Educar a las niñas desde la confianza y libertad: Una alternativa para un mundo cambiante

El mundo cambia y es fundamental tener alternativas basadas en el amor, confianza y libertad para educar a las niñas y niños del mañana.
octubre 2, 2020

“Los niños son a la vez seres del principio y del final. El ser inicial estaba antes del ser humano; el ser final está después de él. Psicológicamente, esta afirmación significa que los niños [y las niñas] simbolizan la esencia preconsciente y postconsciente del ser humano”.
– Carl Jung

Nadie nace sabiendo cómo ser mamá o papá, y aunque el deseo de tener hijos es un principio latente en algunas personas, lo cierto es que tanto el aprendizaje, como la educación de los infantes son factores con muchas vertientes que pueden hacer el trabajo de formar a un nuevo ser humano una tarea compleja.

Con motivo del Día Internacional de la Niña y el lamentable auge de la violencia de género, las afortunadas manifestaciones sociales que hacen evidente una reestructuración en la sociedad y la educación infantil, así como un mundo transformándose, revisaremos algunos conceptos que últimamente se escuchan con más frecuencia en las calles como el machismo, feminismo, la teoría, rol e identidad de género, la educación emocional y el amor propio ligado al autoestima, para encausarnos con conciencia dentro de la infancia, pues es en esta etapa y no en otra, como lo señalan Carl Gustav Jung o los teóricos de la Gestalt, cuando un ser humano construye los pilares de su existencia.

Familia de Thuamul Rampur, India. (Pexels)

De cultura y conceptos: ¿Qué ideas influyen en el desarrollo de las niñas y los niños?

machismo.-

De acuerdo a la Conavim, “el machismo es el conjunto de actitudes y comportamientos que violentan injustamente la dignidad de la mujer en comparación con el varón. Algunos autores piensan que es un término inventado por los mexicanos. Sin embargo, actualmente es conocido en varias partes del mundo debido a que expresa elementos culturales en común entre una sociedad y otra”. Algunos autores e investigaciones, como la realizada por el Ayuntamiento de Barcelona con el fin de analizar el comportamiento e impacto del machismo en las familias, señalan que estos patrones de conducta afectan a los niños y niñas al llevarlos a repetir ciertas actitudes a medida que crecen, así como las agresiones y limitaciones de las que formaron parte incluso de forma inconsciente.

“Los niños cuando empiezan a tener entre 12 y 13 años se dan cuenta, ellos mismos, de que hay alguna cosa que no cuadra, en otras casas no pasa. A los 7 u 8 años ya se dan cuenta de que el papá no debe pegar a la mamá, entonces ya se ponen en medio y a preguntar por qué el padre pega a la madre. Son conscientes de lo que está pasando a su alrededor, pero no son conscientes de lo que está pasando con ellos”, se explica.

Centrándonos en la sociedad mexicana para delimitar el panorama, no podremos negar que son muchas las familias que sienten una preocupación real y gigantesca cuando saben que la primogénita de la descendencia será una niña. Por otra parte, muchas mujeres crecen contando la “simpática” anécdota en la que sus padres “querían tener un niño o varoncito como primer hijo, pero nacieron ellas”. ¿Por qué se ha gestado esta idea negativa entorno a lo femenino si la energía femenina existe y forma parte de todo ser vivo, hombre, mujer, naturaleza y de la vida misma? Aunque a lo largo de la historia el patriarcado, la falocincracia y la educación tradicional han menospreciado en múltiples ocasiones a la mujer en comparación con el varón, en la sociedad del siglo XXI se vuelven, por desgracia, más evidentes las diferencias y las necesidades de equilibrar ambos universos para generar un bienestar común o, en algunos casos, transformarlos.

Por otra parte, tomando como referencia el “Panorama estadístico de la violencia contra niñas, niños y adolescentes en México” de la UNICEF, podemos señalar que en este país se vive en estado de agresión desde los cero a los 18 años por parte de ambos padres [mamá y papá], ya que los niños y niñas enfrentan entornos hostiles que sus progenitores, a su vez, vivieron en su infancia y suelen repetir a lo largo de su vida.

Cuando una niña nace, crece y se desarrolla, no podemos negar que  al  tomar las riendas de su existencia e independencia son muchos los escenarios de riesgo que la asechan y también crecen con ella. Sin parecer alarmistas, aceptemos que la presión y violencia contra la mujer, en los peores casos, está presente desde la cuna, pues incluso en una familia tradicional -padre, madre e hijo(s)-  es frecuente que acciones como las responsabilidades y labores domésticas comiencen a repartirse casi de forma automática para los varones y las mujeres desde muy temprana edad. Esto, cabe destacarlo, también es un tipo de violencia que altera, en múltiples formas, el modo de ser de una persona y se evidencia en movimientos como el feminismo 

feminismo.-

Como lo indica el periódico Mujeres en Red, “el feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII -aunque sin adoptar todavía esta denominación- y que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado”. Al igual que lo señala la propuesta de una “educación feminista para transformar al mundo“, de la Universidad Autónoma de Madrid, tanto “hombres como mujeres somos sujetos socialmente construidos, pero mientras ellos aprenden a hacer uso de sus privilegios de género, nosotras -las mujeres- seguimos siendo socializadas”.

Dentro de este movimiento también se destaca la búsqueda por cambiar la estructura educativa escolar, pues “distintas investigaciones sobre la interacción en el aula han confirmado que los y las docentes atienden de manera diferente a niños y niñas (…) En cuanto al carácter androcéntrico del currículum, Marina Subirats recuerda que se sigue excluyendo a las mujeres de la historia y del saber en general y no se muestran ejemplos de mujeres que hayan contribuido al bien común con las que las niñas puedan identificarse”.

Cabe aclarar que en este artículo los términos machismo y feminismo no tienen el fin de atacar o generar un escenario de victimario vs. víctima entre los y las lectoras, sino que en referencia a la educación infantil, son una serie de acciones que se gestan en la sociedad y llegan, de forma evidente, a los niños y niñas.

Tareas en casa, “cosas de niñas” y los “territorios de la mujer”

Las tareas domésticas, la cocina, la forma de vestir, comportarse, hablar, interactuar y hasta de pensar no son inherentes a ninguna persona. Los últimos aspectos son características dentro de una personalidad, pero los roles y labores a desarrollar dentro del hogar, la escuela o la sociedad forman parte de un aprendizaje que se ha gestado a lo largo de la historia bajo las tradiciones y construcciones sociales que rigen al mundo.

Es decir, las niñas y mujeres no deben crecer con la idea u obligación de ser frágiles, reservadas o sumisas, de hacer la comida, cuidar a sus hermanos, trapear, barrer o lavar la ropa, ni los niños con el concepto arraigado de no llorar, “ser valientes” y “más fuertes” que las mujeres o con la falsa noción de “tener que ser machitos”, sino que ambos deben desarrollar sus habilidades y aptitudes con plenitud a la par que se involucran en las tareas domésticas y el qué hacer cotidiano que los convertirá en adultos funcionales en un futuro.

Por desgracia, la idea de colocar en una balanza a ambos géneros -masculino y femenino- para repartir roles de conducta sigue estando tan arraigada en la sociedad que resulta difícil transformarla o erradicarla por completo.

¿”Hacer las cosas como niña”?

La sumisión de la mujer no es un misterio, así como tampoco lo es el “desprecio”, reproche o miedo que se sustenta en la agresión hacia aquellas niñas o niños que son diferentes. Lamentablemente en la sociedad moderna a las infantes que no son delicadas o que “no son como el resto”, la mala práctica y falta de comprensión emocional les ha inculcado la idea errónea de que “no son mujeres femeninas”, mientras que aquellas que lloran o son más sensibles que otras resultan “débiles”, “molestas”, e incluso “personas que no pueden valerse por si mismas”. Estos aspectos son pequeñas muestras de tipos de agresión que recurren a la burla y crítica de la personalidad como forma de ataque, pero también son maneras de interactuar dentro de la familia y la escuela.

Para hablar del desarrollo de los niños y niñas como miembros de una sociedad es importante traer a colación los términos que involucran al género. Por supuesto hablamos del rol y la teoría del género porque entorno a ellos se ha construido un sistema de repartición de actividades -como mencionamos antes-  que distribuye responsabilidades, comportamientos y hasta actitudes para cada persona de acuerdo a su apariencia física o componentes biológicos, tomando una visión sexista que sustenta creencias y funciones específicas para cada uno de “estos roles” dentro de una sociedad.

¿Qué son el género y sus roles?

El género es, de acuerdo con el departamento de Educación Sexual de la Universidad de Chile, “el conjunto de ideas, creencias y atribuciones sociales que se construyen en cada cultura y momento histórico con base a la diferencia sexual”, por lo que sus rasgos se van moldeando con el paso de los años.

El término género fue usado por primera vez en las ciencias sociales durante 1955 por John Money, un antropólogo que propuso añadirle al concepto la palabra “rol”, es decir, la creación del rol de género para explicar los comportamientos sociales asignados a hombres y mujeres a lo largo de la historia. Para 1968, Robert Stoller definió la identidad de género como un aspecto determinado por una serie de experiencias que una persona vivió desde su nacimiento hasta la edad adulta, permitiéndole así identificarse con ciertos patrones de conducta, actividades y otros elementos pertenecientes a un “género”. Por su puesto, tanto el rol como la identidad de género no son aspectos biológicos, sino construcciones sociales.

“Una niña con sueños es una mujer con visión”, dice el letrero de una menor de 5 años que participó en la Marcha de Mujeres de Time’s Up, Londres, contra del abuso sexual. (Foto: de Chris J Ratcliffe / Getty Images)

¿Entonces si soy mujer tengo funciones diferentes a un hombre?

No, pues aunque los roles de género estipulados en la sociedad moderna dictan que las mujeres deben cumplir con ciertas actividades, funciones o tareas específicas, esto es una equivocación, ya que ninguna persona tiene tareas diferentes o posee un valor inferior a otra por sus condiciones físicas.

Si bien los tiempos cambian, las mujeres y niñas jamás debieron considerarse como un objeto que modelar, sin embargo la praxis nos demuestra que los patrones establecidos dentro de un grupo social han madurado en un sentido de jerarquías que se deberían reestructurar. En la actualidad la teoría de género está cambiando e incluso algunos movimientos sociales y corrientes ideológicas buscan replantearla hacia una perspectiva de género, pues la creencia de que una labor es una condición natural, afecta por completo a los adultos, jóvenes, ancianos y, por supuesto, niñas y niños.

¿Cómo se educa correctamente a una “señorita”?

A este punto debe quedar en claro que las labores domésticas, la fragilidad, sutiliza, delicadeza, rudeza, habilidad en los deportes y fuerza física, entre otros aspectos, no son propios de un género ni las labores que un hombre, una mujer, un niño o una niña desarrollen en el mundo son inherentes a su condición humana o biológica. A partir de este sentido partamos hacia el siguiente peldaño: la autoestima de las niñas y niños en relación con los roles, identidades y juegos de género, así como su educación.

Pese a que el enfoque de los roles de género considera las “distintas oportunidades” que tienen tanto hombres como mujeres para desenvolverse dentro de la sociedad, no evita que ambos estén limitados por ellos. Dentro de la educación emocional es importante señalar que tanto niños como niñas tienen derecho a ser delicados, sensibles, temerosos, inseguros, capaces de expresar sus sentimientos a través del llanto, el enojo o la risa y no deben esperar a que sea una mujer quien les resuelva la vida ni a que un príncipe azul rescate a las “dulce princesas” de sus pesadillas.

Tanto niños como niñas deben educarse fuera de una corriente de género obsoleta que los defina y obligue a representar su realidad como la norma lo dicta. Deben tener amor, cariño y comprensión en sus hogares, así como una participación activa dentro de las labores y tareas de los mismos. Su mente y cuerpo deben poder desarrollarse a través de actividades didácticas que los hagan parte de su contexto tomando en cuenta sus aptitudes y preferencias, porque los infantes saben lo que quieren, dan muestra de aquellas actividades en las que destacan y tienen el derecho de manifestar sus inquietudes con libertad. Por supuesto también a ser protegidos de todo aquello que turbe o manipule su formación con algún fin específico.

Ahora bien, si la educación y formación de los menores es una tarea en conjunto entre la familia, los padres y los maestros, es cierto que el primer nido social es la familia, pues aquí los menores aprenderán y sostendrán sus primeros encuentros con la realidad.

Educación en casa

Para que una niña se desenvuelva en el amor, la confianza, la seguridad y el respeto, deberá recibir estos valores en casa por parte de ambos padres o de los adultos que estén a su cuidado. Estos también representarán una guía y figura de autoridad -sin importar los integrantes de la familia- que deberán cultivar en las niñas y niños sus habilidades, pulir sus defectos y brindarles un apoyo total en un entorno seguro a lo largo de su crecimiento. Por otra parte, la violencia en el hogar, el abuso sexual de menores, así como la infravaloración de las mujeres deberán evitarse a toda costa, pues traen consecuencias sumamente negativas para ellas al formar patrones de conducta y carencias emocionales que irán detonándose con el paso de los años y afectarán su estabilidad adulta.

Como lo señala la Conavim, “el mayor mito perpetuado sobre el género es que una vez que las niñas llegan a la pubertad, se vuelven vulnerables, por lo que necesitan protección para preservar su salud sexual y reproductiva, mientras que a los niños se les ve como personas fuertes e independientes”. Esto genera problemas como:

  • La depresión
  • La violencia sexual
  • Baja autoestima
  • Matrimonio y abuso infantil
  • Deserción escolar
  • Exposición a la violencia

Educar a los hijos: una tarea en conjunto

Cuando hablamos del futuro de las niñas también hablamos del pasado de sus madres, pues en este flujo de aprendizaje hay modelos sociales negativos que se heredan de padres a hijos, de madres a hijas y de entornos familiares a entornos sociales. La equidad entre el padre y la madre, o entre las personas que estén al tanto de las y los menores, será una pieza clave en la formación de estos.

Educación en la escuela

Una vez que los límites de la formación en casa se rebasan, llega la hora de encontrarse con el mundo de la otredad: la escuela, los amigos y las relaciones sociales fuera del núcleo.

En estos ambientes el rol de género también está presente, lo que hace necesaria una reforma educativa que empiece en las aulas y se reproduzca en actividades inclusivas, equitativas y que fomenten el desarrollo de los valores que los menores traen de casa. También se necesita la participación activa del profesorado para ayudar a los niños y niñas a expresar sus emociones y sentimientos, pero evitando la sexualización infantil o las relaciones sentimentales entre estos. Los menores no están preparados para generar este tipo de lazos afectivos y obligarlos a desarrollarlos solo refleja las expectativas adultas innecesarias para sus vidas.

Evidentemente cabe señalar que se tendrá que observar que las niñas no caigan en un bucle de necesidades o competencias para las que se ha educado a la mujer -teniendo que ser la más destacadala más bonitala más inteligentela más dulce – debido a que esto fomenta un sistema de diferencias que dicta que el valor de una persona solo está en lo que esta puede ofrecer y no en lo que es. En un modelo social que fragmenta la sororidad y el autoestima en sus cimientos, la aceptación, conocimiento y amor propio son la brecha hacia un cambio.

Es decir, una vez que una niña salga del entorno hogareño y se encuentre con otros u otras similares a ella, su personalidad empezará a manifestarse y será común caer en patrones aprendidos en los que se romantiza la infancia y se ignoran manifestaciones como la presión social, la ansiedad, el miedo o la necesidad de encajar en un grupo. Sobre este aspecto se debe poner especial atención y cuidado.

Niña tailandesa participa en la Marcha de Mujeres de Bangkok para defender la igualdad, la diversidad y la inclusión, así como que los derechos de las mujeres sean reconocidos en todo el mundo como derechos humanos. (Foto: Lauren DeCicca / Getty Images)

Pelear como niña: cuestiones del autoestima y cómo abrirse paso en una sociedad turbulenta

Como hemos visto, la educación para los niños y niñas forma parte de un gigantesco engranaje social que, por supuesto, se ve afectado por el entorno de los padres, los amigos, los profesores y todos quienes las rodean. No se trata de buscar culpables, sino que desde casa y nuestras posibilidades reformemos en conjunto un sistema de creencias erróneo que contamina el desarrollo y comportamiento natural de las personas.

Las alternativas para una sana formación y desarrollo de las niñas y niños parten de la familia, de sus padres, de la escuela, la comprensión, la libertad y el amor al otro. Quitarse el vendaje que ve a los infantes como seres frágiles, manipulables y que no pueden decidir ni discernir por sí mismos es fundamental, pues este prejuicio cuesta el florecimiento de una vida.

En este mundo cambiante se requiere una equidad en la repartición de labores y una observación sobre los intereses que tanto niños como niñas gestan a medida que su capacidad mental aumenta, porque más allá de un patrón de roles o acciones que se han normalizado, existen seres pensantes que son capaces de transformar a su entorno a partir de la expansión y realización de sus ideas.

Las niñas no son débiles: la importancia de cultivar el amor propio

“El amor propio es un aspecto fundamental de la personalidad del ser humano en tanto que condiciona el funcionamiento personal a muchos niveles”. No es un sinónimo del ego ni de la superioridad, sino del autocuidado y autoconocimiento, tanto de las limitantes como de los defectos, virtudes, aptitudes, características particulares y la aceptación de uno mismo. Dentro del desarrollo infantil ayuda a generar una buena autoestima y a volver a los menores consientes de lo que sucede en su cuerpo físico, mental y espiritual. Fomenta la seguridad, estabilidad y capacidad de lograr un entorno equitativo, mismo que ellos llevarán con los suyos.

Reafirmar a las niñas y niños como seres individuales, capaces de independizarse poco a poco y con el derecho de establecer sus propios límites resulta revolucionario para un contexto de tradiciones y sumisiones en que el amor se ha entendido como el acto sacrificado del servicio total o la entrega romántica y absoluta al otro.

Educar y aprender desde el verdadero amor, el que no depende, daña ni lastima, la solidaridad, sororidad y libertad -bien definida y separada del libertinaje- brindará una serie incontable de esperanzas para las nuevas generaciones que a su vez darán paso a la creación del porvenir.