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Por qué debemos abrir nuestras puertas a los refugiados de las crisis en Venezuela y Nicaragua

Una vez más, Venezuela vuelve a ser noticia internacional a causa de su interminable catástrofe económica y política, pero vemos que en esta ocasión, una buena parte de la sociedad ha llegado a su punto de quiebre. No obstante las marchas, las manifestaciones, los choques violentos contra la policía, los muertos y heridos que caen en las calles, Venezuela no cambia y Nicolás Maduro se mantiene en el poder, inamovible. Cualquier intento de llegar a una solución, ya sea por la vía democrática o por medio de la protesta social, es reprimido por Maduro mientras se proclama el triunfo de una noción que aún recibe la etiqueta de “Revolución Bolivariana”.

Venezuela es un país de apenas 32 millones de habitantes. De acuerdo a la Organización Internacional para las Migraciones, 697,562 venezolanos vivían en el extranjero hasta el 2015. En cuestión de dos años, ese número se disparó a 1,642,442 personas, lo que todavía no toma en cuenta a las miles de personas, en lo que va del 2018, que ya hicieron sus maletas y abandonaron el país (al igual que el incontable número que emigra sin documentos). Las familias toman las carreteras, algunas a pie, duermen al relente en campamentos improvisados, llegan a los puntos fronterizos y piden asilo, principalmente en Perú, Estados Unidos y Brasil. Ante las exigencias migratorias, miles más cruzan el territorio colombiano y buscan suerte en Ecuador. Aquellos que pueden costear el viaje, llegan a México o España. Cada vez son más las voces de países vecinos que exigen cerrar las fronteras al llamado “éxodo venezolano”.

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En Nicaragua, la crisis política también preocupa a los observadores internacionales. La policía de Daniel Ortega ha reprimido con brutalidad tanto a las manifestaciones pacíficas como a las insurrecciones armadas, lo que ha resultado en la muerte de, al menos, 300 personas. Ante la constante amenaza de persecuciones políticas y detenciones arbitrarias, miles de nicaragüenses han huido del país, con rumbo a México, Estados Unidos o Colombia, pero sobre todo a Costa Rica. Las autoridades ‘ticas’ se han visto rebasadas por el número de peticiones de asilo, lo que ha detonado protestas nacionalistas en aquel país que antes era percibido como progresista y pacífico. Para las Naciones Unidas (ONU), el aumento explosivo de migrantes venezolanos y centroamericanos ya remite a los peores meses de la crisis de refugiados en Europa.

¿Cómo deben reaccionar los países vecinos para amortiguar los peores efectos de una crisis humanitaria? ¿Cuál debe ser la postura de México ante las peticiones de asilo de venezolanos y nicaragüenses, entre otros refugiados? La opinión pública por toda Latinoamérica se ha visto dividida entre posturas humanitarias y xenófobas. En seguida presento un listado de 5 opiniones recurrentes entre los opositores a la asistencia de refugiados y cómo éstas carecen de fundamento válido.

(Antes de entrar en el tema, cabe hacer una precisión semántica. Un migrante no es lo mismo que un refugiado. Según la Enciclopedia Britannica, “La principal diferencia es la elección. En pocas palabras, un migrante es alguien que elige mudarse, y un refugiado es alguien que ha sido forzado a abandonar su hogar”, ya sea por motivos políticos -una guerra civil, por ejemplo- o por la inseguridad -amenazas del crimen organizado.)

1. “Nosotros les abrimos las puertas y ellos se aprovechan de nuestra hospitalidad. El refugiado solo roba, viola y mata.”

¿Por qué será que el razonamiento humano se aferra a esta mala costumbre de atribuir el delito de un individuo a todo un pueblo? En las noticias lo vemos con alarmante frecuencia. En Estados Unidos, cuando un migrante indocumentado es acusado por el homicidio de una joven estadounidense (véase el caso de Mollie Tibbetts), la opinión pública se vuelca contra todos los migrantes; así de fácil, todo indocumentado se vuelve un asesino en potencia. La clase política, por supuesto, explota este miedo irracional de manera magistral. Para venderle a su base la medida de “cero tolerancia” de su política migratoria, Donald Trump narra la historia de algún ciudadano estadounidense -honesto y trabajador- que es víctima de una agresión perpetrada por un inmigrante indocumentado. Aquel crimen contra el hard-working american pudo ser prevenido, alega el señor Trump, con la construcción de un muro en la frontera y leyes más estrictas contra la migración ilegal. Por el crimen de uno, deben pagar todos.

Esta noción de que todos las venezolanas son sexoservidoras, o que todos los colombianos son prestamistas, o que todos los centroamericanos son maras, radica en un temor milenario hacia “el extranjero”. La mejor manera para que la xenofobia pueda ser disminuida en el entorno social es por medio del contacto humano, así de simple. No hay mejor manera para valorar al extranjero como una persona de cualidades similares al del vecino o pariente. Los venezolanos y los nicaragüenses tienen las mismas necesidades -físicas y emocionales- de cualquier persona, ¿qué más da su país de origen o el tono de su acento? Como sociedad, estamos obligados a erradicar de la mente que las gentes de otros pueblos son menos capaces de un pensamiento crítico o más propensos a quebrantar la ley, no porque esta visión sea “políticamente correcta”, sino porque no hay ninguna evidencia que sostenga la superioridad de una raza sobre otra.

Si un ciudadano venezolano comete un delito en territorio mexicano, aquel individuo, y solo aquel individuo, debe ser sancionado de acuerdo a la ley…

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(AP Photo/Martin Mejia)

2. “[El refugiado] vive de nuestros impuestos, priva al ciudadano honesto de oportunidades laborales y altera la estabilidad económica.”

Otro pecado del razonamiento humano es esta metáfora de que un país es como un bote salvavidas que ya no tiene cupo, y si alguien se acerca nadando, pidiendo auxilio, se activa el instinto de rechazarlo por miedo a que se hunda el bote. ¡Pero la economía de un país no es un bote salvavidas! ¡Todo lo contrario! Para recurrir a una metáfora más apropiada, un país es como una mansión con cientos de habitaciones vacías y solo unas cuantas están ocupadas. De acuerdo a un estudio de la OECD, la migración genera un tremendo boost a la economía de la región que abre sus puertas a migrantes y refugiados. ¿Por qué? Porque la gran mayoría de esta gente llega con la intención de trabajar y mejorar su nivel de vida, y al mejorar su calidad de vida, aumenta el valor de la región.

A lo largo de su historia, Estados Unidos ha sabido cómo capitalizar el recurso humano de la migración. Su nivel de superpotencia no puede ser explicado sin la aportación del migrante a su robustez económica. Tras la abolición de la esclavitud a mediados del siglo XIX, la Unión Americana tuvo que recurrir al migrante extranjero como fuente de mano de obra barata para expandir y aumentar las riquezas de sus industrias en el competitivo mercado global. Es por tal motivo que a EE.UU. le conviene mantener a un sector de su población viviendo en la clandestinidad, incapaz de exigir los derechos laborales de la ciudadanía. Por supuesto, la explotación laboral del migrante desamparado es el motivo menos ético y humanitario para abrir las fronteras, por lo que EE.UU. es un mal ejemplo. México más bien debe voltear a su propia historia y aprender de los enormes beneficios que obtuvo cuando Lázaro Cárdenas recibió a miles de exiliados republicanos durante la Guerra Civil española y, más tarde, con los exiliados que huían de las dictaduras militares en Chile y Argentina, entre otros países que expulsaron a opositores políticos.

A lo largo del siglo XX, el México post-revolucionario fue destino de refugiados y puede jactarse de ello. Desafortunadamente, en los últimos años el crimen organizado ha destruido los anhelos de quién sabe cuántos migrantes guatemaltecos, hondureños y salvadoreños. No sirve de nada escapar de un infierno y pedir asilo en otro…

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(AP Photo/Martin Mejia)

3. “¿Dónde estaba el refugiado cuando apoyó a Chavez/Maduro/Ortega? Ahora tiene que pagar las consecuencias de su respaldo a una ideología defectuosa.”

Cuando acudimos a las urnas durante una jornada electoral, nadie vota por el candidato que va a sumir al país en una profunda crisis económica, ni vota por el candidato que va a suprimir los derechos constitucionales de la nación. Cuando Daniel Ortega regresó a la presidencia en 2007, el revolucionario sandinista reconquistó el poder no con las armas sino por la vía democrática. De la misma forma, cuando Hugo Chávez asumió la presidencia en 1999, lo hizo tras un triunfo electoral, siete años después de su fallido golpe de estado. Por tal motivo, pareciera que cada pueblo es responsable de su respectivo colapso social. ¿Por qué no pueden entonces asumir las consecuencias de sus decisiones como en toda democracia?

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Ver la situación a través de este prisma también es perder contacto con la realidad. Por lo general, el ciudadano promedio no se involucra en las decisiones públicas de su país ni se interesa en los altibajos de la vida política local. Cuando la gente vota por un candidato, ya sea de izquierda o derecha, socialista o liberal, lo hace pensando en la posibilidad de una vida mejor y no por alguna convicción ideológica. Cuando Chávez llegó al poder, los venezolanos lo vieron como un castigo a los políticos corruptos del establishment. Chávez parecía ofrecer un cambio radical, al igual que Ortega en Nicaragua. Y con esa esperanza de mayores facilidades y más oportunidades, la gente sigue su vida, ajena a los conflictos en las aulas del poder. ¿Cómo iban a saber que Chavez iba a morir, dejando en su lugar a un personaje tan inepto como Nicolás Maduro? ¿Y cómo iban a saber que Ortega se transformaría paulatinamente en un dictador bananero al estilo de Somoza?

En una democracia, elegimos a nuestros representantes con la esperanza de que tomen decisiones a nombre del pueblo. ¿Qué responsabilidad se puede asumir si estos representantes llegan al poder a base de engaños y violan el contrato social..?

4. “En lugar de escapar y buscar refugio en nuestro país, ellos deberían quedarse en el suyo y hacer su parte para arreglar los problemas que plagan a su estado fallido.”

La decisión de irse a vivir a otro país nunca se toma a la ligera. Emigrar es un proceso que implica gastos sustanciales, desgaste físico y emocional, y consecuencias de todo tipo que te afectan a largo plazo. No se trata de una ordinaria mudanza. Así como abandonas a tu familia y a tus amigos, destruyes los lazos que habías tejido a lo largo de tu vida. Cuando emigras a otro país, no es “borrón y cuenta nueva”. No empiezas desde cero. Más bien arrancas desde números negativos porque careces de los derechos y privilegios del ciudadano común. Te hacen falta documentos, tienes poco dinero, tus conexiones son nulas o escasas, no dominas el idioma (cuando aplica). Y si cargas con el peso de mantener a una familia, la presión es todavía más insoportable. En efecto, muchos países abren sus fronteras y ofrecen albergues a los recién llegados, pero tu supervivencia y la de los tuyos depende de ti.

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Si emigrar es tan dificultoso y requiere tanto esfuerzo, ¿no es más sencillo quedarse en tu patria y sobrellevar los abusos de un régimen opresor? Tal es la resignación a la que muchos se someten, pero cada situación es distinta. Solo imagina qué tan bajo debe caer una persona para tomar la decisión de abandonar su hogar para aventurarse en lo desconocido. Cuando eres incapaz de proveer un techo para que tus hijos sobrevivan, cuando la canasta básica se vuelve un lujo inalcanzable por la inflación, cuando las oportunidades laborales son mínimas, cuando la libertad de ventilar tus frustraciones ha sido restringida, cuando la vida misma se encuentra en peligro. Un joven independiente y recién egresado podrá resistir por más tiempo a una situación sumamente adversa, en contraste a los padres de niños pequeños, que no pueden correr el riesgo de participar en alguna marcha o referéndum. Cuando la nación carece de las vías necesarias para el desarrollo social, la opción de emigrar se abre camino en la conciencia individual y se vuelve una opción factible.

¿Qué es primero? ¿La patria o la familia? Para millones de migrantes y refugiados por todo el mundo, la respuesta es dolorosa, pero obvia…

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(AP Photo/Arnulfo Franco)

(AP Photo/Arnulfo Franco)

5. “No conviene porque el apoyo a migrantes y refugiados afecta nuestra relación con el gobierno de Estados Unidos.”

Si el mundo se moviera al compás de Washington, Donald Trump no solo estaría construyendo un muro fronterizo en nuestra frontera norte, también mandaría a construir otro muro en nuestra frontera sur. Hace unos meses, la caravana de migrantes centroamericanos que cruzó por todo México fue uno de los temas clave en las diatribas diarias del presidente de EE.UU. Trump no podía creer que tantos extranjeros indocumentados podían desplazarse por territorio mexicano sin que alguna autoridad migratoria los molestara. Al escuchar sus discursos y entrevistas, Trump se expresaba con terror, como si se tratara de una invasión extranjera. Tanto sus seguidores como el mismo presidente hacían caso omiso a las trágicas historias de gente que huía de la violencia desatada por las pandillas de maras.

Border security for the United States starts 1,500 miles to the south (in Central America).”

Así se expresó John Kelly, ex-Secretario de Seguridad Interior, en el verano de 2017. El llamado “Efecto Trump” estaba dando resultado, y cada vez eran más los migrantes centroamericanos que preferían quedarse en México en lugar de buscar el “sueño americano”. Sin embargo, 500 mil migrantes indocumentados originarios de Centroamérica fueron deportados por las autoridades mexicanas de 2014 a 2017. Defensores de derechos migrantes culpaban a Estados Unidos por su influencia sobre las políticas migratorias mexicanas, burlándose de la soberanía nacional. De hecho, desde 2015 México ha deportado a más centroamericanos que Estados Unidos, un dato que Trump ha ignorado por completo. El 1ro de abril de este año, Trump acusó a México (via Twitter) de no hacer nada por detener el flujo migratorio en nuestra frontera sur. Resulta evidente que para Estados Unidos, da lo mismo si México impone controles o no en la frontera con Guatemala, siempre y cuando el tema migratorio movilice a la base republicana. Para la clase política de EE.UU., no hay chivo expiatorio como el migrante indocumentado en temas relacionados a la creciente inseguridad, el incontrolable mercado de estupefacientes, la tasa de desempleo, y por qué no, el terrorismo.

Si México deportó a 500 mil migrantes entre 2014 y 2017, ¿cuántos de estos habrán sido asesinados al regresar a su país de origen o se habrán integrado a los grupos criminales con tal de sobrevivir..?

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