic parece inevitable en todas las reseñas. Y se entiende. Ambas películas tratan sobre un panorama complejo de distribución, consumo y adicción a las drogas; ambas películas entretejen narrativas con una panoplia de personajes y un cast impresionante. Las diferencias, sin embargo, son insuperables.

Traffic es una película muy bien escrita y espectacularmente dirigida. Crisis adolece de un guión por momentos poco sutil, torpe y evidente; de intenciones menos claras; de un tono menos convencido y menos convincente. Pero Crisis sortea el maniqueísmo patético de Traffic. Aquí no hay tercer mundo pintado de sepia, ni judiciales del norte de México que hablan como colombianos. Aquí no hay un llanto acallado por los pobres ricos que se terminan drogando por culpa de la corrupción en México. Jarecki, con todas las limitaciones de un presupuesto independiente y de una filmación, por decir lo menos, complicada, logra crear una película mucho más honesta sobre la complejidad de una crisis de salud nacional. Al menos, no tiene que recurrir a las salidas fáciles de mostrar a un primer mundo víctima de un tercer mundo victimario.

Mientras Sodebergh sembró el imaginario de los “bad hombres” y el perverso TLCAN que abrió la frontera (y sabemos qué retórica se alimentó de esto 16 años después), Jarecki no quiere exculpar a nadie. Por supuesto, los tres personajes de Crisis son paladines de moral superior. Y, por supuesto, los villanos, en el doble juego de los villanos con traje y los villanos pandilleros, pueden llegar a ser caricaturescos. Sin embargo, el conjunto bienintencionado de Crisis no quiere resolver el tema que está tratando y no trata de meterse en lecciones durables. Lo suyo es superficial, pero eso basta para un thriller policiaco. Un thriller, claro, que se fundamenta en una investigación minuciosa.

Como explicó Jarecki, cuando pude hablar con él, todo lo que aquí sucede está basado en casos reales. ¿Un adolescente campeón de deportes de invierno atravesando la frontera norte de Estados Unidos con medio millón de dólares en pastillas? Tomado de un recorte de periódico. ¿Las narraciones de distribución a través de pandillas canadienses y la mafia armenia? Testimonios del sargento encubierto del Sheriff de Los Ángeles, Steve Opferman. ¿La complicidad de las farmacéuticas en la distribución agresiva de productos adictivos? Documentado en el trabajo de la periodista Lisa Girion del L.A. Times.

A pesar de tener un guión muy bien investigado y fundamentado, a pesar de lograr hacer una cinta entretenida y reflexiva, Crisis nunca va a tener el impacto de Traffic. Primero que nada, porque es mucho menos efectiva emocionalmente. Al ser menos maniquea, claro, es menos melodramática. Pero también porque llega a perder algo de fuerza en la torpeza del guión y en ciertas capas de profundidad innecesaria. Hay momentos en que las narrativas de adicción parecen superfluas. El hecho de que Claire sea adicta o de que la hermana de Jake se fugue a picaderos en casas abandonadas, construye muy poco de los personajes con pinceladas añadidas a regañadientes. Ahí en donde Soderbergh acertó con una reflexión sobre la adicción como problema de salud (enfocada en millonarios drogadictos), Crisis no explora con particular efectividad la base de consumo en esta pirámide horrorosa.

Y, sin embargo, con sus torpezas y flaquezas, Crisis propone un thriller sólido y divertido que es mucho menos ambicioso de lo que parece. Si la película se diluye en sus miras múltiples y en actuaciones que no siempre embonan, lo compensa con una ligera voluntad de entretener. Y, a pesar de no explorar a fondo los problemas que sugiere, logra mostrarlos desde otra perspectiva, siempre manteniendo un balance de goce en el horror del tema.

El hecho de que la crisis de opiáceos en Estados Unidos, finalmente, se integre a la cultura popular de Hollywood es un logro. Que se haga, además, sin juicios rápidos, con una investigación pertinente, de manera entretenida y sin necesidad de hablar, en tono sepia y despectivo, de México, es aún más importante. Crisis, tal vez, no será memorable. No por eso, culturalmente, es menos relevante.

 

*****

Calificación: 2.5/5

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