¿Cómo evolucionan las especies?

Para celebrar el cumpleaños de Charles Darwin, exploramos cómo evolucionan las especies en su obra más emblemática: El Origen de las Especies.
febrero 12, 2021

Para celebrar el cumpleaños de Charles Darwin, exploramos cómo evolucionan las especies en su obra más emblemática: El Origen de las Especies.

Los jardines que rodean Down House están hermosamente recortados. Detrás de la casa hay un sendero boscoso; en él, con paso forzado y un dolor vivible, pasea un viejo que apenas tiene 49 años. Dos décadas atrás, ese viejo era más joven y se había embarcado en un viaje enorme, alrededor de todo el mundo, para recolectar rocas y fósiles y especies animales y notas y plancton. Ese hombre taciturno que pasea por los jardines de Down House, muy temprano en la mañana, se llamaba Charles Robert Darwin.

En 1859, ese viejo prematuro publicó el resultado de veinte años de investigación: un libro esencial para nuestra comprensión actual del mundo llamado On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life (El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida). Este tratado es, tal vez, la contribución más importante a la ciencia en todo el siglo XIX. Para hacerlo, Darwin recopiló neuróticamente años de coleccionismo y trabajo. Recorrió el mundo y su historia geológica, encontró en Galápagos ancestros inesperados, experimentó y debatió por años y, finalmente, publicó El Origen de las Especies.

Darwin describió, de manera precisa y visionaria, la herencia de las especies para adelantarse, por más de medio siglo, al nacimiento de la genética moderna. Charles Darwin no cambió el mundo, sino que nos lo regresó con algo nuevo. Se atrevió a complejizar la idea única de un Dios que lo había creado todo para decirnos que, tal vez, descendemos de otras especies; que, tal vez, todos los seres vivos, bacterias diminutas y masivos portadores de marfil, descendemos de otras especies; que, tal vez, nuestra herencia es variada y no todo fue creado, tal como está, en un instante.

Darwin se enfrentó a una idea sobre la creación, pero también a los hombres cuando escribió El Origen de las Especies. Las primeras 1250 copias se vendieron como pan caliente y, durante la vida del autor, la obra fue reimpresa para un total de seis ediciones revisadas y expandidas. Aún así, se ganó el oprobio de otros científicos, de grupos religiosos, de ricos contribuyentes a la causa científica. Aún hoy, 160 años después de la publicación de este libro, el mundo parece no estar listo para aceptar las teorías de este científico visionario: en Estados Unidos todavía se legisla para enseñar el creacionismo en las escuelas y el 38% de la población admite públicamente que no creen en la evolución. Por supuesto, muchos todavía lo ven como un acto de fe.

Ese no es el caso de los biólogos, compañeros de carrera de Darwin, coleccionistas de lo vivo y educados observadores. Por eso, fuimos a buscar a una figura prominente en el campo de la genética y la evolución en México: el doctor David Piñero de la UNAM. El doctor Piñero era, sin duda, el indicado para platicarnos sobre la importancia de las teorías de Darwin: doctor en Genética, Investigador Nacional nivel 3 y Titular del Laboratorio de Genética y Evolución del Instituto de Ecología; miembro de todas las sociedades científicas imaginables en su campo (incluyendo la Society for the Study of Evolution y la Academia Mexicana de Ciencias); y director del Centro de Ecología y del Instituto de Ecología de la UNAM. Con todas estas -y muchas otras credenciales- el doctor Piñero tomó toda su paciencia de divulgador para explicarnos, paso a paso, la importancia de la teoría de la evolución.

Lo primero que teníamos que saber era una definición puntual de la teoría de Darwin: ¿En qué consiste la teoría que postuló el afamado biólogo británico en El origen de las Especies?

“La evolución de las especies se produce por selección natural a través de la diversificación de un ancestro común a toda la vida.”

¿Y qué quiere decir esto?

“Si yo comparo un oso con un chimpancé, voy a encontrar cosas que se parecen y que se diferencian. Lo que Darwin pensó con ese análisis comparativo, es que estas especies debían compartir un ancestro común en el pasado. Si se parecen más dos especies, como los chimpancés y los humanos, deben tener un ancestro común más reciente que si comparamos el chimpancé con el oso. Entonces, el grado de similitud entre las especies nos está diciendo qué tanto compartían un ancestro en el pasado. Y eso llevó a Darwin a inferir, a pesar de que no conocía las especies que conocemos ahora, que toda la vida tiene un ancestro común.

Él no supo la respuesta, en ese entonces, de qué era este ancestro común. Pero actualmente conocemos el código genético, un código que es universal. Eso sugiere que la predicción de Darwin se cumple: todas las especies animales, de plantas y de bacterias, compartimos un ancestro común en un pasado muy lejano.”

¿Pero cómo llegó Darwin a esta conclusión?

El Dr. Piñero nos explicó cómo Darwin fue recopilando evidencia durante toda una vida de largos viajes y achaques para plantear una teoría coherente. Así, primero que nada, usó evidencia encontrada en viejísimos fósiles:

“Darwin decía que El Origen de las Especies era un resumen de su teoría. Lo que trató de hacer en cada capítulo fue juntar la evidencia que demostraba la evolución orgánica. Y mostrar que esta evolución estaba dirigida por la selección natural. Para eso, usó evidencia de todo lo que pudo: usó evidencia paleontológica preguntándose: ¿De dónde vienen los fósiles? ¿Por qué están ahí? ¿Por qué todos los fósiles que encontramos son diferentes a lo que hay ahora?”

Después, nos explicó el Dr. Piñero, Darwin se interesó en las palomas. Y sí, para ustedes y para mí, estos animales tan comunes que manchan coches y atestan plazas pueden parecer una plaga… pero Darwin entendió muy bien que las palomas viven tan cerca de nosotros por un efecto de domesticación. Al igual que otras especies -como el orgulloso lobo que acabó siendo un pug-, las palomas fueron cambiando por su cercanía con el ser humano. Así que, por más que nos parezcan una plaga urbana, las palomas no tienen toda la culpa de estar junto a nosotros:

“Fuera de la evidencia paleontológica, Darwin usó evidencia que tomó de la observación de la domesticación de las palomas. Con las palomas, mostró cómo la selección que él llamó artificial (o la selección humana) puede cambiar a una especie como hemos cambiado a todas las especies domesticadas que comemos o que utilizamos en distintas formas. Darwin usó la evidencia que encontró en Inglaterra -que tenía mucha experiencia en esta época con la domesticación de las palomas- para demostrar su teoría. Así, la domesticación de las palomas fue tan importante que la usó como el primer ejemplo de la evolución en su segundo capítulo.”

Finalmente, utilizó evidencia geográfica para demostrar la evolución de las especies.

¿Qué quiere decir esto?

“¿Por qué las especies tropicales de América son diferentes de las especies tropicales de África? Darwin decía que esto se debe a que tienen ancestros que fueron diferentes de origen. Uno esperaría que si hubieran sido el producto de una creación divina, tendrían que ser iguales. Por ejemplo, él hizo un experimento de germinación de semillas para observar si las semillas aguantaban en agua salada (por ejemplo, si las semillas de coco u otro tipo de plantas, pueden moverse en agua salada y sobrevivir y germinar en otro lado lejano, separado por una superficie marítima de su lugar de origen). Con esto, quería explicar por qué había especies parecidas, pero muy lejanamente distribuidas.”

¿Cuál fue entonces el resultado de todas estas experimentaciones? ¿A qué conclusiones llegó Darwin?

“En cada uno de sus capítulos, Darwin usó la evidencia que tenía al alcance para demostrar su teoría. Usó toda la evidencia que pudo y lo que logró es verdaderamente sorprendente porque no sabía nada de genética. Sin saber de genética como la conocemos ahora, él infirió que tenía que haber selección natural y que esa selección tenía que actuar sobre la variación que hay en las poblaciones (que esa selección escogía, por ejemplo, a los altos o los gordos o a los que tienen más pelo). En realidad, si eso ocurre tendría que haber una base genética, es decir que la siguiente generación tendría que heredar esos caracteres. Y aunque Mendel (el padre de la genética de herencia) publicó su artículo diez años después, Darwin sabía que tenía que ser así, que tenía que ser esa herencia la que era importante para la evolución.”

Muchísimos años después, la genética del siglo XX demostraría la pertinencia de las teorías de Darwin. Pero no fue un proceso fácil y Darwin no pudo ver, en su vida, todos los frutos de su espectacular labor.

“La genética como rama apareció alrededor de 191o cuando ya se tenía una teoría, había una revista, etc. Pero, incluso en 1910, la teoría de la selección natural y de la genética no estaban de acuerdo en su forma de ver la vida. Grandes evolucionistas como Earns Hay (que fue un importante taxónomo de aves alemán) confesaban que no pensaban en la teoría darwiniana como la concibió Darwin. Un gran genetista como Thomas Morgan (que recibió un premio nobel por la teoría cromosómica de la herencia) decía que era antidarwinista y que la fuerza de la evolución era la mutación y no la selección natural.”

¿Qué sucedió, entonces, para que la comunidad científica aceptara finalmente los descubrimientos de Darwin? ¿Para que la genética se reconciliara con la teoría de la evolución de las especies?

“En la década de los treinta, se hizo lo que se llamó la genética de poblaciones y luego lo que se llamó la síntesis moderna de la evolución. Y ahí sí, ya se pusieron de acuerdo todos: taxónomos, biogeógrafos, naturalistas, genetistas, se pusieron de acuerdo en que la teoría de la evolución incluía a todas estas ramas y que se aplicaba a todas estas ramas.”

Por primera vez, parecía que no había duda. Y esa certeza pervive hasta ahora en la comunidad científica: “Los biólogos, comenta Piñero, decimos que la evolución es un hecho, no una teoría.“

A pesar de estas certezas después de un tortuoso camino, vemos cifras enormes de creyentes en el creacionismo por todo el mundo. ¿Por qué, si la gran mayoría de la comunidad científica ya acepta la teoría de la evolución como un hecho, existen niños predicadores que dicen no parecerse al mono? ¿Por qué se enseña todavía en las escuelas que un dios creó al mundo de pronto y de manera terminante?

“Hay que entender en ese contexto lo que fue la revolución copernicana. La revolución copernicana demostró que la tierra no es el centro del universo.Y esta teoría tardó doscientos años en aceptarse; desde que se formuló, hasta que la aceptó mi abuelita, que en paz descanse. Si yo le hubiera preguntado a mi abuelita que si pensaba que la tierra es el centro del universo me hubiera dicho que no (ella nació en 1896). Pero si yo le hubiera preguntado si el ser humano es producto de la evolución orgánica, me hubiera echado de la casa a bofetadas. El punto es que la revolución darwiniana todavía no se completa porque no han pasado ni 200 años desde que se publicó El Origen de las Especies. Entonces la gente común y corriente, en las escuelas, la gente de ciertos estados de México que no aceptan la teoría en los libros de texto de primaria, todavía no tienen el conocimiento para aceptar la teoría de Darwin.”

El Doctor Piñero nos explica, además, que entender la teoría de la evolución va muchísimo más allá de un simple saber académico. Esto no es cuestión de conocimiento superfluo, sino un aprendizaje que nos acerca al mundo, que nos hace comprender mejor nuestra existencia y que, finalmente, puede sanar nuestra relación podrida con el medio ambiente.

“Cuando uno se enferma de gripa, si uno supiera de evolución, sería más fácil curarse. Al fin y al cabo es una coevolución y hay una cosa que se llama Medicina Darwiniana -con muy pocos médicos que la practican- que dice que cuando escondes los síntomas de la gripe con una aspirina, estás alargando la enfermedad. El sistema inmune evolucionó para resistir esas enfermedades y lo mejor que hay que hacer es descansar y tomar agua: aunque no se te quiten los síntomas, te alivias más rápido. Puede llegar a curarte, incluso, un día antes. Por eso, la teoría de la evolución está en todo lo que nos rodea: la domesticación de las plantas que comemos es un producto de la evolución y, alguien que estudia la evolución, sabría por qué es importante mantener la diversidad genética y la diversidad de los bosques; entendería por qué es importante mantener este tipo de funciones, de genes, de elementos ecosistémicos que son útiles para mantener la tierra viva… o mejorarla.”

Cuando Copernico planteó que la tierra no era el centro del universo, dio un fuerte golpe al orgullo humano. Y Darwin, certero, paseando enfermo entre los jardines de Downe House en Inglaterra, atestó otro fuerte golpe a nuestro inflado ego; porque somos parte de un proceso evolutivo y no la cúspide de toda evolución. El conocimiento de la teoría de la evolución sirve pues, también, para entender qué importancia tenemos, como humanos, en el esquema general de la vida. Y esa enseñanza, es una enseñanza de humildad absolutamente necesaria en nuestros tiempos:

“Alguna vez he dado pláticas diciendo que el 99% de las especies que han existido en la tierra ya se extinguieron. Y alguna gente me ha preguntado: ¿Entonces por qué te preocupas? Y creo que es un argumento interesante… De cualquier forma, el punto es que el hombre cree que va a vivir 500 millones de años o mil millones de años y, en eso, está muy equivocado. La extinción de todas las especies es absolutamente inevitable y el ser humano es una de ellas. Si no se hacen procesos para que esa extinción no ocurra, va a ocurrir. Por un meteorito o porque hemos destruido la tierra, o lo que sea. Por eso, hay que ser más humildes y más conscientes de nuestro uso indiscriminado de recursos naturales.”

En los años que precedieron a la escritura de El Origen de las Especies la salud de Darwin se deterioraba. Uno de los síntomas que más se manifestaban era la aversión a las visitas. Cada vez que personas externas visitaban su santuario, Darwin sentía náuseas; cuando tenía que hablar frente a la Sociedad de Científicos, apenas podía mantenerse en pie. Veinte años de trabajo después de sus recorridos por el mundo lo habían vuelto solitario, tal vez hasta hermético e hipocondríaco. Aún así, Darwin no abandonaba su labor y, en Downe House, junto a su esposa y sus diez hijos, con regaderas de agua fría, vómitos y el orinal siempre al borde de su cama, Darwin terminó de redactar un libro único, minucioso, que sólo un coleccionista de la vida pasada, un recolector neurótico, un fino observador hubiera podido hacer.

“A Venerable Orang-outang” (UN venerable Orangután) Caricatura de Charles Darwin publicada en el periódico satírico The Hornet (22 de marzo 1871/CC/Creative Commons)

Débil y enfermizo toda su vida, Darwin hizo una obra monumental que se adelantó a la genética y que, todavía, sigue causando controversias. Si este hombre enfermizo levantó un monumento, ¿Por qué es tan difícil aceptar sus enseñanzas? ¿Por qué no dejamos que ese hombre frágil nos enseñe de fragilidad? ¿Cuántas veces más tendrá el humano que confrontarse a su vida efímera para aprender que no está por encima de la naturaleza?

Esas preguntas son imposibles de responder. Sin embargo, planteárselas es necesario y recordar a Darwin es recordar que nuestro lugar en la naturaleza no está en el entendimiento, sino en la curiosa sorpresa. Porque incluso ese hombre que paseaba en su tranquilo jardín como recorrió el ancho mundo y las edades infinitas de la tierra, pensaba siempre, maravillado, en la imponente belleza de todo lo que nos rodea:

“De la guerra en la naturaleza, del hambre y de la muerte, el objeto más elevado que podamos concebir, es decir, la producción de un animal superior, sucede. Hay grandeza en este punto de vista sobre la vida que, con todos sus poderes, fue insuflada por el Creador en unas pocas formas o en una sola; y que, mientras el planeta ha ido circulando de acuerdo a las leyes fijas de la gravedad, desde un principio tan sencillo, las formas más hermosas y más maravillosas han evolucionado, y así lo seguirán haciendo.”

Charles Robert Darwin. (Retrato de John Collier, 1881/CC/Creative Commons)

Autor:
Nicolás Ruiz Escritor y editor en distintos medios electrónicos e impresos, entusiasta de la literatura comparada y los mazapanes, reseñista de cine en Código Espagueti, conductor y chorero de profesión en Noticieros Televisa.