¿El idioma español es sexista?

La lengua como medio de expresión no es sexista, sin embargo, la inclusión explícita de las mujeres sí tiene que ver con el sexismo.
abril 19, 2018

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La lengua escrita cambia mucho más lento que la lengua hablada. Eso explica por qué el diccionario es el último en enterarse de los cambios de significado de las palabras o por qué la gramática y la ortografía tardan tanto tiempo en considerar relevante algún cambio en el uso de la lengua. Desde luego, resumir las reglas que rigen la comunicación entre comunidades muy diversas que comparten un idioma no es algo sencillo.

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En español, por ejemplo, la institución encargada de hacer eso es la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale). Este organismo se fundó en 1951 en México y su principal objetivo ha sido desde su creación fomentar la colaboración panhispánica en la elaboración de documentos reguladores del idioma. En otras palabras, hacer posible que las academias de todos los países hispanoparlantes participen en la escritura de diccionarios, ortografías y gramáticas del español.

Asociación de Academias de la Lengua Española (Wikimedia Commons).

Cabe aclarar que estos tres instrumentos son la mejor guía que hay para resolver dudas sobre las reglas de la lengua: los diccionarios registran las posibles acepciones de una palabra, según sea su contexto; las ortografías detallan las reglas de escritura y puntuación (allí se aclaran cosas como el uso de mayúsculas, puntos, comas y el uso de consonantes y acentos); y finalmente, las gramáticas se enfocan en las reglas de formación de palabras, la conjugación de los verbos, en las partes de la oración (simple y compleja) y en los tipos de enunciados.

Gracias a que existe la Asale, estos materiales de consulta tienen un carácter panhispánico que busca incluir los usos que tiene la lengua española en Latino América, Filipinas y España. Esto quiere decir que la función predominante de estos textos es descriptiva: recoge y concentra los usos predominantes del español. Sin embargo, también los rige una función prescriptiva, debido a que los usos registrados están avalados y autorizados por un conjunto de expertos en el idioma.

En resumen: los diccionarios, la ortografía y la gramática no sólo describen cómo se usa una lengua, sino que también trazan una línea que divide lo correcto de lo incorrecto. Son instrumentos de control para preservar la comprensión entre los hablantes. Si uno se quiere dar a entender en español, tiene que seguir en la medida de lo posible, las reglas que señalan las academias de la lengua.

El rey Felipe VI de España y la reina Letizia acuden a la presentación de la 23 edición del Diccionario de la Lengua Española en la Academia de la Lengua ( Octubre 17 del 2014, Madrid, España). (Photo by Victor Blanco/ Pool/Getty Images)

Es obvio que nadie quiere ser incomprendido al hablar un idioma: la principal finalidad es, por sentido común, lograr comunicarse. Sin embargo, ¿qué podemos hacer cuando lo que buscamos expresar contradice abiertamente reglas académicas y, por tanto, pone en riesgo la comprensión? Por ejemplo, en español, el plural no marcado es masculino. Es decir, cuando queremos referirnos a un conjunto de personas entre las que hay mujeres y hombres, lo correcto son las frases “los alumnos” o “los empleados” y no “las empleadas” o “las alumnas”. En los últimos dos casos, lo que se entendería es que el grupo está compuesto exclusivamente por mujeres.

El problema no es menor. Vivimos una época en que el campo de acción de las mujeres no sólo se ha ampliado, sino que también se ha vuelto más visible. Como se trata de un momento de transición es importante dejar en claro cuando las mujeres están presentes en cualquier actividad y subrayar cuando son excluidas. Esta es la razón por la que los tiempos recientes nos han entregado muestras de intentos por hacer de la lengua un sitio de inclusión. Por ejemplo, es cada vez más común encontrar en dedicatorias de documentos dirigidos a un público mixto, expresiones como “queridxs compañerxs”, “querid@s compañer@s”, “queridoas compañeroas” o “querides compañeres”, entre otros usos más o menos ingeniosos.

Bajo un escrutinio académico todas las expresiones anteriores son erradas. Una persona con el puro interés de conservar los usos que recomienda y señala la academia nunca aceptaría semejantes atrevimientos. En los dos primeros casos (los de la x y la @), porque ni siquiera son legibles en voz alta (aunque hay lenguas como el japonés en las que diferencias gráficas que no se distinguen en voz alta son comunes e, incluso, importantes) y, en los segundos, porque constituyen una variación inaceptable de las normas de escritura. Para unos ojos meramente lingüísticos cualquiera de esas invenciones resulta innecesaria porque en el acostumbrado “queridos compañeros” pueden estar incluidas mujeres y hombres.

Academia de la Lengua Española (Diciembre 17 del 2010, Madrid, España). Getty Images

En estricto sentido, la terminación -os ni siquiera nos da una idea sobre el sexo mayoritario del grupo, bien podría tratarse de una colectividad de 9 mujeres y 1 hombre y aún sería válido (según señala la gramática del español) seguir dirigiéndose a ese grupo como “queridos compañeros”. Una opción correcta gramaticalmente pero ineficiente porque alarga mucho las construcciones verbales sería desdoblar cada plural que incluya personas de cualquier género y decir, por ejemplo: “queridas compañeras y queridos compañeros”. Ésa fue la solución por la que se optó en la reescritura de la constitución política de Venezuela, que pasó de tener 100 páginas a tener 600.

“¿Qué tiene que ver la gramática con la discriminación sexista?”, le preguntaron en la Feria del Libro de Guadalajara 2017, a la experta en lingüística española Concepción Company (doctora en filología por la UNAM). Su respuesta fue: “Nada porque la gramática es neutral, es un mero recipiente. Somos los humanos los que discriminamos, pero no con la gramática, sino con el discurso que hacemos valiéndonos de ella”.

Ciertamente, la lengua como medio de expresión no es sexista, propiedad que puede corresponder sólo a un grupo de personas o a una sociedad. Sin embargo, el problema de la inclusión explícita de las mujeres en la lengua sí es un problema urgente que tiene que ver con el sexismo. En América Latina y el Caribe están 14 de los 25 países con las tasas más altas de feminicidio en el mundo, según observaciones de la ONU. Específicamente en México, entre 2007 y 2016, hubo 22 mil 482 feminicidios según el Inegi. Esto quiere decir que cada cuatro horas, murió una mujer víctima de la violencia machista.

El problema en nuestra región, como puede verse, no se limita a un problema de representatividad en cargos públicos o de inclusión en actividades varias. Sino de una violencia sistematizada contra las mujeres por el simple hecho de serlo. Por eso es relevante tomar medidas radicales en distintos ámbitos y el discurso no puede quedarse atrás. La lengua es un medio estructural para reproducir las actitudes y percepciones que se tienen respecto a las mujeres.

Marcha de mujeres en contra de la violencia feminicida en la Ciudad de México (Foto: Getty Images/Archivo)

La postura de la Asale frente al cambio lingüístico relacionado con los usos que hacen evidente la participación de las mujeres debe ser más veloz. Los usos de las terminaciones -@s, -xs, -oas, -es (por mencionar las más comunes) resuelven de forma inmediata la sensación de exclusión que el masculino plural supone (-os) y permiten que, de ser el caso, la lengua misma haga transparente si un grupo es mixto, exclusivamente formado por mujeres o exclusivamente formado por hombres.

Sin métodos eficaces de señalar y subrayar la violencia sistemática contra las mujeres, que va desde hacer invisible su participación en diversas actividades o grupos hasta el homicidio con saña, la transición hacia una sociedad no sexista será aún más lenta y complicada.