Cardenismo: Cuando la educación en México fue “Socialista”

Cárdenas no sólo es famoso por la expropiación petrolera, su visión fue más allá de la industria energética e incluía la educación.

Fue muy polémica su reforma al artículo 3º de la Constitución que decía:

la educación que impartirá el Estado será socialista, y además de excluir toda doctrina religiosa combatirá el fanatismo y los prejuicios.

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Idealizada por unos, caricaturizada por otros, esta reforma ciertamente contrasta con la impulsada en los últimos años e intentar comparaciones rápidas resulta más que tentador. Sin embargo, ¿cómo debemos entender la Reforma Educativa de Cárdenas?, ¿cuál fue el contexto en que surgió y cuáles los fines que perseguía?

(AP Photo)

Una educación y un proyecto de país

La Reforma Educativa que impulsaron Cárdenas y sus allegados reflejaba un proyecto de país, una cierta visión de lo que México tendría que ser a futuro y una determinada interpretación de su presente. La idea de tener escuelas socialistas se correspondía con el reconocimiento de que el problema agrario era un punto clave para la construcción de un país más justo y equitativo; así como la industrialización de las ciudades era un elemento fundamental para el desarrollo económico y social de un territorio aún en gran medida “colonizado”, tal como el mismo Cárdenas expresó durante su candidatura. En ese contexto, la educación se consideraba como el primer paso de un proyecto integral.

Tal proyecto se reflejó en los libros de texto que la SEP distribuyó en aquellos años, que contrastaban enormemente con el material común en las escuelas antes de la llegada de Cárdenas al poder. Para impulsar la nueva educación, se publicaron dos series de libros de lectura para los alumnos de primaria: Simiente, para los alumnos de escuelas rurales, y Serie SEP, para alumnos de escuelas urbanas; ambos en 1936.

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Para comprender la coyuntura en la que estos libros aparecieron, Elvia Montes de Oca propone compararlos con el material de lectura para primaria de la generación anterior, Rosas de infancia de María Enriqueta Camarillo (1910). Esta serie de tres libros estaba dedicada a la práctica de la lectura en los niños de primaria, pero sus enfoques son radicalmente distintos. Mientras que los libros de Camarillo proponen y muestran niños rubios, de ojos azules, predominantemente urbanos y católicos; los libros del cardenismo tratan de reflejar niños de piel morena, ojos cafés, normalmente pobres o de recursos limitados que viven tanto en el campo como en los márgenes de la ciudad. Rosas de infancia presenta una escala de valores centrados en la la obediencia y el conservadurismo social (los ricos deben ayudar a los pobres, pero sin dejar de ser ricos). Por su parte, Simiente y Serie SEP ven en los niños futuros agentes de cambio, inconformes y educados para combatir el capitalismo. Por ejemplo, en los libros de sexto de primaria se podía leer el texto: “La guerra imperialista” que comienza con estas líneas:

La guerra es el asesinato colectivo que los capitalistas fraguan para ahogar en sangre los justos anhelos de los oprimidos, que en la tierra luchan para conseguir un poco de pan, alguna libertad y la garantía de sus existencias.

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A pesar de que algunos ideólogos de la llamada educación socialista creían que su proyecto se ajustaba mejor a lo que México sería en el futuro, sus libros están llenos de un tipo de idealismo diferente al de la generación anterior… pero idealismo al fin. Rosas de infancia estaba dirigido sólo a un puñado de niños privilegiados en las ciudades; pero los libros del cardenismo preconizaban una educación “socialista” en una sociedad y con un gobierno capitalistas. Para muchos, esta reforma no era más que un acto de demagogia, una forma que tuvo el gobierno de preparar una generación para una sociedad que no existía, y que no existió nunca. Las políticas de Cárdenas pretendían instaurar el campo y la industria que mostraban a los niños en sus libros, pero aun así nunca lograron que el país se asemejara a nada de lo que aparecía en sus publicaciones.

¿Cabe una educación socialista en un país capitalista? No es que el gobierno cardenista y sus ideólogos no estuvieran conscientes de esta contradicción, como señala David Raby, sino que tenía un as bajo la manga: los maestros. Más que una doctrina específica, la palabra “socialista” se adoptó como una forma de concretizar las inquietudes que los maestros rurales y urbanos tenían desde tiempo atrás. Para ese entonces, había una larga tradición de veneración de los maestros. Eran vistos como “evangelizadores de la democracia” y tenían una misión asignada muy clara y comprometida con el cambio social: no se trataba simplemente de enseñar a leer, sino de hacer más productivo el campo y más industrializada la ciudad. Al mismo tiempo, su propia educación y la posición que tenían en el país les permitían considerarse agentes de cambio social. No tenían los recursos económicos de los curas, pero sí un peso moral importante que frecuentemente se decantó en favor de los más pobres.

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Lo que en los centros urbanos, principalmente la Ciudad de México, se consideró “educación socialista”, en la práctica se convirtió en “educación socializada”, un intento por buscar una forma de hacer de las aulas un espacio que preparara a los niños para el modelo social ansiado por el gobierno. Según la tesis de David Raby, si consideramos que “la educación socialista” es un fenómeno de una clase urbana educada, entonces no podríamos sino llegar a la conclusión de que, en efecto, se trató en cierta medida de demagogia. En cambio, si revisamos los documentos de la época nos daremos cuenta que este concepto fue una etiqueta que se usó para dar cauce a las inquietudes de una gran cantidad de maestros que apoyaban el programa cardenista en el campo y la industria. Se trataba de maestros pobres en lugares pobres, con cierta formación política, pero sobre todo con gran “consciencia de clase” –y, claro está, disposición de apoyo para el gobierno. Bajo esa lupa, podemos entender la Reforma de 1934 como una alianza entre maestros y gobierno.

Anticlericalismo y educación

En la Constitución de 1857 se juraba “en el nombre de Dios y con la autoridad del pueblo mexicano”. A diferencia de la Constitución 1814, ya no se establecía a la religión católica como la única admisible en nuestro país, pero seguía teniendo una fuerte carga teocrática. A pesar de la separación de la Iglesia y el Estado que promulgó Benito Juárez, para los tiempos de Cárdenas aún existía una poderosa influencia de la religión católica en las decisiones del Congreso, particularmente en lo tocante a la educación, así lo expresa María Enriqueta Camarillo en sus Rosas de infancia, la serie de libros de lectura para primaria más popular antes del régimen de Lázaro Cárdenas. En sus páginas, los libros definen a Dios como quien sabe todo y compensa las buenas obras, y advierte a los infantes contra los peligros de cometer los pecados capitales.

Sólo con este antecedente entendemos por qué la reforma constitucional al artículo 3° dice expresamente que se propone “excluir toda doctrina religiosa [y] combatirá el fanatismo y los prejuicios”. Pero, ¿contra quién se dirigían estas palabras? La Guerra Cristera (1926–1929) apenas había terminado unos cuantos años atrás y sus remanentes latieron a través de varios sexenios después. ¿Por qué arriesgarse a perder la paz al reavivar un conflicto armado que costó 250 mil muertos?

Amnistía con el Ejército Federal en San Gabriel, municipio de Jalisco de las fuerzas de Manuel Michel; el Gral. Matías Villa (Wikipedia/ Tatehuari, Dominio Público)

Para entender esto hay que comprender que la Guerra Cristera tuvo dos rostros prominentes del lado de los que defendían la religión católica. El primero estaba bien peinado y arreglado, tenía propiedades y solía abusar de su poder para influir en las decisiones políticas. El otro estaba mallugado por el hambre y la crisis económica de aquellos años, era pobre y malvestido y no tenía ninguna influencia en la vida política nacional, se trata de los campesinos, quienes prácticamente en su totalidad sostuvieron al ejército cristero. Los obispos y la jerarquía católica negociaron con el Estado Mexicano la aplicación de unas leyes desventajosas para ellos, pero se desmarcaron rápidamente de los feligreses que tomaron las armas para defender lo que ellos creían era “su religión”.

A partir de ese momento México vivió una situación inédita en toda América Latina: la jerarquía católica mantuvo una posición de negociación con el Estado con el fin de mantener la mayor cantidad de privilegios que podían. Mientras que las clases bajas de laicos, sobre todo campesinos, rompieron con ellos y sostuvieron prácticas autónomas y una actitud de beligerancia en contra del gobierno y su propia jerarquía eclesial. Con sus excepciones, los laicos y los obispos nunca se han reconciliado del todo, de ahí que haya sido muy significativo que en la última visita del papa, este se mostrara frío con el obispado y el arzobispado mexicano y haya hablado en favor del laicado.

La Reforma Educativa de Cárdenas corría el riesgo de reavivar los fuegos bélicos de la Cristiada, y de hecho lo hizo en muchos casos. Se calcula que alrededor de 300 maestros rurales fueron torturados y murieron a manos de lo que quedaba del ejército cristero. Sin embargo, su posición es paradójica, porque aunque a la letra dice que excluirá toda doctrina religiosa y combatirá el fanatismo, en la práctica parecía dirigirse contra la jerarquía eclesial más que contra los cristeros. Si atendemos a los libros de texto que emanaron de la Reforma Educativa, Simiente y Serie SEP, notamos que cuando se refieren a la religión lo hacen en favor de la ciencia y la razón, y cuando se dirigen a los ministros de culto siempre los colocan junto a los burgueses, los conquistadores, los hacendados o los patrones.

A vintage photo of officers and family members from the Cristeros Castañon fighting regiment. (Wikipedia/ Desconocido, Dominio Público)

Los libros de texto del cardenismo tienen una clara vocación por los desposeídos: aunque idealizados, los obreros y los campesinos son los protagonistas y los agentes principales del cambio. Por su parte, considera a sacerdotes y obispos –personajes igualmente caricaturizados en una generalización conveniente– como aliados del patrón, que enseñan resignación ante la injusticia social y la pobreza. Quizá fue precisamente por eso que la reforma tuvo que ser moderada después de la presidencia de Cárdenas; una vez que Manual Ávila Camacho (1940–1946) llegara al poder, se cambiaron las líneas beligerantes por “una educación laica”. El gobierno de Cárdenas estaba muy consciente de la Cristiada, por eso se enfocaba en combatir el “fanatismo” de los campesinos con el fin de, entre otras cosas, aislar a la jerarquía católica y poner fin a su influencia política.

Acaso la Reforma Educativa fue demasiado osada al declararle la guerra a la religión. No porque no lo mereciera –no esto lo que aquí se analiza–, sino porque encendería los ánimos de la base campesina que se levantó en armas tan solo unos años antes. No obstante, lo hicieron con el fin de perseguir un proyecto claro de nación. Nunca más se tuvo una reforma en este terreno que pretendiera favorecer con tanta energía a los marginados urbanos y rurales de México, nunca más se tuvo en el centro del debate a los más necesitados de educación. Finalmente, la actitud “reaccionaria” –como él la hubiera llamado– de los gobiernos que siguieron a Cárdenas dieron al traste con su reforma y con todo su proyecto, del que ahora no queda casi nada.

(AP Photo Laughead)

Las Reformas, 1934 y 2013

La educación es un tema clave para impulsar un proyecto de país, así lo entendió Cárdenas y así lo entiende el gobierno actual. Ambas reformas se sostienen por un proyecto de país más amplio, que incluye propiedad de los recursos, explotación obrera, derechos laborales y propuesta cultural. Si la educación socialista ponía en el centro de sus preocupaciones a los más pobres en detrimento de la religión y los privilegios económicos en general, ¿qué es lo que pone en el centro la reforma que hoy vivimos? La respuesta a esta pregunta es la base ideológica que sostiene la tentativa educativa contemporánea; en todo caso, una reforma tan combatida como la de 1934 nos ayuda a entender que en todo intento de cambiar la educación, se favorece a unos y se perjudica a otros. La clave es tener consciencia de quién es quién.

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